Un beso al aire 1
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Gabriela sale de casa resguardada bajo su abrigo. Hace frío. Como va hacia el trabajo y con tiempo, camina sin demasiada prisa.

Al llegar, abre la puerta y disfruta del calorcito que hace ahí dentro. Como siempre, el jefe ha llegado antes que ella y lo ha puesto todo a punto para poder comenzar el día. Deja sus pertenencias en la sala del personal y, sin tiempo que perder, se coloca en su sitio.

Trabaja en Huellas Veterinarias, una clínica, más concretamente tras la mesa de recepción.

Siempre le han encantado los animales, aunque no pudo estudiar la carrera como para dedicarse plenamente a ello.

Lo que sí consiguió fue pagarse el curso de auxiliar técnico veterinario.

Hace dos años dio con el anuncio de este trabajo y en la entrevista tuvo buen feeling con Jacobo, el jefe.

La clínica ya tiene unos años, pero no se la ve antigua.

Es luminosa y espaciosa. Detrás del mostrador están las salas de consulta y pruebas, en las que se pasan el día los veterinarios.

Frente a su mesa se encuentra la sala de espera, donde tanto animales como personas aguardan a que llegue su turno.

Detrás de ellos y enfrente de la recepción está situada la sala de peluquería, con paredes de material transparente.

Gabriela toma asiento. Recoge su pelo color café, se coloca el teléfono de diadema en la oreja y da comienzo a su día de trabajo: atiende las llamadas, saluda a toda persona y animal que entran por la puerta, da citas y anula otras, ayuda a los veterinarios cuando la necesitan...

—¡Buenos días, reina!

Gabriela le hace un gesto con la mano a su amiga para que le dé un segundo. Al despedirse del cliente con el que hablaba, se pone de pie para saludar a Azahara.

—¡Buenos días!

—¿Ese jersey es nuevo? —se fija la recién llegada. Gabriela hace una mueca divertida.

—¡Qué va, ya me lo has visto más veces!

—Pues te queda espectacular.

—Siempre me dices lo mismo. —Ríe.

—¡Por algo será!

Azahara y Gabriela se conocieron trabajando aquí, en la clínica veterinaria, donde antes de que llegara Gabriela, Azahara ya era, como ella misma dice, «peluquera de animales», no solo de perros, ya que también ha atendido a gatos, conejos, cobayas, hurones...

La puerta de la clínica se abre y entra un señor mayor acompañado de un shih tzu de tonos blancos y marrones.

—¡Buenos días, Apolo! —saluda Azahara al perro—. ¿Listo para tu sesión de peluquería?

El hombre saluda a ambas chicas y añade:

—Aquí os dejo al galán.

Le da la correa a Azahara y Apolo se va encantado de la vida con ella. El señor se despide hasta que más tarde vuelva a por él. Gabriela mira a su compañera, divertida. Esta, antes de entrar en su lugar de trabajo, la señala con el dedo.

—¿Comemos juntas?

La recepcionista echa un rápido vistazo a la pantalla del ordenador. Tiene abierto el calendario de citas de ese día. Comprueba el horario de Azahara y la mira.

—Tienes pelu con Limbo, el husky , a la una y media. —La peluquera asiente. Sabe que eso le llevará tiempo—. ¿Otro día? —le propone.

—Otro día.

Azahara sonríe y entra en la peluquería lista para mojarse y llenarse de pelos de perro hasta arriba.

Es una mañana tranquila en la clínica. Todas las citas han ido según lo previsto y sin ninguna urgencia inesperada. En un trabajo como este hay días más ajetreados que otros.

Llegan las dos de la tarde y Gabriela da por finalizada su jornada. Saluda a su relevo de la tarde, su compañero Massimo, y se va a casa dando un paseo. Sigue haciendo frío, pero no tanto como esta mañana. Llega a su edificio y va directa al ascensor. Se baja en el sexto piso.

Ya en casa, se acerca al tocadiscos que hay junto al sofá y pone uno de los vinilos de su tío.

Con Anything Goes , de Tony Bennett y Lady Gaga de fondo, se pone el pijama.

Para ella estar en casa significa estar cómoda.

Poco después se hace algo de comer y se tira en el sofá para ver algo en la tele y pasar el resto de la tarde ahí.