Un lago entre los dos Capítulo 19
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Capítulo 19

El jueves llueve otra vez.

No la lluvia tranquila del otro día sino una lluvia más seria, con viento, de las que golpean las ventanas con una intención clara y hacen que quedarse dentro no sea una elección sino una obviedad.

El lago desde la ventana de la cocina tiene un aspecto completamente diferente, agitado y oscuro, con pequeñas olas que no había visto hasta ahora y que le dan una personalidad nueva, menos contemplativa y más honesta, como una persona que normalmente es tranquila y hoy ha decidido no serlo.

Me quedo mirándolo mientras espero que hierva el agua.

Ocho días.

Llevo dos días pensando en ocho días con la misma energía obsesiva con que antes pensaba en los plazos de los informes, que es una energía que no me sienta bien y que sé que no me sienta bien y que no consigo apagar de todas formas.

Logan sale de su habitación a las ocho con el cuaderno y una expresión que dice que ha dormido bien y que la lluvia no le parece un problema sino una compañía.

​—​      Llueve — digo, por decir algo.

​—​      Sí — dice, mirando por la ventana con algo que se parece a la satisfacción—. Bien.

​—​      ¿Bien?

​—​      Escribo mejor cuando llueve — dice—. Sin la tentación del lago.

​—​      El lago también está ahí cuando llueve.

​—​      Pero no me llama de la misma manera — dice, y se hace el café con la tranquilidad de alguien que tiene el día resuelto.

Yo no tengo el día resuelto.

Yo tengo el día, la lluvia, ocho días, y algo en el pecho que lleva dos días sin decidir qué quiere ser.

A las diez llamo a Diane.

No a Sophie, que es lo que haría normalmente porque Sophie es mi primera llamada para casi todo, sino a Diane, que es más tranquila y más directa y que cuando le cuento las cosas no hace sonidos de emoción concentrada sino que escucha y luego dice lo que piensa sin adornos.

​—​      Poppy — dice al coger—. ¿Estás bien?

​—​      Estoy bien. ¿Tienes un momento?

​—​      Estoy en la oficina pero sí. ¿Qué pasa?

Desde la ventana de mi habitación veo el lago agitado y la lluvia en el cristal y los árboles doblándose un poco con el viento.

​—​      Hay un hombre — digo.

Silencio breve.

​—​      Cuéntame — dice Diane, con esa voz suya de quien se sienta a escuchar de verdad.

Se lo cuento. No todo, no los detalles pequeños que son solo míos, pero sí lo suficiente. La cabaña, Sophie, Logan, la semana, el mirador esta mañana, lo de ocho días dicho en voz alta por primera vez.

Diane escucha sin interrumpir, que es uno de sus talentos principales.

Cuando termino hay un silencio de los que tienen peso.

​—​      ¿Y cuál es exactamente el problema? — pregunta.

​—​      Que me voy en ocho días — digo.

​—​      ¿Y él?

​—​      Él se queda un mes. O lo que necesite.

​—​      ¿Y después?

​—​      Londres, supongo. Los dos somos de Londres.

​—​      Entonces el problema no es geográfico — dice Diane.

​—​      No.

​—​      ¿Entonces?

Me siento en el borde de la cama y miro el lago por la ventana con la lluvia encima y las olas pequeñas que no había visto hasta hoy.

​—​      El problema es que no sé qué es esto — digo—.

No sé si es el lago, o las vacaciones, o que llevaba meses sin respirar y cualquier cosa aquí me parece enorme porque vengo de un sitio muy pequeño.

No sé si esto sería lo mismo en Londres, en un martes normal, con el trabajo y los informes y la vida de verdad.

Silencio.

​—​      Poppy — dice Diane.

​—​      ¿Sí?

​—​      ¿Cuándo fue la última vez que algo te pareció enorme?

Lo pienso.

​—​      Hace mucho — digo.

​—​      ¿Antes o después de Daniel?

​—​      Antes — digo, y lo digo y me quedo con esa respuesta un momento, sintiendo lo que pesa—. Bastante antes.

​—​      Entonces — dice Diane, con esa lógica suya que no necesita adornos—, quizás el problema no es si esto es real o es el lago. Quizás el problema es que llevas tanto tiempo en un sitio muy pequeño que has olvidado que tienes derecho a que las cosas te parezcan enormes.

No digo nada.

Fuera la lluvia golpea la ventana con su intención clara.

​—​      Diane — digo finalmente.

​—​      ¿Sí?

​—​      Eres mejor que Sophie para esto.

​—​      Lo sé — dice—. Pero no se lo digas a ella.

Cuelgo con algo más ligero en el pecho que cuando llamé, no resuelto pero sí más manejable, como cuando un informe que no cuadraba encuentra finalmente el número que faltaba y de repente todo tiene sentido aunque el trabajo siga siendo el mismo.

A mediodía la lluvia amaina un poco y salgo al salón.

Logan está en la mesa con el cuaderno abierto y la concentración de alguien que está en mitad de algo, ese estado que he aprendido a reconocer y a no interrumpir. Me hago un té en silencio y me siento en el sofá con el libro de tapas azules.

Leo.

Él escribe.

La lluvia en las ventanas.

A la una y media Logan cierra el cuaderno y se estira con el crujido de alguien que lleva horas en la misma postura.

​—​      ¿Bien? — pregunto.

​—​      Muy bien — dice, y en su voz hay algo que no había escuchado hasta hoy, algo que se parece al alivio pero es más profundo, más permanente—. Creo que encontré el hilo.

​—​      ¿El hilo?

​—​      El que estaba buscando desde hace meses — dice—. La razón por la que la historia quiere ser lo que quiere ser.

Me mira, y en su mirada hay algo que tampoco había visto hasta hoy, o que había visto pero no en esta cantidad, no con esta claridad.

​—​      ¿Puedo preguntarte qué es? — digo.

​—​      Ya lo sabes — dice.

Lo miro.

​—​      ¿Yo?

​—​      No tú — dice, y luego se corrige, o no se corrige sino que añade—. Bueno. También tú. Pero no solo tú.

Se levanta, va a la cocina, empieza a hacer algo para comer con esa naturalidad suya, y yo me quedo en el sofá con el libro de tapas azules en el regazo y esa frase dando vueltas.

También tú. Pero no solo tú.

La lluvia ha parado casi del todo.

El lago fuera vuelve despacio a su estado normal, las olas pequeñas haciéndose más pequeñas todavía, el agua asentándose, recuperando esa calma suya que no es indiferencia sino algo más parecido a la paciencia.

Ocho días.

Pero también tú.

Me pregunto si eso cambia algo, si debería cambiarlo, si tengo derecho a dejar que lo cambie, y la respuesta que me da el lago desde la ventana no es una respuesta exactamente sino una pregunta devuelta, que es lo que hace el lago cuando le preguntas algo que ya sabes.

Ya lo sabes, Poppy.

Ya lo sabes.