Un beso al aire 27
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Azahara y Gabriela salen juntas de la clínica veterinaria y se dirigen al restaurante en el que han quedado con Keira. Anoche, en cuanto recibieron los mensajes de Gabriela, se pusieron manos a la obra para organizarse y poder verse al día siguiente.

Keira, al verlas llegar, se despide de Miguel, con quien hablaba por teléfono.

—Era mi hermano —dice sentándose tras saludar a las chicas.

—¿Y qué tal está? —se interesa rápidamente Gabriela.

—Bien, aunque hoy le he notado la voz un poco apagada.

Azahara las observa. Aunque ha oído hablar de ese chico, no lo conoce.

—Bueno —reconduce la conversación—, ¿y tú qué tal estás?

Mientras les traen la comida, Gabriela les pone al día de lo relacionado con su hermana Ariadna, sobre todo a Keira, que no tenía ni idea. Les cuenta cómo apareció ayer en su casa, las cosas de las que hablaron, lo que le contó de sus padres...

—Bueno, eso suena bien, ¿no? —dice Azahara mirando a las dos chicas—. Todos merecemos una segunda oportunidad.

Keira mira a Azahara mientras come.

—Tengo que confiar en ella, no puedo pasarme toda la vida desconfiando.

—Pues yo qué quieres que te diga, después de lo que nos has contado no me fío ni un poquito —entra Keira en la conversación—. ¿De verdad crees que está limpia? ¿De verdad confías en ella?

Azahara mira a la chica rubia. Entiende que tienen puntos de vista distintos.

—Pero..., a ver, Gabriela —trata Azahara de poner orden en su cabeza—. ¿Tú cómo lo llevas? ¿Cómo estás con todo esto?

La morena se toma un momento para pensarlo. Ha pasado de vivir sola a vivir de nuevo con su hermana, alguien a quien hacía mucho que no veía, muy rápido. No deja de ser una situación nueva y extraña.

—Yo estoy... bien —murmura, mostrándose dubitativa—. O sea, un poco rara, pero imagino que tiene que ser así. Chicas, no es una situación normal, y encima ha pasado de la noche a la mañana.

Sus amigas asienten; con todo lo que le ha pasado con su familia, comprenden que no ha de ser nada fácil para ella.

—¿Qué tipo de relación tenéis?

—Hombre, no es ni remotamente parecida a la que tenéis Miguel y tú. Ya me gustaría. —Sonríe—. De pequeñas nos llevábamos genial, éramos las mejores amigas. En la adolescencia se fue distanciando de mí, hasta que me mudé con mi tío y perdimos totalmente el contacto.

—¿Y dices que la última vez que os visteis te sacó dinero y desapareció? —Gabriela asiente—. Joder, pues blanco y en botella. Te la va a intentar colar de nuevo.

En cuanto termina la frase, Keira recibe una patada por debajo de la mesa. El golpe viene de Azahara.

—¡¿Cómo puedes ser tan bruta?! —se queja, abrazándose la pierna.

—¿Bruta yo? ¡Bruta tú! —exclama molesta—. ¿Te das cuenta de lo que le estás diciendo? Si todos fuésemos por la vida con esos prejuicios y esa negatividad, no confiaríamos los unos en los otros y estaríamos hundidos en la miseria.

Mientras, la protagonista continúa comiendo con tranquilidad. Escuchar a sus amigas es como oír sus propios pensamientos. Una parte de ella cree a Ariadna, la otra no. Una parte de ella se fía, la otra no... Y así con todo desde el día anterior.

Azahara, dejando a un lado a la rubia, vuelve a mirarla.

—¿Tú te crees lo que te ha contado?

—Creo que sí.

—¿Qué lo hace diferente a la última vez?

—No lo sé... Hay algo en su mirada. No sé explicarlo.

Aunque anoche Ariadna y ella hablaron, no fue demasiado rato.

Su hermana se fue pronto a dormir, decía que estaba cansada.

Esta mañana, cuando Gabriela se ha levantado para irse a trabajar, aún no había salido de la habitación.

Ella tampoco le ha dicho nada, entiende que necesita descansar largo y tendido.

—¿Y qué piensa hacer? —pregunta Keira.

Azahara aprovecha el momento para seguir comiendo.

—Según me dijo, descansar y poner su vida en orden. Una vez hecho esto, empezará a buscar trabajo.

—Vamos, que no tiene oficio ni beneficio —aclara su amiga—. No pensará estar ahí gorroneando de por vida, ¿no?

Azahara, que se mantiene en silencio, pone los ojos en blanco. Está claro que Keira no es la persona con mayor tacto del mundo.

—Venga..., tampoco hay que ser tan dura, que aquí todas cometemos errores —comenta con calma—. Quizá Ariadna verdaderamente se ha dado cuenta de que quiere algo más de la vida. ¿Quién nos dice que no es el momento justo para que la chica empiece a hacer las cosas mejor?

—El momento... Sí, claro. Aquí la abogada del diablo —bromea Keira, señalando a Azahara—. ¿Y si manipula a nuestra amiga sin que se dé cuenta?

—A ver, Keira, que no soy tan tonta —dice entonces Gabriela—. Ya me vaciló una vez, más le vale no hacerlo de nuevo.

Las chicas se toman un momento para comer y pensar en lo que les acaba de contar Gabriela. Entienden que se sienta entre la espada y la pared.

—En cuanto a lo de buscar trabajo... —Gabriela resopla—. Ojalá encuentre algo rápido, pero, conociéndola, no las tengo todas conmigo.

Keira se percata de que Gabriela tiene aspecto de estar agotada, como de no haber dormido bien. No debe de ser fácil lidiar con todo esto así de golpe.

—He pensado en preguntar a Jacobo si...

—No —la corta Azahara—. Mejor le pregunto yo. Tú quédate al margen.

Azahara sabe que si Gabriela habla con Jacobo y le pide trabajo para su hermana, el hombre se verá más presionado a encontrarle algo que si le comenta ella que una amiga está buscando.

Keira, por su parte, piensa en su familia. Sus tías tienen una cafetería que abrieron hace años, mientras que sus tíos y su padre son propietarios de una constructora.

—Yo hablaré esta tarde con mi familia para ver si tienen sitio en alguno de sus negocios.

—Chicas, no hace falta que hagáis esto, de verdad —dice la morena, apurada—. De momento no puedo poner la mano en el fuego por Ari, por lo que no quiero involucrar a más gente.

—Anda ya, Gabriela, déjate de tonterías. —Azahara mueve las manos al hablar—. Sabes que siempre puedes contar con nosotras para lo que necesites.

—¡Para algo en lo que podemos ayudar!

Gabriela, como agradecimiento, las invita a comer. Es lo menos que puede hacer.