Un escocés muy bien plantado Capítulo 16
64%

Capítulo 16

La mañana amaneció limpia, como si el cielo hubiera descargado toda su mala leche durante la noche y ahora quisiera compensarnos.

Bajé a desayunar con el pelo desastroso y la cabeza peor. Apenas había dormido pensando en las palabras de Kendrick. Menzies debería tener una respuesta antes de la prueba del vestido.

La señora Aitken ya estaba en movimiento por la cocina.

—Buenos días, hija. ¿Qué tal ha dormido?

—Buenos días, señora Aitken. Bien, la verdad.

Me puso delante huevos y pan.

—Pues anoche estuvo mucho rato en la biblioteca.

—Ya… Al principio no podía dormir…

—Estuvo con el muchacho.

Dejé el tenedor.

—Pues sí. ¿Para qué voy a negarlo, si usted sabe todo lo que ocurre en esta casa? —Me acomodé un poco mejor—. Y ahora dígame, señora Aitken, ¿qué está tramando Kendrick? Empieza a preocuparme.

Dejó de fregar, se secó las manos y se sentó frente a mí. Nunca la había visto hacerlo.

—Le diré una cosa, y después no me preguntará más, porque a mí no me corresponde contarlo.

Ese chico no es feliz desde que Fenella apareció por aquí.

Pero desde que llegó usted, hay días en que se le olvida ser desgraciado.

No lo veía así desde que era un crío. Aun así, es no le da derecho a acercarse a usted mientras no haya resuelto lo que lo ata a otra mujer.

—Ya lo sé. Está a punto de casarse.

—Sí. Y hay motivos que usted todavía no conoce. En Ardnamurra casi nada es lo que parece. Ya vio que ni el jardinero era solo un jardinero. No dé nada por terminado antes de que lo esté.

Se levantó, retiró mi plato a medio acabar y dio por cerrada la conversación.

Salí al jardín sin saber qué hacer con tantas frases misteriosas. El aire olía a hierba y tierra mojada, y subí a la terraza de los tejos por pura costumbre.

Kendrick estaba arrodillado junto al arco, con la camisa remangada y las manos hundidas en la tierra. Durante un instante volvió a parecer el hombre que me había empezado a gustar, antes de los apellidos, las bodas y los secretos.

Debí de hacer algún ruido, porque levantó la cabeza y sonrió.

—La sargento. ¿Viene a inspeccionar la tropa?

—Solo vengo a inspeccionar el arco. Que sigue siendo demasiado rústico.

—El arco se queda. Es innegociable.

—Es muy cabezota.

—Soy escocés. Viene de serie.

Me acerqué a examinar lo que hacía. En la base de la madera había plantado varias flores moradas. Las mismas que me había regalado.

—¿Ha puesto sus flores aquí?

—Fenella quiere todo blanco. Un funeral. Pensé que una pincelada de color, escondida donde ella no la mire, pero usted quizás sí, no haría daño a nadie.

Con aquel gesto pequeño y absurdo, consiguió hacerme un nudo en la garganta. Bajé la vista hacia las flores recién plantadas, como si pudiera esconder allí todo lo que estaba sintiendo.

—No debería haberlo hecho.

Kendrick se limpió las manos en los pantalones y se puso en pie sin dejar de mirarme.

—Probablemente no. Tengo cierta experiencia con las malas decisiones.

Avanzó un paso. Solo uno, pero fue suficiente para que el aire entre los dos pareciera encogerse.

—Kendrick...

Su expresión cambió al oírme, y la sonrisa se le volvió más lenta, casi íntima.

—Otra vez mi nombre. Me gusta cómo suena con su acento.

—Pare.

—No estoy haciendo nada.

Negué con la cabeza, aunque ya no sabía si se lo pedía a él o a mí misma.

—Está haciendo demasiado. Planta flores a escondidas, me pide que confíe en usted y me mira como si no fuera a casarse con otra mujer. —Tragué saliva—. No puede hacerme esto.

Retrocedí hasta que el arco me cerró el paso.

—Lo sé —dijo, ya sin bromas—. Y no voy a pedirle que espere mientras existe la posibilidad de que otra mujer lleve un hijo mío.

Levantó una mano, como si quisiera apartarme un mechón de la cara, pero la dejó caer antes de tocarme.

—Cuando sepa la verdad, hablaré con usted. Hasta entonces, esto es lo más cerca que debo estar.

La decisión le costó. Se le notó en la mandíbula, en la respiración y en la forma en que mantuvo los brazos pegados al cuerpo.

A mí también me costó no dar el paso que él acababa de negarse.

—Kendrick —murmuré.

—¡Kendrick!

La voz de Fenella nos separó, aunque ninguno de los dos había llegado a tocar al otro.

Subía por el sendero acompañada por Douglas Sinclair y por un hombre trajeado que llevaba un maletín.

—Aquí estás —dijo al llegar—. Te busco por toda la casa y vuelvo a encontrarte con ella.

—Estábamos revisando el arco —contestó Kendrick, ya recompuesto.

—Claro. ¿También estabais revisando algo en la biblioteca de madrugada? —Me dedicó una sonrisa helada—. Qué profesional tan entregada.

—Fenella —intervino Douglas, cansado—. No hemos venido a discutir. Menzies ha traído la versión revisada del acuerdo prenupcial. Tenemos que cerrar la aportación económica y las cláusulas que protegen la finca.

Kendrick no apartó los ojos de ella.

—Ahora voy.

—Ahora —repitió su padre—. Los asuntos de la familia no pueden esperar.

Kendrick abrió la boca y le lancé una mirada para que no montara una escena allí mismo.

—Ahora voy —dijo entre dientes.

Fenella se colgó de su brazo, y antes de llevárselo, señaló la base del arco.

—Ah, Camila. Quiero esto completamente blanco. Arranque esas florecillas moradas; parecen de pueblo. Antes de esta tarde, por favor.

Su mirada se clavó en la mía. Sabía perfectamente lo que significaban. Y se marchó con Kendrick camino de la casa. Douglas y el abogado fueron detrás, dejándome sola con las flores temblando al pie del arco.

Me agaché junto a ellas. Eran pequeñas, tercas y estaban donde no debían, igual que casi todo lo que había ocurrido desde mi llegada.

No las arranqué.

Necesitaba pensar lejos de una casa donde las paredes parecían repetir lo que oían. Cogí el coche y bajé a la posada.

—Tiene cara de haber visto un fantasma —dijo Morag al verme entrar—. O de haber estado a punto de besar a uno.

Me quedé quieta.

—¿Cómo lo sabe?

—No lo sabía. Gracias por confirmarlo. Siéntese y cuente.

Le conté lo de la biblioteca, las flores, lo cerca que habíamos estado, Fenella, el abogado y los documentos. Lo solté todo de una vez.

Morag escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, me dejó delante una taza caliente.

—Menudo lío.

—Yo no lo he buscado.

—Ya imagino. ¿Qué piensa hacer?

—Terminar la boda, cobrar e irme. Es lo sensato.

—¿Y lo que no es sensato?

—No existe. Se casa y va a tener un hijo.

Morag se quedó callada. Después se inclinó sobre la barra.

—Yo no me creo a esa mujer.

—¿Por qué?

—Vino un par de veces antes de que llegara usted. Una tarde habló por teléfono en la mesa del rincón. Creía que yo no la oía. Hablaba de dinero, plazos y de lo que ocurriría «en cuanto estuviera hecho». No sonaba como una mujer enamorada. Sonaba como alguien cerrando un negocio.

Sumé otra pieza: la reacción de Kendrick al embarazo, su decisión de comprobar los documentos, la advertencia de la señora Aitken y ahora aquella llamada.

—¿Cree que mentiría sobre algo importante para conseguir lo que quiere?

Morag me sostuvo la mirada.

—Creo que Fenella mentiría sobre cualquier cosa. La pregunta es sobre cuál está mintiendo ahora.

Ninguna dijo en voz alta lo que las dos estábamos pensando.

Volví a la finca al caer la tarde y subí directamente a la terraza. Las flores moradas seguían en su sitio y me agaché junto a ellas bajo la luz naranja del atardecer.

—Vosotras os quedáis —les dije, sintiéndome un poco ridícula por hablarles a unas plantas—. Pase lo que pase.

Y por primera vez desde la cena, sonreí de verdad. Ya no era solo una organizadora con el corazón donde no debía. Empezaba a sospechar que la historia de Fenella tenía una trampa. Y yo llevaba años ganándome la vida detectando problemas antes de que arruinaran una boda.