Un embarazo inesperado Capítulo 20
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Capítulo 20

Afonso

Acomodé la maleta pequeña de Maria en el asiento trasero y cerré el maletero con un golpe seco.

Claudia, una de sus amigas, se había acercado hasta su casa para prepararle una muda de ropa.

Regresar allí tras aquellas veinticuatro horas angustiosas suponía un alivio, pero a la vez marcaba el arranque de una etapa que me tenía con los nervios a flor de piel.

No había vuelto a sacar el tema de su tremenda osadía desde la conversación en la habitación del hospital antes de que se quedara dormida.

La prioridad era el bebé, el suero, el reposo y lograr que la tensión se le normalizara.

Ahora nos esperaba la vida real: no tenía la más mínima intención de marcharme, pero tampoco sabía cómo encajar la omisión, el engaño y esa punzada de traición.

—¿Seguro que no prefieres que contrate a una enfermera a media jornada o un servicio de atención domiciliaria? —le pregunté por tercera vez, abriéndole la puerta del copiloto con sumo cuidado, como si estuviera hecha de cristal.

—Afonso, estoy bien —contestó con una sonrisa cansada, apoyándose en mi brazo para sentarse—. Me han dado el alta y tengo más revisiones programadas. Solo necesito mi cama, mis cosas... y mi rincón.

—Espero que el sofá sea tan cómodo como parece —solté, cerrando la puerta y rodeando el morro del coche para ponerme al volante. Arranqué el motor y la miré de reojo—: No me voy a mover de aquí, Maria. No pienso dejarte sola en este estado.

Me sostuvo la mirada unos instantes; sus ojos se clavaron en los míos. Asomaban la duda, la esperanza y, muy en el fondo, la culpa.

—Tenemos tantas cosas de las que hablar, Afonso... No podemos hacer como si nada hubiera pasado.

—¿Y quién ha dicho que yo quiera pasar página en falso? —Metí primera e inicié la marcha despacio—. Hablaremos. Pero comprenderás que esto no se arregla en una hora. Ni en un día.

—Lo sé. Pero... no quiero hacerte más daño del que ya te he hecho.

—Y yo no quiero que cargues con el peso del mundo sobre las espaldas, como si todo hubiera sido culpa tuya. Henri Premoli no te puso el ojo encima por casualidad.

—A mí no me obligó nadie.

—Solo te manipuló con sutileza, que para el caso viene a ser lo mismo.

El trayecto hasta su barrio transcurrió en silencio, pero, contra todo pronóstico, no resultó incómodo.

Al asumir el timón en mi papel de hombre y de padre, me sentía en mi sitio, con aplomo.

Todavía me quedaba llamar a mi hermano para ponerlo al corriente; tampoco tenía ni idea de cómo se lo tomaría JP, pero todo parecía encajar, por mucho que por dentro tuviera la cabeza hecha un torbellino.

Frené frente a su verja, me bajé con las llaves en la mano, recogí el equipaje y abrí la puerta principal para que pasara.

El olor a limpio y la calma de aquella calle poco transitada parecieron devolverle algo de color a las mejillas. Maria avanzó hasta el sofá y se dejó caer en él con un largo suspiro.

—Claudia no solo me trajo la ropa: también me ha dejado la casa niquelada —constató Maria.

—Se nota que es una buena amiga.

—Mucho. Ella y Nicole. Nos conocemos desde hace poco, pero da gusto estar con ellas.

Dejé la bolsa en el dormitorio, fui a la cocina, serví un vaso de agua y regresé al salón, sentándome en el extremo del sofá, muy cerca de ella.

—Toma. Tienes que hidratarte. —Le pasé el vaso.

Maria bebió a sorbos cortos, sin quitarme los ojos de encima. Al posarlo sobre la mesa, me tomó la mano y empezó a acariciarme los dedos con suavidad.

—Gracias por desvivirte por mí.

—No hay de qué.

—Voy a estar bien. Sé de sobra que tienes reuniones importantes y que mi baja te está trastocando la rutina del despacho. Si noto cualquier molestia te pego un toque, te lo prometo.

Le sostuve la mirada sintiendo cómo la rabia intentaba abrirse paso, aunque enseguida quedaba aplastada por el cariño y por el empeño cerril en protegerla.

Y entonces la vi con total claridad: la mujer que jamás miraba por sí misma estaba recibiendo un castigo tremendo justo la primera vez que se había priorizado.

Yo era la supuesta víctima de su jugada, pero ¿hasta qué punto me correspondía ese papel?

¿Cuántas veces me parapeté tras la etiqueta profesional mientras la buscaba con la mirada, la tocaba o dejaba caer comentarios fuera de lugar?

Ella sabía que se había acostado conmigo. Yo no.

¿Y acaso aquellas semanas no habían sido de las mejores de mi vida?

¿Por qué permitir que un mal paso echara a perder un recuerdo tan valioso?

—Tragarme lo que hiciste me duele. Pero negarte el perdón me duele exactamente igual. —Tragué saliva, con el pulso disparado—: Se acabaron las medias tintas y las mentiras vestidas de buenas intenciones. A partir de hoy necesito que vayas de cara conmigo, siempre.

—De acuerdo —murmuró.

—Quiero besarte, Maria.

—Adelante, Afonso.

—Pero no quiero que pienses que estás obligada a complacerme.

—Lo entiendo; a tu ritmo.

—Tampoco pretendo castigarte. Es todo tan desconcertante...

—Yo no estoy en posición de exigir nada...

Le corté las palabras posándole la mano en la mejilla y uniendo mis labios a los suyos. Busqué su boca con ternura y ella me correspondió al instante; aquella absurda división mental entre la mujer misteriosa de la fiesta y mi secretaria se disolvió en el acto.

Qué suerte la mía: tenía a la compañera perfecta para el día a día y a la mejor amante entre las sábanas. Menos mal que siempre me las he apañado con soltura en la intimidad; incluso con el sexo temporalmente descartado por prescripción médica, sobraban formas de darnos placer y mimarnos.

Frené el beso para repartir caricias suaves por su barbilla, su mejilla y su cuello. Suspiró hondo; noté que la piel se me encendía y no me molesté en disimularlo.

—Ya no podemos dar marcha atrás, Maria. Y en el fondo, ponernos a juzgar lo que está bien o mal carece de sentido: este disparate es lo que nos ha traído hasta aquí. Hay algo auténtico entre nosotros y tú llevas un hijo mío en las entrañas.

—Sí. Aunque no va a ser un camino de rosas.

—Nada en mi vida lo ha sido.

—Pero te merecías algo más fácil.

—Eso lo dirás tú, Maria. —Pegué mi frente a la suya y respiramos al unísono—: Mi hermano no opinará lo mismo, tenlo por seguro.

—¿Has hablado ya con él?

—Luego. —Le di un beso corto en los labios, la abracé y me recosté en el sofá, acomodándola sobre mi pecho—: Debería pegarme una ducha, pero no me apetece moverme de aquí.

—Por favor, quédate.

Apoyó la cabeza sobre mi pecho mientras mis manos le recorrían la espalda; compasamos la respiración en un silencio cargado de complicidad.

Aún arrastraba una sensación extraña por dentro, difícil de explicar.

Con aquel beso me habría gustado que todo quedase zanjado: que Maria fuera formalmente mi pareja y el niño simplemente nuestro hijo, sin más enredos.

—Te quiero, Maria. Quiero estar al pie del cañón por ti y por el bebé. Aunque... todavía tengo el cuerpo raro.

—Y yo. —Se rio por lo bajo—: Pero es un raro que no pesa. Da vértigo y alivia al mismo tiempo. Es como robar un dulce antes de que soplen las velas en un cumpleaños.

—Tal cual. —Le besé la coronilla—: ¿Tú hacías eso de pequeña? Yo me acuerdo de una en el cumpleaños de mi sobrino, solo para chincharle porque llevaba meses dando la murga con su fiesta.

—Jamás, Afonso. Ni me saltaba una clase ni copiaba en los exámenes.

—¿Eras la empollona repelente de la clase?

—Más bien la que no sabía decir que no: les hacía los resúmenes y los trabajos a todos los que me lo pedían.

—O sea, que se aprovechaban de ti a base de bien.

—Y hoy empiezo a entender mejor por qué me pasaba.

Había sido ella quien se había aprovechado de mí y ahora comprendía que no se podía culpar al resto del mundo por abusar de su buena fe. A mí también me cambió la mirada sobre aquellos a los que juzgaba débiles: a veces no es cuestión de debilidad, sino de un cóctel complejo de circunstancias.

Dormitamos un rato, picamos algo, pusimos la tele y Maria estuvo intercambiando mensajes con sus amigas, dejándome leer lo que contaba sobre mí sin tapujos. Cada vez que me asaltaba el desconcierto, la miraba y las piezas volvían a ordenarse; solo nos hacía falta tiempo.

Al llegar la noche, no puso ninguna pega para que me duchara, metiera mi ropa en su lavadora y me metiera en la cama a su lado. La toalla enrollada a la cintura y su camisón fino eran la única frontera entre los dos.

Contra todo pronóstico, acabamos durmiendo cucharita; me resultaba imposible guardar las distancias.

Cuando sonó la alarma por la mañana, no dijo ni media palabra: se levantó y me incorporé en la cama para seguirla con la mirada.

Fue al baño, se recogió el pelo y salió.

Antes de que me diera tiempo a ir tras ella, regresó con una jeringuilla en la mano, se sentó en el colchón y se subió el camisón.

Tenía la mirada tensa, frágil.

—Buenos días. Perdona el mutismo, es que no estoy acostumbrada a esto.

—Buenos días —murmuré, inclinándome para darle un beso tierno en los labios—. ¿Qué es?

—Me pediste que fuera transparente al cien por cien.

—Y te lo agradezco en el alma.

—Nunca me he inyectado delante de nadie; se me hace...

raro. Si no fuera por esta aguja, jamás podría sostener un embarazo.

Gracias a la heparina, a la medicina y a ti, esta vez lo lograré.

—Apoyó la punta en la tripa y empujó el émbolo despacio—: Llevo toda la vida apañándomelas sola, Afonso.

Se me hace un mundo depender de los demás, ser el eslabón débil. Pero aquí estás tú y aquí estoy yo.

—Aquí estamos. —Un nudo me taponó la garganta.

—Apenas es un pinchacito, no duele tanto, pero a veces me supera el cansancio.

Me veía horrorosa, con el abdomen plagado de moratones, y no era capaz de mirarme al espejo.

Sabía que cada hematoma era una prueba de amor por mi hijo, marcas de lucha, pero...

me sentía tan sola. Tan rota. Hubo días en que dejé de ponérmelas, no solo por estar pendiente de los demás, sino por negarme a aceptar mis propios fallos, mis carencias...

—Eres perfecta, Maria.

—Ahora lo veo claro. Ay, Afonso... no soy la misma que hace un año. Estoy dispuesta a lo que sea con tal de ser madre. —Tomó aire hondo—: Solo necesito que de vez en cuando me des un empujón para no tirar la toalla esta vez.

—Si hace falta, aprendo a ponértelas yo. —Me incliné y besé con suavidad el punto exacto donde se acababa de inyectar—: Papá está aquí, pequeño. Todo va a salir bien.

Tenía que ser yo quien le diera cobijo, pero terminé apoyando la cabeza en su regazo. Ella sollozaba bajito mientras me acariciaba el pelo y yo no pude contener un par de lágrimas silenciosas.

Jamás había sentido tanto miedo en la vida. Y me costaba asimilar que un pánico tan visceral fuera a la vez el origen de semejante aplomo. Porque allí no estaba como un figurante ni asumiendo un papel postizo que no me pertenecía.

No era el padre sustituto haciéndose cargo de una criatura ajena. Maria era mi mujer. Llevaba a nuestro hijo en el vientre y estaba dispuesta a coserse el cuerpo a pinchazos para sacarlo adelante.

—Vales un imperio, Maria —solté con la voz rota.

—Y tú eres un hombre maravilloso. —Me plantó un beso en la frente—: ¿Te preparo unas tortitas para desayunar?

—Preferiría desayunarte a ti, pero el médico me ha fastidiado el plan.

—Giré la cabeza para mirarla; ella apretó los labios intentando aguantarse la risa, como si le diera pudor escucharme hablar así—: ¿Muy temprano para bromas de este tipo?

¿Tienes idea de las veces que me imaginé liándome contigo en el despacho mientras me tocaba guardar las formas para no asustarte?

—Me hago una idea. —Se rio y me dio dos palmadas cariñosas en el pecho; me puse en pie—: Tu ropa debe de estar ya casi seca. Tendrías que ir tirando para el trabajo.

—¿Ya me estás echando?

—La verdad es que prefiero que me mimes un rato más —admitió, saliendo del dormitorio mientras yo la seguía de cerca—. ¿Te apetece invitar a JP a comer aquí? ¿O a tu hermano?

—A los hombres Medeiros déjalos para más adelante; de momento solo tienes que lidiar con uno: yo, el mejor de todos. Y tú de pie en la cocina no te quedas: tienes que guardar reposo.

—Pues ahora que lo pienso, casi que prefiero que te vayas a la oficina —bromeó ella, vacilante. La agarré del brazo con delicadeza y le ceñí la cintura, pegando su cuerpo al mío.

—¿Quieres que volvamos a jugar a los jefes y las secretarias? Tengo trucos nuevos guardados.

—Te quiero —murmuró conmovida, y me plantó un beso en los labios antes de que pudiera reaccionar, rodeándome con los brazos en un abrazo apretado y cargado de pasión.

La extrañeza seguía revoloteando en algún rincón de mi pecho, pero con cada minuto que pasaba iba perdiendo fuelle: un mal paso no tenía la fuerza suficiente para ensombrecer todo lo que Maria y yo habíamos compartido ni lo que estábamos decididos a construir juntos.

El qué dirán, los juicios de valor o el balance de aciertos y errores se quedaban en nada cuando era el amor lo que estaba en juego.