Capítulo 36
Empezar de cero: una oportunidad para volver a comenzar que solo está disponible después de haber liberado tu rabia interior
¿Estoy bien? Sacudo la muñeca. Puede que mañana me duela, pero, por lo demás, físicamente estoy bien. Mentalmente, por otro lado…
No puedo creer lo idiota que he sido con Patrick. Estoy segura de que todas las mujeres han dicho esto en algún momento, pero él no empezó siendo un imbécil. Poco a poco me atrajo a su red traicionera hasta que me quedé pegada a los hilos de seda y no pude salir. Excepto que sí salí.
O, al menos, eso creía. No tenía ni idea de que me seguiría hasta Colorado. Pensé que las llamadas telefónicas y las flores serían todo. Al fin y al cabo, es vago con L mayúscula. Yo era la que cocinaba y limpiaba para él. Ni siquiera vaciaba la basura, por el amor de Dios.
De ninguna manera creí que me seguiría e intentaría agarrarme en la calle para secuestrarme. Por supuesto, él no entiende Winter Falls. Si Phoenix no hubiera estado aquí para salvarme, alguien más lo habría hecho. Uno no puede andar a escondidas por este pueblo sin que lo pillen.
La mano de Phoenix se desplaza de mi barbilla para acariciarme la mejilla. —Siento no haber estado ahí para ti, cariño.
¿Que no ha estado ahí para mí? ¿Cariño? Sus palabras hacen que algo haga clic en mi mente. ¡Zas! En un segundo me estoy preguntando qué demonios le pasa a Patrick y al siguiente estoy más furiosa que Pan la primera vez que intenté ponerle un pañal.
Le aparto de un empujón. —¿Y por qué no estabas ahí para mí?
Se levanta la gorra de béisbol y se pasa una mano por el pelo. —Eeeh…
—Yo te diré por qué —le doy un toque en el hombro con el dedo—. Porque no me quieres.
—¿Que no te quiero?
Vuelvo a darle un toque. Sienta bien, así que lo repito. —¿Te cuesta comprender? ¿O te has quedado sordo?
—¡Así se hace, Gabrielle! —anima Clove.
—¡Dale caña! —grita Feather.
Me doy la vuelta para descubrir que toda la pandilla de las cotillas se ha reunido en la calle detrás de nosotros. Y no están solas. Una multitud de lugareños observa la escena.
—Las apuestas se cierran en dos minutos. ¡Dos minutos, gente! —anuncia Sage.
—¿Acaso estás—?
Antes de que tenga oportunidad de arremeter contra Sage por sus infernales apuestas, Aspen me hace señas. —Psst. Por aquí.
—Ahora no, Aspen. Estoy en medio de algo.
—Y yo tengo una habitación al fondo con una puerta que se cierra con llave —indica su librería, Fall Into A Good Book, con un movimiento de cabeza.
Ni siquiera me había dado cuenta de que estábamos frente a la librería. Agarro a Phoenix de la mano y lo arrastro al interior. Sigo a Aspen mientras me guía hacia la parte de atrás, donde abre una puerta con el cartel de «solo personal».
—Los mantendré alejados todo lo que pueda —promete antes de cerrar la puerta.
Me acerco y echo el cerrojo. Inspiro profundamente y suelto el aire mientras me quedo mirando la puerta cerrada. No sirve de nada. La rabia vibra bajo mi piel como si fuera un ser vivo. Por una vez en la vida, no intento reprimir mis sentimientos. Me doy la vuelta.
—¿Por dónde íbamos? —Me toco la mejilla como si no lo supiera. No te preocupes. Sé exactamente por dónde íbamos—. ¡Ah, sí! No me quieres, pero crees que deberías haber estado ahí para salvarme. ¡Vaya sarta de gilipolleces!
—¿Por qué piensas que no te quiero?
Pongo los ojos tan en blanco que temo que se me queden clavados en la nuca. —¡Duh! Dejaste que me marchara.
—¿Que dejé que te marcharas?
—¿Vas a repetir todo lo que digo y a volverme loca de remate? —grito.
Se oye un golpe en la pared. —A lo mejor queréis bajar la voz —brama Aspen a través de la puerta.
—¿Qué haces, Aspen Cloud? ¿Cómo vamos a escuchar a escondidas si no los oímos?
Suelto un quejido ante la pregunta de Feather.
—Este pueblo… —Niego con la cabeza.
—Y eso de ahí es exactamente por lo que dejé que te marcharas.
¿De qué demonios está hablando? —¿Qué exactamente?
—Que te canses de este pueblo. Te marcharás y entonces, ¿qué será de mí?
No puede estar hablando en serio. Echo la cabeza hacia atrás y me quedo mirando el techo. Lo estudio, pero allí no hay respuestas. Supongo que tengo que salir de esta situación yo sola.
—¿Me estás comparando con ella otra vez?
Él se encoge de hombros. —Si el patrón encaja.
Cualquier pizca de ira que hubiera disminuido vuelve a la vida con sed de venganza. —¡Phoenix Apollo Alston, no vuelvas a compararme con tu exnovia nunca más! ¡¿Me oyes?!
—Todos te oímos —responde Sage.
Camino pesadamente hacia él. —¿Acaso esa tipa ayudó a ordeñar las cabras?
—No.
—¿Ayudó a limpiar las cuadras?
—No.
—¿Aprendió a ponerle un pañal a una cabra?
—¿Ha dicho un pañal a una cabra? —pregunta Clove.
Los labios de Phoenix se curvan en un amago de sonrisa. —No, Tina no hizo nada de eso —sus labios vuelven a tensarse—. Pero sí se marchó. Del mismo modo que lo hiciste tú.
Lanzo los brazos al aire. —¡Porque no me pediste que me quedara!
—¡Buuu! —grita Cayenne—. Deberías habérselo pedido, Phoenix. Tengo que revisar mi apuesta ahora mismo.
Se hace el silencio mientras Phoenix me estudia. —¿Habrías dicho que sí?
—¿Qué ha dicho? No lo he oído —Sage llama a la puerta—. Hablad más alto.
—¿No has oído lo que acabo de decir? —le pregunto a Phoenix.
Se pasa una mano por la frente. —He oído todo lo que has dicho, pero no sé qué quieres decir.
Suspiro. —He aprendido a ordeñar cabras, a limpiar las cuadras y a ponerle pañales a una cabra. ¿Cuál crees que habría sido mi respuesta si me hubieras pedido que me quedara?
Arruga la nariz. —¿Que sí?
—No lo pillas, ¿verdad? —Y maldito sea por parecer tan adorablemente confundido mientras intenta descifrar en su cabeza lo que le estoy diciendo—. Te quiero, cabeza de chorlito.
Su mirada encuentra la mía mientras una sonrisa se forma lentamente y asoman sus hoyuelos.
—¿Me quieres?
La esperanza en sus ojos me infunde todo el valor necesario para responder. —Sí, te quiero. Aunque repitas cada maldita cosa que digo, lo cual es de lo más irritante, por cierto, te quiero.
Es un alivio decir por fin las palabras. Siento como si me hubieran quitado un peso del pecho y por fin fuera libre. Quizá Phoenix no me quiera. Puede que ni siquiera le importe. Da igual. He lanzado esas palabras al universo.
Soy una mentirosa total. Por supuesto que importa si a Phoenix no le importo. Me quedaré destrozada. Estar dos días en pijama recuperándome de una noche de chupitos de tequila con la loca de Cassandra me parecerá pan comido comparado con la depresión en la que caería.
Pero no estoy lista para rendirme. No voy a ondear la bandera blanca. Todavía no. Me aferro al último hilo de esperanza con todas mis fuerzas.
Phoenix me acuna la cara con las manos. —Yo también te quiero, Gabby.
Mi corazón se detiene antes de reanudar sus latidos con fuerza. Pero no tengo tiempo para preocuparme por si me está dando un infarto. No cuando tengo los labios del hombre que amo sobre los míos. Me lame la comisura hasta que me abro para él y su lengua se adentra para explorar.
Le agarro por los hombros y lo atraigo hacia mí hasta que su cuerpo está pegado al mío. Gimo cuando siento su dureza presionando contra mi vientre. Enredo mi pierna alrededor de su cintura y él me agarra el muslo para sostenerme ahí. Empuja su firmeza contra mi centro y suelto un gemido. Sí.
—¡Ajá! —Mi cerebro aturdido apenas registra el sonido de metal rozando metal—. ¡He encontrado mi llave de repuesto!
—¿Por qué tienes una llave de repuesto de mi almacén, Sage? —chilla Aspen, y yo me sobresalto.
Mis ojos se agrandan mientras miro a Phoenix. —Van a entrar aquí.
Me baja la pierna y me agarra la mano. —Ven. Hay una puerta trasera. Podemos ir por el callejón de atrás hasta la plaza donde está aparcada mi camioneta.
—¿Llegaremos antes de que la turba nos atrape?
—¿Te preocupa no poder seguirme el ritmo? —No me da tiempo a responder antes de echarme al hombro como si fuera un saco de pienso para cabras—. Abre la puerta.
Me inclino para abrir la puerta y él sale corriendo conmigo dando botes sobre su espalda.
Suelto una risita. —Supongo que se puede decir que has atrapado a la chica.
Me da una palmadita en el trasero. —Vaya que sí.
—Parece que me equivoqué. No necesito un gran gesto.
—Mujeres… ¿Qué hay de que te lleve cargada que no sea un gran gesto?
—Hombres. Nunca entenderán nada.
Me hace cosquillas en los costados hasta que me olvido por completo de querer un gran gesto para que demuestre su amor después de haber dejado que me marchara. ¿Quién necesita un gran gesto? Me he quedado con el chico.