Un escocés muy bien plantado Capítulo 22
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Capítulo 22

Me desperté al día siguiente con la sensación de haber hecho algo maravilloso y peligrosísimo.

La flor morada seguía en el alféizar. La maleta, abierta sobre la butaca, seguía vacía. Y yo llevaba varios minutos sonriendo como una idiota cuando apareció la parte de mi cabeza que siempre llegaba tarde a estropearlo todo.

Muy bien. Nos habíamos enamorado. ¿Y ahora qué?

Bajé al comedor. Morag me vio entrar y dejó el trapo sobre la barra.

—Uy, uy. Uy… Ha pasado.

—Buenos días a usted también.

—Tiene cara de recién besada. Y no intente negarlo, que esa cara la conozco mejor que usted.

Me senté en el taburete de siempre.

—Pues sí. Nos besamos.

Morag levantó los brazos como si el equipo de su pueblo acabara de ganar una final.

—¡Por fin! Ya empezaba a pensar que iba a tener que cerrar la posada, subir a la finca y empujarles la cabeza.

—También nos dijimos muchas cosas bonitas.

—Mejor todavía. —Me puso una taza delante—. ¿Por qué parece entonces que viene de un entierro?

—Porque él vive aquí y yo no.

La alegría se le moderó.

Le expliqué lo evidente. Ardnamurra era la vida de Kendrick. Mi empresa, mis clientes y mi casa estaban en España. Yo viajaba constantemente y él no quería abandonar la finca. El beso había sido perfecto, pero ninguna compañía aérea aceptaba sentimientos como forma de pago.

Morag me escuchó sin interrumpir.

—¿Ha hablado de esto con él?

—No.

—Entonces todavía no tiene un problema. Solo está imaginándose el peor futuro posible.

—La distancia no es imaginaria.

—No. Pero las soluciones tampoco. Hable con él antes de despedirse en nombre de los dos.

Tenía razón y la odié un poco por ello.

Subí a la finca a media mañana. Kendrick me esperaba en la terraza de los tejos, sentado en una de las dos sillas que había dejado el día anterior. Había colocado la otra a su lado y sostenía dos tazas.

—La señora Aitken me ha dicho que venía con cara de asuntos serios —dijo al verme—. He preparado té y una vía de escape con buenas vistas.

Me senté.

—Tenemos que hablar.

—Lo imaginaba.

—Lo de ayer fue...

—Extraordinario.

—Iba a decir complicado.

—También. Pero extraordinario primero.

Lo miré. Era difícil mantener una conversación sensata con un hombre que sonreía así.

—Kendrick, tú vives aquí. No una temporada. Aquí. Esta finca es tu familia, tu responsabilidad y el lugar que echas de menos incluso cuando estás delante de tus árboles.

—Correcto.

—Mi vida está en España. Tengo una empresa, clientes, contratos y una casa. No puedo trasladarme al fin del mundo porque nos hayamos besado una vez, por muy bien que haya salido.

—También correcto.

—Deja de darme la razón. Me desconcentra.

—Estoy esperando a que termines para contarte que llevo días pensando en lo mismo.

—¿Y has encontrado una solución?

—Una posibilidad. No una solución mágica.

Dejó la taza en el suelo y señaló la terraza.

—Mira alrededor como organizadora, no como mujer que está preocupada por un escocés.

Obedecí. Los tejos, el lago, el caserón de piedra, los senderos y el arco cubierto de flores. Incluso después de desmontar la boda, el lugar seguía pareciendo preparado para una fotografía.

—¿Cuánto pagaría una pareja por casarse aquí, con todo bien legalizado y preparado? —preguntó.

—Mucho.

—¿Cuánto?

—Depende de lo que incluyera. Alojamiento, ceremonia, banquete, exclusividad de la finca... —Empecé a calcular sin querer—. Bien gestionado, podría situarse en la gama alta. Muy alta.

—Eso llevo años intentando hacer con Ardnamurra.

Convertir parte de la finca en un negocio de eventos que ayude a mantenerla sin vender tierras.

Tengo los números, los permisos iniciales y un caserón que se come el dinero como si le ofendiera verlo quieto.

Lo que no tenía era a alguien capaz de convertir este lugar en lo que tú has conseguido en pocas semanas.

—¿Me estás ofreciendo trabajo?

—No. Un empleo implicaría que yo mandara y los dos sabemos que eso acabaría en tragedia.

—Sonrió—. Te propongo estudiar una sociedad.

Tú aportas la dirección del negocio y tu cartera de clientes.

Ardnamurra aporta el espacio, el alojamiento y la inversión inicial.

Participación real. Decisiones compartidas.

Todo por contrato y con abogados que no hayan venido de la mano de Fenella.

Me quedé mirándolo.

—Lo has pensado mucho.

—Estudié administración y finanzas. Recuerda.

—Podrías haber empezado por ahí cuando te lo pregunté.

—Habría arruinado el misterio del humilde hombre del jardín.

Le lancé una mirada.

—Demasiado pronto para bromear con eso.

—Tienes razón. Perdón.

Volvió a ponerse serio.

—No te estoy pidiendo que cierres tu empresa mañana ni que te mudes para siempre.

Podríamos empezar con una temporada de prueba.

Un número limitado de bodas. Tú mantendrías tus clientes y viajarías cuando lo necesitaras.

Yo asumiría el riesgo económico de adaptar la finca y tú decidirías después, con datos y no con un beso, si esto merece cambiar algo de tu vida.

Eso era muy distinto de «déjalo todo y quédate conmigo». Era concreto. Prudente. Incluso razonable, dentro de la absoluta locura de abrir un negocio en una finca escocesa con un hombre al que conocía desde hacía unas semanas.

—¿Y nosotros? —pregunté—. ¿También seríamos una temporada de prueba?

Kendrick apoyó los brazos en las rodillas.

—Nosotros seríamos dos personas que van a descubrir si saben construir algo sin mentirse ni decidir por el otro.

No puedo prometerte que saldrá bien. Puedo prometerte que hablaré cuando tenga miedo, que no volveré a ocultarte una verdad para conservarte cerca y que no daré por hecho que tu vida importa menos que la mía.

Tuve que mirar el lago un momento.

—Eso ha estado muy bien.

—Lo ensayé toda la noche.

—Se nota un poco.

—Qué crueldad.

Nos quedamos en silencio. La propuesta seguía siendo enorme. Pero ya no era un salto al vacío. Era un puente con el primer tramo dibujado.

El móvil vibró en mi bolso.

Había recuperado cobertura al acercarme a la terraza y en la pantalla apareció el nombre de Clara, la clienta que me había escrito semanas atrás para contarme que su hija se había comprometido. Leí el mensaje.

«Camila, ya tenemos presupuesto y libertad total para elegir lugar. Mi hija quiere que tú lo organices y solo confío en ti. Llámame.»

El encargo con el que llevaba años soñando.

Kendrick observó mi cara.

—¿Malas noticias?

—Todo lo contrario.

Le enseñé el mensaje.

Lo leyó y me devolvió el teléfono sin intentar ocultar el golpe.

—Tienes que aceptarlo.

—¿Así de fácil?

—No voy a pedirte que rechaces el trabajo de tu vida para demostrar que me quieres. Si lo hiciera, no habría entendido nada de lo que acabamos de hablar.

Miré otra vez el jardín. Presupuesto abierto. Libertad para escoger el lugar. El arco. El lago. El caserón. Las habitaciones. El espacio que acabábamos de demostrar que podía transformarse.

Una idea empezó a abrirse paso.

—No tengo por qué elegir —dije.

—¿Entre qué cosas?

—Entre mi carrera y Ardnamurra.

Me puse en pie y caminé hasta el borde de la terraza. Levanté el móvil, buscando las tres rayas de cobertura que aparecían y desaparecían con el viento.

—¿Qué estás haciendo?

—Mi trabajo.

Llamé a la clienta.

—Clara, soy Camila. Sí, acepto. Pero antes de hablar de fechas quiero enseñarte un lugar. Está en Escocia, no aparece en catálogos y estamos terminando los permisos para celebrar bodas. Podríais ser los primeros. Dame una hora y te envío todo.

Kendrick se levantó despacio.

—Camila...

Levanté un dedo para que esperara mientras cerraba la llamada.

—Perfecto. Te mando las fotografías y hacemos videollamada esta tarde. Confía en mí.

Colgué.

—¿Acabas de ofrecer Ardnamurra sin consultar al dueño?

—El dueño me ha ofrecido una sociedad hace diez minutos. Considera esto mi primera decisión ejecutiva.

—¿Y si la clienta dice que sí?

—Entonces tendremos una primera boda, un presupuesto para empezar y una temporada de prueba mucho antes de lo previsto.

—¿Y si dice que no?

—Le enseñaré el jardín. Dirá que sí.

Kendrick soltó una carcajada y se acercó.

—Ahí está. La mujer que pretende vencer al viento.

—Pétalos húmedos. Pesan más.

—¿Esto significa que aceptas?

—Significa que voy a estudiar tu propuesta, revisar las cuentas, negociar mi porcentaje y exigir un despacho con cobertura de verdad.

—Despiadada.

— Despiadada, no. Profesional.

—¿Y el escocés incluido en el proyecto?

—Ese queda sujeto a evaluación continua.

—Pues entonces haré méritos.

Me besó, breve y sonriente, sin convertir el beso en una respuesta que todavía tenía que dar con la cabeza además de con el corazón.

Una hora después enviamos a Clara fotografías del jardín, planos de la casa y un vídeo grabado por Kendrick mientras yo describía las posibilidades del lugar. Antes de que anocheciera, respondió con cuatro palabras:

«Isabel se casa ahí.»

El primer contrato de Ardnamurra todavía no existía, pero acababa de encontrar a sus primeros novios.