Un beso al aire 97
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Aún dentro del coche, Adrián y Gabriela se miran.

—Sé que estarás pensando que soy idiota —dice ella—. Pero si vengo es porque Ariadna era mi hermana y, aun con todo lo que me hizo, la quería.

—Amor, no eres idiota —le recalca—. De hecho, me pareces muy valiente, sobre todo porque haces lo que sientes. Estamos muy orgullosos de ti, ¿a que sí, Roma?

—¡Sí, papi! —grita la niña desde su sillita.

Dicho eso, Adrián se acerca y le da un tierno beso en los labios. Se bajan del coche. Él saca a la niña mientras Gabriela se queda paralizada mirando la iglesia.

—¿Llegamos a tiempo? —oye a su lado.

Nada más girarse, ve a los padres de Keira; con ella, Azahara, Miguel y los padres de Adrián. Luisa, Youssef y los niños no han podido ir porque ya tenían otro compromiso, pero se han asegurado de enviarle un mensaje para que sepa que están con ella.

—¿Qué hacéis aquí? —murmura Gabriela, sorprendida.

—Apoyarte, corazón. —César se acerca para abrazarla.

Todos la saludan mostrándole su cariño. No son como sus padres. La quieren de corazón.

—Os lo agradezco mucho, pero no teníais por qué —comenta mirándolos—. Ariadna no se comportó bien con ninguno de nosotros.

—Eso ahora da igual. Tú eres de la familia. ¡Eres nuestra Gabriela! —dice Zulema abrazándola.

Con paso firme, entran en la iglesia y deciden sentarse en los bancos del fondo, los más alejados. De un rápido vistazo, Gabriela ve a sus padres en primera fila. Ahí es donde estaría ella si hubiese buena relación, pero no es el caso.

Adrián sienta a la niña en sus piernas, pero, a los pocos minutos, empieza a moverse inquieta. Decide salir a la calle con ella para que corra y juegue un rato. Antes de hacerlo, se asegura de hacerle un gesto a su madre para que no pierda de vista a Gabriela.

Gabi no despega la vista del frente hasta el final de la misa. Con Salma cogida de su brazo, salen de la iglesia para ir al cementerio. Una vez allí, ella y la familia de Adrián se colocan a una distancia prudencial. Todos son conocedores de la mala relación de la chica con sus padres.

Adrián y Roma también van. Pero la niña tiene un día complicado, y la tía Zulema la coge en brazos y se la lleva. No quieren dar el espectáculo. Él se lo agradece con la mirada, así puede quedarse junto a Gabriela y no soltarle la mano.

Con gesto serio, ella ve cómo bajan el ataúd de su hermana en la fosa, y no tardan en brotar las lágrimas. No había llorado hasta entonces, pero ha acabado rompiéndose. Adrián la mira, imaginaba que tarde o temprano iba a pasar. Le pasa el brazo por los hombros, intentando consolarla.

Cuando la ceremonia termina, varias personas a las que Gabriela llevaba años sin ver se acercan a decirle cuánto sienten lo que le ha pasado a su hermana. Ella se limita a asentir en silencio.

Tras un último vistazo a la que a partir de ese día será la tumba de su hermana, Adrián y ella caminan hacia la salida acompañados de la familia de Adrián. Una vez fuera, Roma corre hacia ellos.

—¿Mamá está triste?

Ella sonríe al ver que su hija la señala.

—Un poco, pero con un abrazo tuyo seguro que se me quita.

Roma se lanza a los brazos de su madre. Gabriela la coge y le da un tierno beso sintiendo cómo la abraza. El momento se interrumpe cuando sus padres aparecen junto a ellas.

—Finalmente, has decidido aparecer —le dice su padre con gesto seco.

La familia de Adrián decide alejarse unos metros para darles intimidad. No mucho, ya que quieren estar atentos. Adrián coge a la niña de sus brazos y va a hacer lo mismo cuando nota que Gabriela lo agarra del brazo.

—Teniendo en cuenta que me avisasteis ayer, sí —afirma ella con seriedad—, aquí estoy.

—¿Y qué esperabas? —dice la madre—. Te recuerdo que nos enteramos de que teníamos una nieta por un mensaje.

—Bastante que os lo dije —afirma Gabriela con rotundidad al ver que ni siquiera han sido capaces de hacerle una mísera caricia a la niña.

Adrián mira a Roma, quien observa a esos dos extraños con curiosidad.

—Siendo realista, de vosotros no esperaba nada.

—Tantos años sin vernos y vienes con esa actitud.

Ella se mueve molesta al oír a su padre.

—Gabriela, hija, no hay quien te entienda —le dice la madre guardando las distancias—. Primero dejas los estudios y te vas de casa, luego dejas de querer saber de tu familia y ahora apareces aquí. A ver si te aclaras.

—Yo no quise dejar de saber de mi familia. —Ellos no dicen nada—. Si fueseis unos padres de verdad, no habría pasado —les echa en cara—. Si fueseis unos padres de verdad, os habríais preocupado por vuestras hijas.

Los padres se miran con una sonrisa cómplice que incomoda a Gabriela. Adrián los mira con gesto serio, no le gusta nada ese aire de superioridad.

—¿Disculpa? —se burla su madre—. Te recuerdo que te fuiste de casa porque querías vivir... a tu manera.

—Y a la vista está —añade el padre. Ambos se ríen.

—Me fui porque vivir con vosotros era insufrible —farfulla Gabriela, molesta—.

En vuestra casa, o se hacía lo que vosotros queríais, o no había manera.

Y, fijaos, viviendo «a mi manera», como vosotros decís, me ha ido genial.

Tengo una familia maravillosa, un marido increíble y la mejor hija del mundo.

Los padres echan un vistazo a las personas a las que Gabriela ha señalado cuando ha pronunciado la palabra familia . Son una familia obrera, no como ellos, que tienen cierta clase social.

—Sí, cuando hablo de mi familia me refiero a ellos —continúa al ver que los miran—. Porque en mi definición de familia vosotros hace tiempo que no entráis.

—Tú nunca aprenderás —niega con la cabeza el hombre—, siempre enfocándote en lo que menos te conviene...

Adrián aprieta la mandíbula. Se contiene, no quiere discutir con dos personas que no conoce de nada ni quiere conocer. Si antes tenía mal concepto de ellos, ahora, conociéndolos, ha empeorado. Además, hace tiempo que aprendió que su mujer sabe defenderse ella solita.

—¿No te das cuenta de que, si te hubieras centrado un poquito más en tu hermana, las cosas podrían ser diferentes?

—¡¿Perdona?!

—Quién sabe, quizá esto no habría pasado —sigue su madre.

Que diga eso consigue acabar con su paciencia. Gabriela mira a Adrián para darle a entender que se lleve a la niña. Él lo hace, pero sin dejar de estar pendiente de su mujer por si tiene que entrometerse. Por mucho que sean sus padres, no piensa dejar que le hagan daño.

—¡¿No os da vergüenza decir eso?! —exclama alzando la voz.

Algunas de las personas que hay a su alrededor los miran, algo que horroriza a los padres.

—Ssh... Baja la voz —le dice su padre.

—¿Lo que os importa es que baje la voz y no lo que digo?

—No responden, algo que molesta aún más a Gabriela, que insiste—: ¡¿Vais a tener la poca vergüenza de echarme a mí la culpa también de esto?

! ¡¿De la muerte de mi hermana?! —En su mirada, Gabriela ve la respuesta.

Está rabiosa, le hierve la sangre—. No os atreváis a sugerir algo así porque si aquí hay alguien que no supo qué hacer con Ariadna, esos fuisteis vosotros.

—Bueno... —resopla el padre con gesto contrariado.

Gabriela no puede creer que tengan la poca vergüenza de decirle aquello. No solo le echan la culpa de que su hermana se enganchara a las drogas por no ser un buen ejemplo para ella, sino que ahora aseguran que su muerte también es culpa suya.

—Ssh... Gabriela, por favor —dice su madre.

—¡Otra vez! ¡¿Qué pasa?! ¿Os da apuro que la gente se entere de que no sois la familia perfecta que aparentáis?

—Gabriela, no nos hables así —le ordena el padre. Pero ella suelta una risa sarcástica.

—Al menos nosotros ayudamos a tu hermana siempre que lo necesitó —murmura la madre de mala manera.

—Ah, claro..., ¿y qué es ayudarla, exactamente? —pregunta Gabriela retóricamente—. Esperad, que ya os lo digo yo: darle dinero cada vez que os lo pedía, ¿no?

—Ya era más de lo que hacías tú como su hermana mayor.

—No tenéis ni idea de lo que estáis diciendo —dice enfadada—.

¿Sabéis que no solo la ayudé cuando lo necesitó, sino que le abrí las puertas de mi casa y estuvo unos meses viviendo conmigo?

—No recibe respuesta—. ¡¿Qué?! ¿Os sorprende?

Pues así fue. Estuvo viviendo conmigo, e incluso le busqué trabajo.

Pero ella, engañándome, decidió mentirme y utilizarme, y, en cuanto pudo, se largó robándome dinero y objetos de gran valor sentimental para mí.

—Sus padres se miran—. Pero está claro que aquí la única ayuda que vale es la vuestra, porque todos aquí sabemos que sois los padres del año.

—¡Basta! No...

—Exacto, basta —interrumpe a su padre—. No merece la pena seguir perdiendo el tiempo. Tengo personas a las que quiero mucho más, que me quieren y que y sí se merecen que les dedique el día entero.

En ese momento, tanto Gabriela como sus padres escuchan reír a Roma. Eso no hace más que reafirmar lo que acaba de decirles. Por ello, dedicándoles una última y dura mirada, murmura:

—Que no se os olvide que hoy hemos enterrado a vuestra hija, pero también a mi hermana. —Los mira directamente a los ojos—. Y que tampoco se os olvide que hoy soy yo la que me niego a ser vuestra hija, y espero no volver a veros en mi vida.

Gabriela se da media vuelta y, dejándolos con la palabra en la boca, camina hacia Adrián, le da un beso en los labios y, junto a su familia, se van de allí.