CAPÍTULO 14
OLIVER
Llego a Relish a las ocho y media de la mañana con dos cafés en la mano.
Uno para mí. Uno para Dakota.
Porque sé exactamente cómo le gusta. Con leche de avena, sin azúcar y un toque de canela que debe de creer que nadie nota, pero que he observado cada vez que su asistente le trae uno.
He pasado la noche despierto pensando en cómo Dakota huyó de esa suite: aprovechó el momento en que le di la espalda para escapar, dejó su copa medio llena y salió corriendo como si le hubiera prendido fuego.
Y he llegado a una conclusión muy clara.
Dakota tiene miedo.
No de mí, sino de lo que siente cuando está conmigo: de perder ese control férreo que usa como armadura, de admitir que me desea tanto como yo a ella.
Por eso huyó.
Por eso va a intentar fingir esta mañana que lo de anoche nunca ha pasado.
Pero yo no pienso permitírselo.
Subo en el ascensor hasta la quinta planta, donde está su despacho. Saludo con un gesto a la recepcionista. Camino por el pasillo de la redacción, donde algunos empleados ya están trabajando.
Y me detengo frente a la puerta de Dakota.
Está cerrada.
Llamo dos veces. Espero.
—Adelante.
Su voz suena controlada. Profesional. Justo como esperaba.
Abro la puerta y entro.
Dakota está sentada detrás de su escritorio con un traje gris oscuro que habrá elegido a propósito para parecer seria e inaccesible. Tiene el pelo recogido en un moño bajo y se ha puesto unas gafas de lectura que no suele usar, como barrera adicional.
Y ni siquiera levanta la vista de la pantalla de su ordenador cuando entro.
—Buenos días, Oliver. Si vienes por las proyecciones trimestrales, todavía no las tengo listas. Sarah está…
—Buenos días, Dakota.
Dejo el café sobre su escritorio, justo delante de ella, para obligarla a verlo. A reconocer que estoy aquí.
Dakota se detiene a mitad de frase. Mira el café. Me mira a mí.
Y veo el momento exacto en que refuerza sus defensas.
—Gracias. Pero no era necesario.
Su tono es frío. Distante. El mismo que usó la primera vez que entré en este despacho hace dos semanas.
Como si anoche no hubiera estado sentada en una silla de terciopelo obedeciendo cada una de mis órdenes, ni hubiera temblado bajo mis manos cuando le aparté el pelo del cuello.
Me siento en la silla frente a su escritorio sin que me invite. Cruzo las piernas. Bebo de mi propio café mientras la observo.
—¿Has dormido bien?
Dakota aprieta la mandíbula.
—Perfectamente. ¿Y tú?
—No mucho. —Sonrío un poco—. He estado pensando en una mujer que huyó de mi habitación de hotel anoche sin despedirse.
Dakota se pone rígida. Las manos se le quedan quietas sobre el teclado.
—Oliver…
—Me preguntaba por qué se fue. Si dije algo que la asustó. O si fue precisamente porque no dije nada.
—No pasó nada. —Su voz sale demasiado rápida, defensiva—. No hay nada de qué hablar.
—¿No? —Me inclino hacia delante y apoyo los codos en las rodillas—. Porque yo diría que pasó bastante. Subiste a mi habitación. Te sentaste cuando te lo pedí. Bebiste cuando te lo ordené.
—Para. —Dakota me mira por fin de frente. Sus ojos verdes son mitad furia, mitad pánico—. Para ahora mismo.
—¿Por qué? —Mantengo la voz suave. Controlada—. ¿Por qué tengo que dejar de decir la verdad?
Dakota se levanta de golpe de la silla. Camina hacia la ventana y me da la espalda. Se le nota la tensión en los hombros.
—Porque fue un error. —Su voz sale más baja ahora. Más real—. No debería haber ido. No debería haber…
Se interrumpe, incapaz de terminar la frase.
Me levanto también y camino hacia ella despacio, sin acercarme demasiado todavía. Solo lo suficiente para que sepa que estoy aquí.
No quiero asustarla más. Quiero que venga a mí por su propia voluntad.
—¿No deberías haber qué, Dakota? ¿No deberías haber ido? ¿No deberías haberme obedecido? ¿No deberías haberlo disfrutado?
—No deberíamos estar haciendo esto. —Se gira hacia mí de golpe—. Trabajamos juntos. Eres quince años menor que yo. Estás aquí por una adquisición que va a terminar en unos meses.
Ahí está.
La verdad detrás de todas sus defensas.
—¿Y qué? —Doy un paso hacia ella. Solo uno—. ¿Eso hace que lo que sentiste anoche fuera menos real?
—No sentí nada.
La mentira cuelga en el aire entre nosotros. Tan obvia que casi me hace reír.
—Mentirosa.
Dakota levanta la barbilla en ese gesto desafiante que me vuelve loco.
—Sal de mi despacho, Oliver.
—No.
—No trabajo para ti. No puedes darme órdenes aquí.
—Tienes razón. No puedo. —Doy otro paso—. Pero anoche me dejaste dártelas. Y te gustó.
Veo cómo se le acelera la respiración, cómo aprieta los labios para no reaccionar, cómo se le sonrojan las mejillas y la delatan.
—Fue un error. Un momento de debilidad. No va a volver a pasar.
—¿Un momento de debilidad? —Suelto una risa sin humor—. Dakota, llevas dos semanas sonrojándote cada vez que entro en una habitación, apartando la vista cuando me acerco, apretando los muslos cuando te susurro algo al oído.
—Eres un arrogante…
—Soy sincero. —Doy el último paso que nos separa—. Y tú eres una cobarde.
Dakota jadea. Como si la hubiera abofeteado.
Bien.
Necesito que reaccione. Que deje de esconderse detrás de excusas profesionales y admita lo que en realidad está pasando aquí.
—¿Cómo te atreves…?
—Me atrevo porque es verdad. Dakota Relish, la mujer que negocia con tiburones de Wall Street sin pestañear. La que construyó una revista desde cero. La que nunca se deja intimidar por nadie. Tiene miedo de admitir que me desea.
—No te deseo.
—Mientes muy mal.
—Sal. Ahora.
La voz le tiembla un poco. Y sé que la estoy presionando demasiado. Que debería retroceder. Darle espacio.
Pero no puedo.
Porque si retrocedo ahora, Dakota va a construir muros tan altos que nunca voy a poder atravesarlos.
—Dime por qué huiste. —No levanto la voz a pesar de la intensidad—. Dime la verdad y me voy.
Dakota aparta la mirada hacia la ventana, hacia el tráfico de Manhattan cinco plantas más abajo.
Y cuando habla, su voz es tan baja que casi no la oigo.
—Porque me asusté.
Se me aprieta el pecho ante esa admisión.
—¿De mí?
—De lo que me haces sentir. —Sigue sin mirarme—. Oliver, yo no… no soy así. No obedezco órdenes. No me derrito cuando un hombre me susurra al oído. No pierdo el control.
—Pero conmigo sí.
—Sí. —Por fin me mira, y hay tanta vulnerabilidad en sus ojos que me desarma—. Y eso me aterra. —Se calla y se muerde el labio.
Ahí está.
El miedo verdadero.
Y en ese momento lo veo todo con claridad absoluta.
Voy a tener que luchar por ella.
De verdad.
No con seducción fácil ni palabras bonitas, sino demostrándole que esto no es un juego para mí.
Y sé qué tengo que hacer.
Me alejo. Doy tres pasos hacia atrás, aunque lo último que quiero es separarme de ella.
—Voy a darte espacio. Tiempo para que lo asimiles. Pero no voy a fingir que anoche no pasó. Y no voy a dejar de demostrarte que hablo en serio.
—¿Qué significa eso?
Sonrío. Y veo cómo se le oscurecen los ojos ante esa sonrisa.
—Significa que vas a descubrir exactamente lo intenso que puedo ser cuando quiero algo de verdad.
Dakota abre la boca. La cierra. Se queda sin palabras por primera vez desde que la conozco.
Camino hacia la puerta. La abro.
Y me detengo en el umbral para mirarla una última vez.
—Disfruta del café, Dakota. Te veo en la reunión de las diez.
Salgo antes de que pueda responder.
Y mientras camino por el pasillo hacia la oficina temporal que me asignaron, una idea empieza a formarse en mi cabeza.
No voy a jugar limpio.
Voy a conquistar a Dakota Relish.
Y voy a usar todos mis contactos para conseguirlo.
Sonrío mientras enciendo el ordenador.
Que empiece la verdadera persecución.