Capítulo 15
La tormenta llegó de noche y esta vez no tuvo ninguna prisa por marcharse.
Me había quedado en la finca terminando el recuento de las guirnaldas. Cuando quise bajar al pueblo, el cielo estaba negro y el agua caía con tanta fuerza que apenas se veía la carretera. La señora Aitken miró por la ventana y decidió por mí.
—Usted no baja esas curvas con este diluvio. Se queda. Hay habitaciones de sobra.
—No quiero molestar.
—Molestará más si se mata y tengo que explicárselo a su familia. Le prepararé la habitación azul. Y no discuta, que hoy no tengo ganas.
Cené en la cocina y subí temprano, pero el estruendo de la lluvia contra los cristales no me dejó dormir. Al cabo de un rato bajé a la biblioteca en busca de un libro, y Kendrick estaba allí.
Se encontraba sentado junto a la chimenea, con una copa en la mano y la vista perdida en el fuego. Llevaba un jersey viejo y el pelo revuelto. Tenía el aspecto de un hombre que llevaba demasiado tiempo solo con pensamientos poco amables.
Al verme, se enderezó.
—Perdón. No sabía que estaba aquí. —Retrocedí—. Ya me voy.
—Quédese. La biblioteca es grande. No hace falta que busque otro armario.
Estuve a punto de marcharme solo por eso. Pero fuera diluviaba, dentro había fuego y él parecía tan cansado que no fui capaz de dejarlo solo.
Me senté en el sillón de enfrente. Con una distancia prudente y una mesa de por medio.
—No puede dormir —dije.
—Últimamente no demasiado. ¿Y usted?
—Su casa cruje demasiado...
—Lleva trescientos años haciéndolo. Es otro antepasado, pero más quejica.
Nos quedamos callados. Yo debería haber escogido un libro y marcharme. Sin embargo, no lo hice. Llevaba días guardando grietas y necesitaba saber qué había detrás de ellas.
—¿Puedo preguntarle algo? No como organizadora. Como... lo que fuéramos antes.
Algo se le suavizó en la cara.
—Pregunte.
—¿Por qué se casa con ella?
Soltó el aire despacio y miró el fuego.
—¿Qué sabe?
—Que no la quiere, porque me lo dijo usted. Que va a ser padre, porque me lo dijo ella. Y que hay algo que no encaja.
—Casi nada encaja.
Dio un sorbo antes de continuar.
—Fenella y yo coincidimos en la ciudad, cuando todavía vivía metido en despachos y cenas que detestaba. Se interesó por mí o por Ardnamurra. Nunca he sabido con cuál de las dos cosas. Sospecho que con la finca.
—¿Y usted?
—Fui un idiota. Estaba solo, aburrido y demasiado acostumbrado a dejar que las cosas ocurrieran para no tener que discutir.
Permití que aquello pareciera una relación hasta que comprendí que no quería seguir.
La terminé. Dos semanas después me dijo que estaba embarazada de la última noche que habíamos pasado juntos.
Me enseñó una ecografía y una carta de una clínica privada.
Mi padre habló de honor y yo acepté una boda que no deseaba porque no iba a abandonar a un hijo mío.
—Suena poco romántico.
—No lo fue. Nunca la quise. Y no creo que ella me quisiera como se quiere a una persona. Me quería como se quiere una finca con un título pegado.
Aquello encajaba con la novia fría de la que había hablado Morag, con el hombre atrapado y con la forma en que Kendrick se tensaba cada vez que Fenella se colgaba de su brazo.
—Pero puede estar esperando un hijo suyo.
Kendrick se quedó inmóvil y durante un instante pensé que volvería a cerrarse, pero esta vez dejó la copa y habló.
—Le he pedido varias veces que facilite un informe verificable o permita que Menzies, el abogado de nuestra familia, confirme la autenticidad de la carta.
Se niega. La ecografía no lleva datos completos y el número profesional del médico no termina de cuadrar.
Si me equivoco, habré acusado de algo monstruoso a una mujer embarazada solo porque no quiero casarme con ella.
—Y, mientras tanto, sigue adelante con la boda.
—Mientras tanto, mi padre cree que cualquier duda es una excusa para huir de mis obligaciones. No le pido que confíe en mí después de haberle mentido. Solo que me dé unos días para conseguir algo que pueda sostener delante de mi familia.
—¿Cuántos días?
—Menzies debería tener una respuesta antes de la última prueba del vestido. Si la carta es auténtica, asumiré lo que me corresponde. Si no lo es, la boda se detendrá.
Lo dijo mirándome de frente, sin grandilocuencia y sin pedirme que lo salvara.
—¿Y si no consigue demostrar nada?
—Entonces tendré que decidir si acepto una vida construida sobre una duda o si me enfrento a todos sin una prueba. Pero será mi decisión, no la suya.
Se me erizó la nuca. Por primera vez desde la cena, no hablaba como un hombre que esperaba que alguien resolviera el problema por él.
—Está empezando a hacer algo sensato. Tenga cuidado.
—No se acostumbre.
—Lo digo porque miente fatal. Lo del jardinero le salió bien de puro milagro.
Sin darme cuenta, me incliné hacia él.
—¿Qué espera encontrar, Kendrick?
Era la primera vez que utilizaba su nombre desde la cena. Lo notó de inmediato.
—Me ha llamado Kendrick.
—Ha sido un desliz.
—Dígalo otra vez.
—No.
—Camila...
La mesa entre los dos dejó de parecer suficiente distancia y me levanté de golpe.
—Me voy a dormir. Le dejo con su copa, las dudas y la tormenta.
—Camila.
—Buenas noches, Kendrick.
Me giré en la puerta y vi que seguía mirándome desde el sillón.
—No voy a pedirle que espere —dijo—. Solo que no crea que pienso caminar hasta el altar sin intentar averiguar la verdad.
No contesté. Subí a la habitación azul y me metí en una cama enorme y fría.
Me dormí de madrugada pensando que Kendrick dudaba de la historia de Fenella y que, por primera vez, estaba dispuesto a afrontar las consecuencias de esa duda. Aunque quizá no lo hiciera solo por eso...