Un lago entre los dos Capítulo 13
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Capítulo 13

La librería abre de nueve a una.

Lo sé porque el viernes por la mañana, mientras Logan escribe y la lluvia de ayer ha dejado paso a un sol que hace que el lago brille de una manera casi obscena de bonita, decido ir a buscarla.

Al final de la calle principal, pasada la farmacia, dijo él.

Y tiene razón, está ahí, con un letrero de madera pintado a mano que dice simplemente Books y un escaparate pequeño con una pila de novedades y una gata naranja dormida encima de todo.

Empujo la puerta.

Suena una campanilla.

Dentro huele a papel y a calefacción y a ese olor específico de los libros que llevan tiempo en un sitio, que no es el olor de una librería grande sino el de una librería que ha ido acumulando historia sin prisa.

Las estanterías llegan hasta el techo y hay una escalera de esas de ruedas que se deslizan por un rail, que nunca había visto fuera de las películas y que me produce una satisfacción irracional e inmediata.

​—​      Hola — dice una voz desde el fondo.

Un hombre de unos setenta años asoma entre dos estanterías con un libro en cada mano y unas gafas que lleva en la punta de la nariz con el equilibrio precario de quien las lleva así desde hace décadas y ya no se cae.

​—​      Hola — digo—. Solo miro, si no le importa.

​—​      Aquí todo el mundo mira — dice, y vuelve a desaparecer entre las estanterías.

Me quedo sola con los libros y la gata, que se ha despertado con la campanilla y me observa desde el escaparate con la indiferencia específica de los gatos y de las personas que llevan mucho tiempo en un sitio y ya han visto de todo.

Recorro las estanterías despacio, sin buscar nada concreto, que es la única manera correcta de recorrer una librería pequeña.

Leo lomos, saco alguno, leo la contraportada, lo devuelvo.

Hay una sección de novela contemporánea que tiene títulos que no reconozco y otros que sí, y hay una sección de poesía que normalmente saltaría pero que hoy, por alguna razón que no analizo, me detiene un momento.

Saco un libro fino, de tapas azules, sin ilustración en la portada.

Lo abro por el medio.

Leo tres líneas.

Las leo otra vez.

Las leo una tercera vez más despacio, de la manera en que se leen las cosas que dicen algo que tú ya sabías pero que no habías visto escrito.

Lo llevo a la caja.

Logan está en la terraza cuando vuelvo, con el cuaderno cerrado en el regazo y los ojos en el lago, en esa postura suya de estar pensando en algo que todavía no tiene forma.

Me ve llegar con la bolsa de la librería y algo en su cara se mueve.

​—​      Fuiste — dice.

​—​      Fuiste tenías razón — digo—. Un escritor siempre encuentra las librerías. Yo tardé cuatro días más que tú pero también las encuentro.

​—​      ¿Qué compraste?

Saco el libro de tapas azules y se lo enseño.

Lo mira. Lee el título. Luego me mira a mí con una expresión que no sé descifrar del todo.

​—​      ¿Poesía? — dice.

​—​      No me mires así.

​—​      No te estoy mirando de ninguna manera.

​—​      Me estás mirando de una manera muy concreta.

​—​      Estoy mirando el libro — dice, completamente imperturbable.

​—​      Es el mismo sitio.

Se queda un momento en silencio y luego extiende la mano.

Se lo doy.

Lo abre, no por el principio sino por el medio, igual que yo en la librería, y lee en silencio durante un momento. Luego cierra el libro y me lo devuelve.

​—​      Buena elección — dice.

​—​      ¿Lo conocías?

​—​      Conozco al autor. — Pausa—. Lo conocí en una presentación hace tres años. Es mejor persona que poeta, y es muy buen poeta.

​—​      ¿Cómo es posible ser mejor persona que poeta si eres muy buen poeta?

​—​      Porque ser buena persona no tiene techo — dice, y lo dice como si fuera una cosa obvia, como si llevara años pensándolo y le sorprendiera que no todo el mundo lo supiera.

Me siento en el escalón con el libro en el regazo.

​—​      Logan — digo.

​—​      ¿Sí?

​—​      ¿Puedo preguntarte algo personal?

Tarda un momento.

​—​      Depende de lo personal — dice.

​—​      La novela que no podías escribir. ¿Hoy ha ido mejor?

No es exactamente lo que iba a preguntar. Lo que iba a preguntar era otra cosa, algo sobre Claire, sobre Escocia, sobre los veranos en el lago con su padre que terminaron a los doce años. Pero en el último momento he girado, porque hay preguntas que todavía no tengo derecho a hacer y lo sé.

Logan me mira.

​—​      Sí — dice—. Hoy ha ido mejor.

​—​      ¿Por qué?

Silencio largo. El lago brilla con ese sol de después de la lluvia que lo hace todo más nítido, más real, como si el agua hubiera limpiado no solo el aire sino también la manera de ver las cosas.

​—​      Porque estoy empezando a entender qué quiere ser — dice finalmente—. La novela. A veces las novelas saben lo que quieren ser antes que tú, y el trabajo es escucharlas en vez de decirles lo que tienen que hacer.

Lo pienso.

​—​      Eso se parece mucho a las personas — digo.

Me mira.

​—​      Sí — dice en voz baja—. Se parece mucho.

El sol en el lago. La gata naranja de la librería que ahora mismo estará dormida otra vez en el escaparate. El libro de tapas azules con las tres líneas que leí tres veces.

Algunas cosas saben lo que quieren ser antes que tú.

Me pregunto, no por primera vez esta semana y sospecho que no por última, si yo también lo sé ya y simplemente todavía no me he atrevido a escucharlo.