Un intercambio de locos Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

No tenía clases, tampoco debía regresar a Holler hasta el siguiente turno y había terminado la mayor parte de las lecturas pendientes la noche anterior.

Por una vez, las siguientes horas no estaban ocupadas por ninguna obligación concreta.

Podía regresar a Cypress Bend, comer algo y decidir después si aprovechaba la tarde para adelantar trabajo o simplemente se permitía no hacer nada durante un rato.

Guardó el teléfono y comenzó a caminar hacia el lugar donde acostumbraba esperar el transporte.

Un automóvil salió del estacionamiento frente a ella, seguido por una camioneta que tuvo que detenerse para dejar pasar a una mujer con dos niños.

Em continuó junto al borde de la acera, distraída mirando las vitrinas del otro lado de la calle mientras ajustaba la correa de la mochila sobre el hombro.

El sonido de un motor disminuyendo la velocidad la hizo volver la cabeza. La camioneta de Ferman Contracting acababa de pasar frente a Holler y comenzaba a frenar junto a la acera. Em disminuyó el paso cuando reconoció el vehículo y, unos metros más adelante, la ventanilla del conductor descendió.

Era Piers en el volante, se notaba que había terminado de trabajar hacía poco. Llevaba una camiseta gris oscura y el cabello recogido hacia atrás, aunque varios mechones se habían soltado alrededor del rostro. Apoyó un brazo sobre la ventanilla mientras esperaba que ella se acercara.

—Hola, Em.

—Piers.

Ella se detuvo junto a la puerta y acomodó mejor el bolso que llevaba colgado del hombro.

Aquella mañana había salido de casa con una blusa clara sin mangas, bordada en tonos rojizos alrededor del escote, que terminaba justo sobre la cintura de unos pantalones café de pierna ancha.

Las sandalias planas habían resultado bastante más cómodas para el turno de lo que esperaba y, después de varias horas detrás del mostrador, el cabello había terminado recogido en un moño flojo del que escapaban mechones alrededor del rostro.

Piers la observó apenas un instante antes de mirar hacia la calle.

—¿Terminaste por hoy?

—Sí. Holler decidió liberarme antes de que encontrara otra cosa que limpiar.

Una sonrisa breve apareció en el rostro de Piers.

—¿Muy cansada?

Em consideró la pregunta mientras cambiaba el peso de un pie al otro. Había trabajado varias horas, pero todavía quedaba buena parte de la tarde y, por una vez, no sentía que tuviera que correr hacia ninguna parte.

—La verdad es que no.

Piers asintió y volvió a mirar hacia adelante cuando un automóvil pasó demasiado cerca de la camioneta. Esperó a que se alejara antes de regresar la atención hacia ella.

—¿Tienes algo que hacer ahora?

—No. Nada importante.

La respuesta salió con tanta facilidad que Em volvió a comprobar mentalmente su horario por simple costumbre. No tenía clases, el siguiente turno era otro día y las lecturas podían esperar hasta la noche. Incluso había dejado adelantado el trabajo que debía entregar la semana siguiente.

Piers tamborileó una vez con los dedos sobre el volante.

—¿Te acuerdas de la casa que te enseñé en las fotos?

La expresión de Em cambió de inmediato.

—¿La que quieres restaurar?

—Esa misma. Voy para allá ahora.

Ella se acercó un poco más a la ventanilla.

—¿Vas a verla otra vez?

—Necesito revisar algunas medidas y comprobar un par de cosas antes de decidir si hago una oferta —explicó Piers—. Pensé que quizá te gustaría verla en persona.

Em lo miró durante un segundo, sorprendida más por la invitación que por el destino.

—¿Puedo ir?

—Por eso te estoy preguntando.

La sonrisa apareció antes de que pudiera contenerla.

—Entonces sí. Claro que quiero ir.

Piers inclinó la cabeza hacia el asiento del copiloto.

—Sube.

Em rodeó la parte delantera de la camioneta mientras él retiraba del asiento una carpeta gruesa, un tubo con planos y una cinta métrica que había dejado allí durante la jornada.

Cuando abrió la puerta, Piers colocó las cosas detrás de los asientos y apartó una botella vacía que rodaba junto a sus pies.

—El servicio de transporte de Ferman Contracting todavía necesita algunos ajustes —dijo mientras dejaba la botella en un compartimento de la puerta.

—He usado autobuses escolares gran parte de mi vida. Mis estándares no son especialmente altos.

Em subió, acomodó el bolso junto a sus piernas y cerró la puerta.

El interior conservaba el olor tenue de la madera, el polvo de obra y el café que Piers acostumbraba llevar en un vaso térmico durante las mañanas.

Sobre el tablero había recibos doblados, un lápiz de carpintero y una pequeña libreta con varias páginas marcadas.

Piers esperó a que se abrochara el cinturón antes de incorporarse nuevamente a la calle.

Holler Cafeteria desapareció detrás de ellos mientras la camioneta tomaba la carretera que salía del centro.

Durante los primeros minutos avanzaron entre comercios bajos y calles que Em ya reconocía de sus trayectos habituales, aunque pronto las construcciones empezaron a separarse y fueron dando paso a terrenos más amplios, árboles y accesos que se internaban entre la vegetación.

—¿Está muy lejos? —preguntó mientras apoyaba el bolso entre sus pies.

—Unos veinte minutos. Quizá un poco más desde aquí.

—Pensé que estaba más cerca de la casa.

—No. Está bastante apartada, que es una de las cosas que me gustan.

La respuesta consiguió que volviera la atención hacia él.

Desde que Piers le había enseñado las fotografías, había entendido que no miraba aquella propiedad como alguien que simplemente pretendiera comprar una casa barata y arreglarla para venderla.

Recordaba los detalles que le había señalado, las partes originales que podían recuperarse y, sobre todo, la manera en que hablaba de conservar aquello que todavía pertenecía a la construcción antigua en lugar de reemplazarlo por materiales nuevos solo porque resultara más sencillo.

—¿Ya decidiste comprarla?

—Todavía no. Quiero revisar otra vez la estructura y hacer algunos números con calma. Hay bastante más trabajo del que parece en las fotografías.

—En las fotografías ya parecía mucho.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Piers mientras cambiaba de carril.

—Gracias por el ánimo.

—No dije que fuera imposible. Solo que vas a necesitar más que una mano de pintura.

El aire acondicionado mantenía fresco el interior de la camioneta, y durante un rato Em se dedicó a mirar por la ventanilla mientras el paisaje cambiaba.

La tarde estaba despejada, con grandes zonas de cielo azul entre las copas de los árboles, y el sol entraba de lado por el parabrisas hasta alcanzar parte de sus pantalones y el bordado rojizo de la blusa.

Se acomodó contra el asiento y apoyó el antebrazo sobre la puerta. El movimiento bastó y sin ninguna razón que pudiera justificar, recordó unos dedos cerrándose alrededor de ese mismo brazo.

La imagen llegó completa un segundo después: Kain demasiado cerca, con más piel a la vista de la que cualquier persona necesitaba exhibir para mantener una conversación normal, el cabello casi blanco desordenado y aquella forma de inclinarse hacia ella que parecía eliminar deliberadamente cualquier distancia razonable entre dos seres humanos.

Em cambió de posición, pero no sirvió de nada.

El recuerdo de la mano sobre su brazo se mezcló con otro mucho menos conveniente: el calor de su cuerpo cuando había estado cerca, el olor limpio de su piel después de la ducha y esa mezcla indefinible de jabón y algo que pertenecía solamente a él.

Había reparado en aquello durante apenas unos segundos.

No existía ninguna razón para que su cerebro hubiera considerado necesario almacenarlo con semejante precisión.

Se llevó una mano al cuello. Hacía calor.

Eso era todo. En Louisiana hacía calor prácticamente todo el tiempo y la blusa elegida esa mañana le dejaba los brazos al descubierto, una explicación perfectamente suficiente para justificar el ardor repentino en la piel mientras el aire acondicionado soplaba de lleno desde las rejillas del tablero; apartó los ojos del frente, estiró los dedos hacia el control de la puerta y bajó el vidrio, permitiendo que una ráfaga húmeda y pesada invadiera la cabina de la camioneta, revolviéndole los mechones sueltos del moño y agitando las esquinas de los papeles que Piers había dejado amontonados tras los asientos.

Él volvió la cabeza apenas lo suficiente para mirarla.

—¿Tienes calor?

—Un poco.

Piers dirigió la vista hacia las rejillas del aire acondicionado y después nuevamente a la carretera.

—Está encendido.

El viento siguió entrando con fuerza contra la ventanilla y el paisaje borroso del camino le ofreció la excusa precisa para fijar los ojos afuera, lejos de la cabina, aunque el verdadero problema era que Kain Ferman llevaba varios días colándose en sus pensamientos en los momentos más inoportunos; y aquello, con todo lo molesto que resultaba, ni siquiera era la peor parte.

La noche en que Tim había vuelto a mencionar “Porn World”, ella había subido al ático con la intención bastante sencilla de probar algo diferente.

Después de tantos textos académicos, artículos rechazados y trabajos donde cada afirmación necesitaba una referencia de un experto, escribir ficción le había parecido casi un descanso.

Podía inventar una historia absurda, publicarla por capítulos y comprobar si alguien quería leerla.

No tenía por qué ser buena ni importante.

Ni siquiera tenía que utilizar su nombre.

La idea inicial había sido aprovechar lo que tenía delante: una muchacha que terminaba por error viviendo en una casa llena de hombres imposibles, fiestas, mujeres que aparecían y desaparecían y situaciones que cualquier persona sensata habría considerado improbables si no las hubiese visto con sus propios ojos.

Hasta allí, todo había ido bien. El inconveniente apareció cuando empezó a escribir al protagonista masculino.