Un CEO Multimillonario En Apuros CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El estruendo ensordecedor de los cláxones me sacó de un sueño profundo.

Al principio me asusté al no saber dónde estaba, pero un segundo después recordé la noche complicada que habíamos pasado.

Aún con los ojos cerrados, sentí un calor extraño sobre mi mano; intentando averiguar qué ocurría, abrí solo uno y encontré no solo la mano de Lucca posada sobre la mía, sino también sus ojos mirándome de una forma extraña.

—Lo siento —dijo, retirándola rápidamente—, supongo que ambos estábamos preocupados por la pequeña.

—Eso parece —fingí desinterés—. ¿Hemos llegado? ¿Qué hora es?

—Sí, ya estamos en Nueva York. Solo faltan unas pocas manzanas para mi casa —se acomodó en el asiento—, casi las cinco.

—Menos mal. —Intenté estirarme, porque, por muy cómodo que fuera el vehículo, me sentía molida—. ¡Vaya! ¿He dormido todo eso? Me duele todo el cuerpo.

—A mí también —dijo, conteniendo un bostezo—. He pasado noches en vela, pero como esta, nunca.

—Entonces somos dos. Otra cosa, creo que necesitas mandar urgentemente ese traje a la tintorería —añadí, señalando la mancha blanca en su hombro.

—¿Qué tiene? —preguntó, girando el cuello para intentar verla.

—Nada importante —respondí con calma—. Solo es una mancha de moquitos, creo que fue cuando ella estaba llorando y tú la estabas acunando.

—¿Qué? —gritó, quitándose la chaqueta como si estuviera en llamas—. ¿Mocos?

—Ah, no seas exagerado. —Negué con la cabeza, sin dar crédito a lo que acababa de oír y, sin poder reprimir mi lado más malicioso, añadí—: Podría ser algo peor, vómito, caca… en fin, con los niños nunca sabes de qué son capaces sus cuerpecitos.

—¡Dios mío! —exclamó, lanzando la chaqueta sobre el asiento delantero con cara de asco.

Después de su crisis de histeria, yo —aunque riendo por dentro— decidí quedarme callada.

Hacía tiempo que no venía a Nueva York, y aun así parecía que nada había cambiado.

A pesar de lo temprano que era, las calles estaban abarrotadas de vehículos coloridos, donde el amarillo dorado de los taxis reinaba absoluto, haciendo vibrar sus estridentes cláxones, además de tantas otras manías que solo los neoyorquinos tenían y solo ellos entendían.

—Bueno, hemos llegado —dijo cuando el coche se detuvo frente a un elegante rascacielos.

—¿Este es tu barrio? —exclamé al bajar—. ¿Upper East Side?

—Sí —confirmó, antes de preguntar con curiosidad—. ¿Lo conoces?

—Si, lo conozco —afirmé—. He deambulado bastante por aquí.

Como respuesta, solo inclinó la cabeza, y no supe si era porque no creía lo que decía o porque, simplemente, mi respuesta no le importaba.

—¡No! —chistó al ver que yo pretendía sacar a Allegra de la sillita, donde seguía dormida—. Déjame llevarla así. No quiero que se despierte.

—No creo que vaya a despertarse —respondí, continuando con mi tarea de soltarla del asiento—. Está cansada y ha dormido poco.

—Sí, pero no pienso arriesgarme —replicó, nervioso—. Si se despierta, empezará a llorar otra vez.

—Espera un momento… —Levanté la cabeza para comprobar si lo que acababa de oír era real—. En algún momento tendrá que despertarse, ¿o piensas convertirla en una bella durmiente hasta que tu hermano vuelva?

—Claro que no —gruñó—, pero tendrás que admitir que, cuanto más duerma, mejor, ¿no?

—No —rebatí, irritada—. Ahora déjame terminar lo que estaba haciendo. Yo no tengo miedo de los niños despiertos.

Aparté su mano, desabroché el cinturón que la sujetaba y la cogí en brazos.

Ella abrió los ojitos, me miró un instante y luego acomodó la cabecita en la curva de mi cuello, volviendo a dormirse.

Durante todo ese momento, él me miraba aterrado y yo, por primera vez, me reí en su cara, recibiendo a cambio su mirada hosca.

Al verla volver a dormirse, se calmó y se dirigió al conductor que nos había traído.

Mientras tanto, un guardia del edificio se apresuró a ayudarnos con las maletas y las llevó hasta el ascensor.

Tras meterlas dentro, mantuvo la puerta abierta, esperando a Lucca, que, con un seco “gracias”, se lo agradeció y luego marcó una secuencia de números que puso el ascensor en marcha.

—Por fin, en casa —soltó el aire como si hubiera estado fuera durante años—. Pensé que esta noche no iba a acabar nunca.

—Yo también —tuve que admitir, aunque no creía que por los mismos motivos—, pero ahora necesito ponerla en una cama.

—Claro —asintió, indicándome que lo siguiera—. Tengo dos suites libres —explicó mientras subíamos las escaleras—, pero imagino que te quedarás con ella, ¿no?

—Por supuesto. —Aunque estaba de espaldas, evité hacer una mueca. ¿Cómo pretendía hacerse cargo de una niña si parecía tenerle auténtico pánico?—. Lo lógico sería que te quedaras tú con ella, pero no estoy tan loca.

Como respuesta, soltó unos gruñidos que parecían un insulto. No me importó; yo misma tenía el humor por los suelos. Al llegar arriba, señaló un lado del pasillo, indicando que su suite estaba en la dirección opuesta.

No me sorprendió encontrar dos camas de matrimonio, en lugar de individuales, en la suite que nos asignó; conocía bien el gusto de la gente rica y extravagante.

Mientras acomodaba a Allegra sobre una de ellas, él me dio una breve explicación sobre las sábanas, diciéndome que, si quería cambiarlas, tendría que esperar, ya que no tenía ni idea de dónde estaban guardadas, aunque me aseguró que se cambiaban todas las semanas, se usaran o no.

Después, me indicó el baño y señaló el balcón, que tenía vistas a la E 85th St y una vista lateral del parque; por la dirección en la que estábamos, supe que su suite daba a Madison Ave. y, por tanto, al Central Park.

—Eso significa que estamos cerca de muchas galerías —comenté, pensativa, imaginando si tendría tiempo de volver al menos a algunas—. El museo Solomon Guggenheim no está lejos de aquí, y la Neue Galerie también queda cerca.

—Sí —respondió, aunque antes de añadir nada más se quedó mirándome un buen rato—. La galería de arte alemán está en la calle de abajo. ¿Te gusta visitar museos y galerías?

—Mucho, intentaré aprovechar que estoy aquí para pasarme por alguna. —Mientras hablaba en voz baja, cubrí a Allegra y coloqué almohadas a su alrededor, evitando que se cayera de la cama. Aunque ya sabía bajarse, no quería arriesgarme.

—Si todo está bien —dijo, dirigiéndose hacia la puerta—, voy a llamar al hospital. Necesito saber cómo están, y también ver si puedo pasar por allí antes de ir a la oficina.

—Haz lo que tengas que hacer. —dije y él abrió la puerta—. Yo me apaño.

En cuanto Lucca se fue, me apresuré a entrar en el baño.

Estaba apurada y desesperada por darme una ducha, además de agotada.

Pero no iba a poder dormir hasta calmarme.

El estrés del viaje y todos los problemas de la noche habían dejado mis nervios a flor de piel.

Aproveché que Allegra dormía para darme una ducha larga y deliciosa.

Al salir, me puse unos shorts que yo misma había hecho cortando unos vaqueros viejos y una camiseta de tirantes ajustada que me gustaba usar en casa.

No llevaba sujetador; mis pechos eran firmes y, como no iba a salir a la calle, no vi necesidad de sentirme prisionera de aquel pequeño artefacto de tortura femenina.

Volví al baño para ponerme crema hidratante en el rostro y, en ese momento, me di cuenta de que había olvidado algo.

—¡Mierda! —maldije al darme cuenta de que solo había traído la pequeña mochila de Allegra; en ella no había ropa para toda la semana.

Apresurada, cerré con llave la puerta del baño y la del balcón, y miré a mi alrededor en busca de cualquier objeto que pudiera servir de reclamo para una niña curiosa.

Satisfecha, y rezando para que alguna empleada pudiera ayudarme o darme su número para poder avisarle —porque ni siquiera eso tenía—, bajé corriendo las escaleras, solo para darme cuenta de que no sabía adónde ir.

—¡Eh! —grité, plantada en medio del salón—. ¿Hay alguien en este mausoleo?

—¿Mausoleo? —oí su voz a mi espalda—. ¿Estás llamando mausoleo a mi casa?

Me di la vuelta y allí estaba él, de pie frente a una puerta que, hacía un momento, estaba cerrada.

Piernas separadas, con los músculos cubiertos por un pantalón de vestir gris que hacía que parecieran más largas de lo que yo creía posible.

El pelo mojado me hizo imaginar cómo sería hundir los dedos en él.

La camisa, que muchos llevarían holgada, le quedaba ajustada y no ocultaba la fuerza que había debajo, ya que los primeros botones estaban deliberadamente abiertos.

Me di cuenta de que el color azul petróleo intensificaba aún más el tono de sus ojos.

Como remate, llevaba una corbata colgando alrededor del cuello.

Al contemplar la escena, mis pestañas parpadearon varias veces sin control, como si quisieran echar a volar, dejándome momentáneamente olvidada de lo que estaba haciendo allí. ¿Dónde había estado yo para no darme cuenta de ese despliegue de músculos, testosterona... y problemas?

Quizá demasiado nerviosa por lo que ocurría con Allegra, pero ahora estaba completamente despierta, lúcida, y veía con total claridad un enorme cartel de neón parpadeando en su frente: PROBLEMAS, HUYE.

—Ah… —tragué saliva, intentando disimular mi indiscreción—. Fue lo primero que se me ocurrió.

—¿Y por qué no dijiste “casa”? Al fin y al cabo, eso es lo que es, ¿no? —no parecía nada contento—. Por cierto, ¿a qué venían esos gritos?

—¿Tienes más café? —Aún intentando disimular, señalé la taza que llevaba en la mano; el aroma ya había invadido mi olfato y necesitaba despejar la mente—. Necesito uno urgentemente. No funciono por la mañana sin, al menos, un litro.

—Ven —dio media vuelta y se dirigió al mismo pasillo del que había salido—. Como he dicho, tengo mucho que hacer y ya voy tarde.

—Aún no son ni las siete —dije, incrédula—. ¿Acaso aquí la vida no empieza después de las nueve?

—Como ya he dicho —respondió, de espaldas—, no sigo el horario de los perezosos. Trabajo más de cincuenta horas al día.