Capítulo 24 #3
— Porque te conozco — dice, simplemente, como si fuera la respuesta más obvia del mundo, y quizás lo es, quizás después de diez días en una cabaña junto a un lago con alguien esa es exactamente la respuesta más obvia del mundo.
Me quedo mirándole un momento.
Y luego, sin pensarlo demasiado, sin hacer una lista ni calcular nada ni esperar a saber con certeza lo que va a pasar, me inclino y le beso.
Es un beso breve.
Tranquilo.
Como todo lo que es Logan, sin prisa y sin drama, con esa calma suya que no es frialdad sino exactamente lo contrario.
Cuando me separo me está mirando con una expresión que no había visto hasta ahora y que no sé describir del todo excepto que es completamente él, sin ninguna capa encima.
— Poppy — dice.
— ¿Sí?
— Llevas botas — dice.
Me río.
Esa risa mía que no planeo, que simplemente ocurre, y él la escucha con esa expresión nueva todavía en la cara y me besa otra vez, esta vez un poco menos breve, con el lago abajo y el cielo arriba y la cabaña pequeña entre los árboles y cuatro días por delante que de repente son lo más urgente e importante del mundo.
Cuatro días.
Pero primero el monte.
Capítulo 24
Llegamos a la cima a las nueve y cuarto.
No hay ningún cartel que diga que es la cima, ninguna señal ni ninguna marca oficial, pero se sabe, de la misma manera en que se saben algunas cosas sin que nadie te las explique, porque de repente el suelo deja de subir y el mundo aparece en todas las direcciones a la vez y no hay nada por encima de ti excepto el cielo.
Poppy se para.
Yo me paro a su lado.
El lago abajo es enorme desde aquí, más de lo que parece desde la orilla, con esa forma alargada y serena que desde la mitad del camino era una promesa y que ahora es una realidad completa.
Los montes alrededor son verdes y grises y azules según la distancia, y el cielo está despejado de horizonte a horizonte con ese azul limpio de después del frío, y el viento aquí arriba tiene una temperatura y una fuerza que no tenía abajo, más honesto, más directo, sin los árboles que lo filtren.
Poppy no dice nada.
Yo tampoco.
Hemos aprendido cuándo el silencio es la respuesta correcta.
Después de un rato ella se sienta en una roca plana con las rodillas recogidas y mira el lago con la concentración de alguien que está intentando guardar algo, memorizarlo, llevárselo de una manera que no se pierda con el tiempo.
Me siento a su lado.
— ¿En qué piensas? — pregunto.
— En que dentro de cuatro días esto va a ser un recuerdo — dice, sin dramatismo, como una observación—. Y que los recuerdos no pesan lo mismo que las cosas mientras están pasando.
— No — digo—. No pesan igual.
— ¿Cómo lo manejas tú? — pregunta—. Lo de que las cosas se conviertan en recuerdos.
Lo pienso.
— Las escribo — digo—. No siempre literalmente, pero sí. Las escribo para que no pierdan peso.
Me mira.
— ¿Me vas a escribir a mí? — dice, y lo dice con una sencillez que podría ser ligera y no lo es, que es exactamente lo contrario de ligera.
No respondo inmediatamente.
El viento entre nosotros. El lago abajo.
— Ya lo estoy haciendo — digo.
Silencio.
Poppy mira el lago otra vez, y hay algo en su perfil contra el cielo que voy a llevar conmigo mucho tiempo, esa manera suya de mirar las cosas grandes con toda la atención que tienen, sin reducirlas, sin apartarse.
— Logan — dice.
— ¿Sí?
— Cuatro días.
— Sí.
— ¿Qué hacemos con cuatro días?
Es la pregunta que lleva rondando desde que empezamos a contar los días hacia atrás en vez de hacia adelante, la pregunta que anoche con las manos juntas frente al fuego era un problema para mañana y que hoy es mañana.
— Los dos somos de Londres — digo.
— Sí.
— Londres no es el Lake District — digo—. No tiene lago ni cabaña ni la mujer del pub ni la librería del hombre de las gafas. Es otra cosa completamente.
— Ya lo sé — dice—. ¿Y?
— Y no sé si esto funciona igual allí — digo, que es la verdad, la más honesta que tengo—. No lo sé. Pero me gustaría averiguarlo.
Poppy se gira a mirarme con esa expresión del mirador, del embarcadero, del sofá anoche, esa expresión que ya conozco y que cada vez que aparece me coge igual, sin preparación, como la primera vez.
— ¿Me estás pidiendo que quedemos en Londres? — dice.
— Te estoy diciendo que cuando te vayas no quiero que sea para siempre — digo—. El resto ya lo averiguaremos.
Silencio largo.
El viento.
El lago.
— Logan Bond — dice despacio.
— ¿Sí?
— Eso es lo más directo que has dicho en diez días.
— Me ha costado diez días — digo.
Se ríe.
Esa risa suya, la de verdad, la que no planea, aquí arriba en la cima con el viento y el lago y el cielo entero alrededor, y yo la escucho y pienso que hay sonidos que se quedan, que no se van aunque todo lo demás cambie, y que este es uno de ellos.
— De acuerdo — dice.
— ¿De acuerdo qué?
— De acuerdo a lo que has dicho — dice—. Que cuando me vaya no sea para siempre. El resto ya lo averiguaremos.
Me devuelve mis propias palabras con esa precisión suya, esa manera de guardar las cosas y devolverlas en el momento exacto, y algo en mí que llevaba días apretado se afloja despacio, como un nudo que no sabías que estabas haciendo y que de repente ya no está.
Cuatro días.
Pero después Londres.
Y Londres, por primera vez en mucho tiempo, me parece un sitio al que vale la pena volver.
Bajamos el monte a mediodía con las piernas cansadas y hambre y algo entre nosotros que ya tiene nombre aunque ninguno lo haya dicho todavía en voz alta, que es quizás la manera más honesta de tener las cosas, dejarlas ser lo que son antes de ponerles palabras que las fijen demasiado pronto.
En el camino de vuelta Poppy coge mi mano.
Sin decir nada.
Sin mirarse.
Simplemente la coge, con esa naturalidad suya de cuando decide algo y lo hace sin calcular, y andamos así el resto del camino hasta la cabaña, por la carretera estrecha entre los muros de piedra y los árboles, con el lago apareciendo y desapareciendo entre las ramas y el sol encima y cuatro días que esta tarde, con su mano en la mía, pesan diferente.
Menos urgentes.
Más reales.