Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1) 1 · Nina
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Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1)

Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1)

Por Vera Lombardi

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1 · Nina

El último autobús a Punta Vigía olía a pollo frito y a desinfectante de limón, y puedo afirmarlo con autoridad de experta porque fui la única pasajera durante las últimas dos horas de viaje, sin nada mejor que hacer que inventariar olores mientras la lluvia convertía la ventanilla en el mapa de un país inventado.

—¿Punta Vigía? —me había preguntado el chofer al subir, seis horas antes, con el tono de quien ofrece una última oportunidad de arrepentirse.

—Punta Vigía.

—Nadie va a Punta Vigía en junio.

—Yo voy.

Se encogió de hombros con la sabiduría antigua de los hombres que manejan de noche: la gente hace lo que hace; él solamente pone la ruta.

Viajaba con todo lo que tenía en el mundo, y todo lo que tenía en el mundo ocupaba un asiento y medio: un bolso de lona verde con más kilómetros encima que dignidad, y un rollo de cuero con mis cuchillos adentro, que es lo único caro que poseo y lo único que jamás despaché como equipaje.

Una aprende. Catorce mudanzas antes de cumplir dieciocho años enseñan más de logística que cualquier escuela de hotelería: lo que no puedas cargar corriendo no es tuyo.

En el bolsillo interno del abrigo llevaba la carta del notario, doblada en cuatro y ablandada de tanto abrirla.

Única heredera de don Abelardo Cabral. Un terreno con mejoras en un pueblo costero llamado Punta Vigía.

A mi tío abuelo Abelardo lo vi una sola vez en la vida, a los nueve años: un hombre enorme, con olor a tabaco y a madera, que me talló un barquito con una navaja en el pasillo de una casa prestada mientras los adultos discutían en la cocina.

El barquito lo perdí en la mudanza siguiente. A él no lo volví a ver nunca.

El plan cabía en un renglón: mirar el terreno, resolver un asunto que tenía que resolver en sesenta días y seguir con mi vida hacia algún lugar con más ofertas de trabajo y menos ballenas.

El autobús me dejó arriba, donde la ruta toca el pueblo y parece arrepentirse.

Había un cartel de HOSPEDAJE con una luz encendida detrás de una cortina, y lo anoté mentalmente, que es el lugar donde anoto todo lo que después pierdo.

Lo razonable era tocar ese timbre, dormir bajo techo y conocer mi herencia a la luz del día, como una persona adulta con paraguas.

Bajé por la Avenida del Puerto, claro. Las cosas que me importan prefiero verlas de noche, cuando nadie me mira mirar.

La calle caía derecha hacia el agua, brillante de lluvia, con faroles de luz naranja cada cincuenta metros y ninguna persona a la vista.

A mitad de la cuesta pasé frente a un local con el nombre pintado a mano —EL ALMACÉN DE DORA— y una balanza antigua durmiendo a oscuras en la vitrina.

Pasé también dos locales con las persianas bajas y un cartel de SE VENDE que el salitre iba borrando sin que nadie lo apurara.

Más abajo el viento dejó de pedir permiso: venía del mar cargado de sal, de diésel y de algo verde y vivo que unos días más tarde aprendería a llamar bajamar.

El mar no se veía. Se escuchaba, que es peor y también es mejor: un animal enorme respirando en la oscuridad, sin ningún apuro por presentarse.

Hice el resto del camino contándome cosas útiles, que es mi manera de silbar en la oscuridad: que un terreno con mejoras podía ser cualquier cosa; que las mejoras serían un tinglado, una pila de ladrillos con ambición; que a la mañana todo iba a tener un tamaño más razonable, porque las herencias, como las deudas y como ciertos hombres, crecen de noche.

Al final de la calle estaba el puerto: una rampa de cemento, un muelle corto con dos barcas amarradas que el agua movía como a dos ideas a medio pensar, y a la derecha, contra la playa, un galpón largo de chapa y madera con el lomo mojado brillando bajo el único farol.

Ocupaba más noche de la que cualquier papel doblado en cuatro podía sugerir.

En el frente, sobre el portón, había un cartel de madera con letras blancas descascaradas:

ASTILLERO ROLDÁN Y

Y después una tabla clavada encima, más nueva que el resto del cartel, tapando lo que seguía.

Alguien discutió con ese cartel, pensé. Y ganó la tabla.

—Cero.

La voz vino de arriba, y yo hice lo que haría cualquier persona razonable a las once de la noche en un pueblo desconocido: me quedé perfectamente quieta, como si la quietud fuera un plan.

—Cero —repitió la voz, con la satisfacción de quien cierra una caja registradora—. Ya te vi. No hace falta que te quedes dura.

Contra el cielo, sentada en el borde del techo del galpón, había una silueta chica embutida en un impermeable de adulto, con la capucha caída y el pelo aplastado por la lluvia.

Tendría ocho años, nueve como mucho. En una mano sostenía una linterna apagada; con la otra protegía algo debajo del impermeable, contra el pecho, como se protege un animal chico o un secreto grande.

—¿Qué haces ahí arriba? —pregunté, porque era eso o gritarle que bajara, y a mí los gritos nunca me sirvieron de ningún lado del mostrador.

—Cuento ballenas.

Miré hacia el mar, que era una pared negra detrás de otra pared negra.

—¿Se ven ballenas de noche?

—No.

—¿Entonces?

—Las cuento igual. Si no hay, anoto cero. —Y agregó, con una paciencia de maestra vieja—: El cero también es un dato.

Me quedé sin argumentos. No me pasa seguido, y me acuerdo de cada una de las veces.

—¿Cuántas llevas?

—Treinta y una. —Hizo una pausa de contadora seria—. En mi vida. Hoy, cero.

—¿Y cuando aparezca la treinta y dos?

Se tomó un momento allá arriba. La lluvia le corría por la cara y no parecía molestarle, como no les molesta el agua a las piedras.

—Depende de la ballena.

—¿Piensas bajar? Ese techo está mojado y yo nunca aprendí a atajar.

—¿Qué me das si bajo?

Debí haberlo entendido en ese momento: negociaba como cocino yo, sin receta y completamente en serio.

—Tengo una mandarina.

—¿De las fáciles de pelar?

—De las fáciles.

—Trato.

Bajó por la escalera de hierro del tanque de agua, con una soltura que dejaba claro que ese techo era suyo desde hacía años y que el peligro era un invento de los adultos.

De cerca era flaca, de dientes grandes, con una mata de pelo enredado que había ganado todas las batallas contra todos los peines de su vida.

Me miró de frente, sin sonreír, tomándome las medidas.

—Tres preguntas —dijo, guardándose la mandarina en el bolsillo del impermeable sin pelarla—. Si contestas bien, te digo dónde está la puerta.

—¿La puerta de qué?

—Esa no te la respondo. Las preguntas las hago yo.

Le tendí la mano y cerramos el trato con un apretón mojado y solemne: el contrato más serio que he firmado en mi vida, incluyendo los que llevan sello.

—Primera: ¿cómo te llamas?

—Nina.

—Segunda: ¿qué llevas en ese rollo?

—Cuchillos.

Los ojos se le agrandaron una medida exacta, ni más ni menos.

—¿Eres asesina?

—Cocinera.

Lo consideró con la cabeza inclinada.

—Para las gallinas es lo mismo.

—Para las gallinas soy lo peor que existe —admití, y por primera vez en toda la noche alguien me sonrió: una sonrisa rápida, de dientes grandes, que se apagó enseguida porque quedaba trabajo por hacer.

—Tercera: ¿viniste por el astillero?

—Vine a ver un terreno.

Frunció el ceño con desconfianza profesional, como si yo acabara de decirle que venía a ver el mar pero sin agua.

—Aquí no hay terrenos. Está el astillero, el muelle y la casa.

—¿Qué casa?

Señaló con el mentón, sin sacar las manos de los bolsillos, la construcción baja pegada al costado del galpón: paredes de madera, techo de chapa, una ventana encendida de un amarillo que la lluvia volvía todavía más amarillo.

—La mía.

Algo me hizo un clic en el pecho, el clic exacto de un frasco que cierra bien, y decidí en el acto echarle la culpa al frío, porque el frío no hace preguntas.

—Regla —dijo entonces, muy seria—: no le digas a mi papá que subo al techo de noche.

—¿Y qué me das a cambio?

Fue mi mejor jugada del día. Me miró con un respeto nuevo, el que se les tiene a los extranjeros cuando resulta que hablan tu idioma.

—Te dejo ver el cuaderno —dijo—. Un minuto.

Sacó de abajo del impermeable lo que había estado protegiendo: un cuaderno de tapa azul con una ballena dibujada encima con corrector, la cola torcida con orgullo.

Adentro había columnas: fecha, cantidad, observaciones.

Había muchas fechas y muchos ceros, y los ceros estaban anotados con el mismo cuidado que las ballenas.

—¿Hace cuánto llevas la cuenta?

—Desde los cinco. Antes también veía, pero no sabía escribir. —Se encogió de hombros—. Sin pruebas no cuenta.

Le devolví el cuaderno como se devuelven las cosas sagradas: con las dos manos.

—Me llamo Uma —dijo, aunque yo no había preguntado, porque a esa altura ya era evidente que las preguntas importantes las contestaba sola.

Me hizo el recorrido de dueña, bajo la lluvia, sin apuro, señalando cada cosa con el mentón: la grada de varado bajando hacia el agua como una rampa dormida, los tambores de brea, el portón corredizo del lado del mar, abierto un palmo.

Por esa ranura espié: adentro, a oscuras, algo enorme y pálido descansaba sobre puntales, un barco a medio nacer con las costillas a la vista.

Olía a resina y a viruta incluso con la lluvia: un olor limpio, de madera recién herida, que no combinaba con ninguna palabra de mi carta.

Junto a la puerta de la casa había dos pares de botas de goma: unas enormes, caídas hacia un lado con cansancio de adulto, y unas del tamaño de un cuento.

Debajo del alero, una soga con ropa que la lluvia había vuelto a lavar: camisas de franela, ropa de niña, medias de lana desparejas.

Una bicicleta chica tirada en el pasto con total confianza, como se tiran las bicicletas cuando nadie va a llevárselas.

De la chimenea de la casa salía humo, y el humo olía a cena.

Conozco las cocinas por el humo como otros conocen los motores por el ruido.

Ese humo tenía leña buena y una olla que llevaba horas, alguien que cocinaba cansado o sin tiempo pero cocinaba igual, porque adentro había una niña que alimentar.

Me quedé oliéndolo bastante más de lo que estoy dispuesta a reconocer.

En la carta del notario decía "terreno con mejoras".

Las mejoras cenaban adentro con la estufa encendida.

Las mejoras usaban botas del tamaño de un cuento, contaban ballenas a oscuras y anotaban los ceros con la mejor letra que podían.

Me apoyé en el portón frío y sentí, con una exactitud desagradable, el peso del papel doblado en cuatro contra el pecho.

—¿Le digo a mi papá que viniste? —preguntó Uma.

—No. —Me miró con sospecha, así que agregué—: Vuelvo mañana. Los asuntos importantes se tratan de día.

—¿Tú eres un asunto importante?

—Estoy por averiguarlo.

Sacó el cuaderno otra vez, lo abrió en una página del final, lejos de las ballenas, y apoyó el lápiz.

—¿Apellido?

—Cabral.

Lo escribió despacio, con la lengua entre los dientes, sin levantar la vista. Si el apellido le dijo algo, no me lo dijo a mí.

—¿Qué anotas ahí atrás?

—Todo lo que llega.

—¿Y qué llega?

Cerró el cuaderno, se lo guardó bajo el impermeable y me miró con esos ojos que ya habían contado treinta y una ballenas y varios miles de ceros.

—Casi nada.

Subí la cuesta con el bolso pesado de agua y el rollo de cuchillos seco contra las costillas, porque hay prioridades. A mitad de camino miré hacia atrás: abajo, entre la lluvia y el farol del muelle, el galpón era una raya oscura con una ventana amarilla, y en el techo ya no había nadie contando.

Yo había venido a ver un terreno. Los terrenos no dejan botas junto a la puerta. No tienden camisas bajo el alero. No anotan los ceros con buena letra por si alguien, alguna vez, pide pruebas.

Toqué el timbre del hospedaje y decidí que todo aquello era un problema para la Nina de mañana, que siempre ha sido una mujer muy ocupada.