Un embarazo inesperado Capítulo 1
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Capítulo 1

Maria

Me ajusté el cinturón del pantalón por enésima vez al notar lo holgada que me quedaba la tela.

De algún modo, estaba perdiendo peso y ni siquiera había empezado a ir al gimnasio.

Tenía las manos heladas, pero el ligero sudor de las palmas delataba que distaba mucho de estar tranquila; estaba hecha un manojo de nervios, como si fuera mi primera entrevista de trabajo.

Bueno, si tenía en cuenta la última vez que había trabajado, en la práctica casi lo era.

La sala de espera de la última planta de Medeiros Emprendimientos era una pecera de cristal, acero cepillado y el zumbido del aire acondicionado a toda potencia.

Tenía que bordar esa última fase de la selección.

El sueldo no era nada del otro mundo, y tampoco es que lo necesitara; solo quería salir de casa, ver gente y recuperar una rutina que no me dejase margen para caer en la tentación de volver a cuidar de mi suegra.

Ya había superado a dos técnicas de recursos humanos.

La primera parecía más preocupada por si tenía hijos o padecía alguna enfermedad, señalando con disimulo mi sobrepeso.

La segunda fue más considerada y se interesó por mi trayectoria personal.

Valoró mi capacidad para cuidar de un anciano y gestionar una casa mucho más que la formación técnica en enfermería que había cursado.

Buscaban a alguien capaz de atender mil frentes a la vez y de templar gaitas bajo presión.

En eso yo tenía un máster.

—¿Señora Maria Gomes? —Una recepcionista de aspecto impecable apareció por la puerta lateral, interrumpiendo mis pensamientos—. El señor Afonso la recibirá ahora.

Me levanté, corregí la postura y cogí el bolso. La acompañé en silencio, fijándome en sus pies; hacía muchísimo tiempo que no me calzaba unos tacones así. Tendría que haberme comprado unos nuevos en vez de plantarme allí con mis cómodas bailarinas. La primera impresión era la que más contaba.

La puerta del despacho de Afonso Medeiros estaba abierta.

Era una estancia amplia, bañada por la luz natural de los ventanales que daban a la ciudad, pero curiosamente acogedora.

Quizá se debía a los marcos de fotos familiares sobre un aparador a un lado, o a la escultura sobre su mesa, que representaba dos estrellas.

El corazón me dio un vuelco al ver aquel símbolo. Al instante pensé en las dos pérdidas que había sufrido; demasiada coincidencia. Debí de quedarme embobada mirando la pieza, porque otro detalle reclamó mi atención.

—¿Un café? —La voz masculina me arrancó del letargo. El hombre sentado tras la mesa me señaló la silla frente a él y la bandeja con una taza ya servida.

Afonso Medeiros no tenía la estampa del típico alto cargo obsesionado con el trabajo y cargado de agobios.

En su mirada brillaba una ligereza casi desconcertante, capaz de engañar al más pintado a primera vista.

En su melena castaña apenas asomaban unas cuantas canas y, alrededor de los ojos, descubrí las preocupaciones que a buen seguro guardaba bajo siete llaves.

Con un traje gris sin corbata, transmitía comodidad en lugar de rigidez, y la expresión de su rostro era distendida, serena.

Me escaneó de arriba abajo con calma, sin las prisas ni los prejuicios de las entrevistadoras previas.

—Gracias. Encantada, señor Afonso.

Bebí un sorbo y le sonreí con amabilidad. Me clavaba la mirada con tal intensidad que casi la esquivo por pura timidez. Hacía años que no miraba a otro hombre sin el velo del matrimonio cegándome ante cualquier otra realidad.

—Bien, Maria, tengo excelentes referencias de tu currículum.

—Afonso echó un vistazo a la pantalla del ordenador, colocada a un lado, y se llevó la taza a los labios.

Tenía el porte de quien está acostumbrado a leer entre líneas y a descifrar mucho más de lo que expresan las palabras—.

Pero quiero escucharlo de ti. ¿Por qué debería contratarte?

—Usted no está obligado a nada, señor Afonso.

—Puedes tutearme, llámame Afonso a secas. —Se pasó la mano por el pelo, denotando un punto de coquetería—. Tenemos la misma edad.

—Por supuesto, como prefieras.

—Entonces, ¿no te ves preparada para ser mi asistente personal?

—Yo no he dicho eso. —Arqueé las cejas, perpleja—. Me has preguntado por qué deberías contratarme. No creo que me corresponda a mí darte esa respuesta. Eres tú quien elegirá y asumirá las consecuencias, no yo.

—Directa al grano. —Afonso señaló con la cabeza hacia el monitor y sonrió mientras apuraba el último trago de su café—. Me gusta. Venía apuntado en tu informe de perfil. No tengo tiempo ni mano izquierda para andarme con rodeos cuando estoy currando.

—Si lo que te preocupa es ofenderme, quédate tranquilo. Hace mucho que dejé de tomarme las cosas como algo personal.

—¿Pero me cantarías las cuarenta si soltase algo fuera de lugar?

—Sin ninguna duda.

Cruzamos una mirada cargada de matices que me puso la piel de gallina. Di otro sorbo al café para disimular hasta qué punto aquel hombre conseguía descolocarme. No era más que mi actual momento de vulnerabilidad; no tenía por qué darle más vueltas de la cuenta.

—Tu último contrato formal fue hace más de diez años. ¿Cómo te mantienes, ahora que te has divorciado?

—La pregunta es indiscreta, pero te respondo sin rodeos: con la cruda realidad.

—Puse a prueba nuestro pacto de sinceridad; él contuvo una sonrisa, encantado con mi franqueza—.

Tengo rentas propias heredadas de mis padres.

Como contaba con ese desahogo, dediqué los últimos años a mi matrimonio y, en especial, al cuidado a tiempo completo de mi suegra. Exsuegra. Ya no tenemos ningún lazo.

—¿Fue una ruptura difícil?

—No, la difícil soy yo. —Solté una risilla para camuflar el escozor.

No me avergonzaba admitir lo que ya había desmenuzado en terapia—.

En cuanto mi marido me soltó que me había abandonado por completo, que me había convertido en una mujer insulsa y que parecía importarme más su madre que él, poner punto final a lo nuestro fue sencillo.

Despedirme de mi suegra fue lo que me desgarró.

La vi apagarse y morir en vida por culpa de la demencia; estuve a su pie de cama cuando ninguno de sus hijos tenía tiempo para ella.

—Exsuegra —matizó él—. Y aquí estoy pecando más de cotilla que de profesional, no hace falta que entres en detalles. Solo pretendía saber en qué punto estás.

—En el presente. Necesito trabajar, Afonso, y lo que mejor sé hacer es cuidar. Podría haberme metido en la rama sanitaria, pero no me vendría bien ahora mismo. Puedo canalizar este defecto mío hacia algo que me aporte cosas positivas.

—¿Defecto? ¿Consideras un defecto cuidar de los demás?

—Tanto un defecto como una virtud. —Terminé el café y desvié los ojos hacia cualquier punto de la sala que no fuera él—.

Pero es un terreno que domino, una faceta mía que puedes aprovechar.

Me dejaron muy claro que necesitas a alguien que te gestione la vida profesional y personal sin juzgarte.

No se trata de ser secretaria, sino de actuar como una extensión de tu cerebro: recordarte lo pendiente y resolver los marrones con los que no te apetece lidiar.

—Para el sueldo que ofrezco, suena a demasiado compromiso.

—No estoy aquí por el dinero. Ya te he dicho que tengo ingresos propios. Estoy aquí para trabajar, salir de mi cueva y moverme.

—O sea, que pondrás pies en polvorosa en cuanto te salga una oferta mejor.

—¿Y no pasa lo mismo con cualquier empleado? ¿O crees que la gente se queda en una empresa por amor al arte?

Afonso ladeó ligeramente la cabeza; me temí haber traspasado la raya con mi franqueza. Se repantigó en el sillón y, para mi asombro, sonrió.

—Me da la impresión de que estás sobrecalificada para el puesto, Maria.

—No hace falta que me regales el oído antes de darme largas. Si ves que no encajo, me lo dices y no te hago perder el tiempo.

—¿Y qué harías si te marchas de aquí?

—Irme a otra empresa y seguir buscando hasta dar con mi sitio. Y tú deberías hacer lo propio si buscas a la asistente perfecta.

Me sostuvo la mirada, y el silencio que se instaló entre ambos se me atragantó en la boca del estómago.

Un hombre como él jamás me vería como a una empleada competente, sino como a un alma en pena que necesitaba caridad.

Nunca debí irme de la lengua con lo de mi suegra; todavía estaba en pleno duelo por aquel vínculo.

¡Exsuegra! Dios mío, me costaba horrores asumir que ya no era nada mío.

—Es posible que necesite que viajes conmigo. ¿Habría algún problema?

—Siempre que disponga de habitación propia y se me abonen las dietas correspondientes, ninguno. No tengo ataduras que me retengan aquí.

—Quizá te toque gestionar alguna llamada... inoportuna para el trabajo, de alguna amiga mía.

—No pienso hacerte de tapadera para despachar a tus rollos de una noche o a tus ligues, Afonso. Creo que tienes más clase que todo eso. Pero sí puedo ser educada y aclararles que en estos momentos no estás disponible emocionalmente para una relación.

—Sí, algo por el estilo era lo que tenía en mente.

Una parte de mí no pudo evitar sentirse decepcionada con él por no querer sentar la cabeza ni construir una familia.

Parecía el típico solterón empedernido a la caza constante de aventuras y de la mujer ideal a su lado, justo lo que ansiaba Milton.

La convivencia real tiene altibajos; desentenderse en el peor bache solo demuestra que jamás existió un compromiso auténtico.

Estar a las duras y a las maduras: en las alegrías todo el mundo se apunta. Era en la adversidad cuando se descubría quién te importaba de verdad por cómo era, y no por el provecho que pudiera sacarte.

Afonso se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en la mesa y clavó los ojos en mí. Mi atención volvió a desviarse hacia la figurita de las estrellas; parecía de madera, como un trofeo o un recuerdo cargado de valor sentimental.

—Me la hizo mi hijo; creo que fue su último regalo por el Día del Padre. Es de papel maché. —Afonso me la tendió; la sostuve entre los dedos y el espejismo se disipó. A primera vista parecía una obra pulcra y profesional, pero de cerca saltaba a la vista la factura infantil.

—Me parece preciosa, y para mí tiene un significado muy hondo. ¿Cuántos años tiene?

—Treinta y dos.

—¡Ah! —Miré la figura, luego a él y eché cuentas mentales. Tenía que ser un hijo adoptivo o de corazón; biológicamente los números no cuadraban.

—En casa somos cuatro Medeiros —me aclaró—. Mi hermano mayor con su hijo, y yo con el mío.

—¿Todos bajo el mismo techo?

—Tal cual. Sé que te faltan piezas y que hay muchos cabos sueltos, pero esta es mi vida cotidiana y tendrás que habituarte a trabajar con las pistas que tengas. Veo que eres intuitiva, más que cotilla.

Se puso en pie con un movimiento ágil. Su gesto me impulsó a levantarme también, dejar la figura en el escritorio y prepararme para el descarte.

Afonso rodeó la mesa y se detuvo a dos palmos de mí, con semblante serio.

Su cercanía trajo consigo una estela de perfume tan sobrio y envolvente que me perdí en la profundidad de su mirada.

—¿Podrías incorporarte mañana mismo?

—Hoy, si hiciera falta. Ya he perdido bastante el tiempo.

—Hablas como si tuvieras ochenta años, pero juraría que no eres consciente de lo que yo veo. O mejor dicho... de lo que ven los demás.

Me tendió la mano para sellar el acuerdo. Jamás creí que un gesto tan rutinario pudiera hacerme sentir algo tan fulminante, pero en cuanto mi palma rozó la suya, una descarga electrizante me cortó la respiración.

¿Qué demonios había sido eso? Acababa de insinuar que no era tan mayor como me creía y, de pronto, me descubrí sintiéndome como una jovencita encandilada ante el hombre de sus sueños.

Céntrate, Maria: es tu jefe y te acabas de divorciar. Mentira; estaba a punto de cumplirse un año, pero hasta ese instante la herida aún parecía reciente.

—El puesto es tuyo, Maria. Te espero mañana a las ocho en punto. Los de Recursos Humanos contactarán contigo para rematar el papeleo del contrato.

—Estaré aquí antes de la hora. Gracias, Afonso.

Por aquel entonces no podía saberlo, pero la media sonrisa que me dedicó marcó el principio no solo de una relación laboral, sino de una complicidad que me arrancaría para siempre de mi caparazón de autocompasión.