Capítulo 25
Los últimos cuatro días tienen una textura diferente a los primeros.
No peores ni mejores, diferentes. Como cuando sabes que una canción está llegando al final y la escuchas de otra manera, con más atención, con esa conciencia de que cada nota es una nota menos, y eso no la hace menos bonita sino más, de una manera que duele un poco pero que también es exactamente lo que tiene que ser.
El lunes lo pasamos en la cabaña casi entero.
Logan escribe por la mañana y yo leo, y por la tarde salimos en la barca los dos remando, cada uno su lado, con esa coordinación que hemos encontrado sin practicarla, y llegamos al centro del lago y paramos y dejamos que la barca se mueva sola con la corriente mínima que hay, y nos quedamos tumbados mirando el cielo durante un rato que no mido porque he dejado de medir las cosas.
Eso es nuevo.
La Poppy de Londres mediría ese rato. Lo anotaría mentalmente como tiempo sin productividad, como minutos que no van a ningún sitio.
Esta Poppy, la del lago, la de las botas nuevas y el libro de tapas azules y las velas compradas sin motivo, se queda tumbada en una barca mirando el cielo y no mide nada.
— ¿En qué piensas? — pregunta Logan desde su lado de la barca.
— En nada — digo.
Silencio.
— ¿De verdad? — dice, y en su voz hay algo que no es incredulidad sino curiosidad genuina.
— De verdad — digo—. Es la primera vez en meses que pienso en nada y no me parece un fracaso.
Pausa.
— ¿Antes te parecía un fracaso? — pregunta.
— Antes no paraba suficiente para pensarlo — digo—. Que es probablemente la respuesta.
El cielo encima de nosotros es de ese azul que el Lake District guarda para los días que quiere que recuerdes, sin una nube, con esa profundidad que tienen los cielos cuando el aire es limpio de verdad, y la barca se mueve tan despacio que es casi como no moverse, y el lago alrededor de nosotros es todo lo que existe en este momento.
— Logan — digo.
— ¿Sí?
— Cuando vuelvas a Londres.
— ¿Sí?
— ¿Dónde vives?
Silencio breve, del tipo que tiene forma de sonrisa aunque no pueda verle la cara desde aquí.
— Islington — dice.
— Yo estoy en Hackney — digo.
— Veinte minutos en metro — dice.
— Dieciséis — digo.
Pausa.
— ¿Lo has mirado? — dice.
— Puede — digo.
— ¿Cuándo?
— Anoche — admito—. Cuando no podía dormir.
Silencio.
Luego su mano aparece por encima del borde de la barca, extendida hacia mí, y yo la cojo sin incorporarme, los dos tumbados mirando el cielo con las manos juntas entre los dos en el centro de la barca, y así nos quedamos, sin decir nada más, mientras la corriente nos lleva despacio hacia ningún sitio en particular.
Dieciséis minutos en metro.
Que es mucho menos de lo que parece y exactamente lo que necesitaba saber.
El martes vamos al pub.
No por ningún motivo especial sino porque Logan dice que en diez días no hemos cenado fuera ni una vez y que eso es un desperdicio teniendo un pub a veinte minutos, y yo digo que tiene razón y me pongo el vestido que traje por si acaso y que no había usado todavía.
Logan me mira cuando salgo de la habitación con ese vestido.
No dice nada.
Pero me mira.
— ¿Qué? — digo.
— Nada — dice.
— Logan.
— Estás — empieza, y para.
— ¿Estoy?
— Bien — dice—. Estás bien.
— Eso ya lo sé.
— Estás muy bien — dice, con una honestidad tan directa y tan poco adornada que es casi más efectiva que cualquier cosa elaborada que pudiera haber dicho.
— Gracias — digo, y me pongo colorada, que es algo que no me pasaba desde los veintidós años y que esta noche ocurre con una naturalidad que no sé si admirar o temer.
La mujer del pub nos ve entrar y pone una expresión que es básicamente te lo dije sin palabras, dirigida a nadie en concreto y a los dos a la vez.
Nos da la mejor mesa, la del rincón junto a la ventana desde donde se ve la calle del pueblo y el campanario de la iglesia con las últimas luces del día, y nos trae la carta con una eficiencia que sugiere que ya sabía lo que íbamos a pedir antes de que llegáramos.
Cenamos despacio.
Hablamos de cosas que no habíamos hablado todavía, de las pequeñas, de las que construyen el mapa de una persona, su familia, su infancia, los veranos en Escocia que se terminaron a los doce porque su padre y su madre dejaron de ponerse de acuerdo en casi todo y el lago fue una de las primeras bajas, la universidad, los primeros años en Londres, el primer libro publicado con treinta y uno y el miedo que tuvo de que fuera también el último.
Le cuento lo de mi padre, que es contador igual que yo fui contable antes de ser asesora y que siempre asumió que yo haría lo mismo, no con presión sino con esa asunción tranquila de los padres que a veces es más difícil de contradecir que la presión directa.
Le cuento que de pequeña quería ser veterinaria hasta los nueve años y que luego quise ser actriz hasta los catorce y que luego dejé de querer ser cosas concretas y empecé simplemente a hacer lo que seguía.
— ¿Y ahora? — dice.
— ¿Ahora qué?
— ¿Qué quieres ser ahora?
Lo pienso con honestidad, no la respuesta rápida sino la verdadera.
— No lo sé todavía — digo—. Pero creo que estoy más cerca de saberlo que hace dos semanas.
— ¿Qué ha cambiado?
Miro la ventana, el campanario, las últimas luces del día convirtiéndose en las primeras de la noche.
— Que paré — digo—. Por primera vez en años paré de verdad y descubrí que no me caía. Que el mundo seguía funcionando aunque yo no estuviera empujándolo.
Logan me mira con esa expresión suya que ya conozco, la que guarda para las cosas que le importan de verdad.
— Eso es importante — dice.
— Sí — digo—. Lo es.
La mujer del pub pasa con dos vasos de algo que no hemos pedido y los pone en la mesa sin decir nada, con esa sonrisa suya que va dirigida a ninguno de los dos y a los dos a la vez, y se va antes de que podamos darle las gracias.
Logan mira los vasos.
Me mira a mí.
— Creo que nos ha adoptado — dice.
— Creo que sí — digo.
Y nos reímos los dos, al mismo tiempo, de la misma cosa, con el pub alrededor y el pueblo fuera y tres días que esta noche, con la luz de la ventana y los vasos que no pedimos y su risa mezclada con la mía, no pesan como una cuenta atrás sino como algo completamente distinto.
Como un principio disfrazado de final.