Un lío de boda Epílogo
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Epílogo

THEO

Un año después

Antes medía mi vida en fusiones, conferencias telefónicas e invitaciones de calendario.

Ahora la mido por la cantidad de veces que Lucy se ríe antes del mediodía, el índice de supervivencia de nuestras plantas de interior y el tiempo que Bowie puede sentarse junto a una esterilla de yoga antes de decidir que es una enemiga a la que debe destruir.

Mi teléfono vibra sobre la encimera de la cocina.

Miro la pantalla desde el otro lado de la habitación. Un directivo de nuestra oficina de Londres ha marcado un correo electrónico como urgente, lo que por lo general significa que es importante para él y que, para todos los demás, puede esperar diez minutos.

Hace un año, habría cruzado el apartamento antes de la segunda vibración.

Hoy lo dejo donde está.

La empresa sobrevivirá al desayuno sin mí.

Lucy está sentada en el asiento del ventanal, con el portátil apoyado sobre los muslos, los lentes resbalándole por la nariz y el cabello recogido en algo que ella insiste en llamar una piña. La posición parece incómoda, pero su postura sigue siendo irritantemente perfecta.

Desde que completó su certificación de pilates, cada silla de nuestra casa se ha convertido en una oportunidad para demostrar cómo se mantiene la columna bien alineada.

El perfil urbano de Boston se extiende más allá de las ventanas, pero el apartamento ya no parece una fotografía arquitectónica estéril como cuando vivía aquí solo.

Los libros llenan estanterías que antes exhibían objetos decorativos que nunca tocaba. Tazas de segunda mano de colores vivos ocupan todo un armario de la cocina. Hay material deportivo en habitaciones donde no tiene ningún propósito lógico.

Hay catorce plantas.

Las he contado.

Lucy asegura que hay doce, pero al parecer dos son «esquejes» y no cuentan como plantas separadas pese a vivir en recipientes distintos.

Bowie, nuestra gata atigrada de color naranja, se agazapa bajo el asiento del ventanal y mueve la cola a tirones bruscos, recelosa. Parece calcular si puede alcanzar el cable de carga sin que Lucy se dé cuenta.

Puede.

Y lo hace.

—Bowie.

Lucy atrapa el cable un segundo antes de que la gata escape con él.

Bowie se lo toma como una traición personal.

—¿Otra vez saboteando mi carrera? —le pregunta Lucy.

Bowie se sienta y empieza a lavarse una pata.

Llevo mi café hasta el ventanal. —Quiere tener el control editorial.

—Tiene opiniones muy firmes sobre la extensión de los capítulos.

—Puede que tenga razón.

Lucy alza la vista hacia mí. —No has leído este capítulo.

—He leído los veintitrés anteriores.

—¿Y?

—La vecina desaparece durante cuarenta páginas.

—Luego vuelve.

—Eso no hace que su desaparición sea menos sospechosa.

Lucy entrecierra los ojos y vuelve al portátil. —Me arrepiento de haberte convertido en mi primer lector.

—Dices eso cada vez que identifico un problema estructural.

—Identificas problemas estructurales cuando te pregunto si un beso es ardiente.

—Puede ser ardiente y estructuralmente defectuoso al mismo tiempo.

Intenta reprimir una sonrisa.

No lo consigue.

Primera risa del día antes de las nueve y media.

Hoy se cumple un año desde que subimos al barco equivocado.

Durante ese año, Lucy terminó el manuscrito que durante tanto tiempo había fingido que no importaba.

Lo revisó dos veces, envió propuestas a agentes literarios sin pedirme que la pusiera en contacto con nadie y acumuló suficientes correos electrónicos de rechazo como para crear una detallada hoja de cálculo con código de colores.

La idea de la hoja de cálculo fue suya.

Yo enmarqué una copia.

En abril, consiguió representación literaria. El mes pasado, vendió su comedia romántica a una gran editorial mediante un contrato por dos libros.

La novela trata sobre una mujer que sube al barco equivocado con el último hombre al que elegiría de buena gana como compañero de viaje.

Lucy asegura que es ficción.

El protagonista es un rígido abogado corporativo que ordena alfabéticamente el minibar del hotel.

Yo no soy abogado y nunca he ordenado un minibar alfabéticamente.

Reorganicé uno por categorías porque la disposición original era irracional.

La distinción importa.

Su éxito le pertenece por completo.

Ella terminó el libro. Lo revisó después de recibir unas notas editoriales que al principio describió como un ataque personal. Envió las propuestas. Atendió llamadas, negoció con su representante y eligió a quien editaría el libro porque compartía su visión.

Lo celebré con suficiente champán para abastecer a todo nuestro edificio y una primera edición de la novela que, a los catorce años, despertó en ella el deseo de ser escritora.

Gastar dinero en Lucy es una de mis cosas favoritas.

No porque necesite que yo la rescate.

No lo necesita.

Me encanta darle espacio para querer cosas.

Y quiere tantas.

Completó su certificación de pilates en enero y ahora enseña cuatro mañanas por semana. Dos de esas clases combinan pilates y yoga, lo que le permite usar la palabra Yogilates pese a mis objeciones.

Sigue escribiendo en cafés, se apunta a talleres de cerámica que luego se olvida de terminar y nos inscribe en conferencias sobre temas que ninguno de los dos entiende.

Y luego están las clases de helicóptero.

Meses antes de su cumpleaños, Lucy mencionó que siempre había querido volar.

Lo dijo como quien no quiere la cosa durante una cena, entre una historia sobre una persona de lo más alarmante con la que se había encontrado al dar una clase como suplente y una queja sobre las cucharas de postre del restaurante.

Le hice tres preguntas.

Las respondió y luego intentó cambiar de tema.

Ya había investigado las escuelas de vuelo de la zona. Sabía cuánto costaba un curso de iniciación, qué requisitos médicos debía cumplir y cuántas horas necesitaba antes de poder formarse para obtener una licencia de piloto privado.

Había decidido que era demasiado caro para algo que tal vez nunca se convirtiera en una carrera.

En eso diferían nuestras definiciones.

Un sueño no tenía que volverse rentable para merecer espacio en su vida.

Por su cumpleaños, le regalé un paquete de clases de vuelo en helicóptero pagado por adelantado.

Miró fijamente el certificado durante casi un minuto antes de preguntarme si había perdido la cabeza. Luego lloró, se subió a mi regazo y me acusó de extravagante y de ser su cómplice.

Me declaré culpable de los tres cargos.

Ha acumulado dieciocho horas de vuelo.

La primera vez que tomó los mandos de la aeronave, me llamó desde el aeródromo y habló tan deprisa que solo entendí la mitad de lo que decía.

Entre lo que alcancé a entender estaban las frases una puta maravilla , de verdad estaba volando y necesito más clases .

Cuando volvió a casa, me ofrecí a pagarle otro paquete.

Aceptó después de llamarme imposible.

Apoyar a Lucy significa aprender que no todos los intereses requieren un plan a cinco años. Hay cosas que vale la pena hacer solo porque le iluminan los ojos y hacen que mueva las manos al hablar.

La vida que hemos construido no es ordenada.

Es más grande que la que yo planeé.

Así es mejor.

Los dedos de Lucy siguen moviéndose sobre el teclado. Se muerde el labio inferior mientras relee una frase; luego borra la mitad del párrafo y vuelve a empezar.

Me quedo de pie detrás de ella durante varios segundos, observándola.

Lleva puesta una de mis camisetas y unos pantalones cortos de pijama de tela suave. Está descalza, con los pies recogidos bajo el cuerpo, y en un tobillo se le nota la leve marca de un calcetín que abandonó en algún punto entre el dormitorio y la cocina.

Al final nota mi presencia.

—Me estás mirando fijamente.

—Estoy observando.

—Eso es mirar fijamente rebautizado por un ejecutivo.

Dejo el café junto a su portátil y apoyo las manos sobre sus hombros. Los músculos están tensos bajo mis pulgares.

—Necesitas un descanso.

—Ya me tomé uno.

—¿Cuándo?

—Ayer.

—No es suficiente.

Lucy sigue tecleando mientras le amaso la base del cuello. Exhala sin poder evitarlo.

—Eso parece manipulación.

—Es un masaje.

—Sabes adónde conducen tus masajes.

—A una mejor circulación.

—Mentiroso.

Me inclino y beso la piel bajo su oreja.

Sus dedos se detienen sobre el teclado.

Vuelvo a besar el mismo lugar, más despacio.

—Theo.

—¿Sí?

—Estoy trabajando.

—Ya lo veo.

Mi boca desciende por el costado de su cuello. Lucy inclina la cabeza, dándome más espacio mientras mantiene la ficción de que se opone.

—Estás interrumpiendo el capítulo veinticuatro.

—Puede que le venga bien un poco de distancia.

—Puede que le venga bien que me dejes en paz.

Hundo los pulgares en un nudo en la parte superior de sus hombros. Deja caer la cabeza hacia delante con un gemido suave.

—Eso no ha sonado como una petición de soledad.

—Ha sido un sonido complejo.

—Lo he entendido.

—Tú siempre crees que sí.

Deslizo una mano desde su hombro hasta la piel desnuda de su muslo. —Cierra el portátil.

Lucy me mira por encima de la montura de los lentes. —¿Es una orden?

—No.

—Bien.

Su mirada baja hasta mi boca.

Espero.

Lucy guarda el documento, cierra el portátil y lo deja con cuidado en el extremo opuesto del asiento del ventanal.

Entonces engancha un dedo en el cuello de mi camisa.

—Tienes quince minutos para justificar la interrupción.

—Eso no es realista.

—Estás perdiendo el tiempo.

Le quito los lentes y los dejo encima del portátil.

Lucy desliza las dos manos detrás de mi cuello y tira de mí hacia abajo.

Su beso es cálido e inmediato. Sabe a café y a la mermelada de fresa que comió directamente del frasco mientras afirmaba que se nos habían acabado las cucharas limpias.

Apoyo una mano junto a su cadera y le devuelvo el beso. Su lengua roza la mía y sus dedos se tensan en mi cabello cuando atrapo su labio inferior entre los dientes.

Se le escapa un sonido suave.

Conozco ese sonido.

La levanto del asiento del ventanal.

Sus piernas me rodean la cintura por instinto.

—El portátil —advierte.

—Está a salvo.

—¿Mi café?

—También está a salvo.

—¿Bowie?

Los dos miramos hacia abajo.

La gata está sentada junto a mi taza abandonada, con una pata suspendida sobre el borde.