CAPÍTULO 5 #3
—¡Me encanta esta cancióóóón! —Rebecca prácticamente gritó y, enseguida, se apartó, contoneándose y moviendo las caderas al mejor estilo derrite cerebros, solo para iniciar un nuevo giro y volver a pegar su cuerpo al mío.
Por más que aquel baile suyo me estuviera volviendo loco, me di cuenta de que era totalmente inocente; no lo hacía a propósito, solo quería bailar, no había malicia en su actitud.
Sin embargo, en la mía sí—. Vamos, baila —me animó.
—A mí también me encanta —no mentía, solo que no la conocía en la voz de las Pussycats—, pero ahora no quiero bailar.
—Venga —insistió—. Es divertido.
—Otro día. —El problema no era que no me estuviera divirtiendo, sino el miedo a no ser capaz de controlar mi polla hasta el final de la canción, algo que, antes de hoy, jamás había sido un problema.
—Solo este baile —se quejó con un tono meloso. ¿Quién se resiste a un quejido caprichoso de una mujer?—. Luego te dejo en paz.
Intentando parecer tan natural como ella, la tomé por la cintura y seguí el ritmo, girando por la cocina.
Sin embargo, a medida que el baile avanzaba, su risa fue disminuyendo y el ambiente cambiando.
Noté que, al igual que mi respiración, la suya también se volvía más agitada, superficial.
En uno de los giros, su espalda se pegó a mi cuerpo; mi cabeza se acomodó automáticamente en la curva de su cuello, y mi mano, que estaba unida a la suya, se posó sobre la piel desnuda y caliente de su vientre.
En ese momento, fue imposible no oír perfectamente nuestras respiraciones aceleradas, entrecortadas.
Nos soltamos rápidamente los dedos; ella giró el cuerpo y, colocando la mano sobre mi pecho, se apartó tan rápido que casi me caigo.
—Creo que será mejor servir la cena —se apresuró a colocarse detrás de la encimera—. Además de que se está enfriando, ya es hora de que Allegra coma —dijo, fingiendo que no había pasado nada.
—Claro —acepté, porque sabía que, si no nos hubiéramos detenido en ese momento, ya tendría mi boca sobre la piel de su hombro—. Eres tú quien dicta las normas.
Como respuesta, simplemente sonrió y, por primera vez, percibí cierta timidez en su sonrisa.
Los platos ya estaban dispuestos en dos sitios y, en el centro, una fuente cubierta con papel de aluminio.
Fingiendo una serenidad que estaba lejos de sentir, e intentando ignorar la tensión que de repente había quedado en el aire, me senté en el lugar que me había indicado.
—Veo que has conseguido una trona para ella. —Queriendo volver al ambiente de antes, señalé a Allegra, que se había embarcado en el reto de dejar la hoja blanca completamente coloreada.
—Sí. Como no sé cuánto tiempo va a quedarse aquí, no podía dejarla sin un lugar cómodo para sus comidas. ¿He hecho mal?
Lo preguntó en serio, y pude entender lo que sintieron Adán y Eva después de comer la manzana.
Era como si el baile hubiera abierto nuestros ojos y, ahora, nos viéramos por primera vez, desnudos, el uno frente al otro.
Aunque yo ya la estaba viendo. Sin embargo, con ella parecía que acababa de ocurrir.
—No. Claro que no, está todo bien —respondí, también serio, al fin y al cabo, tenía razón—. En cuanto a la limpiadora...
—Ni empieces —me interrumpió—. Mientras yo esté por aquí, no voy a despedirla.
—No iba a pedir eso —la tranquilicé—. Está todo bien también; por supuesto que no estás obligada a encargarte de la limpieza de la casa.
—Gracias por entender. —Se sentó frente a mí y, apoyando los codos en la encimera, se quedó mirándome—. No es que tenga problema en limpiar y ordenar, pero pretendo dedicar todo mi tiempo a Allegra, para que sienta lo menos posible esta transición.
—Lo entiendo —respondí, haciendo lo mismo que ella.
—Eso lo dices ahora —me señaló con el dedo, haciendo una mueca burlona, y agradecí que el ambiente tenso estuviera desapareciendo—, pero te enfadaste conmigo, hasta quisiste matarme —añadió en voz baja para que Allegra no oyera.
—Sí, tienes razón. Creo que exageré, tengo esa costumbre —respondí, sintiéndome un idiota por las palabras que le había dicho horas antes—. Pero es que las noticias que recibí hoy fueron tan terribles que no sé cómo no me he vuelto loco todavía.
—¿Sobre Vitória y Pietro? —preguntó, preocupada—. Dijiste que estaban bien.
—Lo sé —levantándome, fui hasta la vinoteca que estaba junto a la nevera y cogí una botella de vino. Serví dos copas y le entregué una—. Pero vamos a comer, no quiero hablar de ellos ahora.
—Está bien. —Hizo girar el líquido rojo en la copa antes de aspirar su aroma; luego probó un pequeño sorbo, sonrió y volvió a beber—.
Simplemente delicioso. Ya que tú tienes más problemas que yo, me tomaré solo esta copa y me quedaré responsable de ella hoy.
Y mañana me cuentas todo sobre cómo están. ¿De acuerdo?
Asentí con la cabeza y ella señaló la fuente, que aún seguía cubierta. Y yo me quedé curioso por saber qué escondía el papel de aluminio, que ya me estaba haciendo salivar.