Un intercambio de locos Capítulo 2
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Capítulo 2

A las ocho y cuarto de la mañana, Penny ya había comprobado tres veces que Emily llevaba el documento de identidad, la tarjeta bancaria y el teléfono, aunque los tres objetos ocupaban exactamente los mismos lugares donde estaban cuando habían salido de casa.

La carpeta con los papeles del intercambio descansaba dentro de la mochila, el equipaje había pasado por el mostrador sin superar el límite permitido y el pase de abordar permanecía abierto en la aplicación de la aerolínea, pero nada de eso parecía suficiente para convencer a su abuela de que podía atravesar un aeropuerto sin desaparecer en el proceso.

El movimiento de pasajeros aumentaba a medida que se acercaban al control de seguridad.

Familias enteras se repartían maletas frente a los paneles de salidas, varios niños corrían alrededor de los asientos y una mujer discutía con su esposo porque uno de los bolsos pesaba demasiado.

Em caminaba entre su madre y su abuela con la mochila sobre un hombro, mientras consultaba de vez en cuando las señales suspendidas sobre el corredor para confirmar una ruta que ya había revisado en el mapa del aeropuerto la noche anterior.

—Todavía podemos acompañarte un poco más —dijo Laura mientras señalaba las cafeterías instaladas antes del control—. Nos sentamos, tomamos otro café y esperamos hasta que falten veinte minutos para abordar.

Penny giró hacia su hija con una expresión de abierta desaprobación.

—Si espera hasta veinte minutos antes, va a terminar corriendo hasta la puerta.

—Dije veinte minutos para abordar, mamá, no veinte minutos para que despegue el avión —respondió Laura mientras se acomodaba el bolso que se deslizaba por su hombro—. Además, todavía falta más de una hora.

—Y la fila de seguridad puede demorarse.

—Hay seis personas.

—Ahora.

Em las escuchó intercambiar argumentos durante varios pasos antes de detenerse junto a una columna, donde podía ver con facilidad el comienzo de la fila.

—Podemos tomar un café cinco minutos y después entro —propuso mientras guardaba el teléfono en el bolsillo delantero de la mochila—. Así ninguna de las dos tendrá que considerar que perdió esta discusión.

—La que quiere discutir eres tú —replicó Penny mientras miraba a Laura.

—Por supuesto que no —respondió su hija con una sonrisa—. Tú estabas informándonos de cuál era la única opción aceptable.

Encontraron una mesa pequeña frente a una cafetería y se acomodaron alrededor de ella con los vasos de cartón que Laura insistió en comprar.

Em pidió té, aunque apenas alcanzó a beber un par de sorbos antes de que su madre empezara a revisar su teléfono y le mostrara fotografías de restaurantes que había encontrado cerca de la universidad.

—Este parece bueno —comentó Laura mientras ampliaba una imagen con dos dedos—. Y mira este otro. Dice que tienen música los viernes.

—Voy a estudiar, mamá.

—Ya sé que vas a estudiar, pero debes divertirte también, cariño.

Laura dejó el teléfono sobre la mesa y se inclinó hacia ella con los antebrazos apoyados cerca del vaso.

La broma que había acompañado casi todas sus conversaciones desde que salieron de casa desapareció de su expresión, aunque sus ojos conservaron una atención que Em reconocía desde que era pequeña.

—Precisamente por eso te lo digo —continuó—.

Sé que vas a entrar a clases, vas a sentarte adelante, vas a leer todo lo que te asignen y probablemente también lo que no te asignen, porque eres incapaz de dejar una bibliografía sin revisar.

Pero quiero que aproveches estar allá para hacer otras cosas.

Em rodeó el vaso con ambas manos y observó a su madre.

—Voy a estar con gente, mamá. Tampoco es que vaya a convertirme en una ermitaña.

—No me refiero a los que te asignen para trabajos, sino a la gente que conozcas fuera, por ejemplo, donde te vas a alojar.

Penny tomó un sorbo de café antes de asentir.

—En eso tu madre tiene razón.

La coincidencia hizo que Em levantara las cejas.

—Voy a registrar este momento porque posiblemente no vuelva a ocurrir.

—No exageres —dijo Penny mientras dejaba el vaso sobre la mesa—. Tu madre y yo coincidimos bastante.

Laura soltó una pequeña carcajada y negó con la cabeza.

—Coincidimos cuando yo cedo.

—Pues claro, soy la matriarca después de todo.

Em miró a una y luego a la otra. Habían pasado buena parte de su infancia discutiendo sobre horarios, dinero, parejas, educación, vacaciones y casi cualquier decisión doméstica que admitiera dos opiniones diferentes.

Sin embargo, ambas podían pasar una tarde entera preparando una cena juntas, acompañarse al médico o llamar a la otra para contarle una noticia antes de comunicársela a cualquier persona fuera de la familia.

—Quiero decirlo en serio, Em —retomó Laura mientras acercaba una mano hasta cubrir la de su hija—.

Estudia todo lo que quieras, porque sé que eso te hace feliz y sé lo importante que es este intercambio para ti, pero sal también.

Ve a cenar con alguien, acepta una invitación, escucha música, baila si te da la gana y conoce lugares que no estén dentro del campus.

—No prometo lo de bailar.

—Puedes empezar por algo más sencillo.

—¿Como qué?

—Tomarte una cerveza sin investigar primero quién fabrica la levadura.

Una sonrisa se extendió por el rostro de Em mientras Penny miraba a su hija por encima del vaso.

—Tampoco necesita beber para divertirse.

—Era un ejemplo, mamá.

—Podrías haber elegido otro.

—Y podrías dejar de transformar cada frase que digo en una audiencia judicial.

Em bajó la mirada hacia el té para ocultar la risa, pero Laura terminó riéndose también y Penny se permitió una sonrisa antes de revisar la hora en su reloj.

—Gracias, mamá —respondió Laura, inclinándose para besarle la mejilla con rapidez—. Guardaré esta mañana en la memoria para la próxima vez que me acuses de irresponsable.

Penny limpió con una servilleta el lugar donde su hija la había besado.

—No abuses del privilegio.

El anuncio de un vuelo apareció por los altavoces mientras varios pasajeros se levantaban de las mesas cercanas.

Em miró hacia el control de seguridad y comprobó que la fila había crecido desde que se habían sentado.

Todavía disponía de tiempo suficiente, pero conocía demasiado bien a su abuela para prolongar la despedida hasta que Penny empezara a consultar el reloj cada treinta segundos.

—Creo que debería entrar —dijo mientras recogía la mochila del respaldo de la silla.

Laura apartó su vaso y se levantó casi al mismo tiempo.

—Sí, antes de que tu abuela llame personalmente al piloto para preguntarle cuánto piensa esperar.

Caminaron juntas hasta el acceso de seguridad.

Allí terminaba el recorrido para quienes no tenían pase de abordar, y Em se detuvo frente a ellas mientras acomodaba la mochila sobre ambos hombros.

Durante meses había pensado en el intercambio como una sucesión de formularios, asignaturas, correos electrónicos y fechas, pero la barrera metálica y los agentes que revisaban documentos convertían toda esa preparación en una separación física que hasta entonces no había necesitado imaginar.

Penny fue la primera en acercarse. Colocó ambas manos sobre los brazos de su nieta y la examinó desde el cabello hasta las zapatillas, como si todavía pudiera descubrir un problema que ninguna lista hubiera previsto.

—Llámame cuando aterrices —pidió mientras le acomodaba una correa torcida de la mochila—. Y vuelve a llamar cuando llegues a donde vas a quedarte, aunque sea tarde.

—Voy a llamar.

—No me mandes solamente un mensaje diciendo que llegaste.

—Te llamaré, abuela.

Penny asintió y la abrazó con fuerza. Em apoyó la barbilla sobre su hombro mientras respiraba el perfume que llevaba usando desde que ella era niña, el mismo que reconocería incluso en una habitación llena de personas.

Cuando su abuela la soltó, Laura ya esperaba a menos de un metro. Durante unos segundos miró a su hija sin decir nada y después abrió los brazos.

—Ven acá antes de que yo empiece a llorar y tu abuela diga que te estoy poniendo nerviosa.

Em se acercó y recibió un abrazo que la obligó a inclinar ligeramente la cabeza porque su madre todavía llevaba zapatos con un pequeño tacón. Laura la estrechó contra ella, le pasó una mano por el cabello y le besó la mejilla antes de apartarse lo suficiente para mirarla.

—Te quiero muchísimo —dijo mientras conservaba una mano sobre su brazo—. Y no tienes que preocuparte por nosotras.

La mirada de Em pasó de su madre a su abuela.

—Nos vamos a portar bien —prometió Laura mientras levantaba una mano—. Nada de peleas graves, nada de llamarte para que decidas quién tiene razón y nada de hacerte sentir culpable porque estés lejos.

—Yo nunca la llamaría para eso —intervino Penny.

—Mamá, estamos prometiendo llevarnos bien.

—Solo estoy haciendo una precisión.

Laura cerró los ojos durante un segundo antes de mirar otra vez a su hija.

—¿Ves cuánto esfuerzo estoy haciendo ya?

Em terminó riéndose y volvió a abrazarla, esta vez por iniciativa propia.

—También te quiero.

Su madre le dio otro beso, ahora cerca de la sien.

Em observó a las dos mujeres que tenía delante y abrió la boca para decir una última cosa, aunque el asistente de vuelo situado junto al acceso indicó a los pasajeros que prepararan sus documentos.

Sacó el teléfono y el documento de identidad del bolsillo de la mochila antes de dar un paso hacia la fila.

—Voy a estar bien —dijo mientras las miraba una última vez.

—Eso ya lo sabemos —respondió Laura, y le envió un beso con la mano—. Lo difícil va a ser que regreses y todavía quieras vivir con nosotras.

—Habla por ti —replicó Penny mientras rodeaba la cintura de su hija con un brazo—. Yo soy encantadora para convivir.

La expresión de Laura bastó para hacer reír a Em mientras avanzaba hacia el control.

A los pocos metros volvió la cabeza y encontró a las dos todavía allí: su madre agitaba una mano sobre la cabeza y Penny permanecía a su lado, con el brazo enlazado al suyo mientras le decía alguna cosa que Laura parecía estar discutiendo de inmediato.

Esta vez Em no pudo escuchar de qué hablaban. Levantó la mano para despedirse antes de entregar el documento al encargado y continuar hacia la zona reservada a los pasajeros.

El estacionamiento del aeropuerto había empezado a llenarse cuando Laura puso el automóvil en marcha.

Durante los primeros minutos ninguna de las dos habló demasiado.

Penny llevaba el bolso sobre las rodillas y observaba las señales que indicaban la salida hacia la autopista, mientras Laura comprobaba los espejos antes de incorporarse al tránsito.

El asiento trasero se veía extrañamente vacío sin la mochila de Em, sin su chaqueta doblada junto a la puerta y sin su voz corrigiendo alguna indicación del GPS.

—Se va a divertir mucho —dijo Laura mientras cambiaba de carril—. Estoy segura.

Penny sonrió y acomodó el bolso sobre sus rodillas.

—Eso espero. Le vendrá bien conocer gente nueva y salir un poco de los libros.

—¿Viste otra vez la casa donde se va a quedar? Tiene piscina y todo. A los veinte años yo habría considerado eso unas vacaciones.

—La vi anoche —respondió Penny—. Es una casa preciosa, y la señora de la fotografía se ve encantadora. También parecen una familia de bien.

Laura asintió, satisfecha.

—Eso mismo pensé. Em va a estar perfectamente allá.

La carretera comenzó a despejarse y Penny volvió la vista hacia los árboles que bordeaban la autopista.

—Además, sabe cuidarse sola. Solo es la primera vez que estará tantos meses lejos.

—Y nosotras prometimos no darle motivos para preocuparse por lo que pase aquí.

Penny miró a su hija con una sonrisa.

—Nos vamos a llevar bien.

—Eso dijiste delante de ella, así que ahora estás legalmente obligada.

—Tú también, Laura.

Ambas rieron y durante unos segundos continuaron el viaje sin hablar.

—Va a estar bien, mamá —repitió Laura.

Penny asintió mientras observaba la carretera.

—Sí. Creo que va a estar muy bien.