Un escocés muy bien plantado Capítulo 24
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Capítulo 24

Un año después, Ardnamurra celebró su primera boda.

No fue la nuestra. Fue la de Isabel, la novia que había mirado la terraza de los tejos y decidido en cinco minutos que no quería casarse en ningún otro lugar.

El año anterior había sido una locura. Reparaciones, licencias, inspecciones, proveedores, reuniones con el ayuntamiento y discusiones interminables sobre cuántos baños necesitaban doscientos invitados.

La casa del huerto dejó de gotear y se convirtió primero en mi alojamiento y después en mi hogar a temporadas.

Mi despacho tuvo, por fin, cobertura de verdad gracias a una antena que costó una pequeña fortuna y que Kendrick seguía considerando menos fiable que la piedra del pozo.

La víspera de la boda, el jardín estaba preparado. Los macizos habían florecido, las luces colgaban entre los tejos y el arco de madera seguía en su sitio, restaurado y cubierto de flores blancas y azules.

Las moradas crecían en la base.

—No estaban en el diseño —dijo Isabel cuando las vio.

Se me heló el estómago. A mi lado, Kendrick dejó de respirar.

—Podemos retirarlas —dije—. Son parte del jardín y han crecido más de lo previsto.

La novia se agachó para mirarlas.

—Ni se le ocurra. Son preciosas. Parece que hayan decidido aparecer solas.

—Son especialistas en hacer eso —murmuró Kendrick.

La boda salió bien. No perfecta, porque ninguna sale perfecta.

El viento derribó dos carteles, un tío del novio se perdió camino del lago y el pastel llegó con una grieta que escondimos bajo una cascada de flores.

Pero cuando Isabel avanzó entre los tejos y su futuro marido empezó a llorar antes de verla llegar, supe que habíamos conseguido lo importante.

Dos personas que se iban a casar de verdad.

Después del banquete, Clara me abrazó.

—Esta boda ha superado todas mis expectativas —dijo—. Esto no es solo un lugar. Se nota que alguien lo ha cuidado muchísimo antes de ofrecérselo a los demás.

Miré hacia Kendrick. Estaba al otro lado del salón, ayudando a un camarero a mover una mesa que no necesitaba su ayuda. Como siempre.

—Sí —contesté—. Se nota.

La noche después de aquella primera boda, cuando todos se habían marchado, subimos a las dos sillas de la terraza.

—Una menos —dijo Kendrick.

—Una más. En este negocio se cuentan las que hacemos, no las que nos quitamos de encima.

—Entonces una más.

Se sentó a mi lado y me entregó una caja pequeña.

—¿Qué es esto?

—No son unas tijeras de podar, aunque estuve tentado.

Lo miré.

—Kendrick.

—Abre.

Dentro había un anillo sencillo, con una piedra clara y dos diminutas hojas grabadas en el aro.

Levanté la vista. Él ya estaba arrodillado en la hierba, con una rodilla sobre la tierra húmeda y una expresión mucho más nerviosa que el día en que estuvo a punto de firmar una boda que no quería.

—No voy a decirte que nuestras vidas encajan solas, porque ya sabemos que es mentira.

Las hemos encajado nosotros, a mano, con discusiones, vuelos y calendarios imposibles.

Y quiero seguir haciéndolo. —Respiró hondo—.

Cásate conmigo, Camila. Esta vez sin secretos y sin ninguna obligación que no sea la de decirnos la verdad.

Me llevé una mano a la boca, riendo entre lágrimas.

—Sí.

—¿Sí?

—Sí, jardinero.

Kendrick se levantó y me besó con el anillo todavía atrapado entre los dedos.

—Tendrás que organizarla tú —dijo cuando consiguió colocármelo—. No confío en nadie más.

—Ni hablar. El día de mi boda pienso ser una novia insoportable y dejar que otra persona cargue con mis nervios.

—Entonces tendremos que empezar a buscar ya. No creo que haya mucha gente dispuesta a soportarte.

Miramos los dos hacia la casa y desde una ventana encendida, la señora Aitken nos observaba con los brazos cruzados.

—Ya encontraremos a alguien —dije.

El grito de la señora Aitken atravesó la noche:

—¡He oído eso! ¡Y más os vale no casaros sin avisarme con un año de antelación!

Kendrick apoyó la frente en la mía.

—Creo que ya tenemos organizadora.

—Dios nos ayude.

Nos quedamos junto al lago, riéndonos, mientras las últimas luces de la primera boda de Ardnamurra se apagaban detrás de nosotros.

Al día siguiente abrí una carpeta nueva y en la portada escribí nuestros nombres. Por primera vez, no era el expediente de la boda de otra persona, sino el de la mía.