Un lago entre los dos Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Me quedo en la puerta de la cocina mirándole la espalda, los hombros, las manos en la sartén con esa atención que le pone a las cosas que le importan, y pienso que hay personas que aprenden mirando y personas que aprenden haciendo y que Logan es de las primeras, que lleva dos semanas mirando y guardando y aprendiendo en silencio, y que eso, de todas las cosas que he descubierto de él, es quizás la que más me va a costar dejar atrás.

No dejar atrás.

Llevar conmigo de otra manera.

​—​      ¿Están bien? — digo.

​—​      Están bien — dice—. La tercera es la buena.

​—​      La quinta — lo corrijo.

Se gira.

​—​      ¿Contaste mis tortitas?

​—​      Soy asesora fiscal — digo—. Cuento todo.

Esa sonrisa suya, la de verdad, la que ya no tarda en salir.

Desayunamos en la terraza con las tortitas y el café y el lago delante y la conversación va y viene sin esfuerzo, de las cosas pequeñas, de las que no tienen peso propio pero que juntas construyen algo que sí lo tiene.

Me habla de su editor, que lleva meses esperando la novela con una paciencia que según Logan es más miedo que paciencia.

Le hablo de Diane, de cómo el lunes voy a tener que ponerse al día con todo lo que he ignorado esta semana y de cómo eso me parece, por primera vez en años, un problema manejable en vez de una amenaza.

​—​      ¿Por qué manejable ahora? — pregunta.

​—​      Porque sé que existe un lago — digo—. Antes no lo sabía de verdad. Lo sabía en abstracto, que existen los lagos y los montes y las cabañas y los sitios donde el tiempo funciona diferente, pero no lo había sentido. Ahora sí. Y eso cambia cómo se ve el lunes desde aquí.

​—​      ¿Y desde Londres?

​—​      Eso ya lo veremos — digo honestamente—. Pero creo que algo se queda. No todo se va con el tren.

Me mira con esa expresión de los días buenos.

​—​      No — dice—. No todo se va.

A las nueve menos cuarto subo a hacer la maleta.

No tardo mucho porque la mayor parte ya está hecha desde anoche, con ese orden mío que no puedo evitar aunque quiera, esa necesidad de tener las cosas en su sitio antes de que llegue el momento, que es una manera de controlar lo que se puede controlar cuando otras cosas no se pueden.

Doblo el jersey azul.

Lo miro un momento.

Lo meto en la maleta y luego lo saco y me lo pongo, porque es el jersey del lago y el lago todavía no ha terminado y quiero llevarlo puesto hasta el último momento.

El libro de tapas azules va en el bolso, no en la maleta.

Las botas nuevas van en la maleta porque en Londres no voy a necesitarlas, o eso me digo, aunque mientras las meto pienso que quizás sí, que quizás en Londres también hay sitios donde ponerse botas y subir cosas, que quizás eso también es algo que me llevo de aquí.

Cierro la maleta.

Me quedo sentada en el borde de la cama un momento.

La habitación ya no huele a mí del todo, o sí huele a mí pero también huele a la madera y al lago y a estas dos semanas, y llevarse ese olor no es posible aunque quisiera, aunque metiera toda la ropa en la maleta abierta durante una hora, que es algo que por un momento pienso en hacer y que no hago porque son las nueve y cuarto y el lago me espera.

Bajamos al embarcadero los dos.

La maleta la dejamos en el salón junto a la puerta, lista, con el bolso encima y el libro de tapas azules asomando, y salimos a la terraza y bajamos los escalones y caminamos por la hierba húmeda de la mañana hasta el embarcadero sin decir nada, con ese acuerdo tácito que hemos desarrollado estas dos semanas de saber cuándo las palabras ayudan y cuándo estorban.

Esta mañana estorbarían.

Nos sentamos al final del embarcadero con los pies colgando sobre el agua.

Por última vez.

El lago desde aquí es todo lo que existe, enorme y quieto y completamente indiferente a que yo me vaya hoy, que es lo que más me gusta de él, esa indiferencia magnífica que no juzga ni retiene ni pide que te quedes, que simplemente está y deja que las cosas sean lo que son.

​—​      ¿Estás bien? — dice Logan.

Lo pienso de verdad, no la respuesta automática sino la honesta, la que requiere mirar en el sitio donde guardas las cosas que importan.

Pienso en Londres y en el trabajo y en el piso pequeño y en el lunes y en todo lo que me espera al otro lado del tren.

Pienso en Daniel, que ya no duele, que ya es solo el nombre de algo que fue y que dejó espacio para otras cosas.

Pienso en Sophie y en su nota, para Poppy que necesita parar aunque no lo sepa todavía , y en lo mucho que tenía razón y en lo poco que lo sabía cuando la leyó.

Y pienso en esto.

En el lago.

En él.

En la persona que encontré al otro lado de una puerta hace dos semanas y que no era lo que esperaba y era exactamente lo que necesitaba, que son a veces la misma cosa cuando tienes suerte.

​—​      Sí — digo—. Estoy bien de verdad. Estoy mejor que en años.

​—​      Ya lo sé — dice.

​—​      ¿Lo sabías?

​—​      Desde el principio — dice—. Bueno, desde el segundo día. El primero todavía estabas enfadada con Sophie.

Me río.

Esa risa mía, la que no planeo, la que simplemente ocurre, aquí en el embarcadero por última vez con el lago delante y el sol encima.

​—​      Sigo un poco enfadada con Sophie — digo.

​—​      No — dice—. Ya no.

Tiene razón.

Ya no.

​—​      Logan — digo.

​—​      ¿Sí?

​—​      Cuando vuelvas a Londres.

​—​      ¿Sí?

​—​      No esperes demasiado para llamarme.

​—​      ¿Cuánto es demasiado?

​—​      Más de una semana — digo—. Más de una semana es demasiado.

​—​      De acuerdo — dice.

​—​      ¿De acuerdo como cuando dices de acuerdo y lo haces, o de acuerdo como cuando dices de acuerdo y luego resulta que no sabías dónde estaban los platos?

Me mira con esa expresión de medio lado.

​—​      De acuerdo como cuando lo hago — dice.

​—​      Bien.

Silencio.

El agua debajo de nuestros pies. El sol encima. Los árboles al otro lado del lago que son de ese verde imposible de las mañanas de verano inglesas.

Logan me coge la mano.

No dice nada.

Yo tampoco.

Nos quedamos así, con las manos juntas en el embarcadero, mirando el lago que nos tuvo dos semanas y que ahora nos va a soltar, cada uno a su lado, con dieciséis minutos de metro entre los dos y todo lo que viene después que todavía no tiene nombre pero que está ahí, esperando, tan quieto y tan seguro como el agua debajo de nuestros pies.

A las nueve y cuarenta me levanto.

Porque si no me levanto ahora no me voy a levantar.

Logan se levanta conmigo y me besa, una vez, tranquilo y largo y sin prisa, con el lago detrás y el sol encima y la cabaña al fondo con mi maleta junto a la puerta, y cuando me separo me está mirando con esa expresión nueva, la que no había visto antes de esta semana y que ya no voy a poder dejar de ver.

​—​      Poppy — dice.

​—​      ¿Sí?

​—​      El jersey azul — dice—. Quédatelo.

Lo miro.

​—​      Es mío — digo.

​—​      Ya lo sé — dice—. Pero quería decírtelo de todas formas.

Me río una vez más, la última risa del lago, y me giro y camino por el embarcadero hacia la cabaña sin mirar atrás porque si miro atrás no me voy, y cojo la maleta y el bolso con el libro de tapas azules asomando y salgo por la puerta y tomo el camino hacia la carretera entre los muros de piedra y los árboles con el jersey azul puesto y el lago detrás haciéndose más pequeño con cada paso.

Me giro una sola vez.

Está en el embarcadero.

Me mira.

Yo le miro.

Luego me giro y sigo andando.

Dieciséis minutos de metro.

Que esta mañana, en este camino entre muros de piedra y árboles con el Lake District detrás y Londres delante, es la distancia más corta del mundo.