Un escocés muy bien plantado Capítulo 23
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Capítulo 23

Clara llegó a Ardnamurra cuatro días después con su hija, un arquitecto y dos asistentes. La novia se llamaba Isabel y tardó menos de cinco minutos en enamorarse de la terraza de los tejos.

—Aquí —dijo, mirando el lago—. Quiero casarme exactamente aquí.

Kendrick, a mi lado, intentó disimular una sonrisa.

—Te advertí que diría que sí —murmuré.

—Empiezo a sospechar que sabes hacer tu trabajo.

Durante dos días recorrimos la finca, medimos habitaciones, calculamos accesos y dibujamos un proyecto de adaptación que convertía Ardnamurra en un espacio para bodas sin arrancarle lo que la hacía especial.

Isabel quería flores blancas y azules, luz cálida entre los tejos y una cena larga en el salón.

No quería convertir el campo en un decorado. Quería que siguiera pareciendo Escocia.

Fue la primera novia que me hizo ilusión escuchar desde que había llegado.

Clara firmó una reserva reembolsable y condicionada a las licencias.

El adelanto quedó en una cuenta de garantía y con aquel compromiso, Douglas autorizó los estudios técnicos y las primeras reservas de proveedores.

Cuando el coche desapareció por el camino, me quedé en la explanada con el contrato en la mano.

—Ya está —dije.

—Todavía no. Faltan permisos, presupuestos, seguros, un plan de evacuación y convencer a mi padre de que trescientas personas no van a destruir su escalera.

Nos miramos y, sin necesidad de decidir quién empezaba, echamos a correr hacia la casa.

Douglas Sinclair estaba en el despacho revisando papeles y la señora Aitken limpiaba una vitrina sin perder detalle de nada, como si hubiera sabido que íbamos a aparecer.

—Ha firmado —anuncié, dejando la reserva sobre la mesa—. La primera boda de Ardnamurra.

Douglas se puso las gafas y leyó el documento con una lentitud que me pareció deliberadamente cruel.

—Una cantidad considerable —dijo al final.

—Y será mayor cuando cerremos el contrato definitivo.

—También requerirá una inversión considerable.

—La he calculado. —Kendrick dejó a su lado una carpeta distinta de la mía, llena de números—. Obras mínimas, licencias, personal y previsión de ingresos para tres temporadas.

Su padre abrió la carpeta. Lo miró a él, y después me miró a mí.

—¿Cuánto tiempo llevan preparando esto?

—Él, varios años —contesté—. Yo, hace solo unos días.

—Y aun así parece que la que manda es usted.

—Si partimos de que soy yo quien tiene la experiencia…, sí.

Douglas siguió leyendo y yo intenté no mover el pie bajo la silla.

—Hay algo que no aparece en estas páginas —dijo finalmente—. ¿Qué ocurrirá si el negocio y la relación personal no salen como esperan?

La pregunta cayó en mitad del despacho con bastante más sensatez de la que me apetecía.

—El negocio tendrá una sociedad mercantil, funciones definidas y una vía de salida para cualquiera de los dos —respondí—. Mi participación no dependerá de que su hijo y yo sigamos juntos. Y mi alojamiento tampoco formará parte del acuerdo laboral.

Kendrick me miró.

—Ha pensado en todo.

—Casi todo. Todavía no sé dónde va a ir mi despacho.

Douglas cerró la carpeta.

—Entonces cuentan con mi aprobación. Y con la inversión de la finca, siempre que los abogados confirmen que ninguno de los dos ha escrito una barbaridad.

Me levanté de un salto.

—¿De verdad?

—Esta casa necesita un futuro. Mi hijo lleva años intentando encontrarlo y usted ha conseguido que lo vea con claridad.

—Se quitó las gafas—. Además, después de la última boda que intentamos organizar, me parece prudente poner las siguientes en manos de alguien que sepa cuándo deben celebrarse y cuándo no.

Kendrick rodeó el escritorio y abrazó a su padre. Fue un abrazo breve y torpe, pero esta vez ninguno de los dos pareció incómodo.

La señora Aitken se secó los ojos con el delantal.

—No estoy llorando —advirtió—. Hay polvo.

—Lleva usted cincuenta años limpiando esta casa —dije—. A estas alturas el polvo debería tenerle miedo.

—No se confíe, hija.

Douglas se volvió hacia mí.

—Bienvenida a Ardnamurra, señorita Herrera. Esta vez no como alguien que viene a organizar una boda y marcharse. Como socia de la finca.

—Gracias. Aunque todavía tengo una casa en España y pienso conservarla.

—Me parece sensato.

—Y viajaré por trabajo.

—También.

—Y no pienso instalarme en una habitación «de sobra» como si fuera parte del mobiliario.

Kendrick levantó las manos.

—Retiro oficialmente lo de las habitaciones de sobra.

—La casa pequeña junto al antiguo huerto —dijo la señora Aitken—. Lleva años cerrada, pero tiene luz, chimenea y puerta propia. Necesita pintura y un tejado que no gotee sobre la cama, pero para empezar podría servir.

La miramos todos.

—Esto no lo ha pensado ahora, ¿verdad? —preguntó Kendrick.

—No. La verdad es que no. Lo pensé el día que vi a la señorita Herrera matar el primer plantón. Una sabe reconocer cuándo una mujer va a dar trabajo durante años.

Me reí.

Y así, alrededor de un escritorio lleno de números y condiciones por revisar, empezó a tomar forma Ardnamurra Weddings.

No renuncié a mi empresa. La amplié. Acordamos empezar con tres reservas, no con treinta, y dividir mi tiempo entre España y Escocia mientras comprobábamos si el proyecto funcionaba.

Lo nuestro avanzaría de la misma forma. Sin promesas imposibles, sin fingir que la distancia no cansaba y sin tapar una conversación incómoda.

Sabíamos que habría aeropuertos, retrasos, videollamadas que se cortarían y semanas en las que nos veríamos menos de lo que querríamos.

También habría mañanas en el jardín, cenas en la cocina de la señora Aitken y viajes de Kendrick a España, donde aún tenía que descubrir que Madrid en agosto era una forma de castigo que Escocia no había imaginado.

No fue sencillo, pero era posible.

La noche en que firmamos el contrato definitivo con Clara, subimos a la terraza de los tejos. Las dos sillas seguían mirando al lago y cuando nos sentamos, Kendrick me entregó una copia del acuerdo de sociedad.

—Cincuenta por ciento de Ardnamurra Weddings —dijo—. Capacidad de decisión sobre todos los eventos. Derecho a echarme del jardín si me meto en lo que no me corresponde. La finca sigue perteneciendo a la familia; la empresa es de los dos.

—Eso último pienso ejercerlo a menudo.

—No esperaba menos. Y también pienso añadir una cláusula que obligue a la socia española a avisar antes de huir en dirección al aeropuerto.

Revisé la página con el ceño fruncido.

—Esa cláusula no existe. Me he leído el contrato entero y no hay nada parecido.

—Porque la he incluido de palabra. Me pareció más sencillo.

—Y bastante inútil, teniendo en cuenta que no tiene ninguna validez.

Kendrick apoyó una mano en el respaldo de la silla y me miró con una calma que no ayudaba en absoluto.

—Entonces tendré que confiar en que no desaparezcas sin avisar.

La frase me hizo bajar la vista al contrato durante un instante. Después lo cerré y lo dejé sobre la silla.

—Eso suena bastante arriesgado por tu parte.

—Llevo semanas trabajando contigo. A estas alturas ya debería estar acostumbrado al riesgo.

No pude evitar sonreír y le tendí la mano.

—En ese caso, trato hecho.

Kendrick me estrechó la mano, igual que había hecho en la terraza semanas atrás, cuando yo creía que pactaba con un jardinero.

Esta vez ninguno de los dos ocultaba quién era.

—Trato hecho —repitió.

Después me atrajo hacia él y me besó mientras el sol se hundía detrás de las colinas.