Capítulo 14
Mi plan de distancia profesional tenía un fallo de diseño. Para organizar aquella boda necesitaba a Kendrick.
No por gusto. Por pura logística. Conocía el jardín palmo a palmo, tenía las llaves de los cobertizos, trataba con los proveedores y sabía qué aguantaba el clima de Ardnamurra.
Yo podía decretar todo el «cero jardín compartido» que quisiera, pero la realidad era que tenía que cruzarme con él veinte veces al día.
Así que empecé a tratarlo como si fuera material peligroso. Me limité a hablar con él de trabajo, mantuve el usted entre nosotros, corté cada conversación en cuanto dejó de ser imprescindible y procuré no mirarle las manos mientras trabajaba.
Incumplí la cuarta antes de terminar de formularla.
—Necesito que suba las cajas de las guirnaldas a la terraza —le dije aquella mañana, con mi mejor tono de capataz—. Están en el cobertizo grande. Gracias.
—Voy. —Se cargó la primera caja al hombro—. ¿Algo más, jefa?
—No me llame jefa.
—Perdón. ¿Algo más, señorita Herrera?
—Tampoco. Suena a que se está riendo.
—No me estoy riendo, pero es difícil no hacerlo cuando alguien te habla como un sargento y te evita como si tuvieras la peste.
—No le evito. Mantengo una distancia profesional.
—Ah. ¿Eso fue lo de esta mañana, cuando me vio en el pasillo y se metió en un armario?
Me puse roja hasta la raíz del pelo porque había ocurrido exactamente así. Había ido a buscar unas muestras a la casa, lo vi doblar la esquina y, en un ataque de cobardía, me escondí en el primer armario que encontré. Resultó ser el de la ropa blanca.
—No me escondí.
—La señora Aitken la vio salir con una funda de almohada pegada al hombro.
—Buscaba sábanas.
—A las diez de la mañana. Para trabajar en el jardín.
Le di la espalda y empecé a ordenar guirnaldas con una concentración feroz. En lugar de marcharse, se quedó a ayudarme, porque iban demasiado altas y él llegaba mejor. De nuevo estábamos pasándonos cosas, rozándonos las manos y viendo arder mis reglas una tras otra.
—Más a la izquierda —indiqué mientras sujetaba la escalera—. Mi izquierda. Su derecha.
—Aclárese, que estoy en equilibrio sobre un palo.
—A su derecha.
—Ahí voy. ¿Así, capataz?
—Así está bien. Le ha quedado bien. Tiene buena mano.
—¿Ha estado a punto de hacerme un cumplido?
Bajó un peldaño y me miró desde arriba.
—He dicho que el nudo está bien.
—Claro. El nudo.
Bajó otro escalón hasta quedar a mi altura.
—Es malísima con la distancia profesional.
—Soy excelente.
Me aparté de la escalera para reunir lo que quedaba de mi dignidad, porque ese era el problema con Kendrick. Resultaba imposible sostener un enfado solemne a su lado. Yo quería mantenerme herida y distante, pero cada vez que decía algo, me entraban ganas de reírme.
—Vamos a hacer un trato —dije.
—La escucho.
—Terminamos la boda como profesionales y después, cada uno vuelve a su vida. Usted a la que ya tiene preparada y yo a la mía.
Dejó de sonreír.
—¿Y si no quiero esa vida?
—Eso no puedo arreglarlo yo.
—No le pido que lo arregle. Solo quiero preguntarle algo. Si yo hubiera sido solo el jardinero, sin apellido, sin finca y sin boda, ¿habría habido algo entre nosotros?
La respuesta era un sí tan rotundo que decirlo habría destruido todas mis reglas de golpe.
—Las otras circunstancias no existen.
—Contésteme de todos modos.
—No.
—Camila.
—He dicho que no. —Recogí la escalera para ocupar las manos—. Usted se casa y, según su prometida, va a ser padre. Además, hay que volver menos rústico.
La sonrisa se le borró.
—¿Qué ha dicho del arco?
—Que no parezca hecho por un campesino. Palabras textuales. No le dije que lo había construido usted.
Kendrick miró la estructura. Nuestro arco.
—No pienso cambiarlo.
—Lo ha pedido la novia.
—Me da igual. Ese arco se queda.
Se cruzó de brazos y, por un instante, dejó de ser el jardinero bromista y el heredero atrapado. Fue simplemente un hombre plantándose.
—Lo hicimos usted y yo. Es lo más bonito del jardín. Si Fenella no quiere casarse debajo, puede escoger otro sitio.
—No puede negarse a una petición de la novia.
Me salió con poca convicción.
—Puedo negarme a lo que quiera en mi propia finca. Es una de las escasas ventajas de ser Kendrick Sinclair, y esta vez pienso utilizarla.
—Tendrá problemas con Fenella.
—Ya los tengo. Uno más pasará inadvertido. —Su voz se suavizó—. El arco se queda como recuerdo de cuando me trataba como a un don nadie y, aun así, me trataba mejor que casi todo el mundo. Si no le importa.
Claro que me importaba. Me importaba demasiado.
La señora Aitken apareció por el sendero con su bandeja y nos salvó de seguir hablando.
—¿Interrumpo?
—No —dije demasiado deprisa—. Estamos con las guirnaldas.
—Ya veo. —Dejó la bandeja y nos repasó a los dos—. Coman. Que les hace falta... Y dejen de tocarse las guirnaldas.
Se alejó tan tranquila y Kendrick se echó a reír.
—Esta mujer no tiene remedio.
Y me reí con él, dejando que mis reglas se convirtiesen en ceniza allí mismo.
Durante un segundo olvidé que se casaba, el embarazo y todo lo que no tenía solución, pero después me acordé.
—Como algo y sigo trabajando sola —dije, levantando de nuevo el muro—. Gracias por lo del arco.
—A mandar, jefa.
—¡Que no me llame jefa!
—Perdón, sargento.
Le lancé una guirnalda y la esquivó. Los dos sabíamos que mi distancia profesional había durado medio día y que no prometía mejorar.