Capítulo 25
Calli había posado el pincel sobre el papel, sin saber qué iba a salir de él.
Ahora contemplaba la escena que tenía delante, cerrando los ojos para contener las lágrimas.
Porque era la tierra. La tierra de Kent.
La tierra que había recorrido a caballo con Jonathan y los niños.
Ay, qué día había sido aquel. Ahora comprendía, con sorpresa, que había sido uno de los días más felices de su vida.
Lo cual era ridículo. Tenía una familia que la quería, que haría cualquier cosa por ella, y allí estaba, anhelando a un hombre que la odiaba.
No había ninguna razón para ello, y estaba furiosa consigo misma. Era débil.
Sin embargo, sí tenía una idea de cómo le diría la verdad a Jonathan.
Buscó otra hoja de papel, pero esta vez mojó la pluma en tinta y se puso a escribir.
En ella, le contó todo lo que había sucedido, todo lo que había hecho, todo de lo que se arrepentía. Solo podía esperar que lo leyera y que, al menos, entendiera que nunca lo había traicionado.
Cuando el cuadro se secó, lo reunió todo en un paquete grande y se lo entregó a un chico junto con unas monedas.
Apoyó las manos en las caderas y dejó escapar un suspiro mientras lo veía alejarse calle abajo, dando brincos con el paquete.
Le había prometido pagarle más cuando regresara y le dijera a quién se lo había entregado. Al menos así sabría que había llegado.
Solo deseaba saber cuál sería la reacción de Jonathan cuando lo recibiera.
* * *
Contempló el cuadro que tenía delante. Era Kent.
Eran sus tierras. Las tierras que siempre había amado, pero ahora, después de haber estado allí con los niños, comprendía cuánto significaban para él, lo bien que le había sentado salir de Londres y pasar tiempo allí, donde podía librarse de todo lo que lo ataba y lo retenía en la ciudad.
Allí era libre.
La obra era magistral y merecería un lugar en cualquiera de sus paredes, en su galería o, mejor aún, en algún sitio donde todos pudieran disfrutarla.
Salvo que no podía tenerlo en ningún sitio donde lo atormentase, recordándole todo lo que había tenido y todo lo que había perdido.
Había sabido que era obra suya en el mismo instante en que abrió el paquete. Le habían dicho que lo había entregado un chico y que iba dirigido a él, y solo a él.
Entonces se fijó en el trozo de papel que se había caído y lo recogió. La nota estaba escrita con una letra firme y decidida.
Una nota que le contaba todo lo que su hermano había desvelado.
Terminaba diciendo que no esperaba nada más de él. Solo necesitaba que conociera la verdad. Que lo amaba y que jamás haría nada para herirlo.
Jonathan hundió la cabeza entre las manos, con la vista fija en el escritorio ante él. El escritorio sobre el que descansaba ahora su cuadro, un cuadro que para él siempre sería inestimable. Porque nadie podría captar con tanta perfección en una sola imagen la paz que albergaba en el corazón.
De pronto, un detalle del cuadro lo dejó sin aliento. Entrecerró los ojos para ver mejor. ¿Se lo estaría imaginando?
No, allí estaba. En el horizonte había cuatro formas —siluetas, en realidad—: cuatro personas cogidas de la mano, contemplando cuanto se extendía ante ellas. Dos adultos y dos niños. Los cuatro juntos.
Jonathan dejó escapar un gemido al echarse hacia atrás en la silla y cerró los ojos para no seguir mirando el cuadro. Pero entonces no solo vio la imagen, sino algo más. Los vio a los cuatro, en color, con la alegría en el rostro mientras corrían por los campos. Mary. Matthew. Él. Calli.
Intentó sustituir su rostro por el de otra mujer. Después de todo lo que había llegado a saber de ella, debería buscar a otra. Pero ¿encontraría alguna vez a alguien más con quien pudiera ser feliz?
No. Rotundamente no. Para él, solo existía Calli. Ya no podía desear a ninguna otra mujer.
Y comprendió poco a poco, mientras se ponía en pie y se pasaba una mano por el pelo, que eso le parecía perfecto.
Porque la amaba. La amaba igual que, al parecer, ella lo amaba a él.
Sí, pertenecía a una familia de ladrones. Sí, lo había engañado. Pero al final, ya no podía negar que había hecho lo que creyó correcto.
Jonathan rodeó el escritorio apresuradamente, sabiendo de pronto lo que tenía que hacer. Tenía que arreglar las cosas. Y tenía que recuperar a la mujer que amaba.
Se puso a llamar a Thurston, a la señora Blonsky y a Shepherd. Necesitaba la ayuda de todos ellos si quería hacer aquello como era debido.
Y necesitaba la ayuda de dos personas muy importantes. Dos personas que, estaba seguro, se alegrarían enormemente de su decisión.
* * *
—Calliope Murphy.
—Sí, ¿Diana?
Calli alzó la vista de su cuadro y encontró a su hermana recortada en el umbral.
—¿Pasa algo? —preguntó.
—Sí, desde luego que pasa algo —dijo Diana, cruzando la habitación para sentarse en la silla junto a Calli, con las faldas revoloteando, en un arranque de indignación que, por lo visto, era auténtico—. Estoy harta de esto.
—¿De qué?
—De verte arrastrándote por la casa, escondida en tu cuarto, suspirando por un duque que nunca fue tuyo. Ya es hora de que te recompongas y vuelvas a ser la Calli que todos conocemos y queremos.
Calli se incorporó y dejó el pincel antes de volverse hacia Diana.
—Diana, no tienes ni idea de lo que estás hablando.
—Yo diría que sí. No has vuelto a ser la misma desde que regresaste.
—No —dijo Calli, negando con la cabeza, mientras una sonrisa pequeña y triste le asomaba al rostro—. Tienes razón. No lo he sido. ¿Y sabes cuál es la verdad? Lo más probable es que nunca vuelva a ser la misma.
Diana abrió la boca, pero Calli levantó una mano y detuvo el torrente de palabras.
—Eso no significa que no sea feliz o que no vaya a conocer la alegría nunca más. Es solo que… he aprendido tanto. He aprendido sobre el amor. He aprendido sobre mí misma. Ahora sé qué es lo que me hace feliz.
—¿Tu duque? —dijo Diana con ironía, y Calli inclinó la cabeza mientras observaba a su hermana, la única rubia de todos ellos.
—Él me hacía feliz, sí. Igual que los niños. Pero no soy ninguna ingenua. No he depositado en él todas mis esperanzas. No, lo que me hace feliz es pintar... pero pintar mis propias obras.
—Eso ya lo sabías.
—Sí, pero ahora me pregunto… ¿puedo ganarme la vida como pintora?
¿Debería intentar vender algunos de estos cuadros?
Ya sé que llenan las paredes de la casa, y también el suelo debajo de las camas, pero quizá…
quizá de verdad puedan gustarle a la gente.
El duque era tan buen conocedor de arte como cualquiera que haya conocido.
Vio algunas de mis obras y las elogió de verdad.
Diana arqueó una ceja.
—No pretendo restarte mérito, Calli, porque conozco de sobra tu talento. Pero ¿dijo que le gustaban tus cuadros porque quería acostarse contigo o porque quería colgarlos en sus paredes?
Las mejillas de Calli se encendieron al instante, pero se negó a dejar que Diana la afectara.
—No es el tipo de hombre que diría algo así solo por halagarme. Dice lo que piensa.
—Bueno —dijo Diana con un encogimiento de hombros—. Supongo que merece la pena intentarlo. Pero ¿cómo piensas hacer algo así, sobre todo siendo mujer y sin contactos de ninguna clase?
—Aún no lo sé —dijo Calli con un suspiro—. Quizá Arie pueda ayudarme.
—Quizá —dijo Diana, aunque no sonó del todo convencida.
—¿Calli?
Damien apareció en la puerta con una nota en la mano.
—Ha llegado una nota para ti.
—¿Para mí? —dijo ella, frunciendo el ceño, sin saber quién podría necesitarla aparte de quienes vivían en aquella casa.
Se levantó y cogió la nota. Sus ojos recorrieron las palabras, escritas con una letra conocida. Una letra que ella misma les había enseñado.
Venga enseguida, señorita Donahue, la necesitamos con urgencia. Mary y Matthew
—Tengo que irme —dijo, precipitándose hacia el perchero para coger la capa.
—¿Irte adónde? —preguntó Diana, pero Calli ya había salido por la puerta, dejando atrás a sus hermanos. No tenía ni tiempo ni necesidad de explicárselo. De todos modos, no lo entenderían.
—¿Calli?
Xander apareció entonces, y ella frenó el paso. Nunca sería capaz de ignorar por completo a Xander, fuera cual fuese la circunstancia. El vínculo entre ambos era demasiado fuerte.
Le tendió la nota, suplicándole con la mirada.
Xander comprendió al instante. La miró y asintió.
—Iré contigo.
—¿Adónde vais? —gritó Diana tras ellos, pero Xander se limitó a responder por encima del hombro:
—Volveremos enseguida.
Calli lo siguió, agradecida, fuera de la casa, en dirección a las cuadras de atrás.
Cuando llegaron a la mansión londinense de Jonathan, el carruaje apenas se había detenido cuando Calli ya estaba en la calle, subiendo los escalones a toda prisa.
Llamó a la puerta y, cuando nadie respondió, los temores que había intentado reprimir durante todo el trayecto empezaron a crecer en su interior.
Pero Xander le puso una mano en el hombro y se calmó… un poco.
Por fin, Thurston abrió la puerta, sin parecer especialmente sorprendido de encontrar allí a Calli y a su hermano.
—Señorita Donahue —dijo con una leve inclinación—, por favor, entren.
—¿Mary? ¿Matthew? —le preguntó, con el corazón aún en un puño—. ¿Están bien?
—Sí, señora —dijo él—. Síganme, por favor.
Calli cruzó una mirada desconcertada con Xander antes de que ambos siguieran al mayordomo, que caminaba demasiado despacio para su gusto, por el pasillo hacia el saloncito del fondo, el que daba al pequeño jardín trasero que siempre le había gustado a Calli.
El mayordomo se detuvo ante la puerta, pero en vez de entrar para anunciarla, extendió la mano hacia ella, indicándole que pasara.
Calli lo hizo con cautela… y se quedó boquiabierta al ver lo que había dentro.
Junto a la ventana había un caballete, con el lienzo ya dispuesto sobre él, a la espera del color, y aquello hizo que se le crisparan los dedos.
A su lado había una mesa repleta de todos los colores de pintura imaginables, desde el azul del cielo hasta el del océano turbio.
Pinceles de todos los tamaños y formas estaban alineados con pulcritud, y en medio había una cómoda silla de cuero capitoné, orientada hacia el espacio entre el lienzo y la ventana.
Junto a aquel maravilloso conjunto había otros dos más pequeños.
Y en un rincón de la habitación, una estampa aún más asombrosa: Jonathan, de pie detrás de Mary y Matthew, con una mano apoyada en el hombro de cada uno.
—¿Calli? —dijo Mary, con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Puedo llamarte así?
—Claro —respondió Calli tras aclararse la garganta, al descubrir que se había quedado sin voz por un instante de lo abrumada que estaba por todo lo que tenía delante.
—¿Qué te parece?
—Creo… que esto es una maravilla —dijo, forzando una sonrisa—. Sois los niños más afortunados del mundo.
—Sí —insistió Mary—, estamos deseando pintar aquí, claro que sí. Pero ¿qué te parece a ti?
—Casi no puedo esperar a ver qué se os ocurre —contestó Calli, preguntándose por qué la habían llamado allí exactamente, qué esperaban de ella.
Jonathan, evidentemente, había estado al tanto de aquel plan para hacerla ir a la casa, pero ¿por qué se quedaba allí plantado, sin hacer nada, sin decir nada?
—Mary, Matthew —dijo Jonathan, poniéndose en cuclillas—, me parece que Calli no lo entiende del todo. ¿Por qué no vais a jugar un momento mientras hablo con ella?
Los niños parecieron algo decepcionados, pero asintieron y salieron de la habitación, mientras Xander los miraba con incertidumbre.
—Yo… eh, iré a vigilarlos —dijo.
Calli le dirigió una mirada agradecida, contenta de que estuviera allí, de saber que siempre podía apoyarse en él.
—Calli —empezó Jonathan, dando un paso hacia ella, pero Calli alzó una mano.
—Déjeme hablar primero… ¿por favor? —dijo con tono suplicante, y él se detuvo, aunque después asintió.
—Sé que ha recibido mi carta y que ya conoce todo lo que yo quería contarle —dijo ella—. Pero hay una cosa que nunca le dije como es debido. Y es que lo siento. Nunca quise que esto… nada de esto… ocurriera.
—Lo sé —respondió él con una leve sonrisa—. Es usted una buena persona, Calli. Lo sé. Y nunca le di una oportunidad.
—Pero…
Esta vez fue él quien alzó una mano, justo cuando ella reparó en el cuadro que le había enviado, colgado en la pared detrás de él.
—Me temo que aprendió con bastante rapidez que soy un hombre que a menudo se deja llevar por el mal genio. Que me gusta salirme con la mía y no me agrada que nadie me lleve la contraria. Que no confío con facilidad y me niego a recuperar la confianza una vez se ha roto.
Calli escuchó, dándole la razón para sí. Tenía razón. Era todo eso. Y, aun así, lo amaba.
—Cuando no fue quien decía ser, me sentí… traicionado. —Se volvió un instante, pasándose una mano por el pelo, y a Calli le dolió el corazón al ver el dolor en su rostro. Un dolor que ella misma había provocado—. Arremetí contra usted, la eché de mi casa, de mi corazón.
—Entiendo por qué hizo lo que hizo, Jonathan —murmuró ella—. No tiene por qué sentirse mal por ello.
—Excepto que me equivocaba.
Ella alzó la cabeza de golpe al oír aquello, y entonces él le tomó las manos entre las suyas; aquellos ojos de un azul cristalino se clavaron en los de ella con una intensidad mayor que ninguna que hubiera visto jamás.
Calli entreabrió los labios mientras intentaba decir algo —cualquier cosa—, pero no le salió nada.
—Debería haberle dado una oportunidad. Sé lo que hizo, cómo intentó impedir que perdiera el cuadro. Lo supe en el mismo instante en que Shepherd me dijo que el original seguía dentro del marco y, aun así, me negué a creerlo.
—Tenía todo el derecho…
—No. —Le apretó las manos con suavidad—. Debería haber confiado en lo que sentía por usted. En la conexión que había entre nosotros. Aquello nunca fue mentira, aunque su nombre sí lo fuera.
Calli notó que empezaban a formársele lágrimas en los ojos, pero aun así se obligó a esbozar una sonrisa trémula.
—Siempre he sido Calli —acertó a decir, apenas en un susurro.
—Lo sé —dijo él, atrayéndola hacia sí—. Esta habitación… quiero que sea suya. Quiero que tenga la libertad de pintar lo que quiera pintar. De crear obras originales que un día sean célebres en todo el mundo.
—¿Cómo lo sabía? —preguntó ella con la voz quebrada.
—¿Saber qué?
—¿Mi sueño?
—No lo sabía —respondió él, frunciendo el ceño—. Solo pensé… si ahí es donde está su pasión, ¿por qué no seguirla?
—Entonces, ¿quiere que vuelva como institutriz de los niños? —preguntó ella, sin entender por qué aquella habitación estaba preparada en su mansión londinense.
—¿La institutriz de los niños? —repitió él, con los ojos muy abiertos, antes de soltar una leve carcajada—. En absoluto.
—Pero…
—Calli —dijo él, arrodillándose ante ella—, quiero que sea mi esposa.