Un Hechizo de Locos (Las Brujas de Hollow Cove 25) Capítulo 9
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Capítulo 9

¿ Q ué hace una bruja cuando lleva más de tres horas encerrada en una celda de una prisión paranormal sin poder usar su magia más genial?

Patea los barrotes, los sacude y grita. Eso hace.

—¡Hijos de puta! —grité mientras volvía a patear los barrotes—. ¡Teníamos un trato!

El hierro traqueteó bajo mi bota. No pasó nada más. Como era de esperarse. Si alguien iba a encerrarme, lo mínimo que podía hacer era darme información y quizá algo de comer.

—Se fueron —dijo Iris a mi lado.

Me volví hacia mi amiga, la bruja oscura.

Alrededor de la segunda hora, al parecer había aceptado nuestro encarcelamiento y había entrado en ese extraño estado de meditación gótica propio de las brujas oscuras, en el que parecía vivir de forma natural.

Yo, por mi parte, había pasado por la ira, la negociación, dar vueltas de un lado a otro, más ira y lo que estaba bastante segura de que, por un momento, se convirtió en una rabia carcelaria interpretativa.

Con los dedos cuidadosamente juntos, Iris tomó algo del suelo y lo levantó.

—¿Qué es eso? —le pregunté, alejándome de los barrotes.

—Un mechón de pelo rubio —respondió—. Es de Allison.

—Parece que se les pasó por alto —dije, echando un vistazo a la celda impecable.

Lo cual me resultaba extraño ahora que la miraba con más atención. La limpieza de una cárcel no solía ser así. Esto parecía fregado. Fregado a propósito, como si alguien hubiera revisado cada centímetro y se hubiera asegurado de que no quedara nada.

Nada, salvo, al parecer, un mechón rebelde de pelo rubio.

—¿Qué vas a hacer con él? —le pregunté—. ¿Guardarlo de recuerdo?

Iris abrió a Doris, su álbum, y colocó con cuidado el mechón en una página nueva.

—Sí. Pero creo que con esto podré averiguar qué veneno usó su hermana. O Ruth podrá hacerlo. De cualquier forma, servirá para ayudar a Darian.

El pulso me latía con fuerza.

—Porque sea lo que sea que Addison le hizo a su hermana, también se lo hizo a mi hijo.

Odiaba decirlo en voz alta. Odiaba oírlo. Porque decirlo lo volvía real. Hacía que la imagen de Darian tumbado en el sofá, temblando, volviera de golpe a mi mente con tanta fuerza que se me oprimió el pecho.

Deditos diminutos. Pequeños gruñidos de gorila. Marcus sosteniéndolo. Los movimientos. Los temblores. La forma en que su cuerpecito no conseguía calmarse.

Iris me miró.

—No lo sabes con certeza.

—¿No? —me giré y me quedé mirando los barrotes—. Está tan loca como su hermana. Esto es venganza.

—Pero ¿por qué matar a su hermana? —preguntó Iris después de un momento.

Esa era precisamente la pregunta que no había dejado de dar vueltas en mi cabeza durante las últimas tres horas.

—No lo sé.

Y esa era la peor parte. ¿Venganza? La venganza la entendía. Que Addison me culpara. Que me odiara. Eso lo entendía. ¿Aparecer en Hollow Cove cargando años de ira y dolor y decidir que yo merecía sufrir? Eso también lo entendía.

Era una locura. Psicótico. Pero una locura comprensible.

¿Envenenar a tu propia hermana gemela? Eso era otra cosa.

Me apoyé contra el muro de piedra. El frío se me colaba a través del suéter.

—Se supone que las gemelas se quieren.

—No siempre —dijo Iris.

—Bueno, está bien. Que al menos se toleren.

—No.

—¿Que convivan en paz?

—Tampoco.

La miré.

—Eres extrañamente anti-gemelos.

Iris presionó la fina lámina de plástico sobre el pelo de Allison y luego se echó hacia atrás para mirarme.

—Mis primas eran gemelas.

—¿Y?

—Una intentó matar a la otra por un novio brujo oscuro —dijo Iris—. La descubrieron, pero su gemela nunca volvió a ser la misma.

Resoplé.

—No me digas.

El silencio volvió a instalarse a nuestro alrededor. En algún lugar más profundo de Grimway, algo metálico chocó con tanta fuerza que el eco recorrió el ala de contención. Le siguió un grito lejano. Luego, silencio.

Apreté los dientes. Odiaba este lugar. Odiaba todo lo relacionado con él. Las paredes. La supresión mágica. El olor. La forma en que el tiempo avanzaba de manera extraña.

Odiaba estar atrapada, pero no me arrepentía de haber venido, porque ahora teníamos información real. Información verdadera. Teníamos la verdad de que Addison había matado a su hermana y, con suerte, teníamos la fuente del veneno que había usado.

—¿Cuánto tiempo pasó? —pregunté, mirando a mi alrededor.

Iris miró su celular.

—Tres horas y diecisiete minutos.

Mi pie daba golpecitos contra el suelo de piedra. Dar golpecitos nerviosos con el pie solía significar una de dos cosas: que estaba por resolver un problema o que iba a sufrir un colapso emocional. ¿Y en ese momento? Podía ser cualquiera de las dos.

—Limpiaron este lugar.

Iris levantó la vista.

—¿Qué?

—La celda. —Hice un gesto con la mano para señalar a nuestro alrededor—. Tú también te diste cuenta.

—Sí. No querían que nadie supiera cómo murió Allison.

Asentí.

—Porque creen que es contagioso.

Iris apretó los labios.

—¿Crees que ella sabía que vendrías aquí y que terminarías atrapada?

Lo pensé.

—Quizá. Pero no creo que me considerara lo bastante tonta como para intentarlo.

Y, al parecer, era tonta en la medida justa.

No del todo tonta. No tan tonta como para lamer el artefacto maldito que brillaba.

Más bien tonta como una madre emocionalmente vulnerable, lo cual me pareció injusto, porque ese tipo de situaciones llegan con muy poca advertencia y mucha adrenalina.

Me había metido de lleno en Grimway porque mi hijo estaba enfermo, y Addison prácticamente me había dejado un rastro de migas de pan.

—Bueno, ¿cuál es el plan? —preguntó Iris.

Miré hacia el pasillo oscuro.

—Bueno, esperaba ver ya las caras burlonas de los guardias. Quizá intentar algo que no requiriera ninguna habilidad mágica.

Iris se rio.

—¿Un “algo a lo Beverly”?

Le sonreí.

—Quizá. Ella casi nunca usa su magia y consigue todo lo que quiere.

Pero también estaba el problema de que, en ese momento, no me parecía en nada a mi tía tan sexy.

Parecía una madre preocupada. Mi cabello se había puesto de ese modo en que el estrés hace que se me pegue a la cara en mechones tristes, mi suéter tenía una mancha de algo del elixir de Darian en la manga, y estaba bastante segura de que una de mis botas todavía tenía barro del festival.

Beverly podría entrar en una celda, sacudirse el cabello, llamar “cariño” a un guardia y, de alguna manera, salir con las llaves, una propuesta de matrimonio y, posiblemente, la propiedad de una pequeña isla.

Si yo intentara lo mismo, probablemente me ofrecerían un folleto sobre manejo emocional.

Se me ocurrió otra cosa.

—Dicen que esta prisión es a prueba de fugas, ¿verdad? Pero logramos escapar con Marcus solo porque las protecciones estaban temporalmente debilitadas.

Iris asintió y se incorporó.

—Es cierto. Entonces, ¿qué estás pensando?

—Estoy pensando —dije, golpeando con el pulgar los fríos barrotes— que eso es exactamente lo que vamos a hacer otra vez. Tenemos que encontrar las protecciones. La última vez que estuvimos aquí, estaban cerca de la puerta que da al sistema de alcantarillado.

—¿Quieres volver a pasar por las alcantarillas?

—No. —Sonreí—. Entramos por la puerta principal y vamos a salir por ahí. Tiene que haber una fuente de los escudos cerca de allí.

—Bien —dijo Iris—. ¿Y crees que podrás desactivar las protecciones?

No.

—Sí —le dije, intentando sonar más segura de lo que me sentía—. Con un poco de suerte y fuerza física, creo que podremos desactivarlas temporalmente. Lo suficiente para largarnos de aquí.

Iris me miró un segundo de más, lo que me indicó que, sin duda, se había dado cuenta de parte de mis tonterías.

—Esa no era tu voz segura —dijo.

—Tengo varias voces seguras.

—Esa era tu voz de pánico con disfraz —añadió con una sonrisa.

La miré con irritación.

—Bien. Quizá no esté del todo segura. Quizá esté actuando por instinto, por rabia maternal y por una teoría mágica a medio formar que se me ocurrió mientras estaba atrapada en una celda que huele a piedra mojada y daño emocional.

Los barrotes emitían un leve zumbido bajo mis dedos, una vibración metálica y fría que me subía por el brazo y me erizaba los pelitos de la nuca.

La magia no estaba solo en los barrotes.

Se entretejía a través de ellos, en capas antiguas, incrustada en el hierro como si alguien le hubiera enseñado al metal a recordar a cada preso al que había retenido.

—Bien, entonces —exhaló Iris—. La única pregunta ahora es… ¿cómo salimos primero de este sitio?

Miré la puerta de la celda.

—Forzamos la cerradura.

Iris miró la gruesa cerradura de hierro empotrada en los barrotes.

—¿Sabes forzar cerraduras?

—No.

—¿Tienes herramientas para forzar cerraduras?

—No.

—Entonces, cuando dices “forzamos”, te refieres a…

Me encogí de hombros.

—A ti.

Iris arqueó una ceja.

—Yo tampoco sé abrir cerraduras.

—Eres una bruja oscura.

Iris me miró.

—Eso no es una habilidad.

—Claro que lo es —le dije, señalando su bolso—. ¿No tienes ahí dentro algo que pueda servir?

Iris volvió a abrir a Doris y hojeó las páginas llenas de recortes, flores prensadas, trocitos de hilo, manchas extrañas sobre las que nunca le había preguntado y suficientes objetos inquietantes como para provocar una urticaria colectiva de estrés en el Consejo Gris.

—Puede que tenga algo útil —dijo.

Eché un vistazo.

—¿Tienes ganzúas?

—No.

—¿Una pequeña sierra de prisión?

—No.

—¿Ácido?

—No.

—¿Explosivos?

Iris me lanzó una mirada.

Me encogí de hombros.

—Estoy haciendo lluvia de ideas.

Pasó otra página. Luego otra. Y otra más.

—Ah —dijo en voz baja.

—¿Qué?

—Se me había olvidado que esto estaba aquí.

Sacó algo.

Parpadeé.

—Te trajiste un destornillador a la prisión.

—Un destornillador pequeño.

—Es un destornillador.

—Lo uso para Doris.

—¿Tu álbum embrujado necesita mantenimiento?

—Es sensible.

—Claro que sí.

Me quedé mirando el diminuto destornillador plano que Iris tenía en la mano. Luego miré los barrotes. Después, la cerradura. Y de nuevo los barrotes.

—¿Qué? —preguntó Iris.

—Tengo una idea —le dije, dándole vueltas en la cabeza—. No voy a forzar la cerradura.

Iris frunció el ceño.

—¿No?

—Voy a quitar la puerta.