Un CEO Multimillonario En Apuros CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Cuando regresé, la nevera seguía cerrada y él permanecía de pie frente a ella.

Quizá había subestimado a Lucca; no era un hombre frío, de corazón de piedra, como había pensado el primer día.

Si lo fuera, no estaría tan afectado por los imanes con fotos pegados en ella; en todos se veía la felicidad absoluta de la pareja junto a Allegra.

Los pequeños cuadrados y rectángulos contaban la historia de esa familia feliz, desde el noviazgo, el matrimonio, el embarazo, hasta la llegada de la niña.

El nombre de Allegra había sido perfecto, porque era evidente que era la alegría de la casa. Sin saber qué hacer, me acerqué, lo abracé por detrás y apoyé la cabeza en su espalda.

—No creo que les moleste que te lleves algunas para decorar tu nevera —dije, después de que devolviera una que ya había guardado en el bolsillo—. También será una forma de que Allegra los sienta cerca.

—¿Tú crees? —dudó, pero ya cogiendo varias—. Creo que me llevaré estas, le gustarán. Puedo devolverlas cuando se recuperen y salgan del hospital.

Cuando noté que empezaba a superar el impacto inicial, sonreí, aliviada. No sabía qué había pasado entre él y su hermano, ni quería invadir, pero deseaba con todas mis fuerzas que Pietro se recuperara, porque veía cuánto lo atormentaba el miedo de no poder pedirle perdón.

—Allegra ya está bien —oí la voz de la psicóloga entrando en la cocina y lo solté, avergonzada; me había olvidado por completo de su presencia—. Le he explicado que sus papás están enfermos, en el hospital, y que la vais a llevar a verlos.

—Sí, ya lo había pensado —comenté, mientras Lucca cogía a su sobrina en brazos y noté que ya no lo rechazaba; al contrario, se acurrucaba contra él con cariño—. Pero, dadas las circunstancias, creo que sería mejor hacerlo con acompañamiento, ¿no crees?

—Si queréis, puedo daros el número de una compañera de confianza que atiende en Nueva York —se ofreció—. La llamaré y le explicaré la urgencia del caso; quizá consiga cita para mañana, ¿os parece?

—Te lo agradezco —respondió Lucca—. Si lo consigues, organizaremos todo para llevarla.

—Sería lo ideal —dijo, pasándole el número, que él guardó enseguida en el móvil.

Era imposible no notar el cambio. El día que la recogió, no estaba dispuesto a dejar su importante reunión por ella; sin embargo, ahora la ponía por delante de todo, como debía ser.

Cuando la psicóloga se marchó, mientras Lucca ayudaba a Allegra a meter en la maleta sus juguetes favoritos, que pensábamos llevar, volví a la cocina para calentar la pasta con verduras que había traído para ella.

Aproveché también para abrir nuestras hamburguesas con patatas, lo coloqué todo en una mesa del jardín y los llamé.

—¡Vaya! Parece un picnic —rió—. Creo que la última vez que hice algo así estaba en el colegio.

—Entonces hoy hay fiesta —respondí, riendo.

—Si es una fiesta… —cogió una porción de patatas, la puso en la bandeja de la trona de Allegra y añadió una buena cantidad de kétchup. Ella, al probar, apartó su pasta y, feliz, empezó a comer con entusiasmo el nuevo capricho—. No puede comer siempre comida aburrida.

Al principio me horroricé, pero al ver la felicidad de ambos, me relajé. Un plato de patatas no cambiaría su futuro; prohibírselo sí arruinaría la ligereza del momento. Vitória tendría que perdonarme, pero estaba de acuerdo en que se diera ese capricho.

—¡Máaaas, máaaas! —pidió Allegra, impaciente al ver su bandeja vacía—. Lela queiee máaaas.

—Solo espero que Vitória nunca se entere —reí, viendo su boquita roja mientras la llenaba de más patatas con kétchup.

—Pues yo quiero que lo vean —sacó el móvil y empezó a hacer fotos y vídeos—. Les enseñaré lo bien que se lo pasó con su tío, haciendo todo lo contrario de lo que ellos querían, y cómo me adoró por ello.

Al principio no quería ser cómplice del “crimen”, pero después no solo participé, sino que también hice mis propias fotos. Para colmo, le puse una montaña enorme de patatas delante y no pudimos parar de reír al ver su felicidad al casi desaparecer tras la comida prohibida.

Salimos de la ciudad cuando ya había oscurecido.

Yo había vaciado la nevera, llevándome todo lo que estaba a punto de estropearse o caducar; Lucca sacó todo tipo de basura y, después, con la ayuda de Allegra, llenamos tres maletas, dos de ellas únicamente con sus juguetes favoritos.

Incluso pedí permiso a la directora para pasar por la escuela y recoger su material escolar.

Además, aunque yo me negaba —pues mi intención era volver como mucho el próximo fin de semana—, Lucca insistió en que también me llevara otra maleta más.

Cuando nos detuvimos frente al edificio donde vivía y descargaron las maletas, tuve la sensación de que estábamos haciendo una mudanza de verdad, y esa impresión me provocó un presentimiento extraño. Tanto, que me dieron ganas de volver a meterlo todo en el coche y salir huyendo.

—Abi, tiucaa, abi —gritó Allegra, pidiendo que abriéramos la maleta donde estaban varios de sus peluches—. Ecaaa, abi pa mí?

—Pensé que, después del viaje, estaría agotada —los dos reímos ante la energía inagotable de Allegra, mientras seguía sacando los juguetes uno a uno y colocándolos sobre la cama; cuando la maleta se vació, señaló otra, repitiendo la petición—. Pero parece que ha vuelto recargada en megatones.

—Está cansada, sí —dije, cogiéndola en brazos mientras intentaba zafarse con una rabieta—, pero el viaje la ha dejado excitada. Le daré un baño templado para calmarla; creo que, después de su leche de la noche, dormirá tranquila.

—A mí este viaje también me ha dejado excitado —me abrazó junto a Allegra y terminó la frase en voz baja, en mi oído, para que ella no lo oyera—. Yo también necesito un baño templado, pero la leche corre de mi cuenta.

—¿Lucca? —lo empujé, riendo, y me dirigí al baño con Allegra—. No tienes remedio.

—Hablo en serio —respondió, apoyado en la puerta abierta, observándome llenar la bañera—. Voy a esperarte.

—Yo también hablo en serio —dejando a Allegra de pie sobre la alfombrilla, fui hacia la puerta para echarlo—. Estoy muerta de cansancio; además, estoy segura de que Allegra tendrá un sueño inquieto.

—Está bien —aceptó—. Solo lo estaba intentando. Aún tengo que bajar al despacho para revisar unos informes que le pedí a Archie esta mañana. También tengo que organizar mi agenda de la semana; creo que no podré dormir hasta el amanecer.

—Intenta descansar, aunque sea un poco —dije, preocupada—. Mañana en la oficina podrás resolverlo todo.

—Lo intentaré. Buenas noches, Rebecca —dijo, dándome un beso y cerrando la puerta tras él.

Después de que se fuera, me centré en Allegra. Aprovechando para relajarme, me metí en la bañera con ella. Tenía razón: el agua templada era una bendición. Tras el baño, Allegra no paraba de bostezar y, cuando terminé de cepillarle los dientes, ya estaba casi dormida.

Bueno, si Allegra cayó rendida después del baño, yo, tras escuchar las palabras provocadoras de Lucca, estaba más despierta que nunca.

Pero, como él mismo había dicho, tenía mucho trabajo por delante, toda la noche.

Aun así, horas después, seguía dando vueltas en la cama, con los pensamientos más descarados rondándome la cabeza.

Con un suspiro, desistí de intentar dormir y, decidida a resolver el problema que él había provocado, me levanté y fui directa a la bolsa con los regalos que había recibido de Paola. Al fin y al cabo, para alguien que pensaba pasar la noche en vela, media hora más no marcaría gran diferencia.

Miré mi reflejo en el espejo y sonreí, aprobándolo.

Con la tableta en la mano y una última mirada a Allegra, que dormía profundamente, salí de la suite.

Me detuve frente a la puerta del despacho y, al oír su voz alterada al otro lado, dudé de mi locura.

Pero, por otra parte, también serviría para calmarlo.

Rezando para que estuviera mirando hacia la puerta y no hacia la ventana detrás de su silla, giré despacio el pomo, abriendo lo justo para que una de mis piernas pudiera pasar. Cuando su voz se detuvo y oí un “maldición”, supe que había notado lo que estaba a punto de suceder y seguí adelante.

El conjunto que había elegido para seducir era un babydoll[17] rojo, compuesto por una braguita minúscula tipo tanga, sujeta en la cadera con cintas de satén —que no cubría ni mis pensamientos, mucho menos mi sexo—, una camisola transparente, completamente abierta, que se mantenía en su sitio solo por un lazo bajo el pecho y, para completar el look de diablilla traviesa, liguero con medias negras y unos tacones altísimos de suela roja.

Perfecto.

Lentamente, fui deslizando mi cuerpo por la puerta hasta quedar completamente dentro de la estancia. Al mirar a Lucca, lo vi exactamente como en esos dibujos en los que los ojos se salen de las órbitas y la mandíbula cae sobre la mesa.

Me encantaba la música durante el sexo y tenía mis listas de reproducción favoritas, así que pulsé el botón de la que había elegido para ese momento.

Dejé tanto la tableta como el móvil en la estantería junto a la puerta y, con movimientos lentos de cadera, caminé hacia él.

Por un instante, temí que los ojos de Lucca pudieran sufrir algún daño, porque ni siquiera parpadeaba.

El despacho de Lucca era grande, espacioso y minimalista.

La decoración se limitaba a una estantería de libros, su escritorio y un gran sofá de cuero cómodo.

El espacio libre era lo bastante amplio como para exhibir mi actuación, así que, cuando llegué al centro de la sala, me detuve y giré el cuerpo para que viera la pequeña cinta roja que desaparecía entre mis nalgas.

Para que no le quedaran dudas, me agaché, sujetando una de mis rodillas, cabeza abajo, y lo miré directamente a los ojos.

En ese instante, los abrió aún más, empujó la silla hacia atrás y, con la boca todavía abierta, llevó la mano a su erección, acariciándola.