Un intercambio de locos
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Capítulo 1
La maleta pesaba veintitrés kilos con cuatrocientos gramos, aunque la balanza del baño solo mostraba números enteros y Emily Fisher había tenido que calcular el resto después de subir tres veces con ella entre los brazos y comparar los resultados.
En el suelo de su dormitorio quedaban dos libros de astrofísica, un neceser abierto, tres camisetas que ya no cabían y una sudadera gris de la Universidad de Michigan que su abuela insistía en que debía llevar porque, según Penny, en cualquier lugar del país podía aparecer un aire acondicionado manejado por alguien con intenciones homicidas.
Em dejó la maleta junto a la cama, se acomodó los lentes que habían descendido por el puente de la nariz y revisó por cuarta vez la hoja pegada con cinta adhesiva al costado del escritorio.
Había organizado el equipaje en categorías y marcado cada artículo con lápiz: documentos, ropa, medicamentos, material académico, artículos de aseo y objetos personales.
El pasaporte estaba guardado aunque no lo necesitara para viajar a Louisiana; Penny había argumentado que llevar una segunda identificación nunca hacía daño, y Em había preferido incluirlo antes que iniciar una discusión basada en una posibilidad estadísticamente insignificante que su abuela defendería hasta la cena.
Desde la planta baja llegó el golpe de una puerta seguido por el ruido de varias bolsas sobre la mesa de la cocina. Poco después, una voz atravesó el pasillo y subió por la escalera.
—Emily, compré provisiones para el viaje —anunció Penny desde abajo, con suficiente volumen para que también la escucharan dos casas más allá—.
Y antes de que empieces con tus análisis estadísticos, una persona puede sobrevivir muchas horas dentro de un aeropuerto sin necesidad de pagar nueve dólares por un sándwich.
—Mi vuelo dura menos de tres horas, abuela —respondió Em mientras doblaba una de las camisetas y buscaba un espacio entre dos pares de jeans—. Además, tengo una escala de cuarenta y cinco minutos y el programa de intercambio incluye transporte desde el aeropuerto.
—Eso si el avión sale cuando corresponde.
La respuesta llegó acompañada por unos pasos firmes en la escalera.
Penny apareció en la puerta con una bolsa reutilizable colgada del antebrazo y una expresión que Em conocía desde la infancia, la misma que utilizaba cuando había tomado una decisión en nombre de toda la familia y esperaba que los demás tuvieran la sensatez de aceptarla.
A sus sesenta y ocho años, su abuela conservaba el cabello abundante y casi completamente blanco, que llevaba cortado a la altura de la mandíbula, y mantenía una relación con las normas domésticas que podía resultar agotadora para cualquier persona que no hubiera crecido bajo su supervisión.
Aquella tarde llevaba unos pantalones oscuros, una camiseta con el nombre de un jardín botánico que había visitado hacía quince años y unas zapatillas deportivas que solo reemplazaba cuando la suela amenazaba con desprenderse.
—Te traje barras de cereal, frutos secos, galletas saladas y esas manzanas pequeñas que te gustan —dijo Penny mientras colocaba la bolsa encima del escritorio y apartaba con dos dedos una libreta para hacer sitio—. Puedes guardar un poco en la mochila y dejar el resto para cuando llegues.
—Voy a una universidad, no a una expedición polar —replicó Em mientras sacaba una de las barras y examinaba la información nutricional antes de dejarla otra vez dentro de la bolsa—. En Louisiana también venden comida.
—He visto lo que algunas universidades llaman comida.
—Has estado en un campus universitario tres veces.
—Y fueron suficientes para formarme una opinión bastante sólida —respondió Penny, antes de mirar la cama cubierta de ropa y señalar los dos libros que permanecían sobre la alfombra—. ¿Esos también van?
La pregunta hizo que Em desviara la vista hacia los ejemplares.
Uno era un manual que probablemente podría consultar en la biblioteca de la universidad de destino y el otro reunía varios trabajos sobre evolución estelar que había comprado usado durante su primer año.
Ninguno justificaba el espacio que ocupaba, especialmente cuando todavía faltaba guardar el neceser, pero dejó escapar el aire por la nariz mientras calculaba mentalmente cuánto podía quitar de otras categorías.
—El de evolución estelar sí —dijo al fin, inclinándose para recogerlo—. El otro puedo conseguirlo allá.
—Tienes todos esos libros en el computador.
—No es lo mismo.
Penny levantó las cejas y observó el volumen que su nieta sostenía contra el pecho.
—Cuando yo digo exactamente eso sobre mis fotografías impresas, me explicas durante veinte minutos las ventajas de almacenarlas en la nube.
—Tus fotografías ocupan cuatro cajas en el sótano.
—Y tu libro pesa casi dos kilos.
Em abrió la boca para responder, pero terminó dejando el ejemplar encima de la maleta antes de quitarse los lentes y limpiar un cristal con el borde de la camiseta.
La discusión habría continuado hasta que una de las dos aceptara una derrota fingida, porque ninguna tenía intención de cambiar de opinión y ambas lo sabían desde el principio.
El teléfono que descansaba sobre la cama vibró antes de que pudiera volver a colocarse los lentes.
En la pantalla apareció un mensaje del programa de intercambio con las últimas instrucciones para la llegada, seguido por un correo automático de la universidad en Louisiana que confirmaba la hora del transporte desde el aeropuerto.
Había leído la misma información la noche anterior, pero abrió el documento de todos modos y comprobó la dirección, el número de contacto y el punto donde debía reunirse con los demás estudiantes.
—¿Cambió alguna cosa? —preguntó Penny mientras observaba cómo su nieta desplazaba el dedo por la pantalla.
—No. El vehículo sale del aeropuerto a las cuatro y veinte. Si el vuelo llega a la hora indicada, tengo cincuenta minutos para retirar la maleta y encontrar al coordinador.
—¿Y si no encuentras al coordinador?
—Llamo al número de emergencia del programa.
—¿Y si nadie responde?
Em volvió a ponerse los lentes y miró a su abuela por encima de la pantalla.
—Entonces alquilo un automóvil, conduzco hasta la universidad, cambio legalmente mi nombre y empiezo una nueva vida para evitar admitir que tenías razón.
Penny la observó durante dos segundos antes de acercarse a la cama y darle un leve golpe en el brazo con una camiseta doblada.
—No seas insolente cuando estoy preocupada.
La sonrisa de Em apareció antes de que pudiera evitarla. Guardó el teléfono en el bolsillo trasero de los jeans y empezó a retirar varias prendas de la cama mientras su abuela revisaba las cosas que todavía faltaban por guardar.
Desde la calle llegó el motor de un automóvil que se detuvo frente a la casa. Penny giró la cabeza hacia la ventana y después consultó el reloj de pulsera.
—Tu madre dijo que llegaría antes de las cuatro.
—Son las cinco y doce.
A través de las persianas se alcanzaba a ver el extremo delantero de un sedán rojo estacionado junto a la acera.
La puerta del conductor se abrió y la madre de Em bajó con el bolso colgado del hombro, una chaqueta de mezclilla sobre un vestido estampado y el teléfono pegado a una oreja.
Permaneció junto al automóvil mientras terminaba la llamada y, cuando por fin caminó hacia la casa, buscó las llaves durante varios segundos antes de recordar que Penny estaba dentro.
Em regresó a la maleta y colocó el libro de evolución estelar entre dos prendas para proteger las tapas.
No preguntó dónde había estado su madre ni por qué llegaba más de una hora tarde.
Em conocía de sobra aquel tono: si respondía, su madre enlazaría una pregunta con otra hasta que ambas olvidaran cómo había empezado la conversación.
La puerta principal se abrió y unos segundos después una voz femenina recorrió el primer piso.
—¿Todavía están empacando? —preguntó su madre desde el recibidor—. Pensé que a estas alturas Emily tendría la maleta cerrada, etiquetada y probablemente registrada en alguna base de datos.
—La tenía cerrada hasta que tu madre apareció con comida suficiente para cruzar el país en carreta —respondió Em alzando la voz desde el dormitorio.
Los tacones de su madre golpearon los peldaños antes de que ella apareciera en la puerta.
A los cuarenta años, Laura Fisher todavía parecía demasiado joven en algunas fotografías junto a su hija, especialmente cuando llevaba el cabello castaño recogido de cualquier manera y una sonrisa que hacía creer a los desconocidos que todo en su vida había ocurrido exactamente como lo había planeado.
—Mírate —dijo Laura después de apoyarse contra el marco de la puerta—. Mañana vas a despertar aquí y por la tarde estarás en Louisiana, rodeada de gente que probablemente no sabe que organizas tus calcetines por grosor.
—Los organizo según el tipo de calzado.
—Si lo haces así, entonces mejora más esa peculiaridad.
—Deja de molestarla —intervino Penny mientras tomaba el neceser de la cómoda—. Todavía tenemos que ver dónde va esto.
Laura entró en el dormitorio y apartó una camiseta para sentarse en una esquina de la cama.
Durante unos momentos recorrió la habitación con la vista: los estantes llenos, las fotografías sujetas al espejo, el escritorio cubierto de apuntes y el mapa celeste que Em había pegado sobre la pared cuando tenía catorce años y que nunca había querido retirar.
Su expresión perdió parte de la ligereza con la que había subido.
—¿Estás nerviosa? —preguntó mientras alisaba con la mano una arruga de la colcha.
Em se quedó frente a la maleta con el neceser entre ambas manos.
Había respondido esa pregunta varias veces durante las últimas semanas y casi siempre había utilizado alguna versión de “estoy bien”, porque describir con exactitud lo que esperaba del intercambio exigía una conversación para la cual nadie parecía encontrar el momento adecuado.
—Quiero ir —respondió después de acomodar el neceser junto a los zapatos—. Llevo meses preparando esto y el programa tiene asignaturas que aquí no puedo tomar este semestre. Solo necesito llegar, instalarme y adaptarme lo más rápido posible.
—Eso no responde a lo que te pregunté —dijo Laura, esta vez sin sonreír.
—Un poco, supongo.
Penny dejó de revisar el equipaje y levantó la vista hacia su nieta, aunque se abstuvo de intervenir.
—Estar nerviosa no significa que hayas tomado una mala decisión —dijo Laura mientras apoyaba ambas manos sobre el colchón—. A los veinte años deberías hacer cosas que te obliguen a salir de esta casa, conocer gente y regresar con tus propias historias.
—Esa última parte no me tranquiliza para nada.
—Era una manera de decir que tienes permiso para divertirte.
—De cierta forma, no necesito permiso. Además, no sabrás cuando salga, mamá.
—Solo un poco —respondió Laura, y una sonrisa reapareció en su rostro antes de señalar la maleta—. Ahora explícame por qué llevas un libro que parece capaz de provocar una lesión lumbar.
—Porque lo necesito.
—Lo quiere —corrigió Penny mientras cruzaba los brazos.
—Lo necesito académicamente.
—Hace cinco minutos admitiste que podías encontrar la información en internet.
Em miró primero a su abuela y después a su madre, que ya empezaba a reírse desde la cama.
—Me parece excelente que hayan encontrado un tema alrededor del cual reconstruir su relación —dijo mientras cerraba la tapa de la maleta y presionaba con ambas manos hasta lograr que los bordes se encontraran—.
Mañana, cuando estén solas, pueden seguir hablando de mis decisiones bibliográficas durante todo el día.
Penny sujetó uno de los extremos mientras Em recorría el cierre, y Laura terminó levantándose para apartar una manga que había quedado atrapada cerca de la esquina. Entre las tres consiguieron cerrar la maleta después de varios intentos y la dejaron en posición vertical junto a la puerta.
Durante unos segundos, ninguna volvió a hablar.
El dormitorio parecía más vacío con el equipaje cerrado, aunque casi todos los objetos continuaban en el mismo sitio.
Sobre el escritorio seguía encendida la pantalla del computador, una taza con lápices permanecía junto a los cuadernos y el mapa celeste cubría la pared sobre la cama.
Penny fue la primera en moverse. Recogió la bolsa con provisiones, sacó dos barras de cereal y las colocó dentro de la mochila que Em llevaría en el avión.
—Mañana salimos a las seis y media —dijo mientras revisaba que el bolsillo delantero quedara bien cerrado—. Quiero llegar con tiempo.
—El vuelo sale a las nueve y cuarenta.
—Nunca se sabe si puede ocurrirnos algún percance —agregó Penny.
Laura negó con la cabeza mientras buscaba nuevamente su teléfono dentro del bolso.
—Tu abuela pretende instalarte en la puerta de embarque antes de que abran el aeropuerto.
—El aeropuerto está abierto las veinticuatro horas —respondió Em mientras tomaba la hoja pegada al escritorio y marcaba la última casilla de la lista.
—Emily.
—¿Qué?
—A veces puedes dejar pasar una exageración sin corregirla.
Em levantó la vista hacia su madre y sostuvo el lápiz entre los dedos.
—¿Para qué?
La carcajada de Penny llegó desde la puerta antes de que Laura encontrara una respuesta. Em dobló la lista, la guardó en el bolsillo exterior de la mochila y comprobó por última vez que la carpeta con los documentos estuviera dentro.
El pasaje a Louisiana esperaba en su correo desde hacía tres meses.
La maleta permanecía cerrada junto a la puerta y el despertador estaba programado para las cinco y cuarenta y cinco de la mañana.
Abajo, Penny ya discutía con Laura sobre quién prepararía el desayuno antes de salir, mientras Em apagaba el computador y retiraba los lentes para dejarlos sobre la mesa de noche, junto al teléfono que usaría unas horas después para comenzar el viaje.