Un lago entre los dos Capítulo 31
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Capítulo 31

Me quedo en el embarcadero hasta que desaparece entre los árboles.

No sé cuánto tiempo es eso exactamente, no lo mido, que es algo que he aprendido aquí, que hay momentos que no necesitan ser medidos sino simplemente vividos hasta que terminan solos.

La veo alejarse por el camino de piedra con la maleta y el bolso y el jersey azul, y luego los árboles se la van comiendo despacio, primero las piernas, luego el torso, luego el pelo, hasta que solo queda el camino vacío y el sonido de sus pasos que tampoco dura mucho.

Y luego nada.

Solo el lago.

Me quedo mirando el punto entre los árboles donde desapareció durante un momento que tampoco mido, y luego miro el lago, que está exactamente igual que antes de que ella se fuera, exactamente igual que hace dos semanas cuando llegué, exactamente igual que estará mañana y dentro de un mes y dentro de cien años, con esa indiferencia suya que al principio me pareció frialdad y que ahora entiendo que es otra cosa, que es permanencia, que es la tranquilidad de las cosas que saben que van a seguir estando.

El lago sigue estando.

Yo también.

Vuelvo a la cabaña despacio, sin prisa, que es como he aprendido a moverme aquí y que espero conservar aunque sé que Londres va a intentar quitármelo desde el primer día.

La cabaña sin Poppy tiene un silencio diferente.

No peor, diferente.

Es el silencio de antes de que llegara, el mismo silencio de los primeros cuatro días, pero ahora lo noto de otra manera porque sé lo que puede ser cuando no está vacío, cuando hay alguien haciendo café en la cocina o leyendo en el sofá o sentada en el escalón de la terraza con los pies descalzos y el café frío que no termina nunca.

Su habitación tiene la puerta cerrada.

No la abro.

No todavía.

Me hago un café, el tercero de la mañana, y salgo a la terraza y me siento en mi silla con el cuaderno en el regazo, esta vez abierto, porque esta mañana sí tengo cosas que escribir, muchas cosas, todas las cosas que llevan dos semanas acumulándose en algún sitio esperando el momento y que esta mañana, con el embarcadero vacío y el jersey azul que no está y los dieciséis minutos de metro, han decidido que el momento es ahora.

Escribo.

No cuento las frases.

A las doce paro y releo lo que he escrito y es lo mejor que he escrito en años, no porque sea perfecto sino porque es verdad, completamente verdad, sin las capas que uno pone encima de las cosas cuando escribe desde un sitio seguro y distante.

Esto lo he escrito desde dentro, desde el centro exacto de algo que todavía está pasando, y eso se nota en cada línea de una manera que no puedo explicar pero que reconozco, que es la misma manera en que reconocí la segunda novela cuando la estaba escribiendo, esa certeza física de que lo que tienes entre las manos es real.

Cierro el cuaderno.

Miro el lago.

Pienso en llamar a mi editor y luego decido que puede esperar un día más, que hoy el lago todavía se merece toda la atención.

Por la tarde hago algo que no había hecho en dos semanas.

Voy solo al pueblo.

Camino por la carretera estrecha entre los muros de piedra y los árboles con las manos en los bolsillos y el sol de la tarde encima, y el camino sin ella tiene un aspecto diferente pero no peor, más mío quizás, más del Logan que llegó aquí hace dos semanas buscando algo que no sabía nombrar y que esta tarde, de vuelta al pueblo solo por primera vez, siente que encontró aunque no sea exactamente lo que esperaba encontrar.

Nunca es lo que esperas.

Eso también lo escribiré.

En el pueblo entro en la librería, que está a punto de cerrar pero el hombre de las gafas me deja entrar con la generosidad tranquila de alguien que nunca ha cerrado la puerta en la cara de nadie que quiera entrar a mirar libros.

​—​      ¿Se fue la chica? — pregunta desde el fondo.

​—​      Esta mañana — digo.

Asiente, sin dramatismo, con esa sabiduría específica de los hombres que llevan décadas en un pueblo pequeño junto a un lago y que han visto suficientes historias como para saber cuándo una tiene continuación.

​—​      Buen lago, este — dice, y desaparece entre las estanterías.

Recorro los estantes sin buscar nada concreto, que es la única manera de recorrer esta librería, y encuentro un libro fino de poesía que no es el de tapas azules de Poppy sino otro, de una autora que no conozco, y lo abro por el medio como hacemos los dos, como hemos hecho los dos estas dos semanas sin habérnoslo enseñado el uno al otro, y leo tres líneas que dicen algo que ya sé pero que está bien ver escrito.

Lo compro.

En el pub la mujer me ve entrar solo y no dice nada, solo pone una cerveza en la barra con esa eficiencia suya de quien conoce los pedidos antes de que los hagas.

​—​      ¿Cuánto tiempo más te quedas? — pregunta.

​—​      Una semana — digo—. Quizás dos.

​—​      Bien — dice—. El lago necesita gente que lo mire de verdad.

Bebo la cerveza despacio, mirando la calle por la ventana, los tejados, el campanario, la luz de la tarde que en este pueblo tiene un ángulo que no he visto en ningún otro sitio, esa luz lateral de las cinco que lo dora todo con una generosidad que parece imposible.

Pienso en Poppy en el tren ahora mismo.

Me pregunto si estará mirando por la ventana, si habrá abierto el libro de tapas azules, si estará pensando en el lago o en el lunes o en las dos cosas a la vez que es probablemente lo más Poppy Hartwell que existe.

Saco el teléfono.

Lo miro un momento.

¿Estás en el tren?

Tres segundos.

Sí. Mirando por la ventana.

Sonrío.

¿En qué piensas?

Cinco segundos esta vez.

En el lago. Y en el lunes. Y en dieciséis minutos.

Lo guardo en el bolsillo y termino la cerveza con algo en el pecho que no es tristeza ni alegría sino algo más tranquilo y más permanente que las dos, algo que se parece a saber, simplemente saber, que las cosas van a ir bien sin poder explicar exactamente por qué ni exactamente cómo, solo que sí, que van a ir bien, que el lago hizo su trabajo y que lo que queda ahora es el resto, que es mucho y es bueno y empieza en dieciséis minutos de metro.

Esa noche enciendo la chimenea.

No hace frío suficiente para justificarlo pero la enciendo de todas formas, con la misma lógica con que Poppy compró las velas el lunes sin motivo, que es la lógica de hacer las cosas porque apetecen y no porque sean necesarias, que es algo que he aprendido aquí y que pienso llevarme a Londres aunque Londres lo ponga difícil.

Me siento en el sofá con el libro nuevo de poesía y el cuaderno al lado y el fuego delante y el lago detrás, y leo un rato y escribo un rato y luego me quedo mirando el fuego sin hacer nada, que es algo que hace tres semanas no sabía hacer y que ahora hago con una naturalidad que me sorprende todavía un poco.

A las diez y media el teléfono vibra.

Ya en casa. El piso huele a cerrado pero el lago todavía está en algún sitio.

Lo leo dos veces.

El lago siempre está en algún sitio si sabes buscarlo.

¿Cuándo vuelves a Londres?

Miro el cuaderno. Miro el fuego. Miro el lago invisible detrás de las ventanas oscuras.

La semana que viene. El miércoles.

Tres segundos.

El miércoles.

Sí.

Dieciséis minutos.

Dieciséis minutos , escribo.

Y dejo el teléfono en la mesita y vuelvo al fuego y me quedo ahí, en el sofá de la cabaña junto al lago más grande de Inglaterra, con la novela terminada en el cuaderno y una semana más de lago por delante y el miércoles después, que esta noche, con el fuego encendido y el lago detrás y esos dieciséis minutos que ya no son una distancia sino una dirección, me parece el mejor día de la semana.

FIN