Un corazón por encargo (Pasiones robadas nº 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Jonathan había decidido que aquel día se quedarían en los caminos, así que, aunque a Calli le decepcionó un poco no ver los parajes abiertos que tanto había disfrutado en su último paseo, al menos el terreno era algo más fácil de recorrer, sobre todo con Mary agarrada a su espalda.

Sin embargo, no habían avanzado mucho cuando los niños divisaron edificios a lo lejos.

—¡Tío! —gritó Mary, haciendo que Calli se estremeciera cuando la niña le chilló al oído—. ¿Qué es eso?

—¿Allí? —respondió Jonathan, llevándose una mano a la frente para resguardarse la vista—. El pueblo.

—Nunca he ido al pueblo —dijo Mary, esta vez no tan alto, aunque con muchísimo interés.

La propia Calli sentía cierta curiosidad. Se había pasado toda la vida en Londres, pero apenas había estado en lugares más pequeños. ¿Cómo sería un sitio así?

—No tenemos tiempo —dijo Jonathan, anticipándose ya a la pregunta de los niños.

—¿Por favor? —dijo Matthew—. Solo unos minutos, ¿podemos ver qué hay?

Calli estaba segura de que Jonathan iba a decir que no, por eso arqueó las cejas cuando él accedió, por mucho que fuera a regañadientes.

Los cuatro a caballo eran, desde luego, todo un espectáculo para los curiosos mientras avanzaban despacio por la pequeña población, tan soñolienta como Calli había imaginado.

La gente salía a las puertas para verlos pasar, la mayoría con una sonrisa y un gesto amable de saludo que Calli y los niños devolvían.

Llevaban apenas unos minutos recorriendo el lugar cuando llegaron a lo que parecían ser los edificios más grandes del pueblo.

—¿Qué es eso, tío? —preguntó Matthew.

—Hay una pequeña posada con la tienda al lado —explicó Jonathan, con esa voz distante, como si todo le diera igual.

—¿Podemos entrar en la tienda? —preguntó Mary con entusiasmo, seguramente pensando ya en dulces.

—Solo un momento —dijo Jonathan, al parecer dándose cuenta de que había perdido la batalla antes siquiera de empezar y optando, por tanto, por no librarla.

Calli giró la cabeza para ocultar la sonrisa.

Jonathan abrió la evidente puerta de madera maciza y los dejó pasar. Dentro de la tienda la luz era tenue; unas ventanas pequeñas dejaban filtrarse un poco de sol, que iluminaba las motas de polvo suspendidas en el aire, así como las provisiones colocadas en las estanterías.

Mary encontró los dulces de inmediato, por supuesto —parecía tener un olfato infalible para dar con el azúcar—, y Jonathan sacó unas monedas para comprárselos mientras Calli observaba con los brazos cruzados y una sonrisa en los labios.

Estaba tan embelesada con la escena ante ella que la pilló completamente desprevenida cuando una mano la agarró del brazo y tiró de ella tras una estantería.

—¡Xander! —siseó cuando su rostro familiar apareció con claridad—. ¿Qué haces aquí?

—¿Qué hago yo? —susurró él, enarcando las cejas—. ¿Qué haces tú? ¿Jugando a la familia feliz con el duque?

—Sí, eso es exactamente lo que hago —dijo ella, cruzándose de brazos sobre el pecho—. Bueno, haciendo de institutriz. Ahora bien, ¿qué haces tú aquí, en Kent?

—Arie me ha enviado para cuidar de ti —dijo él en voz baja, alzando la vista de vez en cuando por encima de su hombro—. Estaba preocupado cuando te fuiste de Londres.

—Puedo cuidar de mí misma —dijo ella, indignada. Si hubiera sido Xander quien se hubiese marchado en un encargo, nadie lo habría seguido para vigilarlo.

—Ya sé que puedes, pero tú… bueno, Calli, tienes un corazón como ninguno de nosotros, así que puedes entender por qué Arie podría estar preocupado.

Calli intentó apartar la imagen de sí misma en brazos de Jonathan, temiendo que Xander le leyera la culpa en la cara si la dejaba aflorar.

—Me centro en el encargo —prometió con un asentimiento que esperaba resultara convincente.

—Bien —dijo él—. Intentaré pasarme por la finca para ver cómo estás. Apenas podía creerlo cuando miré por la ventana de mi dormitorio y te vi atravesar el pueblo, erguida sobre el caballo, toda una princesa.

Calli soltó una risa quizá demasiado fuerte ante aquello, mientras Xander miraba a su alrededor por encima de ella.

—Ni mucho menos —dijo, moderándose—, aunque ahora me alegro de que Arie insistiera en darme clases de equitación.

—Será mejor que te vayas —dijo Xander, señalando con la cabeza más allá de ella—. Pero ten cuidado, Calli. Cuida de ti. ¿Adónde vais?

—A una finca vecina. Creo que es de un barón.

—Ah. —Los rasgos de Xander se iluminaron de interés—. He oído hablar de ese hombre. Tiene una colección impresionante de estatuas griegas. Roba una para Arie. Te lo agradecerá muchísimo.

—Pero…

—¿Señorita Donahue?

Calli se volvió de golpe y encontró a Jonathan mirándola con cierta preocupación.

—¿Hablaba con alguien?

—Yo…

Calli se volvió otra vez, pero descubrió que Xander había desaparecido.

—Solo estaba hablando sola —dijo, forzando una sonrisa.

—¡Le hemos comprado un dulce! —dijo Mary, acercándose a saltitos y tendiéndole un caramelo rojo.

—Gracias —le dijo Calli a Mary, incapaz de alzar la vista hacia Jonathan y deseando una vez más que sus emociones no fueran tan fáciles de leer.

Pero Jonathan no pareció advertir nada; se volvió y les hizo un gesto para que lo siguieran. Calli echó una última mirada atrás y solo vio la parte posterior de una conocida cabeza de pelo negro entre las estanterías. Tragó saliva y luego siguió a Jonathan y a los niños hacia la puerta.

* * *

—¿Prometéis que os quedaréis todos fuera, en el patio? —preguntó Jonathan, mirando a los tres con gesto interrogante mientras desmontaba del caballo.

—Por supuesto —respondió Calli con un rápido asentimiento, aunque su gesto dejaba claro que no le hacía ninguna gracia que le hablara como si fuera una de las niñas—. Los vigilaré bien.

—Sé que lo hará.

Un mozo se acercó y se hizo cargo de los caballos mientras Jonathan se dirigía a la puerta principal y se volvía para ver a los niños ya echar a correr por el césped, con Calli tras ellos. Ah, quién tuviera tanta energía.

—Su Gracia...

Al volverse, encontró al mayordomo esperándolo, y cruzó la puerta para descubrir al barón ya sentado en el salón de entrada.

—Su Gracia, bienvenido. Desde la ventana de mi despacho he visto que hoy no viene solo. Quizá le gustaría que su esposa y sus hijos entrasen también. Mis nietos están pasando una temporada aquí, y tal vez agradecieran la compañía.

—Mi... ah. Mi sobrina y mi sobrino. Y ella no es mi esposa. La institutriz —aclaró Jonathan, aun cuando sintió una oleada de calor que le subía del estómago al pecho y le encendía la cara ante la sola idea de Calli tan unida a él.

—Mis disculpas, Su Gracia. Es una mujer tan hermosa que no he podido pensar otra cosa. Aun así, por supuesto están invitados a entrar.

—Ah, sí, gracias —dijo Jonathan, todavía un tanto desconcertado por la idea que había planteado el barón.

—Muy bien. Haré que mi mayordomo vaya a buscarlos. Acompáñeme a mi despacho.

Hizo un gesto con el brazo y Jonathan lo siguió hacia la puerta que le señalaba.

—Confío en que haya tenido ocasión de ver las tierras que me gustaría vender.

—Sí —respondió Jonathan con un asentimiento—. ¿Puedo preguntarle por qué desea desprenderse de ellas?

El anciano barón Chilton suspiró al acomodar su corpulenta figura en la silla tras el escritorio.

—Mi hijo… es un buen muchacho, pero no del todo responsable. Le gusta el juego.

El barón bajó la vista, sombrío, un instante, sin necesidad de añadir nada más.

—Supongo que necesito parte del dinero para saldar sus deudas. No es lo ideal, pero... —alzó las manos.

Jonathan miró más allá de él, hacia las paredes del despacho y las estatuas que alineaban los estantes.

—Tiene bastantes obras de arte que podría vender, ¿no es así?

El barón juntó las yemas de los dedos ante sí.

—Así es —dijo con un asentimiento—. Tiene buen ojo.

Pero la verdad, Su Gracia, es que ya no me hago más joven y, en cuanto a mi hijo, bueno, no estoy seguro de cómo irán las tierras en sus manos.

Me preocupa el bienestar de la gente, de los animales, de la propia tierra…

Tal vez estarían mejor en manos de alguien que sepa lo que hace.

Mi hijo nunca se ha preocupado lo suficiente como para prestarles atención.

—Es un argumento de peso —dijo Jonathan, respetando la sinceridad del hombre tanto como su dedicación a sus arrendatarios y a la gente que trabajaba para él.

No era frecuente ver un compromiso semejante: que alguien estuviera dispuesto a desprenderse de parte de sus propias tierras para garantizar el bienestar de otros.

De pronto retumbaron unas pisadas en la planta de arriba, interrumpiéndolos, y la expresión preocupada del barón se suavizó hasta dibujar una sonrisa.

—Mis nietos —dijo—. Parece que han encontrado a su sobrina y a su sobrino. Ha hecho bien en traerlos.

Jonathan recordó cuánto le habían suplicado que lo hiciera y logró asentir.

—Por supuesto.

—Imagino que su secretario ya le habrá transmitido lo que me gustaría sacar por las tierras —prosiguió el barón—. Ahora la cuestión es: ¿cuánto cree usted que valen?

Los dos comenzaron a negociar y, al cabo de poco, ya estaban de pie, estrechándose la mano después de llegar a un acuerdo que parecía satisfacerlos a ambos.

—¿Le gustaría ver mi galería? —preguntó el barón, con los ojos iluminados, y Jonathan asintió.

—Mucho.

La «galería» del barón no era tanto un santuario del arte como la de Jonathan, sino más bien un salón rediseñado para dar cabida a sus numerosas estatuas, todas ellas, al parecer, de origen griego.

—Fascinante —dijo Jonathan mientras recorría la estancia, recordando a Calli cuando había entrado por primera vez en su propia galería—. ¿Cómo consiguió la mayoría de estas esculturas?

—Algunas las trajo a Inglaterra el propio Elgin —dijo el barón, arqueando las cejas.

—¿Con los mármoles de Elgin?

—Esos mismos —dijo el barón, con un brillo travieso en los ojos—, aunque la mayor parte acabó en el museo. Otras las he ido reuniendo a lo largo de los años, de otros coleccionistas o de quienes han salido en busca de piezas.

—Ya veo —dijo Jonathan—. ¿Cómo las ha organizado?

—Por fecha de origen, o al menos por la fecha que hemos podido determinar con bastante exactitud —dijo el barón, apoyando las manos en las caderas mientras miraba a su alrededor con un suspiro—.

Por desgracia, mis días de coleccionista quizá hayan llegado a su fin por ahora, pero haré cuanto pueda por cuidar de lo que tengo.

Y, mientras tanto —añadió, volviéndose hacia Jonathan con un brillo aún más travieso en los ojos—, me he asegurado de que sea mi hija quien se ocupe de todo cuando yo ya no esté.

Jonathan sonrió ante aquello, deseando por un momento poder disponer de su propia herencia como le diera la gana, y no como la ley y la tradición dictaban. Aunque suponía que no se diferenciaba tanto del barón: podía hacer lo que quisiera con todo lo que no estuviera sujeto al mayorazgo.

Estaba casi al final de su inspección de la estancia cuando llegó al último estante, el más cercano a la puerta.

—¿Qué había aquí antes? —preguntó, señalando un círculo donde parecía haber descansado una estatua—. ¿Ha tenido que vender alguna pieza?

—No he vendido nada —dijo el barón antes de atravesar pesadamente la estancia—. ¿Dónde?

Jonathan se lo mostró, y la expresión del barón perdió cualquier resto de aquel brillo; su semblante se ensombreció de ira y el rostro se le enrojeció.

—Aquí debería haber una estatua de Perseo —dijo, mirando alrededor como si Perseo fuera a salir de detrás de una columna cercana—. ¿Dónde está?

—No lo sé —dijo Jonathan, sin tener muy claro si se esperaba que respondiera a esa pregunta—. Quizá la hayan movido para limpiarla.

—Nadie toca mi colección salvo mi mayordomo —dijo el barón—. No confío en nadie más que en el hombre que lleva más tiempo conmigo. Un solo golpe mal dado por una criada nueva con un plumero, y miles de libras podrían hacerse añicos contra el suelo en un instante.

Jonathan también pensó que las piezas históricas que quedarían esparcidas serían motivo más que suficiente para extremar las precauciones, pero no le pareció que fuera asunto suyo, ni el momento de decir nada.

—Entonces quizá el mayordomo lo sepa —dijo Jonathan cuando el barón salió al pasillo llamando al hombre.

El mayordomo, sin embargo, parecía tan desconcertado como ellos dos.

—Bueno —dijo el barón, levantando las manos al aire—, lamento que su visita termine de este modo. Al menos todo lo demás ha ido bastante bien, y le agradezco, Su Gracia, que haya venido desde tan lejos.

Como si hubieran estado esperando la señal, los niños bajaron de la planta de arriba, con la cara enrojecida pero los modales intactos.

—Estamos listos para marcharnos —dijo Jonathan a Mary, Matthew y Calli, que asintieron, y no pudo evitar reparar en la admiración con que el barón miraba a Calli al pasar.

Aunque tenía muy claro que no había nada que temer de aquel hombre, y que era improbable que Calli pudiera interesarse por alguien con edad suficiente para ser, como mínimo, su padre, siguió preguntándose de dónde habían salido aquellos celos y si tenían algún fundamento. Desde luego, no era bienvenido.

—Mi secretario se pondrá en contacto con usted para concretar los detalles —dijo Jonathan antes de marcharse—. Y le deseo suerte encontrando su estatua.

El hombre asintió, y Jonathan salió al aire fresco con una sonrisa.

Había sido, en efecto, un buen día.