CAPÍTULO 5 #4
—Como enviaron un montón de champiñones frescos y no me gusta desperdiciar —dijo, destapando el recipiente—, he hecho espaguetis con salsa de champiñones. Espero que de verdad haya quedado bien, ya que es una comida ligera que sé que Allegra comerá sin problema y, quizá, a ti te guste.
—No sé si está bueno, pero el olor es increíble —dije con sinceridad, porque, con el apartamento invadido por el delicioso aroma de comida casera, me había entrado hambre.
Contenta con mi comentario, me sirvió el plato y, después de acercar la silla de Allegra, le sirvió también a ella en un plato infantil, junto con un vaso de zumo de naranja natural.
Viendo cómo la trataba, me di cuenta de que, al contrario de lo que había pensado cuando la conocí —cuando la llamé loca e incluso pensé en quejarme de ella a Pietro—, tenían mucha suerte de tenerla cuidando de su hija.
Noté que todo lo que hacía era en favor del bienestar de la pequeña.
La cena superó mis expectativas: era sencilla, pero deliciosa.
El tiempo pasó entre ella ayudando a que en el estómago de Allegra hubiera más pasta que en el suelo de la cocina, contando anécdotas y riendo.
Cuando me di cuenta, ya le había hablado de mis tiempos en la universidad, de cómo heredé la empresa de mis abuelos, de los desafíos que afronté al principio, aunque evité hablar de cómo acabé quedándome solo al frente.
Después de saber que, a pesar de todo lo que hice, Pietro aún me había perdonado y confiado en mí, me sentía muy avergonzado.
Tal como prometió, Rebecca bebió solo una copa; yo, en cambio, cuando quise darme cuenta, estaba terminando la botella. Entre los dos, dejamos la cocina en orden y, por último, la ayudé a cargar el lavavajillas y ponerlo en marcha. Al final, cogí a Allegra y nos preparamos para salir de la cocina.
—No sé cuál era su rutina por la noche —dijo Rebecca mientras caminábamos hacia la escalera—, pero voy a intentar que esté en la cama todos los días a las ocho. Hoy se nos ha pasado un poco, pero a partir de mañana seguiremos esa rutina. Haré un cuadro y lo dejaré en la cocina.
—¿Hace falta? —Eso era nuevo para mí—. Pensaba que cuando tuviera sueño sería el momento de irse a la cama.
—Si haces eso —rió—, puede cambiar el día por la noche.
—¿Cómo?
—Dormir poco durante el día y nada por la noche. —Para entonces ya habíamos llegado a la puerta, y pensé que me pediría que le entregara a Allegra, pero simplemente dio un paso para que la siguiera—. Y, créeme, no te va a gustar.
Como una profesora, fue explicándome los cuidados que debía tener con Allegra, lo que los padres permitían y lo que estaba prohibido. Me impresionó la lista; nunca pensé que cuidar de un niño fuera algo tan complicado. Aprendí que dirigir una empresa era mil veces más sencillo.
—Como ya ha tenido su rato de dibujos hoy —empezó a explicar, después de que la ayudara a lavarse los dientes, a ponerse uno de los pijamas nuevos y la estuviera acostando—, puedes leerle algunos de los libros que pedí que me enviaran.
—Ah, eso te lo dejo a ti —le devolví el libro que estaba poniendo en mis manos—; ver películas en una tablet es una cosa, pero ponerme a leer cuentos aburridos es otra muy distinta. No tengo paciencia.
—De eso nada. —Me obligó a cogerlo—. Ya se está acostumbrando a ti; esto ayudará a reforzar los lazos, así no me echará tanto de menos cuando me vaya.
—Otra vez tienes razón, mandona —intenté bromear, cuando me di cuenta de que no quería que se fuera.
Durante el poco tiempo que compartimos en la cena, sin contar el baile, pude notar que, por muy loco que pareciera, me gustaba la compañía de esa chica loca—.
Vamos allá, Allegra, el tío Lucca va a contarte un cuento.
—Tiucaaa, tiucaaa —emitiendo grititos agudos, intentó subirse a la cama, pero la altura se lo impidió y tuvo que ayudarla Rebecca—. Istoliaaa, tiucaaaa.
—No es tiuca, es tío Lucca —intenté corregirla, pero recibí un codazo de Rebecca.
—¡No puedes hacer eso! —gruñó en mi oído—. Debes simplemente repetir la palabra de la forma correcta; así aprenderá de manera natural, sin sentir que la estás regañando. —A continuación, añadió—: Sí, cariño, hoy es el tío Lucca quien va a contártelo.
Otra lección más.
Tumbándome en la cama a su lado, empecé a leer, pero si tenía alguna ilusión de que la pequeña se dormiría en las primeras líneas, mis esperanzas se desvanecieron en cuanto terminé la historia y cerré el libro, sin que ella siquiera parpadeara.
Y la pequeña, que hasta ese momento había estado quietecita, atenta a la lectura, se levantó y, señalando la pila de libros sobre la mesa, empezó a saltar mientras gritaba:
—Ota istoliaa, tiucaaa. Ota istoliaaa, tiucaaa.
¿De dónde sacaba tanta energía esa criaturita?
Si alguien lo descubriera, podría ganar una fortuna vendiendo la información.
Con la esperanza de que Rebecca pudiera decirme cómo salir de aquel lío, miré angustiado hacia la cama de al lado, donde se había tumbado.
Pero, para mi desesperación, parecía haberse quedado dormida, ya que ni los gritos la despertaban.
Sin saber qué hacer, volví mi atención a Allegra, intentando averiguar cómo se apagaba a una niña que funcionaba con la energía de una central nuclear.