Extra
Wade
Abril, un mes antes del Derbi de Kentucky
Lexington, Kentucky
Miro a Ivy , que está sentada al otro lado de la mesa en el salón de baile del hotel Grayburg Autograph .
Lleva un vestido rojo palabra de honor que se ajusta a sus curvas. Su piel radiante y sedosa brilla bajo las luces tenues, lo que me recuerda lo suave que es su puñetero cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, que lleva enfundados en unos tacones.
Su pelo negro azabache cae en ondas sobre sus hombros, pero lo mejor son sus putos labios carmesíes. Me dan ganas de restregarle el pintalabios por toda la cara al tiempo que la embisto por detrás y me entierro en su coño apretado.
Me aclaro la garganta y me obligo a escuchar la charla entre Ivy y Stacy Atkins , la mujer de Timothy Atkins , el orgulloso dueño de un caballo de la Breeders’ Cup y de un caballo que correrá junto a Ángel dentro de un mes.
Ivy está en su salsa. Aquí es donde brilla. Hablará con todo el mundo durante toda la noche. Y no solo hablará, sino que también los encandilará a todos con su encanto.
Pero yo… Esto es lo último que me apetece hacer esta noche.
Esta noche es inaudita ya que estamos solos.
En los últimos siete meses y medio desde que nació Billi , no nos hemos separado de ella.
Siempre hemos salido con mi madre o con la de Ivy para que nos ayudaran con la pequeña.
Esta es la primera noche que tengo a Ivy para mí solo y quería aprovechar cada segundo disponible antes de la última carrera previa al derbi de Ángel.
Lo preferible sería que estuviéramos encerrados en la habitación del hotel y folláramos hasta la saciedad.
Pero no nos podíamos escaquear de esta cena.
Es la cena de propietarios en Keeneland y, aunque técnicamente Ángel ya se aseguró los puntos necesarios para entrar al derbi hace casi dos meses, esta era la última carrera, la que consolidó oficialmente su participación.
Lo que significa que esta es la última cena oficial y Ivy fue muy tajante: Silver Pines no podía faltar.
Así pues, hice un trato con Ivy .
Yo iría a su cena y sería de lo más encantador, pero después me la follaría como se me antojara.
Dicho esto, justo antes de que se pusiera ese vestido rojo y sedoso, le metí el último dilatador en el culo.
Llevo todo el día preparándola: se lo he ido cambiando por uno más grande cada pocas horas.
Casi me la follo las tres veces que se lo cambié y veía esa joya pequeña y redondeada que sobresalía de su culo.
Sin embargo, no contaba con cómo esto me iba a afectar a mí.
Solo de verla hablar con todo el mundo como la correcta y formal entrenadora principal del rancho de Silver Pines y saber que el dilatador más grande que he usado está metido en su culo me ha mantenido duro como una piedra durante toda la puta noche.
La necesito tanto que creo que me estoy volviendo loco.
Estoy a una de sus miradas descaradas de llevármela al armario más cercano y meterle la polla hasta el fondo.
Meto la mano en el bolsillo de la chaqueta y deslizo el dedo sobre el botón del mando. Veo que se estremece en la silla y me mira. Después, mira mi mano, que sigue escondida en mi bolsillo, y vuelve a levantar la vista hacia mí cuando lo entiende todo.
«No sabías que vibraba, ¿verdad, nena?».
Me recuesto en la silla y le doy un sorbo a mi bourbon sin apartar la mirada de ella. Le dedico una sonrisa burlona porque soy plenamente consciente de que su coño está cada vez más y más mojado.
Pero si sé algo de mi chica, es que nunca cede. Es una puñetera reina, así que se limita a apartar la vista y sigue hablando como si el dilatador no estuviera torturándola lentamente bajo ese vestido elegante.
Casi ni puedo soportar las siguientes dos horas. Alterno entre atormentarla a mi antojo y charlar con un variopinto grupo de propietarios de caballos de élite, entrenadores y proveedores del sector.
Durante todo ese tiempo, Ivy mantiene la compostura. Solo me mira una vez, bueno, quizá dos, con esa expresión ardiente que grita: «Estoy muy cabreada contigo ahora mismo, pero aun así quiero follarte».
—¿Lista para largarnos de aquí? —le susurro cuando nos alejamos un segundo de la gente. Nos colocamos en una mesa alta cerca de unos ventanales que dan al centro de la ciudad—. Sé que debes estar empapada a estas alturas y estoy seguro de que estás desesperada por mi polla.
Los ojos violetas de Ivy brillan y se resiste. Sí, sigue enfadada conmigo por, literalmente, jugar con ella durante toda la cena.
—No sé, Wade . Hoy me siento bastante social, me apetece hablar con la gente. Me quedaría una hora más por lo menos —dice y me da una palmadita en el pecho—. Así que… paciencia, cielo.
«Me cago en la puta».
Y se aleja contoneando sus caderas para charlar con dos mujeres que no he visto en la vida. Y, por alguna razón, Ivy siente la necesidad de hablar con todo cristo después de eso.
Por supuesto, todos quieren alabar a Angel’s Wings por lo que ha hecho hoy y comentan que están ansiosos por verla correr en el derbi.
Lo único que puedo hacer es quedarme detrás de ella según me aflojo la corbata porque, madre mía, ¿no hace mucho calor aquí dentro?
La miro como un idiota cuando la suave tela de su vestido se pega a su culo perfecto. Me empiezo a imaginar cómo lo levantaré después y me enterraré en ella, o si mejor deslizo la mano por la diminuta abertura de la falda que deja ver su sedoso muslo de vez en cuando.
Una hora y veintiocho putos minutos y otro chupito de bourbon después, sigo apoyado en la barra esperando .
Ivy me mira desde el otro lado del salón y juguetea con sus ondas para provocarme mientras habla con otra persona a la que no conozco.
Irradia ese descaro engreído que me enloquece. Cuando se acerca, se pasa un dedo entre sus pechos por encima del vestido.
—Siento que llevo esperándote toda la noche. ¿Por fin estás listo? —pregunta y se me escapa un gruñido grave.
Le agarro la mano en cuanto está lo bastante cerca.
—Nos vamos. Ya.
—¿Quién está desesperado ahora, Jefe? —Se ríe.
Me inclino para susurrarle al oído, pero uso un tono de voz que le deja claro que voy completamente en serio.
— Ivy , si no te saco de aquí en este puto instante, te voy a subir a esta barra y te voy a follar duro delante del presidente de la AQTA y de toda la puta sala.
Gimotea. Me encanta.
Dejo mi vaso vacío de bourbon sobre la barra y la guío hacia el pasillo, donde la acorralo contra la pared mientras pulso el botón del ascensor con una mano para subir a la habitación y le sujeto la cara con la otra.
Poso mis labios sobre los suyos y deja escapar un suave gemido.
No se oye nada aquí fuera. No hay ni un alma en el pasillo, gracias a Dios. Aunque no sé si eso me habría detenido.
Solo tenemos que subir catorce pisos para que pueda poseer lo que es mío.
—Ya deberías saber que poner a prueba mis límites no es buena idea, Lianta.
Ivy sonríe contra mis labios.
—La venganza se sirve en un plato frío y me pone muchísimo ver a mi hombre fornido y rudo tan desesperado y necesitado, Wade —susurra y me desliza un dedo por la mandíbula para provocarme.
La agarro por la cintura y la aprieto aún más contra mí. Un gemido se escapa de sus labios cuando presiono mi polla dura contra ella.
—Ah, ¿sí? —pregunto y veo que tiene los ojos entrecerrados y un ligero rubor en las mejillas.
—Bueno… mete la mano debajo de mi vestido y descúbrelo por ti mismo —me contesta.
«Hostia puta».
Suena el pitido del ascensor y la empujo dentro.
A continuación, pulso el botón de nuestro piso y la empotro contra la pared cuando las puertas se cierran.
Hago exactamente lo que me ha dicho: deslizo la mano hasta su entrepierna al mismo tiempo que voy subiendo la sedosa tela de su vestido.
Aunque quería esperar hasta llegar a la habitación para meterle los dedos, mi autocontrol se desvanece en cuanto siento que está empapada y no se ha puesto bragas.
Me coloco delante de ella para taparla por si hay alguna cámara de seguridad.
—Eres una puta provocadora consentida —exclamo cuando mete la mano en el bolsillo de mi chaqueta y enciende el vibrador.
—¿Quién provoca a quién? No me dijiste que vibraba. ¿Me estabas ocultando cosas? —gime con la cabeza echada para atrás.
«Joder. No me esperaba esto».
Me trago sus gemidos al besarla. No me canso de ella.
Le recorro el cuello con la lengua. Le muerdo su piel con aroma a azúcar y, cuando traga saliva, pierdo la cabeza.
Introduzco el dedo corazón en su coño empapado a la vez que le separo los muslos con la rodilla y la pego contra la pared del ascensor.
—Cuatro pisos más —gimotea sin aliento. Supongo que está pendiente de los números que hay detrás de mí.
Dios, le puse el dilatador para volverla loca, pero el puto cacharro ha tenido el efecto contrario.
Me ha vuelto loco a mí.
Me aparta las manos cuando el ascensor se detiene en nuestro piso; está jadeando, mojada y ansiosa. Y yo estoy a punto de correrme en mi puto traje de tres piezas como un adolescente con cero autocontrol después del baile de graduación.
En cuanto entramos en la habitación, la levanto en brazos y aplasto mis labios contra los suyos en un beso abrasador.
Le agarro el culo con fuerza y atrapo su labio inferior entre mis dientes mientras el dilatador vibra en su interior.
Sus gemidos se vuelven más altos cuando se restriega contra mi polla dura. Ya está al borde del orgasmo.
No sé cómo lo hago, pero avanzo hacia la cama sin romper el beso.
La coloco a cuatro patas y le levanto el culo a la vez que le subo el vestido, justo como quería.
Saco el mando del bolsillo interior y apago un momento el vibrador.
Mi chica avariciosa gime cuando lo hago, lo que me hace sonreír.
Entierro dos dedos en su coño y ella grita.
Gime mi nombre y me suplica que la llene.
—Eres una puta belleza, Ivy . Con los muslos chorreando, mis dedos en tu coño y esta joyita en tu culo.