Un escocés muy bien plantado Capítulo 21
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Capítulo 21

Hay una cosa que nadie te cuenta cuando eliges dedicarte a organizar bodas. Y es que, de vez en cuando, en lugar de montar una, te toca desmontarla. Y desmontar una boda que no va a celebrarse es, con diferencia, el trabajo más deprimente y absurdo del mundo.

Porque todo sigue ahí. El jardín precioso. Las guirnaldas colgando de los tejos. El arco cubierto de flores a punto de abrir. Cientos de detalles en los que había volcado semanas de mi vida, esperando a una novia que ya no iba a llegar. Un decorado perfecto para una función cancelada.

Fenella cumplió a medias su amenaza. Aquella mañana envió a dos revistas un correo ambiguo sobre una organizadora entrometida y una familia que la había humillado.

Menzies respondió con un requerimiento legal, la declaración firmada de la modista y la advertencia de que existía documentación que acreditaba la falsedad de la carta.

Ninguna publicó la historia. El escándalo murió antes de nacer, aunque a mí me dejó preparada para pelear.

Me presenté en la finca a la mañana siguiente con la intención de empezar a desmontarlo todo con dignidad profesional, cerrar las cuentas y despedirme. Un plan sencillo. Duró, como casi todos mis planes en Ardnamurra, exactamente nada.

Para empezar, no todos los proveedores habían recibido el aviso.

Menzies y yo habíamos pasado buena parte de la noche llamando, pero algunos camiones ya estaban cargados, otros habían salido de la ciudad antes del amanecer y dos teléfonos no contestaron. Así que llegaron. Casi todos. Casi a la vez.

El primero fue el camión de las sillas. Doscientas. El conductor empezó a descargarlas en la explanada antes de que yo pudiera detenerlo.

—¡Pare! No hacen falta.

—Tengo orden de entregar doscientas sillas.

—La orden ha cambiado. No hay boda.

El hombre consultó el papel que llevaba en la mano, como si esperara encontrar allí una cláusula que permitiera desaparecer a los novios.

—Aquí pone doscientas sillas.

—Ya sé lo que pone. Yo hice el pedido.

—Pues yo las descargo, usted firma y luego hace con ellas lo que quiera.

Y siguió trabajando, terco como una mula.

Detrás llegó la furgoneta del cáterin, con un cocinero francés altísimo que quería saber dónde instalar la cocina para doscientos invitados.

Después apareció un músico enviado por el cuarteto de cuerda para comprobar la acústica de la terraza.

Y, para rematar, una mujer con doscientas velas de azahar que Fenella había encargado personalmente.

—No hay novia —le expliqué, ya al borde del colapso—. No hay boda. No hay nada.

—Pero las velas están pagadas.

—Entonces quédese con ellas.

—¿Y qué hago yo con doscientas velas de azahar?

—Perfume su casa. Regálelas. Monte un balneario. No lo sé.

La mujer se marchó ofendidísima, murmurando algo sobre mi falta de profesionalidad. Y yo me quedé en mitad de la explanada, rodeada de sillas, cajas y personas que exigían instrucciones, con ganas de sentarme en el suelo y dejar que Ardnamurra me tragara.

Fue entonces cuando apareció Kendrick.

Venía de la casa con las botas puestas y las mangas remangadas. El jardinero otra vez. Al ver el panorama, se detuvo y se le escapó una carcajada.

—No se ría —le advertí—. No estoy de humor.

—Lo intento, pero es difícil. —Se acercó sorteando una pila de sillas—. La mujer que lo tiene todo bajo control, derrotada por doscientas velas de azahar.

—Su boda. Sus proveedores. Su desastre. —Le planté la carpeta contra el pecho—. Ayude en lugar de disfrutar del espectáculo, hombre libre.

—A la orden, sargento.

Y ayudó.

Kendrick Sinclair, heredero de medio valle, se pasó la mañana cargando cajas, negociando penalizaciones y convenciendo al conductor de que volviera a colocar las sillas en el camión.

Encontró un hotel de la costa dispuesto a quedarse con los productos sin abrir y parte del servicio del cáterin, mandó al músico a tocar a la posada de Morag y consiguió que la mujer de las velas regresara para venderle la mitad a la señora Aitken, que aseguró que en aquella casa siempre hacían falta velas.

Trabajamos codo con codo, como antes. Solo que esta vez no construíamos nada. Deshacíamos lo que habíamos levantado para una boda que nunca debió existir.

—El francés se lleva la comida al hotel —dijo Kendrick al volver de una de sus negociaciones—. Ha dejado de insultarnos en francés, que considero un avance.

—¿Y el cuarteto?

—Morag tendrá música esta noche. Puede agradecérmelo o prohibirme la entrada de por vida.

—Es usted un peligro para la paz de la comarca.

—Me esfuerzo.

Para media tarde, Ardnamurra volvía a parecer una finca y no el almacén de una empresa de eventos. Los proveedores se habían marchado, unos gruñendo y otros encantados con el cambio de destino. Las sillas regresaron al camión.

Todas menos dos.

Kendrick las llevó a la terraza de los tejos y las colocó mirando al lago, una junto a la otra.

—¿Y esas? —pregunté.

—Nos han cobrado el alquiler del día entero. Sería una pena no sacarles algún provecho.

—Claro. Una decisión puramente financiera.

—Por supuesto.

Nos sentamos en el murete, el de siempre, agotados y llenos de polvo. La señora Aitken apareció con una bandeja, la dejó entre los dos y se marchó sin decir una palabra. La sonrisa que intentaba ocultar bajo su gesto severo la delataba.

—Ni una boda cancelada consigue que esa mujer deje de alimentarnos —dije.

—Es una fuerza de la naturaleza. —Kendrick partió un trozo de pan—. Me crio ella. Mi madre murió cuando yo era pequeño y ella se encargó de que no me faltara comida, cariño ni un buen tirón de orejas cuando lo merecía.

—Ayer lloró cuando se enteró de que no había boda.

—Yo solo la he visto llorar una vez. En el entierro de mi madre.

Miré hacia la casa e imaginé a la señora Aitken criando a un niño en aquel caserón enorme y observándolo años después caminar hacia una vida que no quería, sin sentirse con derecho a detenerlo.

—Debe de haberlo pasado mal —dije.

—Todos lo han pasado mal por mi culpa. —Kendrick bajó la vista al pan—. Dejé que mi padre decidiera por mí. Dejé que Fenella me arrastrara. Y después le mentí a usted porque era más fácil seguir callando que afrontar lo que había hecho.

—Lo de Fenella no fue culpa suya.

—Lo que hizo ella, no. Lo que hice yo con mis propias decisiones, sí. —Me miró—. No voy a disfrazarlo de destino ni de miedo. Le oculté algo enorme y la herí. Lo siento, Camila. De verdad.

Era la primera vez que se disculpaba sin añadir una explicación detrás. Sin pedirme que comprendiera. Sin una flor que suavizara las palabras.

—Gracias —dije—. Necesitaba oírlo así.

Asintió y no intentó acercarse. Se quedó a mi lado, mirando el lago, dejando que la disculpa existiera sin exigir nada a cambio.

El sol descendía entre las nubes y teñía el agua de cobre. Las dos sillas permanecían unos pasos más atrás, vacías, como si esperaran a alguien con más valor que nosotros.

—Mañana me voy —dije.

Kendrick se quedó inmóvil.

—¿Ha decidido coger el vuelo?

—El trabajo ha terminado. Tengo que devolver el coche, reorganizar mi agenda y volver a mi vida.

—Ya.

Solo dijo eso. Ni una broma ni una súplica. Y aquella aceptación me dolió bastante más de lo que habría dolido una discusión.

Me levanté.

—Será mejor que recoja lo que queda.

—Camila.

Me detuve.

Él también se puso en pie, pero mantuvo la distancia.

—No voy a pedirle que renuncie a su vida después de conocerme unas semanas. Tampoco voy a fingir que basta con quererse para resolver miles de kilómetros. Pero no puedo dejar que se marche creyendo que para mí esto ha sido una aventura de jardín.

Tragué saliva.

—Kendrick...

—Me estoy enamorando, Camila. —Lo dijo sin rodeos—.

No sé cuándo empezó. Quizá cuando me discutió la terraza sin saber quién era.

Quizá cuando asesinó aquel plantón y se sintió culpable de verdad.

O cuando se rio de mí mientras una oveja destrozaba media mañana de trabajo.

No lo sé. Solo sé que la quiero a mi lado y que no pienso volver a esconderlo detrás de una broma.

Todas las respuestas sensatas que llevaba días preparando desaparecieron.

—No diga eso si no sabe qué hacer después.

—No lo sé. —No apartó la mirada—. Esa es la verdad. No tengo un plan perfecto. Tengo una finca de la que no quiero irme y a una mujer que vive en otro país. Es un problema enorme. Pero prefiero tener un problema enorme con usted que una vida sencilla sin usted.

Bajé la vista un momento.

—No…

—Pero tampoco quiero que se marche y fingir que esto no ha pasado.

Lo miré.

—Kendrick...

—Ya sé que no arregla nada. Solo quería que lo supiera. —Se me escapó una sonrisa, más nerviosa de lo que me habría gustado—. Y eso que acaba de hacer complica bastante más las cosas…

Lo miré. Al hombre del traje y al de las botas. Al heredero que había dejado que otros decidieran por él y al jardinero capaz de pasarse una mañana entera cuidando una flor. Los dos eran Kendrick. Y llevaba días intentando fingir que eso no importaba.

—Yo me enamoré del jardinero —dije—. Cuando descubrí quién era de verdad, intenté convencerme de que aquel hombre no existía. Era más fácil enfadarme con usted que reconocer que seguía sintiendo lo mismo.

Kendrick se quedó completamente quieto.

—¿Y lo sigue sintiendo?

Asentí.

—Sí. Yo también me estoy enamorando de usted. Aunque haya resultado ser bastante más complicado de lo que esperaba.

Algo cambió en su expresión, y la tensión de las últimas semanas pareció abandonarlo de golpe.

—No sabe cuánto tiempo llevo esperando oír eso.

—Tampoco se emocione demasiado. Aún estoy enfadada.

—Me parece justo.

Se acercó despacio y esta vez no retrocedí. Me rozó la mejilla con los dedos y se detuvo allí, esperando.

—Camila...

—Béseme de una vez.

Sonrió.

Y lo hizo.

Por fin.

No fue un beso robado ni precipitado. Fue lento al principio, casi cuidadoso, como si los dos necesitáramos comprobar que aquello estaba ocurriendo de verdad.

Después dejó de ser cuidadoso. Se llevó por delante las reglas, las excusas y todas las veces que habíamos estado a punto de llegar hasta allí.

Le rodeé el cuello con los brazos y lo besé bajo los tejos, con el lago al fondo y el arco que habíamos construido a pocos pasos. No hubo lluvia, ni claxon, ni florista inoportuno. El mundo, por una vez, tuvo la decencia de dejarnos terminar.

Cuando nos separamos, Kendrick apoyó la frente en la mía.

—Ha valido la pena esperar.

—No digas eso. Odio esperar.

Kendrick sonrió.

—Lo tendré en cuenta.

—Más te vale.

Sonreí con él. Y durante un momento no pensé en España, ni en la finca, ni en el día siguiente. Solo en él. El beso no resolvía nuestras vidas, pero, al menos, nos daba una razón de verdad para intentarlo.