Un corazón por encargo (Pasiones robadas nº 1)
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Capítulo 1
—Puedes intentarlo con todas tus fuerzas, pero nunca pasarás desapercibida.
Calliope clavó una mirada irritada en su hermana, que se movía con tanta facilidad entre las sombras, sin llamar la atención, que Calli ni siquiera la había visto acercarse.
—Se supone que debemos evitarnos.
—Eso es lo que dijo Arie, sí, pero Arie no está aquí, ¿verdad?
Una sonrisa asomó a los labios de Calli. Diana tenía razón, pero aunque siempre había sido la olvidada, también era, a su manera, la más rebelde.
Calli, en cambio, prefería que la reconocieran por demostrar lo que valía.
—A estas alturas se supone que ya tendrías que estar registrando la casa —dijo Diana entre dientes—. ¿Por qué sigues aquí, en el salón de baile?
Calli suspiró, se volvió, dando la espalda a su hermana, y contempló la pista que se extendía ante ellas, los remolinos de vestidos de colores sobre los cuerpos de las mujeres y los apuestos caballeros que estrechaban a sus parejas.
—Solo… quería ver cómo bailaban. Nunca había visto un vals como este.
—Pero lo aprendimos.
Era verdad. Había formado parte de todas sus lecciones. Lecciones sobre cómo ser como aquella gente, cómo encajar y conseguir que todos creyeran sus mentiras.
—Pero bailarlo aquí, en una sala así, con los ángeles observando desde los cuadros de lo alto, rodeada de columnas de estuco blanco, con los pies sobre el mármol… sería como bailar entre los propios dioses y diosas.
Diana soltó una risa ahogada ante las fantasiosas palabras de Calli, y Calli notó que se le encendía la cara al darse cuenta de que las había dicho en voz alta.
—Este no es tu mundo, Calli. Nunca lo será. Estamos aquí por una sola razón, y nada más. ¿Lo entiendes?
Calli asintió deprisa antes de apartarse de la escena que tenía delante.
Diana tenía razón. Tenía un trabajo que hacer.
Uno que aún le costaba creer que Arie le hubiera confiado de verdad.
Calli se alisó con la mano las faldas de muselina gris, confeccionadas expresamente para la ocasión.
Debía encajar, lograr que todos creyeran que era una dama de compañía, no una debutante de la que se esperaría que se presentara a jóvenes caballeros o saliera a la pista para bailar un vals.
—Además —dijo Diana, suavizando la voz mientras miraba a la mujer que era su hermana en casi todos los sentidos de la palabra—, si pisaras esa pista, nadie —hombre o mujer— podría evitar fijarse en ti. Serías la comidilla de la alta sociedad.
—No lo sería —replicó Calli, poniendo los ojos en blanco mientras se miraba el atuendo discreto.
Le habían recogido todos aquellos rizos negros e indomables, haciendo cuanto habían podido por dominarlos en un severo moño en la nuca, y su rostro carecía de artificio alguno que pudiera resaltar sus facciones prominentes.
—Le dijiste a Arie que podías hacerlo —continuó Diana—. Así que ¿vas a cumplir o no?
—Claro que sí —dijo Calli, irguiendo la espalda.
Estaba decidida a demostrarle a su hermano que era tan capaz como cualquiera de ellos de llevar a cabo con éxito el negocio familiar.
—Allá voy.
Diana asintió con aprobación.
—Vigilaré.
Calli se deslizó entre la multitud y cerró los ojos un instante mientras repasaba en su mente el plano de la gran mansión londinense.
Empezaría por los salones y luego seguiría hacia el interior de la casa.
Estaba segura de que acabaría encontrando su objetivo.
Solo tenía que asegurarse de hacerlo sin llamar la atención.
La clave para entrar, se recordó, oyendo las palabras de Arie en su cabeza, es convencer a todos los que te rodean de que perteneces a ese mundo.
Asintió con una leve sonrisa a la criada con la que se cruzó al pasar por el vestíbulo, y la muchacha estuvo a punto de echar a correr. Calli se preguntó si se suponía que la criada debía mantenerse oculta a los invitados.
Aunque cada uno de sus hermanos poseía una habilidad extraordinaria propia, todos habían aprendido las costumbres de la nobleza para integrarse en su entorno cuando la ocasión lo exigía.
Calli nunca había llegado a comprender del todo el modo en que la alta sociedad trataba a quienes consideraba inferiores, sobre todo a la gente que trabajaba para ellos.
Pero no importaba. Por eso mismo no debía sentirse culpable por lo que estaba a punto de hacer.
Además, si hacía bien su trabajo, nadie lo sabría jamás, y el duque podría seguir disfrutando de sus valiosas obras de arte.
Entornó la primera puerta y encontró el salón dispuesto para recibir visitas, pero de momento vacío. Se deslizó al interior, recorrió la estancia y descubrió bastantes cuadros que se venderían a buen precio, pero ninguno de los que buscaba.
Después de una salita y un comedor más, seguía sin haber encontrado nada.
Intentando no dejarse llevar por el pánico, recordándose que estaba preparada para aquello y que todo saldría bien, empujó la última puerta antes de llegar al final del pequeño corredor.
Y se encontró envuelta en la oscuridad de una habitación de inequívoco aire masculino.
Aunque aún ardían brasas en la chimenea, aquella estancia no estaba lista para recibir visitas, y Calli tuvo más que nunca la impresión de estar entrando en un lugar ajeno.
Cruzó hasta el escritorio, donde la esperaba una vela en un candelero pequeño y sorprendentemente sencillo.
Encendió la mecha y luego alzó la vela mientras cruzaba la habitación, comenzando junto a la puerta y trazando un lento círculo, proyectando la luz vacilante sobre las paredes.
Aquello no iba a funcionar, pensó, sacudiendo la cabeza. Aunque encontrara el cuadro, jamás podría estudiarlo. No con aquella luz. Desde luego, no con suficiente detalle como para hacerle justicia.
Suspiró. Tendría que volver y decirle a Arie que había fracasado. Ya podía ver la decepción en su rostro cuando suspirase y le dijera que nunca debería haber confiado en ella. Ojalá hubiera otra forma.
Justo cuando Calli estaba a punto de volverse hacia la puerta, un destello de color brilló al otro lado de la estancia, donde la luz se había reflejado en un cuadro colgado en la pared del fondo. El corazón le martilleó en el pecho. Allí estaba.
Empezó a acercarse al cuadro, atraída por el oleaje del mar, cuando la puerta se abrió de golpe, dejándola clavada en el sitio. Cerró los ojos, deseando que eso bastara para ocultarla por completo, pero ya era demasiado mayor para creer en semejante cosa.
Se volvió muy despacio, esperando descubrir quién la había sorprendido.
Solo para encontrarse con dos niños rubios y de ojos azules, de rostros regordetes y querubínicos, que parecían haber cobrado vida de los murales del salón de baile y la miraban con una sonrisa en los labios.
* * *
Aquello había sido un error.
Aunque, en realidad, también lo habían sido la mayoría de las decisiones que Jonathan había tomado en sus tres décadas de vida.
Ninguna, quizá, había tenido consecuencias tan graves como la promesa irreflexiva que le había hecho a su hermana.
—Por supuesto que me ocuparé de ellos —había dicho cuando ella le preguntó si se haría cargo de sus hijos gemelos si alguna vez les sucedía algo—. No esperaría que confiaras en nadie más que en tu hermano.
En aquel momento, jamás había imaginado que su exuberante y despreocupada hermana estuviera en realidad planeando marcharse, que estuviera abandonando a sus hijos, ya privados de un padre que había muerto demasiado joven, por una vida de aventuras.
Aún le hervía la sangre cada vez que recordaba aquella nota.
La nota que explicaba que se marchaba a América, pero que era demasiado complicado llevarse a sus hijos.
Que nunca había tenido madera de madre, y que si Jonathan podía, por favor, ocuparse de ellos.
Su propia madre había estado tan fuera de sí que Jonathan se había visto obligado a hacerse cargo de todo él solo. Había contratado a las mejores institutrices, decidido a proporcionarles un hogar y una educación adecuada, pero no tenía ni idea de qué más debía hacer.
Pero ahora su madre insistía en que los niños necesitaban una figura materna. Se suponía que este baile debía ayudarle a encontrar una. Por supuesto, su propia madre, que prefería de lejos Bath, ni siquiera se había molestado en asistir, pero aquello era en realidad mejor.
Porque la idea de atarse a una de aquellas mujeres para el resto de su vida le ponía enfermo.
Ninguna de ellas parecía capaz de convertirse en madre, pues la mayoría de las jóvenes damas que se disputaban su atención eran poco más que niñas.
Y los gemelos no eran precisamente las criaturas más... dóciles.
Hablando de las pequeñas sabandijas...
Vislumbró una cabeza rubia al otro lado del salón de baile, y no era el pelo elaboradamente peinado de una de las jóvenes damas. No, aquello era una melena rubia, salvaje y revoltosa, que salía corriendo tras haber sido sorprendida donde no debía estar.
—Maldita sea —dijo, aferrando su copa con tanta fuerza que casi la aplastó.
—¿Todo bien, Hargreave?
Tardíamente, Jonathan recordó a su amigo Davenport, que estaba de pie junto a él, observando la sala frente a ellos con una sonrisa burlona en el rostro. Siempre había sido del tipo despreocupado, un rasgo que Jonathan envidiaba. Porque a Jonathan le importaban demasiado las cosas.
—Bien —dijo con sequedad, apurando su bebida antes de dejarla en la bandeja vacía de un criado que pasaba—. Debo ir a ocuparme de algo.
—¿Sería ese «algo» un niño precoz de seis años?
Jonathan lo miró con dureza. Si Davenport había visto a alguno de los niños, entonces no podía estar seguro de quién más había sido testigo de su presencia.
—Deben de haber burlado de nuevo la vigilancia de la señora Blonsky —dijo con un suspiro—. Me dijo que no podía seguirles el ritmo. Debería haberla escuchado.
—¿Por qué tienes a tu ama de llaves vigilándolos? —preguntó Davenport, alzando una de sus cejas negras.
—La nueva institutriz no llegó esta mañana.
—¿Cuántas van ya?
Jonathan lo miró con dureza, percibiendo la diversión en la voz de su amigo. Pero aquello no tenía ninguna gracia. Había pasado demasiadas horas contratando institutrices y luego escuchando sus quejas cuando dimitían. Estaba harto. Al menos una esposa no podría abandonar la situación.
Davenport seguía esperando una respuesta.
—Seis —murmuró Jonathan.
—¡Seis! Una al mes, entonces.
—Así es. Discúlpame.
Salió del salón de baile, esperando que los pequeños diablillos no hubieran invadido la pista de baile, sino que estuvieran en los márgenes.
Al no percibirlos ni ningún alboroto causado por ellos en la gran sala, continuó por la planta baja de la casa, observando cada habitación a su paso, interrumpiendo una escena comprometedora que básicamente ignoró antes de seguir adelante.
Quizá los niños habían regresado realmente al cuarto de los niños, o la señora Blonsky los había encontrado, consideró con esperanza, sabiendo ya que cualquiera de las dos ideas era demasiado buena para ser cierta.
Una carcajada lo confirmó.
Se apresuró por el pasillo hacia el despacho, mientras su mente repasaba toda clase de problemas en los que podían meterse.
Intentó recordar si había cerrado con llave los cajones de su escritorio.
Estaba seguro de que sí, e incluso si conseguían forzar sus libros de cuentas y destruirlos, su secretario tenía un duplicado, pero aun así...
solo había un hombre en quien Jonathan confiaba completamente.
Él mismo.
Molesto por aquella lamentable situación, la institutriz desaparecida y el hecho de que su sobrina y su sobrino no pudieran darle ni una sola noche en la que se mantuvieran alejados de los problemas, no fue del todo sutil al empujar la puerta.
Entró con determinación de poner fin a aquella locura y demostrar a su sobrina y su sobrino exactamente qué sucedía cuando desobedecían.
Solo para quedarse momentáneamente sin palabras.
Porque allí, sentados con recato en las dos sillas frente a su escritorio, había dos angelitos que miraban embelesados, en silencio —por una vez—, a la mujer que tenían delante.
Hablaba con entusiasmo, acompañando las palabras con gestos animados, el rostro lleno de expresiones mientras contaba historias de animales, diosas y cuentos disparatados.
Los niños parecían estar disfrutando cada minuto.
Tanto, que ni siquiera se habían dado cuenta de su presencia. Todavía no.
Hasta que, de repente, la mujer se interrumpió a mitad de frase y se volvió hacia él con las manos aún alzadas, la boca redondeada en una O.
Tras un instante en que pareció suspendida en el tiempo, echó la silla hacia atrás con tanta rapidez que casi la volcó y retrocedió unos pasos de un salto.
—Señor, lo siento muchísimo, yo...
—Su Gracia.
—¿Perdone? —Sus mejillas se tiñeron de un tono de rojo de lo más atractivo.
—A un duque se le trata de «Su Gracia».
—Sí, Su Gracia, por supuesto. Mis disculpas. No pretendía sentarme en su silla, fue solo que los niños me dijeron que no estaban cansados, y pensé que quizá les contaría un cuento antes de dormir. A mí siempre me ayudaba, aunque lo ideal sería que estuvieran realmente en sus camas, dormidos, y...
Jonathan respiró hondo, cerrando los ojos un momento mientras alzaba una mano para contener su torrente de palabras.
—Llega tarde, señorita Donahue.
—¿Perdone? —dijo de nuevo, con los ojos muy abiertos, revelando el azul violáceo más impresionante que había visto jamás.
—He dicho que llega tarde. Es usted la señorita Donahue, ¿no es así?
—S-sí.
—Muy bien. Bienvenida. No solo llega tarde, sino que ha llegado en medio de una recepción con invitados, y está entreteniendo a los niños desde mi silla en mi despacho. Pero, si resulta que congenia con los niños, todo eso se pasará por alto.
—¿Qué...? —Lo miró sorprendida. Él se preguntó si la mayoría de los empleadores serían más estrictos. Quizá debía mostrarse más severo.
—Niños —dijo a los gemelos—, os presento a vuestra nueva institutriz.