Capítulo 13
Me quedé. Contra mi buen juicio, contra la dignidad y contra todos los razonamientos brillantes que se me ocurrían a las tres de la madrugada, me quedé.
Me dije que era por profesionalidad. Que no se abandona un encargo a medias, que había firmado un contrato y que mi reputación no soportaría una espantada. Eran argumentos sólidos y todos verdad a medias.
La otra mitad tenía forma de flor morada y la voz de un hombre diciéndome que no quería a su prometida.
Aun así, tomé una decisión firme. Terminaría la boda como una profesional.
Nada de trabajar juntos en el jardín, nada de bromas y nada de cobertizos.
Kendrick Sinclair era el novio y yo, la organizadora.
Trataría con él lo imprescindible y, en cuanto acabara todo, subiría a un avión sin mirar atrás.
El plan duró hasta que apareció Fenella.
Llegó a media mañana, sin avisar y con el coche negro levantando grava. Yo estaba sola en la terraza de los tejos, repasando el montaje de las guirnaldas. Bajó del coche sin chófer ni acompañantes y vino directa hacia mí con una sonrisa que no prometía nada bueno.
—Aquí está la organizadora estrella. Tenemos que hablar.
—Buenos días, señorita Balfour. Dígame.
—Anoche, durante la cena, se puso muy pálida cuando le presentaron a mi prometido. Casi no probó bocado.
Mantuve la cara quieta. Años de tratar con novias imposibles servían para algo.
—Me mareé con las curvas. Ya lo expliqué.
—Las curvas. Claro. —Rozó una guirnalda con la punta del dedo—. Verá, Camila, yo me fijo mucho en las cosas. Y me han contado que Kendrick, que normalmente deja estos preparativos en manos del servicio, lleva semanas embarrándose aquí arriba. Con usted.
—Conoce el jardín y me ha ayudado con las plantas. Eso es todo.
—Eso espero. Sería una pena que una profesional de su categoría se confundiera de papel. Usted monta la boda. No forma parte de ella.
—Tengo mi papel muy claro.
—Bien. Entonces le contaré algo para evitar malentendidos. Kendrick y yo vamos a casarnos. Y hay razones que usted no conoce.
Se llevó una mano al vientre.
—Vamos a ser una familia. Los tres.
Tardé un segundo en entender.
—¿Está embarazada?
—De algo más de cuatro meses. Quiero llevarlo con discreción y seguir con mi médico de Londres. La familia ya lo sabe, aunque aún no lo hemos anunciado públicamente. Por eso la boda se fijó con tanta prisa. Un hombre de honor no abandona a la madre de su hijo, y Kendrick es muy honorable.
El estómago se me cayó a los pies.
Aquello cambiaba el dibujo entero. Ya no era una boda fría que pudiera romperse ni un compromiso familiar impuesto desde fuera. Podía haber un niño. Y Kendrick, el hombre que protegía plantas del viento y guardaba mis herramientas de la lluvia, no iba a desentenderse de él.
—No lo sabía —conseguí decir—. Enhorabuena.
—Gracias. Así que cualquier confusión, además de poco profesional, sería bastante cruel. No querrá enturbiar el comienzo de una familia.
—Yo organizo la boda. Su vida personal no es asunto mío.
—Me alegra que lo tengamos claro. —Señaló el arco—. Y otra cosa. Esto es demasiado rústico. Quiero algo más elegante y más blanco. Que no parezca hecho por un campesino.
Lo había hecho su prometido con sus propias manos. No se lo dije.
—Lo revisaré.
—Para eso le pago. —Recogió el bolso y, al marcharse, añadió por encima del hombro—: Anímese, mujer. Tiene cara de funeral y esto es una boda.
El coche desapareció por las curvas y me dejó sola con una piedra en el pecho del tamaño de Escocia.
Embarazada.
Contra aquello no valían flores, cobertizos ni un «no la quiero». Kendrick se casaba porque iba a ser padre. Y, aunque me destrozara, entendía por qué lo hacía.
Me senté en el murete donde habíamos compartido pan y queso y me concedí dos minutos exactos para sentir lástima de mí misma.
Entonces apareció Kendrick.
Venía de la casa con las botas puestas y la camisa remangada. En cuanto me vio, se detuvo.
—¿Qué ha pasado? ¿Ha estado aquí Fenella?
—Sí. Quiere el arco más elegante y menos rústico. Me ocuparé.
—Camila. ¿Qué le ha dicho?
—Lo que tenía que decirme. Enhorabuena, por cierto.
Frunció el ceño.
—¿Por qué?
Su desconcierto parecía sincero, y durante un instante algo no encajó, pero aparté la idea. Ya me había engañado bastante a mí misma en aquella finca.
—Por el niño. Fenella me ha contado que está embarazada y que por eso se casan tan deprisa.
El cambio en su cara fue inmediato. Se puso rígido y durante un segundo vi algo muy parecido al horror.
—Eso le ha dicho.
—Sí. Acariciándose la tripa y todo. —Me colgué la carpeta al hombro—. No tiene que explicarme nada. A partir de ahora esto será lo que siempre debió ser. Usted, el novio. Y yo, la organizadora. Se acabó trabajar juntos.
—Espere. —Me cortó el paso—. ¿Qué palabras utilizó exactamente?
—¿Qué más da?
—Claro que importa.
—Va a tener un hijo con ella. Lo demás son detalles.
Se pasó las manos por el pelo. Parecía debatirse entre hablar y morderse la lengua.
—¿Es que qué? —insistí.
Al final bajó las manos.
—Nada. Tiene razón. Es un trabajo.
Se apartó para dejarme pasar.
—Cambiaré yo el arco, si prefiere no tocarlo.
—No hace falta. Es mi trabajo.
—Camila.
Me detuve de espaldas.
—Nada de lo que Fenella le ha contado es tan sencillo como parece —dijo en voz baja—. No tengo una prueba todavía, pero estoy intentando conseguirla.
No me giré. Si lo hacía, corría el riesgo de agarrarme a aquella frase con las dos manos, pero la guardé de todos modos. La guardé junto a su reacción al embarazo, los estudios de despacho y la menta del pozo. Por si acaso.