Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1) 6 · Mateo
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6 · Mateo

Se fueron con el amanecer.

Simón primero, silbando, con dos porciones envueltas en un repasador que no piensa devolver.

Se paró en el portón, miró el cielo lavado por la lluvia y anunció que iba a dormir dos horas y a pelearse con el motor de nuevo, y que si el olor volvía a bajar al muelle, él volvía a subir, que quedara claro. Nadie le contestó. No le hizo falta.

Ismael después. En la puerta de la cocina se detuvo. Se puso la gorra. Miró la campana, todavía tibia; el mármol; las ollas. Se tocó la visera, como ante una señora, y salió al frío sin decir palabra. Ismael dice las cosas importantes con la gorra.

Quedamos ella y yo, y la cocina encendida.

El fuego tapado hacía su ruido de fondo, ese crujido conforme de las brasas bien cerradas. El aire estaba espeso de comida y de humo de cedro, y el cuerpo me lo agradecía y me lo cobraba al mismo tiempo, como pasa con casi todo lo bueno.

Ella lavaba su metro de mármol como limpian los buenos oficiales: sin que nadie se lo pida, sin ruido, dejando la piedra mejor de lo que la encontró. Había apilado los platos desparejos, tapado el fuego, colgado la sartén de su gancho. Yo sequé las tazas y puse cada una en su clavo. De memoria.

Ella lo vio y no dijo nada. Otra gente hubiera preguntado. Ella secaba, acomodaba, no preguntaba. Trabajar al lado de alguien que sabe cuándo no preguntar es una de las tres o cuatro cosas buenas que tiene la vida.

La miré moverse. Una mujer con el pelo sujeto con una brida de las mías, canturreando bajito algo sin melodía, yendo del fuego a la piedra como si la cocina la conociera de antes.

Eso estaba mirando cuando me alcanzó la pregunta que no avisa: cómo se le dice a una criatura de tres años que su madre no va a volver.

Se le dice así. Uma tenía tres años y un vocabulario de cuarenta palabras, la mitad nombres de animales.

Me preguntó cuándo volvía mamá. Le dije que mamá no iba a volver.

Me preguntó si era por algo que ella había hecho.

Le dije que no, que ella no había hecho nada.

Me lo volvió a preguntar el jueves, y otra vez el domingo, con las mismas palabras exactas, porque a esa edad las preguntas se guardan enteras, como piedras en un bolsillo.

Después no preguntó nunca más. Eso fue lo peor de todo: el día que dejó de preguntar.

Sequé la última taza. La colgué. Y decidí que había reglas que no podían esperar a la mañana.

—Me voy a dormir —dijo ella, escurriendo el trapo—. Digo: buenas noches. O buenos días. En algún punto de la tortilla perdimos el derecho a distinguirlos.

—Espera. —Me apoyé en la mesa—. Si vas a vivir aquí, hay reglas.

—Los sitios con reglas claras son mi especialidad. Una cocina tiene más reglas que un banco.

No le dije nada del banco.

—Regla uno. De día esto es un astillero, no un pasillo. Las máquinas se respetan. No se cruza por detrás de un hombre que está cortando. Si tienes que pasar, avisas.

—Igual que en una cocina. Nadie pasa por detrás de nadie sin cantar atrás . —Se cruzó de brazos—. ¿Ves? Especialidad.

—También: si la grada está trabajando, no se pasa por debajo del casco. Nunca. Ni aunque el que esté arriba te diga que sí.

—¿Ni si el que está arriba eres tú?

—Sobre todo si soy yo.

Me molestó que la regla uno ya la supiera. Seguí.

—Regla dos. La cocina… —Miré la campana, el fuego tapado, el mármol limpio. Encontrar la manera de decir quédatela sin decir gracias me llevó un momento—. La cocina úsala.

—Qué generoso. Teniendo en cuenta que ya la usé.

—Si cocinas para los que trabajan aquí, la mercadería la pago yo. Se anota en la libreta de Dora. No es un favor: es sueldo en comida. En este astillero nadie regala ni pide regalado.

—Hecho. Y ya que estamos repartiendo reglas, una mía: el altillo. Te voy a pagar un alquiler.

—No.

—No duermo gratis en casa de nadie.

—No es mi casa. El altillo está en el galpón. El galpón es mitad tuyo. —Me salió sin pensarlo, y era verdad, y los dos nos quedamos un segundo mirando esa verdad como se mira una tabla que se cae sola de la estiba—. Técnicamente estás durmiendo en lo tuyo.

—Técnicamente —dijo ella—, me estás cobrando la mitad de la olla de la gotera.

—La olla es toda mía. Te la presto.

Casi se ríe. Lo vi venir y lo vi frenarse, y no supe cuál de las dos cosas me molestó más.

—¿Cuántas reglas son en total? —dijo—. Para saber si me conviene sentarme.

—Tres. —Ahí se me acabó lo fácil. Me miré las manos, porque para decir ciertas cosas es mejor tener los ojos en otra parte—. La tercera es la única que importa.

—Te escucho.

—No te encariñes con mi hija.

Se quedó quieta, con el trapo en la mano.

—Y no dejes que ella se encariñe contigo —seguí—.

Puedes hablarle. Puedes contestarle las mil preguntas por día; no contestárselas sería peor.

Pero no te vuelvas parte de sus planes. Uma hace planes.

Los escribe. Los cumple. —Tomé aire—. Tú te vas a ir.

Cuando esto termine, de una manera o de la otra, te vas a ir.

No es un reproche: es un dato. Y en esta casa, con los datos se planifica.

Ella no hizo ningún chiste. Eso fue lo primero que registré: el silencio donde siempre había un chiste.

—¿Puedo encariñarme con Ismael? —dijo al fin. Ahí estaba el chiste. Pero llegó tarde, y llegó serio.

—Ismael es cosa de Ismael.

—¿Y contigo?

—Conmigo no hay riesgo.

—No —dijo, despacio—. Supongo que no.

Y algo le pasó por la cara. Rápido, de ida y vuelta, algo que no era ofensa ni era burla. En la madera eso lo sé leer: la veta que se desvía te avisa dónde hubo un nudo. En ella todavía no sabía dónde mirar.

—Acepto las reglas —dijo—. Las tres.

—Bien.

—¿Quieres que te las firme? —La sonrisa quiso volver y no le llegó entera—. Parece que últimamente firmo de todo.

—Con la palabra alcanza. Aquí las cosas se hacen con la palabra.

Asintió despacio, como si eso también le pesara. Ya estaba. Tendría que haber terminado ahí. Sin embargo:

—Una cosa más. No es regla. Es un aviso. —Señalé con la cabeza el fondo del galpón—. El taller del fondo, el de la puerta baja. Es de Abelardo. Está como él lo dejó.

—¿Y esa es la zona prohibida de la casa?

—Yo ahí no entro. —Junté las migas de la mesa con el canto de la mano, por hacer algo—. Es todo lo que sé decirte del taller.

Ella miró hacia el fondo del galpón un buen rato, hacia esa puerta que de noche no se ve pero se sabe dónde está. Cuando volvió a hablar, la voz le había cambiado de temperatura.

—¿Cómo era? Abelardo.

—Preciso.

—¿Eso es todo?

—Es el mejor elogio que conozco.

—Gracias —dijo. No aclaró por cuál de todas las cosas. El gracias quedó en el aire entre los dos, sin dueño, como una herramienta que nadie reclama, y ninguno de los dos lo tocó.

Se fue por la escalera del altillo con su teléfono haciendo de linterna.

La escuché arriba: pasos cortos, la cama de hierro protestando, después nada.

Hice mi ronda: el fuego, las máquinas, la llave de paso.

Cerré con llave el portón grande, que llevaba años cerrándose solo con el pasador.

La cerradura estaba dura de no usarse. Insistí.

No sabría decir si cerraba para afuera o para adentro, y a esa hora un hombre ya no está para carpinterías finas.

Crucé el patio con el día ya gris y las gaviotas empezando su turno.

La casa olía a lo nuestro: a humo viejo, a ropa secada adentro, a la lavanda que Emilia le deja a Uma debajo de la almohada cuando viene.

Subí evitando el tercer escalón, que delata.

La puerta del cuarto de Uma tenía una raya de luz abajo.

La encontré sentada en la cama, envuelta en la manta hasta la nariz, con la linterna apoyada en el hombro y el cuaderno azul abierto sobre las rodillas. Escribía. No levantó la vista.

—Son más de las seis de la mañana —dije.

—Ya sé. Me despertó el olor. —Pasó la hoja—. Estaban todos en la cocina del galpón y nadie me despertó.

—Era de noche.

—Era una comida. —Lo dijo como quien corrige un número mal sumado—. En la cocina de la abuela. Y yo durmiendo.

No le contesté enseguida. Hay frases de mi hija que necesitan un banco de arena donde encallar suave.

—¿Quiénes estaban? —siguió.

—Ismael. Simón. Yo.

—¿Hubo postre?

—No.

—Menos mal. —Y volvió al cuaderno, con el asunto archivado en la columna de daños tolerables.

—La próxima vez me despiertas —dijo.

—No va a haber próxima vez.

Me miró por primera vez desde que entré. No discutió. Uma sabe cuándo un dato está mal y no vale la pena gastarle argumentos: lo deja caer y espera a que la realidad me lo cobre. Volvió al cuaderno.

—Una hora más y te levantas para la escuela. Apaga la linterna.

—Cinco minutos. Estoy terminando un registro.

—Uma.

—Cinco. —Levantó la mano abierta sin mirarme, los dedos separados, la cifra a la vista, como en el mercado.

Se durmió antes de los cinco, como se duermen los niños y los marineros: de golpe, en mitad de la tarea.

Le saqué la linterna de la mano y fui a cerrarle el cuaderno para dejarlo en la silla.

Los cuadernos ajenos no se leen. Lo sé. Lo leí igual, porque en la página abierta, arriba de todo, con su letra de imprenta apretada, decía NINA .

Debajo, en columna, como en sus registros de ballenas: Vista por primera vez: de noche, en el techo, el día de la lluvia.

Señas: habla con las manos. Se ríe fuerte y el patio hace eco.

Cocina. No le tiene miedo a papá. Comportamiento: enciende cosas que estaban apagadas.

Ahora duerme en el altillo. Me debe: un favor, sin fecha.

Cosas que le puedo dar si se queda: mi lugar del acantilado para mirar ballenas.

Enseñarle el cuaderno entero. El favor, se lo perdono.

Me quedé con el cuaderno en la mano bastante más tiempo del que hace falta para leer nueve renglones.

Uma no perdona deudas. Una vez me tuvo seis meses anotado por una promesa de pesca que se llovió; me la cobró con intereses, dos tardes de muelle y un helado doble. Mi hija no perdona deudas nunca. Y acababa de perdonar una.

Dejé el cuaderno abierto en la silla, como estaba.

Cerrarlo ya no tenía sentido. Le apagué la linterna, le acomodé la manta sobre el hombro flaco y me quedé un momento oyéndola respirar, con ese resuello chico que tiene desde bebé cuando duerme profundo, y pensé que hay mareas que uno ve subir desde la orilla, con tiempo de sobra, sabiendo exactamente dónde va a llegar el agua, y aun así no atina a correr nada.

En la cocina de casa no encendí la luz. Del otro lado del patio, el galpón era un bulto oscuro con una línea de humo saliendo todavía de la campana, derecha en el aire quieto de la mañana. Esa noche yo había puesto tres reglas. Las repasé por costumbre, como se repasa una medida antes del corte.

Dos llegaban a tiempo.