Un embarazo inesperado Prólogo
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Un embarazo inesperado

Un embarazo inesperado

Por Mari Sales

© inepub.com

Prólogo

Maria

Cansada de esperar el momento adecuado para hacer lo que más deseaba, no me lo pensé dos veces: simplemente lo hice. Aquel era un grupo de apoyo para mujeres en búsqueda de embarazo, mujeres de todas las edades que soñaban con tener un hijo.

Mientras tantas otras utilizaban dos métodos anticonceptivos para no quedarse embarazadas —preservativo y píldora—, existía un universo opuesto de mujeres dispuestas a ponerse boca abajo para que la gravedad ayudase a los espermatozoides a llegar a las trompas.

Sentada en una silla, rodeada de mujeres y de profesionales de la salud femenina, yo escuchaba con atención cosas que jamás pondría en práctica, porque estaba divorciándome y mis posibilidades de cumplir el sueño de la maternidad se volvían aún más lejanas.

Pero no tenía que rendirle cuentas a nadie. Siempre había querido hacerlo; estaba harta de reprimirme por miedo a lo que pudieran juzgar los demás.

—¿Aceite de coco como lubricante? ¿En serio? —La mujer a mi lado se cruzó de brazos y de piernas; parecía tan escéptica como yo. Giró la cabeza hacia mí y torció el gesto—. Disculpa, he pensado en voz alta. No pretendo ser irrespetuosa.

—No te preocupes, tengo la misma duda que tú. —Levanté la mano con total naturalidad. La ponente interrumpió su charla y me señaló.

—Sí, ¿cuál es tu pregunta?

—¿Existe algún aceite de coco específico? ¿Nos recomendaría algún sitio para comprarlo?

—Buena pregunta, porque no vale cualquiera.

—Surgieron murmullos tras las palabras de la mujer que permanecía de pie al frente, dirigiéndose a una sala llena.

Era un auditorio pequeño; en el vestíbulo había mesas con aperitivos y sofás para charlar—.

La mayoría de los que se encuentran en el supermercado llevan añadidos que resultan perjudiciales.

Para usarlo en la zona íntima debe ser puro, con cero conservantes.

Hay que mirar bien la etiqueta y, a ser posible, comprarlo en herbolarios o tiendas ecológicas.

—¡Muchas gracias! —dije en voz alta. Me volví hacia la mujer de al lado, que me sonreía aliviada—. Creo que ahora ha quedado bastante claro.

—Aun así, me da más seguridad el que compro en la farmacia. —Se relajó a mi lado—. Me llamo Claudia, un placer.

—Maria. —Le tendí la mano y ella me la estrechó con suavidad—. Creo que voy a dar una vuelta. Si te apetece, vente.

—Sí, gracias.

Nos levantamos, salimos con discreción a mitad de la charla y nos fuimos al vestíbulo, que estaba casi vacío.

—Sé que es una pregunta obvia, pero es mi forma de romper el hielo. ¿Cuánto tiempo llevas buscando? —Claudia se detuvo frente a la mesa de bebidas y se sirvió un vaso de zumo de uva natural.

—No lo he intentado nunca —soltó entre risas, y yo me sumé a su carcajada—. Ya sé que suena raro, pero prefiero informarme bien antes de empezar. Estoy soltera, harta de los tíos ahora mismo, y me estoy planteando ser madre soltera por elección. ¿Y tú?

—Divorciada. —Me serví también un poco de zumo mientras ella me observaba con atención—. En la misma onda que tú: aprender antes de dar el paso. Aunque no dispongo de mucho tiempo; me hace falta un curso intensivo acelerado.

—¿Por la edad? ¿Cuántos años tienes?

—Cuarenta. Y un par de diagnósticos que me complican todavía más retener un embarazo.

—Vaya, lo siento mucho... —Claudia se sintió incómoda y desvió la mirada a su alrededor.

—Disculpa, he bajado los ánimos. No he venido aquí a lamentarme; siguiente pregunta. ¿Y tú, cuántos tienes?

—Treinta y cinco. Yo también tengo algunos temas biológicos que tratar, pero los emocionales pesan más.

Solo se me cruzan infieles en el camino.

Empezó con mi abuelo, siguió con mi padre y luego mis tres novios...

—Se bebió el zumo de un trago y suspiró—.

Creo que ahora me ha tocado a mí cortar el rollo.

En fin, que quiero ser madre y borrar a los hombres de mi vida.

—Me gusta cómo piensas. Ojalá fuera más fácil y seguro recurrir a la fecundación in vitro. Sueño con tener un bebé desde la primera vez que me quedé embarazada.

—Hola a las dos. —Una mujer apareció entre nosotras, sonriendo como si guardara un secreto, y se plantó con las manos en jarras—. Por lo general voy a mi aire y me las apaño sola en cualquier sitio, pero justo hoy prefería tener compañía. Todo esto me está dando una ansiedad tremenda.

—¿Perdona? —Claudia frunció el ceño.

—¿Estás bien? —Le toqué el brazo y ella se encogió de hombros—. Soy Maria. ¿Y tú?

—Ah, claro. Me llamo Nicole.

—Claudia. —Mantuvo los brazos tensos, contrariada.

—¿Por qué dices que te da ansiedad?

—Porque mi peor pesadilla es quedarme embarazada. Si no me he extirpado el útero todavía es porque sirve para más cosas que para gestar un crío.

—¿Te han metido en una encerrona? —Claudia se quedó de piedra—. ¿Por qué no te marchas?

—Porque todavía no entiendo qué os lleva a vosotras, mujeres guapas e independientes, a perder el tiempo con todo esto. Con lo horrible que está el mundo.

—Si tu madre hubiera pensado así, tú no estarías aquí.

—Pues sí; ella prefirió perpetuar el ciclo del trauma en vez de cortarlo de raíz, que es lo que pienso hacer yo.

—Nicole agitó las manos frente a nuestras caras para cortarnos el paso antes de que habláramos—.

Da igual, yo ya he tenido suficiente. ¿Y vosotras?

¿Nos acercamos al bar de la esquina a tomar algo?

—Voy en coche, pero me apunto a un refresco —dije, sintiendo una simpatía inmediata por aquella mujer que no tenía pelos en la lengua.

—¿Pero tienes edad para beber? —bromeó Claudia. Nicole se agarró a su brazo.

—Gracias por lo de joven, pero ya he cumplido los treinta. Y es la primera y última vez que confieso mi edad, porque es tema tabú.

—Por mí perfecto. ¿Nos vamos? —Miré a Claudia, que asintió. Se notaba que llevaba una coraza de mil demonios, pero la loquilla también le había hecho gracia.

—¿Y de qué demonios vamos a hablar si tú detestas el mundillo de los bebés y a nosotras dos nos apasiona?

—La verdad es que os hace falta una amiga como yo: para recordaros que una mujer puede hacer muchísimas más cosas aparte de parir.

Nicole no se equivocaba. Y Claudia tampoco. Lo cierto es que logramos conectar hablando de mil cosas y, aun en las que discrepábamos, supimos escucharnos con absoluto respeto.

Fue la amistad más maravillosa e inesperada que jamás me había regalado la vida. Y, antes de despedirnos aquella misma noche, creamos un grupo de WhatsApp y nos prometimos quedar la semana siguiente.

Y a la siguiente.

Y nos convertimos en las mejores amigas que el ajetreo de la vida adulta podía conceder.