Capítulo decimoctavo
LA NECESIDAD Y LA INDIFERENCIA
De vuelta a casa.
Después de tanto subidón de adrenalina, me iba a costar mucho volver a la rutina del trabajo en el bufete y a ocuparme de todos los asuntos que se me habían acumulado.
Bueno, eso es al menos lo que yo pensaba mientras buscaba las llaves de mi apartamento en el bolsillo del pantalón.
Fue abrir la puerta y encontrarme, cómo no, con otro sobre.
Salvatore de nuevo , me dije. Me agaché para recogerlo y pude sentir un nuevo subidón de la hormona preferida de los aventureros.
El sobre no tenía ningún tipo de texto que me indicara su objeto o procedencia. Dentro encontré un voucher para el Hotel Quisisana de Capri y una nota manuscrita de Salvatore con una única frase:
Con i miei ringraziamenti
Traducido al cristiano, Salvatore quería verme.
2
El botones me condujo a la misma suite de hotel en la que me desperté tras mi accidentada visita al atelier de Salvatore.
Y en la fantástica terraza con vistas al mar, mirando de frente a los Faraglioni , me esperaba mi amigo Salvatore Fusco, disfrutando de un café tranquilamente como si de nada fuera la cosa.
“ Ah, Otto, bentornato, mi fa piacere rivederti. ”
“Me alegro de que las circunstancias sean diferentes,” contesté con una sonrisa.
“Por supuesto. Siento haber tenido que involucrarte en esta pequeña aventura.”
“¿Pequeña aventura? Quieres decir el robo de dos de las obras de arte más importantes de todos los tiempos…”
“¿Qué robo? No me parece que nadie haya presentado ninguna denuncia.”
“Qué tranquilo te veo.”
“No te preocupes por mí, que a nadie le interesa que el tema llegue ni a los tribunales ni a la prensa.”
“Sobre todo a la prensa,” contesté riendo.
“Además, el papá de tu amiga me debe una.”
“El episodio del Tapiz de Bayeux, claro.”
“Exacto.”
Efectivamente, James le debía una buena a Salvatore. Lo que me hizo pensar que quizás James le había devuelto el favor a Salvatore, desembarazándose de los miembros del Consejo de Agravios. Y no me iba a quedar sin hacerle la pregunta.
“Por cierto Salvatore, ¿crees que la muerte de X Singh y sus amigos fue un accidente?”
“¿No me digas que crees en las coincidencias?”
“Para nada, por eso te lo pregunto.”
“Estoy seguro de que no fue un accidente.”
“Dime al menos que no tienes nada que ver con eso.”
“En absoluto.”
“¿Y quién piensas que ha podido ser?”
“La maldición del Koh-i-Noor…”
“Venga ya…”
“O quién sabe, como diría Maradona…”
“...ha sido la mano de Dios,” contesté riendo. “Pero ya conoces lo que decimos en España: ayúdate a ti mismo y Dios te ayudará .”
“Bueno, no me sorprendería que el Gobierno de Su Majestad tuviera algo que ver en el tema. Piensa en Lady Di: ¿no me digas que te crees la tesis del accidente de coche?”
“Pues no sé qué decirte…”
“Y creo recordad que uno de los esbirros de X quiso mataros tanto a ti como a la hija del Sr Hound. ¿Venganza paterna?”
“En cualquier caso, no me parece que estés muy triste por ello.”
“Para nada. En cierto modo, el mundo es un lugar mejor sin esos tipejos, y reconocerás que ese accidente le venía bien a mucha gente, no sólo a mí.”
“Sí, claro. Por cierto, hay otra cosa que quería preguntarte. Me parece que todos los cabos han quedado atados menos uno.”
“Te refieres al firmán, por supuesto.”
“Si ese documento es verídico y sale a la luz, el Museo Británico va a tener muchos problemas para conservar los mármoles de Elgin.”
“Venga, Otto, no te hagas el tonto. Sabes perfectamente que el firmán que les envié era falso. ¿Cómo podría haber encontrado yo un documento que llevan buscando los griegos desde que se independizaron del Imperio Otomano?”
“Eso me decía yo, pero, aun así, los británicos no podían arriesgarse a que el documento, verdadero o falso, se hiciera público.”
“De eso se trataba. Y tengo que decir que ha sido la mar de divertido verlos tan agobiados por el tema.
Además, si lo piensas bien, te darás cuenta de lo poco que se creen su propia argumentación.
Como creo haber dicho alguna vez, songo 'na banda 'e fetiente . Eso sí, yo te he dicho todo esto en confidencia, pero nunca se lo diré a los responsables del Museo Británico, prefiero que se queden con la duda.”
“¿Y tú crees de verdad que el firmán no existió nunca? Creo recordar que su existencia se menciona en diversas cartas de Lady Elgin y del reverendo Hunt, con lo que no es imposible que existiera.”
“¿Sabes lo que te digo, Otto? Que me da igual el contenido del firmán, si es que existe todavía o existió en algún momento. Para mí, toda esta historia es una simple cuestión de decencia humana. Los mármoles de Elgin deben volver a su patria para ser reunidos con el resto de las piezas del Partenón.”
“Aun así, tú has devuelto la metopa al Museo Británico.”
“Porque en esta vida hay que ser decente tanto en el fondo como en la forma. El fin no justifica los medios. Los mármoles deben ser devueltos a los griegos, pero de manera legal y civilizada.”
“Y supongo que eso se aplica también a la devolución del busto de Nefertiti y del Koh-i-noor.”
“Bueno, lo del diamante es algo que me da completamente igual, e incluso si los británicos quisieran devolverlo no sabrían a quién hacerlo. ¿India? ¿Pakistán? ¿Irán? ¿Los talibanes? Venga, no me hagas reír.”
“¿Y el busto de Nefertiti?”
“Ah, Nefertiti… Qué cuento de hadas más bonito.”
“¿En serio piensas que el busto es una falsificación?”
“No lo pienso. Lo sé. Quién sabe, algún día puede que te cuente esa historia, pero hoy no. Hoy toca relajarse y disfrutar.”
“Lo que sí podrías contarme al menos es cómo el Consejo de Agravios te obligó a que les ayudaras en su empresa criminal.”
Salvatore respiró hondo y me miró a los ojos con una mezcla de decisión y tristeza.
“Supongo que te has ganado que te lo cuente,” me dijo. “Te he hablado de Gennaro Merolla, ¿no?”
“Sí, tu padre adoptivo.”
“Efectivamente. Pues bien, la tienda de antigüedades de Gennaro era una respetable fachada para su auténtico negocio de traficante de obras robadas. En particular, Gennaro compraba piezas arqueológicas a los tombaroli de la región, pobres hombres ignorantes a los que pagaba una miseria, y las revendía a precio de oro en el mercado internacional gracias a funcionarios corruptos que proporcionaban falsos certificados de exportación y a comerciantes de antigüedades sin escrúpulos en Londres, París y Nueva York. También vendía falsificaciones: desde obras encontradas en Pompeya a cuadros provenientes de los talleres de Caravaggio y de lo Spagnoletto . Para ello, conocía a la perfección todos y cada uno de los falsificadores de la región. Yo mismo le hice algunos trabajitos…”
“¿En serio?”
“Sí, y uno de esos trabajitos míos, una reproducción obviamente falsa de un cuadro perdido del que hemos hablado tú y yo, la famosa pala Radulovich, era de tal calidad que fue comprado en el mercado negro por X Singh. Lo malo es que el muy hijo de puta acabó por darse cuenta del camelo y de quién había realizado el falso. Y utilizó esa información para chantajearme.”
“Menos mal que al final el tiro le salió por la culata.”
“Gracias en buena parte a ti, amico mio . Pero bueno, basta de hablar por ahora. Disfruta de la estancia en el hotel que mañana te voy a llevar de excursión.”
“¿Dónde vamos?”
“Ya lo verás.”
Mientras le acompañaba a la puerta, y sabiendo que los napolitanos habían apoyado en masa a Argentina en la final del Mundial de fútbol, no pude resistirme a un último comentario de orden puramente futbolístico.
“Por cierto, hablando de la mano de Dios, ¿qué te ha parecido la final del Mundial de fútbol?”
“Bah, aburrida,” contestó sin más. “Como habrás visto, Messi no es Maradona.”
“...afortunadamente para España,” contesté.
“ Eh già. ”
3
La excursión que Salvatore me había prometido era irnos a navegar en su velero por la costa Amalfitana.
La verdad, se me ocurren actividades peores en pleno verano que navegar por uno de los litorales más bellos del Mediterráneo.
Saliendo del puerto de Marina Grande, nos dirigimos hacia Bocca Piccola, el estrecho que separa Capri de la península sorrentina.
“ Guarda cumm’è bbella, Capri… ” suspiró Salvatore, dirigiendo su mirada a su isla adorada.
“Me pregunto cómo era la isla antes de la invasión turística.”
“Un paraíso donde la vida era más tranquila y auténtica. Los turistas, ricos y pobres, han arruinado Capri.”
“El turismo es un poco como el petróleo. Bueno para la economía y un desastre medioambiental.”
“ Eh già… ”
“¿Y qué hacemos? ¿Cerramos los pozos petrolíferos y prohibimos el turismo?”
“No me pidas una solución a los problemas del mundo. Pero si me hablas del turismo desenfrenado de Capri, te contestaré que, mientras haya mar y viento, yo me subo en mi velero y ahí se pueden quedar todos, furastiere e’ mmerda! ”
“Beato tú, que tienes barco…”
“Mi trabajo me ha costado.”
El velero que a Salvatore tanto trabajo le había costado era un pedazo de yate de veinte metros de eslora y dos mástiles, con todo tipo de amenidades y tripulación incluida.
“Hablando de barcos, imagino que no me vas a contar nada más sobre el naufragio del Aristóteles .”
“No tengo nada más que contarte, Otto.”
“Y no sé, ¿no sientes nada por la muerte en dudosas circunstancias de los tres amigos?”
“Ninguno. Omnes enim, qui acceperint gladium, gladio peribunt. Se lo buscaron ellos mismos. Recuerda que estaban dispuestos a hacer atentados terroristas con el único o al menos el principal objetivo de repatriar obras de arte.”
Un silencio se instaló entre nosotros, roto sólo por la brisa marina y las olas que rompían contra la cubierta del barco.
“Salvatore,” le pregunté, “¿crees que una obra como la Gioconda no vale más que una vida humana?”
“Absolutamente no. Pero también creo que la discusión sobre la descolonización de los museos no puede plantearse en términos absolutos. Desde mi punto de vista, debe hacerse de manera civilizada. Por supuesto, hay que poner toda la presión posible para que las antiguas potencias coloniales devuelvan objetos expoliados, ya sea en propiedad o préstamo, según el caso…”
“Las antiguas colonias deberían también reconocer el trabajo científico realizado por arqueólogos europeos y americanos, ¿no te parece?”
“Por supuesto, pero no me dirás que Lord Elgin tenía como propósito la investigación cultural, ¿no?”
“Claro que no.”
“Pues eso.”
La mirada de Salvatore se perdió en la inmensidad durante un largo momento. Luego, me preguntó: “¿Conoces la orden de Eisenhower sobre la protección del patrimonio cultural en tiempos de guerra?”
“No estoy seguro.”
“Te dejo que la leas tú mismo. Pero para ponerla en perspectiva debes tener en cuenta que esta carta fue escrita meses antes de la Batalla de Monte Cassino.”
Salvatore me mostró en una tableta el documento siguiente:
“Resume perfectamente nuestra discusión, ¿no te parece?”
“De manera cristalina.”
“Fíjate cómo lo presenta el general: Si tenemos que elegir entre destruir un edificio famoso y sacrificar a nuestros propios hombres, entonces las vidas de nuestros hombres cuentan infinitamente más y los edificios deben desaparecer. Es decir, la vida de un soldado raso vale más que la Gioconda. Luego, por supuesto, recuerda a sus subalternos que la expresión necesidad militar no puede servir para encubrir la negligencia o la indiferencia .”
“Pero bueno, no estamos en guerra.”
“Por ahora no, afortunadamente…”
Durante toda nuestra conversación, un zumbido nos había acompañado de lejos, pero poco a poco se había ido haciendo más presente, como si la fuente de aquel ruido se acercase a nosotros. Se lo comenté a Salvatore y este me hizo mirar hacia arriba.
“Es mi ángel guardián.”
Pese al cegador sol pude ver que un dron sobrevolaba nuestras cabezas, filmando y (quién sabe) espiando nuestra conversación.
“¿No será el dron del bigote de la Mona Lisa?”
“No, ese nos lo proporcionó X Singh. Este es de fabricación ucraniana y lo pilota un soldado de la RAF. Pese a lo bien que me he comportado con los hijos de la Pérfida Albión todavía se piensan que tienen derecho a vigilarme cada vez que salgo de mi atelier. O, ¿por qué no?, a lo mejor es tu amiga pelirroja que se está volviendo un poco celosa.”
“Creo que mi amiga Sarah ha pasado a otra cosa.”
“ Meglio così. ”
Luego, Salvatore mostró su dedo medio al dron y gritó a uno de los marineros del barco: “ Vire chill’ chi a fa! ”
El joven entró en la cabina del barco, sacó una escopeta con mira telescópica y le pegó un certero tiro al dron, el cual cayó al mar inmediatamente.
“Qué desperdicio de aparato…”
“Pues sí.”
“Por cierto, estaba pensando que toda esta aventura de los Justos Ladrones sería un tema perfecto para una novela, ¿no te parece?”
“ Eh già ,” respondió Salvatore con una risotada.
***