Un beso al aire 94
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La mañana primaveral invita a salir de casa a disfrutar del aire fresco bajo el cielo totalmente despejado de nubes. Y así lo hacen. Pasan la mañana del sábado, como es habitual, paseando por la Casa de Campo.

Aparcan el coche y, aunque bajan el carrito de la niña, ella ni lo mira. Fuera de él se siente más libre. A medida que avanzan, Roma se va sintiendo más cómoda y, dentro de su torpeza, su paso se acelera poco a poco.

—Roma, ve más despacio —le advierte Adrián, quien la sigue de cerca.

Gabriela va unos pasos por detrás empujando el carrito, algo que usan más para transportar sus cosas que para llevar a la niña. Está claro que Roma prefiere andar.

Tras un rato de paseo, Gabriela siente la necesidad de sentarse en un banco. Está cansada. Necesita recobrar el aliento. Es uno de esos días en que todo se ralentiza. Solo tiene que darse tiempo para volver a estar bien. Adrián no duda en coger a la niña e ir a sentarse con ella.

—¿Cómo vas?

—Bien, solo necesito un momento.

Ambos sonríen. Tanto Adrián como Gabriela son conscientes de que su cuerpo no aguanta los larguísimos paseos que daban cuando Roma nació. Pero no les importa, adecúan el ritmo a lo que necesitan cada día.

Roma, sentada sobre las piernas de su padre, mira con detenimiento a un niño que pasa frente a ellos montando en bicicleta. En seguida estira los brazos y lo señala.

—¡Yo quelooo!

Los padres sonríen. Les encanta ver cómo empieza a formular sus primeras frases y puede expresarse, aunque lo haga a su manera.

—Tendrás que pedírsela a Papá Noel —le dice Adrián.

Tras un par de minutos, se vuelven a poner en marcha. Roma, al estar cerca del lago y ver unos patos, sale corriendo. Adrián va detrás. Gabriela también, pero ni siquiera intenta seguirles el ritmo. No puede.

Intenta caminar un rato más, hasta que necesita volver a sentarse en uno de los bancos que ve a la sombra. Tiene que recuperar el aliento. En cuanto Adrián se da cuenta, coge a la niña para ir junto a la madre. Roma se mueve en sus brazos, está claro que prefiere seguir corriendo por el parque.

—¡Id a jugar vosotros! —exclama al ver que se acercan.

Él duda, pero la pequeña está inquieta.

—¿Seguro?

—¡Claro! —Sonríe—. Deja que corra hasta que se canse, yo me quedo aquí descansando.

—De acuerdo.

No le gusta tener que observar más que participar, pero es lo que le toca hacer ahora. Sabe que no puede ponerse a correr como ellos, pero tampoco quiere ser egoísta y obligarlos a quedarse quietos porque ella necesite sentarse.

Nada más tocar el suelo, Roma echa a correr.

Adrián, dedicándole una última y dubitativa mirada a su mujer, va tras ella.

Sabe que, como se descuide, la niña acaba en el agua.

Aunque se niega a decirlo en voz alta, ha visto cómo la salud de Gabriela se ha resentido en los últimos meses, y está preocupado. Muy preocupado.

Gabriela, tras colocar el carrito en un lado para que no moleste, apoya la espalda en el banco para ponerse cómoda.

Pasará un buen rato ahí sentada disfrutando del fresco olor de la primavera.

No tiene más que ver los árboles llenos de hojas verdes y lo poblado que está el césped para entender por qué a su hija le encanta correr por allí. Es todo un mundo por explorar.

Desde donde está, puede ver perfectamente a su marido y a su hija. Gabriela respira lentamente al ver que Roma se acerca a una pareja de ancianos y les dice «hola» con la mano. Sonríe, su niña, ante todo, es educada.

En un momento dado, el aire mueve las ramas que dan sombra al banco. Nota cómo el sol primaveral se impregna en su piel. Gabriela se permite cerrar los ojos y disfrutar del instante escuchando risas, niños, agua y conversaciones de fondo.