Un desastre de boda Capítulo Cinco
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Capítulo Cinco

LENA

Me despierto con calor. Demasiado calor. Calor de Logan Whittaker, para ser exactos.

Tengo la mejilla sobre su hombro, la rodilla contra su muslo y todo su cuerpo resulta sospechosamente cómodo para tratarse de un hombre al que me he prohibido tocar por ley.

Durante un segundo, me quedo paralizada y no hago nada.

Él sigue dormido, con un brazo relajado junto al costado y la respiración lenta y regular. Casi todo el muro de almohadas está en el suelo, lo que parece un fracaso legal. Y también personal.

Me aparto antes de que despierte y descubra que he roto todas las reglas que he escrito.

Bueno, casi todas. Todavía no nos hemos besado.

¿Todavía?

Casi gimo.

Me escabullo a toda prisa al baño y cierro la puerta con el mayor sigilo posible.

Las mañanas en los hoteles para bodas deberían ser ilegales. La presión del agua es mínima, el extractor del baño suena como si estuviera a punto de morir y, trece minutos después, descubro que la puerta ha decidido convertirse en mi enemiga.

Aprieto, empujo, maldigo y... nada.

Por suerte, la puerta amortigua la risa apenas audible que suelta Logan antes de preguntar: —¿Estás bien ahí dentro?

—¿Te parece que estoy bien? La puerta se ha fusionado con el marco.

—Hasta ahora, el hotel ha sido muy creativo.

—¡Abre la puerta!

La manija traquetea. Nada.

—¿Está atascada? —pregunta.

—No, Logan. He decidido pasar la mañana encerrada aquí.

La manija vuelve a traquetear, esta vez con más fuerza. La puerta no se mueve.

La toalla se desplaza. Agarro el borde superior con una mano y el lavabo con la otra; el agua del cabello me corre por el cuello y tengo la piel erizada por el aire frío y la humillación más absoluta.

—Apártate —dice.

—No puedo apartarme. Este baño fue diseñado para una persona y un extractor que apenas funciona.

—Lena.

Al oír cómo dice mi nombre, me flaquean las rodillas. Como si estuviera preocupado de verdad.

Me aparto.

Un segundo después, golpea la puerta con el hombro. Una vez. Dos. Al tercer golpe, el marco cede con un crujido seco y la puerta se abre de golpe.

Ninguno de los dos se mueve.

Estoy mojada y furiosa, envuelta en una toalla que de pronto parece tener menos tela que una servilleta de cóctel.

Logan ocupa todo el marco de la puerta, con una mano apoyada en él, y respira con más fuerza de la necesaria.

Sus ojos descienden hasta mi hombro desnudo, la línea húmeda de la clavícula y el punto donde mi puño se cierra sobre el borde de la toalla para sujetarla contra el pecho.

El pulso se me descompasa.

Traga saliva y vuelve a mirarme a los ojos.

—Apártate —consigo decir.

Se hace a un lado tan deprisa que se golpea el hombro contra el marco. Levanta las manos con las palmas hacia fuera, como si se declarara culpable por anticipado de un delito que tiene muchísimas ganas de cometer.

Paso junto a él con la toalla sujeta a duras penas contra el cuerpo y la dignidad pendiendo de un hilo húmedo. Agarro la maleta y la abro de un tirón innecesariamente violento.

A mi espalda, no dice nada.

Eso es lo peor.

Ningún comentario sobre la toalla. Ninguna broma sobre misiones de rescate en hoteles. Ninguna frasecita indolente que me haga poner los ojos en blanco.

Miro por encima del hombro. Sigue junto a la puerta del baño, pasándose una mano por la boca, con los ojos firmemente clavados en el techo.

—¿Otra vez le pasa algo al techo? —pregunto, porque mi instinto de supervivencia está averiado.

Suelta una risa ronca y casi inaudible. —No.

—Entonces, ¿por qué lo miras?

Baja la mirada hasta encontrar la mía. —Porque me estoy esforzando muchísimo por no quedarme mirándote.

Se me seca la boca. No esperaba que lo dijera, que dijera la verdad. Es demasiado sincero.

La toalla resbala un poco. La mirada se le desvía hacia abajo antes de que pueda evitarlo.

Esta vez no finge que no ha sucedido.

Traga saliva y vuelve a darse la vuelta. No hago ningún comentario. Regreso al baño para vestirme, pero esta vez no cierro con llave.

Quince minutos después, vamos a desayunar en silencio. Logan está guapísimo, recién salido de una ducha de cinco minutos y con una camisa limpia. Yo tengo el cabello húmedo, la blusa arrugada y la sombría certeza de que esta boda está preparando nuevas formas de arruinarme.

Mientras bajamos, recibo tres mensajes de mi superior sobre la presentación del lunes para el puesto de dirección y uno de Sienna sobre el pastel de cebolla.

El error con las muestras del pastel se originó en el muelle de carga.

Alguien dejó la caja de la degustación junto a las muestras del brunch del servicio de catering y el hotel mandó arriba la bandeja equivocada.

El pastel de boda sigue en camino, pero el camión de la pastelería espera a que reabran una carretera inundada.

Un desastre interconectado. Excelente. Al menos el caos ha desarrollado un sistema.

Logan pulsa el botón del ascensor con la mano que rompió la puerta del baño. Tiene enrojecida la piel sobre los nudillos.

—Te has hecho daño —digo.

Se mira la mano como si perteneciera a otra persona y responde: —Riesgo laboral.

—Tu profesión es la arquitectura.

—Hoy consiste en rescatar a mujeres hermosas de puertas defectuosas.

Hermosa. La palabra me golpea de lleno en el vientre.

Debería decirle que el adjetivo es innecesario. En cambio, saco del bolso el pequeño kit de primeros auxilios y se lo tiendo.

Mira la toallita antiséptica y la venda adhesiva. Se le suaviza la expresión de una forma nada tranquilizadora. —Claro que llevas eso encima.

Le limpio el rasguño porque me irritaría verlo hacerlo mal. Su mano permanece cálida e inmóvil entre las mías. Ninguno menciona la toalla.

Cuando termino, gira la mano y me atrapa los dedos.

—Gracias —dice. Nuestras miradas se encuentran. El estómago me da un vuelco y el corazón pierde el compás.

Me aparto antes de que se abran las puertas del ascensor.

Resulta que en el desayuno me esperaba Marina Bell.

Marina, alta, despampanante y con aspecto de modelo, lleva un precioso vestido de cóctel y está completamente maquillada a las nueve de la mañana. La clase de mujer que parece no haberse peleado nunca con la puerta de un baño antes del café.

Sienna nos presentó una vez y ya sé que es la clase de mujer que le gusta a Logan.

Claro que lo sé. He visto suficientes mujeres de su tipo durante los últimos tres años.

El cumpleaños de Bennett. La cena por el ascenso de Sienna.

La fiesta de compromiso. Logan siempre parecía tener al lado a alguna mujer impecable que se reía de sus bromas, le tocaba el brazo y tenía pinta de saber que era mejor no esperar una invitación a desayunar.

No es que llevara la cuenta.

Bajo la vista hacia mi ropa y voy directa a los carbohidratos en busca de apoyo emocional.

Marina trabaja con Sienna en una empresa de gestión de propiedades de lujo. Ahora lo recuerdo porque una vez Sienna pasó una cena entera explicándome cómo Marina había negociado el reembolso del salón de baile de un hotel después de que un panel del techo cayera dentro de una fuente de chocolate.

No es solo hermosa. Es competente y serena, y va vestida de blanco durante una tormenta tropical sin una sola mancha. Le guardo rencor hasta en el alma.

Marina y Logan alargan la mano hacia la misma taza y, de algún modo, hasta ese gesto parece elegante. No es que me quede mirando. Solo... me fijo.

Sus manos no llegan a tocarse, pero pasan lo bastante cerca para irritarme a nivel celular.

—Ay, perdón —dice ella, sonriéndole al alzar la vista.

—No pasa nada —responde Logan. Educado. Agradable. Irritantemente normal.

Lo examina de arriba abajo; el interés se le nota al instante.

—Eres el hermano de Bennett, ¿verdad? —pregunta.

—Por desgracia.

Ella sonríe. Claro que sonríe. Y tampoco es una sonrisita educada de desayuno, sino una curva cálida y cómplice de sus labios que hace que parezca que Logan acaba de decir algo mucho más inteligente que «por desgracia».

Tomo un croissant con fuerza innecesaria.

Marina ladea la cabeza. —Soy Marina. Amiga de Sienna por el trabajo.

—Logan —dice él.

—Ya lo sé. —Su sonrisa se ensancha—. Padrino principal. Un trabajo muy serio.

—Sobre todo apoyo emocional.

—¿Se te da bien dar apoyo emocional?

Logan me mira apenas un instante. Yo aparto la vista antes de que él responda: —Me han dicho que tengo margen de mejora.

Marina sonríe aún más y se acerca a Logan para dejar pasar a alguien por detrás. Pero sobra espacio. Hectáreas enteras. Todo un continente de espacio alrededor del bufé.

Para ser justa, Logan no está haciendo gran cosa.

No se inclina hacia ella. No le devuelve el coqueteo. Solo está ahí, sujetando la taza de café con una mano y respondiéndole como un hombre normal ante un bufé normal.

Marina hace más que suficiente por los dos. Le pregunta algo sobre el hotel. Él responde algo sobre los pavos reales. Ella reacciona como si de repente fueran las aves más sexys del planeta.

Entonces le toca la manga. Como si nada. Segura de sí misma. El gesto es lo bastante coqueto para que conste en acta.

Todo mi cuerpo reacciona. No de manera dramática. Yo no soy celosa. Y, de todos modos, ¿por qué iba a estar celosa de Whittaker? Soy una mujer adulta, serena y madura que entiende que otras mujeres pueden hablar con hombres atractivos en espacios públicos.

Me repito esto mientras extiendo mantequilla por el croissant con tanta fuerza que casi podría considerarse una señal de alarma.

Sienna me diría que respirara. La tía Celeste me diría que Marina tiene las manos inquietas y una sonrisa de zorra, lo que me haría reír. Mi madre me mentiría y diría que Marina no es en absoluto la clase de mujer que le gusta a Logan.

Pero no veo a ninguna por aquí. ¿Ya habrán desayunado?

Marina dice algo más, esta vez en voz más baja, y Logan le dedica una sonrisa educada.

Miro mi taza de café. No me importa. Logan puede hablar con quien quiera. Puede plantarse ante cualquier bufé con cualquier mujer de pelo brillante que toque cualquier parte de su traje que se le antoje. La manga de su traje no está bajo mi jurisdicción.

Un minuto después, Logan le dice algo a Marina y ella sonríe, alza la taza y se dirige con elegancia hacia la mesa de la fruta.

Logan cruza el salón como si tuviera todo el tiempo del mundo. Se detiene a mi lado en la zona del café, tan cerca que su manga roza la mía.

—¿Celosa? —murmura.

Mi orgullo responde antes que mi sinceridad: —¿De qué? ¿De tu club de admiradoras? Por favor. Yo apoyo las obras benéficas.

Sonríe, satisfecho. —Así que te has fijado.

Me muerdo el labio.

—Lena —dice con una voz tan aterciopelada que la siento entre las piernas.

—¿Qué? —pregunto. De pronto tengo la voz ronca. Me aclaro la garganta.

—No significó nada, ¿sabes? Solo fue una conversación.

Frunzo el ceño. —¿Por qué iba a importarme?

Por suerte, el chat del grupo estalla como si el universo por fin hubiera decidido intervenir para salvarme.

Sienna

El DJ canceló su participación. Envió un GIF de alguien vomitando. Ahora aparece etiquetado en una fiesta de espuma en Ibiza.

Tía Celeste

Te advertí sobre los músicos. Ibiza es código para orgía, Lena.

Casi dejo caer el café. ¡Ese DJ no fue idea mía!

—Tengo que irme —le digo.

Antes de que pueda añadir nada, paso junto a él con la barbilla alta y el pulso completamente fuera de control.

Logro atravesar las puertas del salón de baile antes de que Logan pueda seguirme.

El salón está preparado a medias para el ensayo, con las sillas formando filas torcidas y cables de extensión que serpentean por la alfombra. Junto a la consola de sonido, alguien del equipo técnico del hotel niega con la cabeza.

—No entra la señal del DJ —dice sin dirigirse a nadie en particular—. Una sobretensión dejó fuera de servicio el canal izquierdo.

Sienna aparece en el otro extremo del salón con el teléfono pegado a la oreja y el rostro pálido.

Levanto una mano para cortarla antes de que hable. —Ya sé lo del DJ.

—¿Y del sistema de sonido?

—Yo me encargo.