Capítulo 18
El miércoles por la mañana Poppy me pregunta si quiero ver el amanecer.
No el amanecer desde la terraza, que ya hemos visto varias veces sin haberlo planeado, sino el amanecer desde el otro lado del lago, que requiere levantarse a las cinco y caminar cuarenta minutos por un sendero que ella encontró en uno de los folletos de la oficina de turismo y que lleva a un mirador desde donde, según el folleto, las vistas son espectaculares.
Me lo pregunta el martes por la noche mientras recogemos los platos de la cena, con esa manera suya de proponer las cosas que no es exactamente una pregunta sino una información, igual que yo con el coche el primer día.
— El amanecer es a las cuatro y cincuenta y dos — dice, mirando el fregadero.
— ¿Mañana?
— Mañana.
— Son las cinco menos ocho minutos — digo.
— Lo sé — dice—. ¿Vienes?
No lo pienso demasiado.
— Pon el despertador — digo.
A las cuatro y cuarenta de la mañana la cabaña tiene una oscuridad completamente distinta a la de cualquier otra hora, más densa, más silenciosa, como si el mundo todavía no hubiera decidido del todo si va a seguir existiendo o no.
Poppy está en la cocina cuando salgo, con dos termos de café y una linterna y una chaqueta que claramente es más fina de lo que va a necesitar, lo cual no le digo porque ya sé que no serviría de nada.
Me da un termo.
— Gracias — digo.
— De nada. — Pausa—. ¿Sabes dónde está el sendero?
— No.
— Yo sí — dice, y abre la puerta.
El sendero es estrecho y sube más de lo que parecía en el folleto, con esa tendencia que tienen los folletos turísticos a describir las cosas en su mejor versión posible y omitir los detalles que podrían desanimar a alguien.
Andamos en silencio porque a las cinco de la mañana el silencio es lo natural, no una decisión sino una consecuencia, y porque el camino en algunos tramos requiere atención y los dos la ponemos sin que nadie lo pida.
Poppy va delante con la linterna.
La sigo.
Hay algo en caminar detrás de alguien en la oscuridad antes del amanecer que es completamente diferente a caminar junto a alguien de día, algo más íntimo y más honesto, como si la oscuridad quitara capas que la luz mantiene.
A los veinte minutos el sendero se abre un poco y el lago aparece abajo, todavía oscuro, todavía dormido, con los primeros indicios de luz en el horizonte que no son todavía color sino simplemente la ausencia de la oscuridad más completa.
Poppy para.
Me pongo a su lado.
— Falta poco — dice en voz baja, como si hablar alto pudiera romper algo.
— Sí — digo, también bajo.
Esperamos.
Y entonces ocurre, despacio y de golpe a la vez, que es como ocurren las cosas que merecen la pena.
El horizonte se vuelve naranja, luego rosa, luego un dorado que no tiene nombre exacto en ningún idioma que yo conozca, y el lago debajo lo recibe todo y lo duplica, y los montes al fondo se recortan contra el cielo con una precisión que parece imposible, y el mundo entero durante exactamente cuatro minutos es ese color que no tiene nombre.
Poppy no dice nada.
Yo tampoco.
No hay nada que decir que no empeore lo que estamos viendo.
Cuando el color empieza a cambiar hacia el azul normal del día, hacia la luz que ya es simplemente luz y no ese milagro de cuatro minutos, Poppy exhala despacio, como alguien que ha estado conteniendo algo sin darse cuenta.
— Dios mío — dice en voz baja.
— Sí — digo.
Se gira a mirarme, con el lago detrás y el cielo encima y las mejillas coloradas del frío de las cinco de la mañana, y hay algo en su cara en este momento que no había visto antes, algo abierto y sin protección, como una persona que acaba de ver algo tan grande que por un momento ha olvidado guardar las distancias con todo lo demás.
Me mira.
La miro.
Y no hago nada, porque no es el momento, o porque no sé si es el momento, o porque hay cosas que si las precipitas las rompes y prefiero no romper esto, lo que sea que es esto, con una decisión tomada al borde de un mirador a las cinco de la mañana.
— Gracias por venir — dice finalmente.
— Gracias por despertar me — digo.
Sonríe.
Y bajamos por el sendero con los termos vacíos y la linterna apagada porque ya no hace falta, con el lago abajo y el día encima y ese color sin nombre todavía en algún sitio detrás de los ojos, guardado ya, acumulado ya, parte ya de las cosas que llevamos encima sin poder dejarlas.
Por la tarde no escribo.
No porque no pueda sino porque no quiero, que es una distinción que hasta esta semana no sabía hacer.
Me siento en la terraza con el libro de fotografía de Escocia y lo hojeo sin prisa, mirando los paisajes del norte con esa mezcla de reconocimiento y distancia que produce ver fotografiado un sitio que conoces de verdad.
Poppy está a mi lado con su novela.
El lago está delante.
A las seis y media, sin levantar los ojos del libro, Poppy dice:
— Logan.
— ¿Sí.
— Esta mañana en el mirador.
— ¿Sí.
— ¿Qué estabas pensando?
Lo pienso. No la respuesta fácil sino la verdadera, que es más difícil de encontrar y más difícil todavía de decir en voz alta.
— Estaba pensando que hay cosas que solo tienen sentido si hay alguien con quien verlas — digo—. Y que hasta esta semana no me había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos eso.
Silencio.
Poppy cierra la novela con un dedo dentro.
Me mira.
— Yo pensaba lo mismo — dice.
El lago delante. El libro en mi regazo. La novela en el suyo. Ocho días.
Ocho días que son mucho tiempo y no son nada, y esta tarde, por primera vez desde que llegué, eso me parece un problema real que no sé cómo resolver.