Capítulo 14
El sábado Poppy se despierta antes que yo.
Lo sé porque cuando salgo a la terraza a las seis y media su café ya está a medias y ella tiene el libro de tapas azules abierto en el regazo, no la novela que trajo de Londres sino el de poesía, y lo lee con una concentración que no interrumpo.
Me hago el café.
Salgo.
Me siento en mi silla.
El lago esta mañana tiene esa calma particular de los sábados, que es exactamente igual a la calma de los otros días porque el lago no sabe qué día es, pero que a mí me parece distinta de todas formas, más tranquila, más permisiva, como si el fin de semana fuera un concepto que hubiera llegado hasta aquí desde Londres flotando por el aire.
— ¿Qué lees? — pregunto, aunque sé lo que lee.
— Una cosa que dice que el tiempo no pasa sino que se acumula — dice sin levantar la vista—. Que no perdemos los momentos sino que los llevamos encima.
— ¿Y qué piensas?
Cierra el libro con un dedo dentro para no perder la página.
— Que si es verdad entonces llevo encima demasiadas cosas que no pesan bien — dice—. Cosas que ocupan espacio sin aportar nada. Como cajas en un trastero que nunca abres pero que tampoco tiras porque no sabes lo que hay dentro y tirar algo sin mirarlo primero te parece irresponsable.
Lo miro.
— Eso es muy específico para ser una reflexión sobre poesía.
— Soy asesora fiscal — dice—. Lo específico es mi idioma nativo.
Me río.
No es una risa grande sino de las pequeñas, de las que salen solas, y Poppy me mira cuando la escucha con una expresión que no había visto antes, algo entre la sorpresa y la satisfacción, como alguien que ha conseguido algo que no sabía que estaba intentando conseguir.
— ¿Qué? — digo.
— Nada — dice, y vuelve al libro, pero hay algo en las comisuras de su boca que desmiente el nada completamente.
Por la mañana vamos andando al pueblo los dos.
No lo planeamos, simplemente ocurre, que es como están ocurriendo la mayoría de las cosas esta semana.
Yo salgo con la intención de dar un paseo y Poppy sale en el mismo momento con la intención de ir a la librería a ver si el hombre de las gafas tiene algo de lo que le preguntó ayer, y el camino es el mismo y ninguno de los dos propone ir separados.
Andamos por la carretera estrecha entre los muros de piedra y los árboles, y la mañana tiene ese olor de después de la lluvia que es uno de los mejores olores que existen, tierra mojada y verde y algo más que no tiene nombre pero que reconoces en algún sitio muy antiguo del cerebro.
Poppy camina a mi ritmo sin ajustarlo, que es algo que no todo el mundo hace.
Hay personas que caminan a su ritmo y esperan que el otro se adapte, y hay personas que se adaptan tanto que pierden el suyo, y hay personas, pocas, que simplemente caminan y el ritmo se encuentra solo en algún punto intermedio sin que nadie ceda nada.
Poppy es de las terceras.
Lo anoto.
— ¿En qué piensas? — pregunta.
— En cómo caminas — digo.
Me mira.
— Eso es raro — dice.
— Soy escritor. Me fijo en cosas raras.
— ¿Y cómo camino?
— Bien — digo.
— Eso no es una respuesta.
— Es la respuesta que tengo de momento — digo, devolviéndole sus propias palabras del primer día.
Tarda un segundo en reconocerlas. Cuando lo hace tuerce la boca en algo que no llega a ser una sonrisa pero que desde luego no es neutral.
— Qué conveniente — dice.
La librería tiene lo que Poppy buscaba, que es una novela de un autor que el hombre de las gafas le recomendó ayer y que fue a buscar al almacén de atrás con la solemnidad de quien va a buscar algo importante, que probablemente para él lo es.
Yo encuentro un libro de fotografía de paisajes del norte de Escocia que no necesito y compro de todas formas porque hay libros que se compran con el estómago y no con la cabeza y este es uno de ellos.
Salimos los dos con bolsas.
En el pub de la esquina hay mesas fuera, cuatro o cinco, de madera oscura con sombrillas de colores desvaídos que han visto mejores épocas pero que esta mañana, con el sol y el pueblo quieto alrededor, tienen un aspecto perfectamente adecuado.
— ¿Tomamos algo? — digo.
Poppy mira las mesas.
— Son las diez y media de la mañana — dice.
— Tienen café.
— Ah — dice—. Sí, entonces.
Nos sentamos en la mesa del rincón, la más alejada de la puerta, y pedimos café cuando sale la misma mujer de la otra tarde, que me mira a mí y luego a Poppy y luego otra vez a mí con una expresión que no necesita palabras.
— ¿Os conocéis? — pregunta Poppy cuando la mujer vuelve dentro.
— La vi el primer día — digo—. Vine a tomar algo y me preguntó si estaba solo.
— ¿Y qué le dijiste?
— Que sí.
— ¿Y ahora?
Lo pienso.
— Ahora le diría que más o menos — digo.
Poppy rodea su taza con las dos manos aunque no está fría y mira la calle del pueblo, los tejados, el campanario de la iglesia que asoma entre dos edificios.
— Más o menos — repite en voz baja, como probando cómo suena.
— ¿Te parece mal?
— No — dice—. Me parece honesto.
El café llega. La mujer nos lo trae con dos galletas pequeñas en el platillo que no hemos pedido y que nos deja sin decir nada, con una sonrisa breve que va dirigida a ninguno de los dos en particular y a los dos a la vez.
Bebemos el café en la mesa de fuera con el pueblo alrededor y las bolsas de la librería a los pies y ese más o menos flotando todavía en algún sitio entre los dos, sin que ninguno haga nada por bajarlo.
No hace falta.
De vuelta a la cabaña, a mitad del camino entre los muros de piedra, Poppy resbala.
No es una caída, es un traspié, uno de esos momentos en que el pie encuentra una piedra donde no la espera y el cuerpo decide a última hora que no quiere caerse del todo. Estiro el brazo sin pensarlo y ella lo coge, también sin pensarlo, y se reequilibra en medio segundo.
Nos quedamos un momento así, su mano en mi brazo, los dos parados en la carretera.
— Gracias — dice.
— De nada.
Sigue andando.
Yo también.
Pero el sitio donde su mano estuvo sigue ahí durante todo el camino de vuelta, presente y concreto y completamente imposible de ignorar, como una frase que has escrito y sabes que es importante aunque todavía no sepas exactamente para qué.