Un corazón indomable (Silver Pines 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

Wade

—Este es el programa de entrenamiento —les informo al dejar la hoja de cálculo en la mesita del estudio de la casa principal—. Vamos a tener que entrenar durante toda la primavera y el verano —le cuento a mi familia en nuestra habitual cena de los lunes.

Ivy y yo acabamos de volver de Nashville y, por supuesto, todos quieren preguntar sobre Angel’s Wings .

—Hay un lugar en Sarasota donde podemos llevarla para grabar sus entrenamientos y así pedir su certificación de cajón cuando esté cualificada para las carreras.

Me gustaría llevarla a principios de febrero si estáis de acuerdo.

Cuanto antes se acostumbre al ruido y a otros caballos, antes podrá participar en las carreras juveniles.

Mi idea es que esté lista para la Navidad que viene —les dice Ivy . Está sentada delante de mí en la mesa.

Es un reto muy ambicioso, pero si alguien puede lograrlo, es ella.

Me la como con la mirada cuando nadie me ve.

Lleva unos vaqueros azul claro que se ajustan a sus curvas y un suéter blanco con los hombros al descubierto.

Se ha soltado el pelo y, al ver los mechones que le recorren el elegante cuello, me dan ganas de apartarlos, enrollarlos en mi mano y lamerle la piel.

He estado dentro de ella siete veces en las últimas cuarenta y ocho horas, pero eso no me impide querer arrastrarla hacia el pasillo oscuro e inclinarla sobre la mesa más cercana.

—… y es majestuosa, segura de sí misma y tan preciosa, ¿verdad, Wade ? —me pregunta Ivy mientras le muestra las fotos de Ángel a la familia.

Asiento con la cabeza y le doy un sorbo a mi bourbon .

—Preciosísima —respondo cuando veo cómo se coloca el pelo detrás de su bonita oreja. Ni siquiera estoy pensando en el bendito caballo.

Mi madre va a la cocina con CeCe para preparar una ensalada de espinacas.

—Espero que también hayáis tenido tiempo para divertiros un poco —nos dice.

Ivy me mira fijamente con una ceja arqueada. Con esa mirada sé que está a punto de comportarse como una mocosa malcriada y, por supuesto, la polla me palpita.

—¿Queréis que os cuente algo que hará que os explote la cabeza? —pregunta y se muerde el labio inferior.

Le lanzo una mirada de advertencia. Cole levanta la vista de inmediato desde el otro lado del sofá.

—Dispara —dice.

— Wade bailó conmigo en Luke’s 32 —les explica Ivy y me lanza esa sonrisa que refleja que es consciente de la tabarra que me va a dar mi familia por esto. Aun así, añade con una mueca burlona—: Durante toda la noche.

Mi madre sonríe sin siquiera levantar la vista del aderezo que está preparando.

—Eso es que eres buena para él, cariño. Antes le encantaba bailar.

«Me cago en la puta de oros».

La sonrisa de mi madre se ensancha al levantar la mirada, señalar a Ivy con la cuchara y decir:

—Recuérdame que te enseñe un vídeo en el que Cole y él están cantando con un karaoke y bailando como si la vida les fuera en ello en una bonita mañana de Navidad.

—Pero, mamá, por Dios. —Me paso una mano por el pelo.

Cole se ríe como si no hubiera hecho el ridículo tanto como yo a esa edad y le da un buen trago a su bebida. El cabrón solía aprenderse los bailes de Justin Timberlake como si estuviera ensayando para entrar en el puto American Idol .

—Creo que tengo algún recuerdo de esas Navidades. Wade estaba obsesionado con Lonestar —interviene CeCe mientras coge una zanahoria y la sujeta como si fuera un micrófono. Canta el estribillo del mayor éxito de Lonestar , pero lo hace de puta pena.

Aficionada.

—Confío plenamente en mis habilidades —afirmo al tiempo que levanto mi copa. Que les den a todos, no me avergüenzo de aquella época—. Aunque solo tenía doce años, clavé la canción de principio a fin. Lo hice mucho mejor que tú y tu penosa actuación —acuso a CeCe y le doy un trago a mi vaso.

—Ni caso, tienes la voz de un ángel —le susurra Nash al oído mientras la besa.

Cole finge una arcada e imita el sonido de un látigo.

—Me lo has quitado de la puta boca. Creo recordar que criticabas a más no poder la voz de CeCe Rae cuando le dio por Shania —señalo.

Nash es un cabrón engreído y no tarda ni un segundo en contestar:

—Por aquel entonces era un niñato estúpido; no lo decía en serio. Siempre había pensado que era una gran cantante.

—Gracias, cariño. — CeCe le besa la nariz.

Ivy se ríe desde el otro lado de la mesa y le envío un mensaje cuando CeCe empieza a imitar a Cole en su época Timberlake . Por suerte, no soy el objetivo de sus ataques durante cinco minutos.

Yo: Ni te imaginas el castigo que se te viene encima por lo que has hecho.

La observo cuando nota el zumbido de su teléfono en el bolsillo. No puedo apartar la mirada de su rostro mientras lo saca. Veo que las comisuras de sus preciosos labios se curvan en una media sonrisa y escribe. Es tan deslumbrante que hasta me duele mirarla.

Lianta: Seguro que tu tele viene con karaoke incorporado. ¿Quieres castigarme con música country suave y alegre?

Yo: Puedes poner la música que quieras. No tienes ni idea de cuánto puedo hacerte sufrir.

Lianta: Pero ya no estamos en Nashville . ¿No crees que deberíamos comportarnos como adultos responsables y volver a ser únicamente compañeros de trabajo? Ya nos hemos quitado la espinita, ¿no?

«Eh, no. Ni de puta coña».

Yo: Deberías haberlo pensado mejor antes de rodearme la polla con esos labios que tienes.

Lianta: Pues, si te soy sincera, solo pienso poner mis labios alrededor de tu polla.

«Hostia puta».

Casi me atraganto con el bourbon al leer su respuesta.

Ivy se recuesta en la silla y cruza las piernas sin apartar la mirada de mí como si fuera intocable.

Está jugando con fuego si cree que no me metería en el baño de la planta baja con ella y que no la sentaría sobre el lavabo para follarme ese coño tan apretado hasta la saciedad.

Yo: Pareces muy confiada con tanta gente a tu alrededor. Pero, por mucho que me guste eso, ¿sabes lo que más me gusta?

Lianta: ¿El qué?

Yo: La mirada que pondrás cuando enrede mis dedos en ese pelo largo y espeso, y te folle la garganta hasta el fondo.

La miro y veo que se remueve en el asiento. Sé enseguida que está empapada y que se muere por sentir mi polla en su interior.

El abuelo se aclara la garganta a mi lado y casi me mata del susto. ¿De dónde cojones ha salido?

—Anda, pon la mesa… jefe —me ordena lo suficientemente bajo como para que sea el único que lo escuche. Me tiende los cubiertos, nos mira a Ivy y a mí, y me guiña un ojo.

Me cago en todo. Viejo observador.

Le quito los cubiertos de la mano y me ajusto el pantalón con toda la discreción que puedo, lo que hace que el abuelo sacuda la cabeza y regrese a la cocina.

Al otro lado, Ivy se recuesta en la silla y le da un trago a su bourbon mientras se ríe.

Cuando empiezo a colocar los tenedores y los cuchillos en la mesa, noto que el teléfono me vibra.

Lianta: Lo estoy deseando.

Me pongo duro al instante.