AMANTES SECRETOS
Makayla
Todos tenemos un deseo prohibido que no deberíamos tocar; el mío era Damiano Moretti, que volvió a entrar en mi vida con una pistola y una sonrisa peligrosa.
Llevo dos semanas de vida nueva y ya vivo una doble existencia.
De día soy Makayla Hartwell, terapeuta artística.
Llego a la consulta de Brooklyn a las ocho de la mañana, café en mano, lista para ayudar a mis pacientes a procesar el trauma con pintura, arcilla y collage.
Simone y yo estamos construyendo algo real: ya tenemos doce pacientes y hay más en lista de espera.
Niños de barrios conflictivos aprenden a expresar la rabia con la escultura.
Supervivientes de violencia doméstica pintan para volver a encontrarse a sí mismos.
Veteranos le ponen palabras a sus pesadillas a través del arte abstracto.
El trabajo importa. Es duro, caótico y hermoso, y se me da bien.
De noche, soy de Damiano.
Viene a mi apartamento después de sus «reuniones de negocios».
A veces tarde: a medianoche, a la una de la madrugada.
Otras veces antes, cuando puede escaparse.
Trae comida —italiana, siempre italiana— y comemos en mi cama mientras hablamos de cómo nos ha ido el día, con ese cuidado con el que hablan dos personas cuando una dirige una consulta de terapia artística y el otro, una familia criminal.
Todavía no hablamos de los detalles. Sé que es un hombre importante y que su mundo es peligroso de maneras que aún no comprendo del todo.
Pero, al cabo de dos semanas, estoy lista para saber más.
Es jueves por la noche. Damiano está tumbado en mi cama, con la camisa desabrochada y el pelo revuelto por mis manos. Acabamos de cenar: pasta que ha hecho su madre y que ha traído uno de sus hombres porque «a Lucia le preocupa que no comas lo suficiente».
Estoy descubriendo que la madre de Damiano tiene opinión sobre todo y la transmite en tarteras de comida cuidadosamente preparadas.
—Háblame de tu trabajo —digo, acurrucada contra su costado.
—Ya sabes a qué me dedico.
—Sé que tienes negocios legales. Importación y exportación. Inmobiliarias. Inversiones tecnológicas. —Le dibujo formas en el pecho—. No me refiero a eso.
Guarda silencio un largo instante.
—¿Seguro que quieres saberlo?
—Segura.
—Cuando te lo cuente, ya no podrás hacer como si no lo hubieras oído.
—Lo sé. —Me apoyo en un codo y lo miro—. Estoy eligiendo esto, Damiano. Te elijo a ti. Pero necesito saber qué estoy eligiendo. Todo.
Me estudia la cara en busca de algo. Miedo, quizá. Dudas. Lo que ve, sea lo que sea, le hace asentir.
—De acuerdo. —Se incorpora, de pronto mucho más serio—. Soy el jefe de la familia Moretti. Una de las cinco familias que controlan el submundo de Nueva York. No estoy solo: hay toda una organización. Soldados, capitanes, asociados. Controlamos territorios, operaciones y fuentes de ingresos.
—¿Qué clase de operaciones?
—Juego. Protección. Préstamos usurarios. Algo de distribución de droga, aunque intento ir eliminándola. —Me observa la cara—. Blanqueo de dinero a través de negocios legales. Contratos de obra que conseguimos a base de intimidación. Influencia en los sindicatos. Extorsión.
Asiento despacio.
—¿Y la violencia?
—Forma parte de ello. —Su voz suena plana—. Quien no paga sus deudas acaba herido. A los rivales que se meten en nuestro territorio los hacemos retroceder. A veces eso significa huesos rotos. Otras veces, algo peor.
—¿Has matado a gente?
—Sí.
Sin vacilar. Sin paños calientes.
—¿A cuántos?
—Hace años que dejé de contarlos. —Extiende la mano hacia mí y no me aparto—. No me enorgullece, Kayla, pero tampoco me avergüenza. Este es mi mundo. Las personas a las que he matado eran amenazas: para mí, para mi familia o para nuestras operaciones. No es nada personal. Son negocios.
—Es una forma muy clínica de hablar de un asesinato.
—¿Preferirías que fingiera que me atormenta? ¿Que pierdo el sueño por ello? —Aprieta la mandíbula—. Pues no. Protejo lo que es mío. Elimino amenazas. Es lo que hace un Don de la mafia.
Debería estar horrorizada, salir corriendo por la puerta y alejarme de este hombre todo lo posible.
Ni se me pasa por la cabeza.
—¿Harías daño a alguien inocente?
—Nunca.
—¿Harías daño a alguien para protegerme?
—Sin dudarlo.
La certeza de su voz debería asustarme. No lo hace.
—De acuerdo —digo.
Parpadea.
—¿De acuerdo?
—De acuerdo. Lo demás me da igual. Me da igual a cuántas personas hayas matado o qué operaciones ilegales dirijas. Mientras no me hagas daño y seas sincero conmigo, me da igual.
—Kayla...
—No soy ingenua, Damiano. Sé en qué me estoy metiendo. Y lo elijo de todos modos. —Me inclino y lo beso con suavidad—. Pero, si estoy eligiendo esta vida, necesito poder protegerme. No quiero ser una carga. Quiero ser tu compañera.
Algo cambia en su expresión. Sorpresa. Respeto.
—Mi compañera —repite.
—Sí. Lo que significa que necesito saber defenderme. Saber moverme a salvo en tu mundo. Así que, jefe, enséñame.
Se le oscurece la mirada.
—¿Que te enseñe qué, exactamente?
—A disparar. A pelear. Lo que haga falta para no quedarme indefensa si pasa algo. —Le sostengo la mirada—. No seré el punto débil que alguien use contra ti, no si puedo evitarlo. No seré un daño colateral.
Me besa con fuerza, posesivo, y cuando se aparta, sonríe.
—Mañana —dice—. Empezaré a enseñarte mañana.
Damiano
El campo de tiro está vacío el viernes por la tarde. Es mío a través de una sociedad pantalla y, oficialmente, se usa para «actividades de cohesión de equipos directivos». En realidad, es donde entreno a mis hombres.
Hoy es donde le voy a enseñar a Makayla a matar a alguien, si llega a necesitarlo.
Llega en vaqueros y camiseta negra ceñida, con las trenzas recogidas en una coleta. Parece nerviosa, pero decidida.
—¿Estás segura de esto? —pregunto.
—Completamente.
Le tiendo una Glock 19.
—Esta es la que llevarás. Compacta, fiable, fácil de manejar. Siente el peso.
La coge con cuidado, como si fuera a estallarle en las manos.
—Pesa más de lo que creía.
—Eso es bueno. Significa que la respetarás. —Me coloco detrás de ella y le corrijo la postura—. Pies separados a la anchura de los hombros. Flexiona un poco las rodillas. Necesitas una base estable.
Le enseño a empuñarla: con las dos manos, firme pero sin estrangular el arma. Cómo plantarse. Cómo respirar.
—El objetivo no es ser una tiradora de élite —le explico—. Es detener una amenaza. Al centro del cuerpo, que es el blanco más grande. Sigue disparando hasta que la amenaza caiga.
—Al centro del cuerpo —repite—. Entendido.
Lleno el cargador y monto una bala en la recámara. Le enseño el seguro.
—Cuando estés lista —digo.
Apunta al blanco, a cuatro metros y medio, respira hondo y aprieta el gatillo.
El retroceso la sorprende. El disparo se va alto y no alcanza el blanco ni de lejos.
—Maldita sea.
—Otra vez.
Se recoloca. Dispara. Falla otra vez.
—Soy un desastre en esto.
—Estás aprendiendo. —Me coloco detrás de ella, pego mi cuerpo al suyo y le cubro las manos sobre el arma—. ¿Notas cómo te sujeto firme? Eso es lo que necesitas. Planta bien los pies. Aprieta el abdomen. No luches contra el retroceso: espéralo.
Asiente. Noto cómo le late el corazón, acelerado, contra mi pecho.
—Otra vez —le murmuro al oído.
Esta vez, cuando dispara, la bala da en el blanco. En el anillo exterior, pero en el papel.
—Mejor.
—Eso lo has hecho tú.
—Lo hemos hecho los dos. —Me aparto un poco, aunque dejo las manos en sus caderas—. Otra vez. Ahora sola.
Dispara. Da en el blanco. Vuelve a disparar. Otro impacto.
Cuando vacía el cargador, acierta en el centro del cuerpo uno de cada tres disparos.
—Bien —digo—. Muy bien para la primera vez.
Se vuelve entre mis brazos, con los ojos encendidos de adrenalina.
—¿Podemos repetir?
Pasamos allí dos horas. Le enseño a recargar rápido. A desencasquillar el arma. A manejarla como si fuera una extensión de su cuerpo y no un objeto ajeno.
Aprende rápido. Concentrada. Decidida. Verla manejar el arma con una confianza cada vez mayor es una de las cosas más eróticas que he vivido nunca.
—Ya basta por hoy —digo al fin—. Un poco más y te temblarán tanto los brazos que no darás ni una.
—Un cargador más.
—Kayla…
—Uno más. Por favor.
No sé decirle que no cuando me mira así.
Se lo recargo y vacía el cargador contra el blanco. Al final, agrupa los disparos en el centro del cuerpo. No es perfecto, pero suficiente para detener a alguien que quiera hacerle daño.
Suficiente para salvarle la vida si yo no estoy delante.
—Perfecto —digo cuando acaba—. Tienes un talento natural.
Deja el arma con cuidado, tal y como le he enseñado. Luego se vuelve hacia mí, sin aliento y con las mejillas encendidas.
—Ha sido increíble.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Acorta la distancia entre nosotros—. Enséñame otra cosa.
—¿Como qué?
—Como qué hacer si alguien me agarra. Si no tengo un arma.
No debería excitarme esto. Enseñarle a defenderse debería ser algo práctico, necesario, ajeno a la atracción que hay entre nosotros.
Pero verla ahí plantada, valiente y fiera, pidiéndome que le enseñe a pelear…
Joder.
—Vale. —Me aclaro la garganta—. Si alguien te agarra por detrás…
Se lo demuestro: la rodeo con los brazos desde atrás y le inmovilizo los suyos.
—¿Qué haces?
—¿Entrar en pánico?
—No. Usas lo que tienes. —La guío paso a paso—. Cabezazo hacia atrás, a la nariz. Codazo en las costillas. Pisotón en el empeine. No intentas ganar una pelea limpia: intentas soltarte y echar a correr.
La suelto.
—Inténtalo.
Lo hace. Despacio al principio; luego, cada vez más rápido, a medida que le coge el truco. Le enseño a soltarse de un agarre, a golpear puntos vulnerables, a hacer ruido y llamar la atención.
Cuando terminamos, está sudorosa, le cuesta respirar y está absolutamente radiante.
—¿Mejor? —pregunto.
—Mucho mejor. —Me rodea el cuello con los brazos—. Gracias.
—¿Por qué?
—Por no tratarme como si fuera frágil. Por enseñarme a ser fuerte. —Me besa—. Por confiarme tu mundo.
Le devuelvo el beso, más hondo. Bajo las manos hasta sus caderas y la aprieto contra mí.
—Deberíamos salir de aquí —consigo decir.
—¿Por qué?