Capítulo 16 #2
La había pronunciado meses atrás durante aquel desayuno en que Kain se había empeñado en preguntarle si sabía cómo se hacían los bebés. Entonces había señalado la casa entera y declarado que vivía en Porn World antes de marcharse indignada al oftalmólogo.
Tim continuó hacia el patio sin darle mayor importancia, pero Em permaneció inmóvil en el sofá.
Volvió a mirar hacia el corredor por donde había desaparecido la pareja y luego hacia la pantalla del teléfono, todavía abierta en uno de los rechazos editoriales.
Tenía delante una casa llena de hombres atractivos, mujeres entrando y saliendo, romances breves, escenas absurdas, celos, exnovias que aparecían sin aviso y suficiente material para mantener entretenida a cualquier persona durante meses.
Ella misma había terminado instalada allí por un error administrativo.
La idea comenzó a ordenarse con una velocidad que conocía bien.
No tenía por qué escribir otro ensayo. Tampoco necesitaba convencer a un comité académico de que su enfoque era adecuado.
Podía escribir otra cosa, publicarla por entregas y averiguar si existía gente dispuesta a leerla.
Había visto plataformas y blogs donde las historias románticas para adultos reunían comunidades enormes, algunas con suscripciones, aportes de lectores o capítulos de pago.
Nunca había considerado seriamente escribir ficción porque siempre tenía un artículo, una clase o una investigación por delante.
Ahora tenía dos semanas de receso.
Em volvió a mirar el correo rechazado y cerró la aplicación.
Se incorporó tan rápido que el teléfono casi resbaló entre sus dedos.
Recogió el aparato, atravesó la sala y comenzó a subir las escaleras mientras detrás de ella continuaban la música, las conversaciones y las risas. Necesitaba su computador.
Em subió los primeros peldaños todavía pensando en el computador y en la idea que acababa de cruzarle la cabeza, pero al llegar al segundo piso se detuvo de golpe.
Kain acababa de salir de la ducha.
Avanzaba hacia su habitación con el cabello plateado empapado y varias gotas descendiendo por el cuello hasta perderse sobre el pecho.
Llevaba únicamente una toalla anudada demasiado abajo en las caderas, y una de sus manos sujetaba el borde con firmeza porque parecía confiar bastante poco en que aquella tela permaneciera donde debía.
Al caminar, la abertura dejaba visible buena parte del muslo izquierdo y el movimiento marcaba la musculatura de las piernas, el abdomen y los hombros de una manera que Em nunca había tenido ocasión de observar tan cerca.
Se quedó inmóvil en el último peldaño. Había visto a Kain sin camiseta muchas veces.
Lo había visto trabajar y cortar el pasto bajo el calor, salir de la piscina, caminar por la cocina por las mañanas y besar mujeres con suficiente frecuencia para haber dejado de considerarlo una novedad.
Sin embargo, aquello era diferente. El agua seguía corriendo por su piel, el cabello mojado le caía alrededor del rostro y la escasa tela que llevaba puesta convertía en inútil cualquier intento de ignorar que delante de ella había un hombre joven, fuerte y extraordinariamente masculino.
Kain reparó en la mirada y disminuyó el paso. La sonrisa empezó a formarse despacio mientras Em continuaba observándolo sin conseguir apartar los ojos.
—Michigan —dijo, acercándose unos pasos—. Empezaba a pensar que no te enterabas de nada o que eras un poco ciega. Aunque, pensándolo bien, en parte sí eres algo ciega.
La voz consiguió sacarla del trance. Em parpadeó, apretó el teléfono entre los dedos y obligó a sus piernas a moverse otra vez hacia la escalera del ático.
No respondió. Hablar en aquel momento implicaba confiar en una voz que no estaba segura de controlar, de modo que siguió caminando y pasó junto a él intentando concentrarse únicamente en llegar hasta su habitación.
No alcanzó a dar más de dos pasos porque Kain la tomó suavemente por el brazo haciendo que esta se volviera.
La distancia entre ambos quedó reducida de inmediato y el olor del jabón le llegó con una frescura y sensualidad alarmante.
Era fresco, todavía mezclado con el agua de la ducha y el calor de su piel.
Em respiró casi sin darse cuenta y levantó los ojos hacia él, demasiado consciente de la mano que seguía rodeándole el brazo y del pecho húmedo a pocos centímetros del suyo.
Kain dejó de sonreír. Al principio había esperado otra reacción nerviosa que pudiera utilizar para molestarla, pero la vio inspirar y comprendió con absoluta precisión lo que acababa de hacer. Sus dedos se tensaron alrededor del brazo de Em mientras la expresión divertida desaparecía de su rostro.
Ella lo estaba oliendo.
Mierda.
Em se dio cuenta demasiado tarde de lo evidente que había sido y apartó la vista con rapidez.
Al hacerlo, alcanzó a mirar por encima del hombro de Kain hacia la puerta de su habitación, que había quedado abierta.
La cama estaba deshecha, la guitarra apoyada cerca de la pared y la mesa de dibujo ocupaba parte del fondo, pero no había nadie más.
Kain siguió la dirección de su mirada.
—No tengo a ninguna mujer ahí dentro.
Em volvió a mirarlo y durante unos segundos ninguno dijo nada. Kain terminó soltándole el brazo y ella continuó hacia la escalera del ático con más rapidez de la que habría querido mostrar, sintiendo el calor extenderse por el cuello y la espalda mientras subía.
Él permaneció en el corredor después de verla desaparecer.
La toalla seguía apenas asegurada alrededor de sus caderas y tuvo que ajustar otra vez una mano sobre el borde, aunque esta vez el problema no tenía nada que ver con que pudiera caerse.
Respiró con fuerza, entró a su habitación y cerró la puerta de un portazo.
Dentro de la habitación, arrojó la toalla sobre la cama con más fuerza de la necesaria y quedó desnudo frente al desorden de las sábanas, todavía respirando de manera irregular.
El agua de la ducha seguía bajándole por la espalda y el pecho, pero el calor que le recorría el cuerpo ya no tenía ninguna relación con el vapor del baño.
Tenía una erección bastante visible. La reacción física era demasiado evidente para fingir que Em no había conseguido afectarlo.
Se llevó ambas manos a la cara y soltó el aire con frustración.
—Maldita sea.
Al bajar las manos se encontró con su propio reflejo en el pequeño espejo situado junto a la cómoda.
Tenía el cabello mojado pegado a la frente, los hombros tensos y la mandíbula apretada, pero lo que continuaba viendo con mayor nitidez eran los ojos de Em cuando la sostuvo del brazo.
Desde su altura había podido observarla perfectamente; ella tuvo que levantar el rostro para mirarlo y no alcanzó a esconder a tiempo la forma en que sus pupilas recorrieron su pecho antes de volver a sus ojos.
Era malditamente transparente.
Kain conocía aquella mirada. La había recibido suficientes veces para distinguir el deseo de la curiosidad, la vergüenza o una simple admiración, y en los ojos de Em había visto deseo con suficiente nitidez para no equivocarse.
Lo irónico era que ella probablemente ni siquiera había reparado en lo que él había dejado ver al mirarla desde arriba.
Solo era una puta muchacha, se recordó con fastidio.
Una cría llena de ideales, demasiado seria para algunas cosas y absurdamente ingenua para otras, y habría apostado lo que fuera a que, encima, seguía siendo virgen.
La idea debería haber bastado para poner distancia entre ambos, pero no conseguía borrar la imagen de Em levantando el rostro hacia él en el pasillo.
Y estaba Piers. Kain había empezado a notar la forma en que su hermano la miraba últimamente, con una atención que antes no estaba ahí.
Con Tim era distinto; Em se le había metido debajo de la piel desde otro lugar, hecho de cariño, confianza y amistad, a pesar de que tenían la misma edad.
Entre ellos había una cercanía fácil que Kain no confundía con deseo.
Con Piers, en cambio, ya no estaba tan seguro.
Capítulo 17
El turno de Em terminó a media tarde, después de una última hora bastante más tranquila que el movimiento del almuerzo.
Había pasado buena parte del tiempo recogiendo mesas, rellenando recipientes detrás del mostrador y ayudando a Sebastián con las bebidas que todavía pedían algunos clientes antes de marcharse.
Cuando el señor Holler le indicó que podía irse, ella terminó de limpiar la superficie donde había estado trabajando, guardó el delantal en el lugar correspondiente y recogió la mochila que mantenía debajo del mostrador.
—Nos vemos en el próximo turno —dijo mientras comprobaba que llevaba el teléfono y la billetera.
Sebastián levantó una mano desde la máquina de café sin dejar de preparar el pedido que tenía delante.
—Descansa mientras puedas.
—Eso haré Sr. Holler —respondió Em.
Holler, que revisaba unas facturas cerca de la caja, levantó la vista por encima de los papeles.
—No estudies toda la tarde.
Em se colgó la mochila de un hombro.
—No prometo nada.
Salió antes de que alguno de los dos pudiera añadir otra recomendación y la puerta se cerró detrás de ella con el sonido breve de la campanilla.
El aire acondicionado quedó sustituido de inmediato por el calor húmedo de Louisiana, aunque después de varios meses allí ya no sentía que una pared invisible le cayera encima cada vez que salía a la calle.
Se apartó el cabello de la nuca mientras avanzaba bajo el toldo y consultó el teléfono para comprobar la hora.