Capítulo Veinticuatro #4
Pamela le soltó un grito de rabia y se lanzó contra Nikki, golpeándola en el estómago.
Nikki cayó al piso de lado, y Pamela se fue al suelo con ella.
Pamela se levantó a toda prisa y se fue contra Nikki con las manos listas para cerrarse en torno a su cuello.
Nikki reaccionó enganchando la pierna en la de Pamela y pateándole la pantorrilla.
Pamela trastabilló. Eso le dio a Nikki tiempo suficiente para ponerse de pie.
Agachó la cabeza y se lanzó directo contra el vientre de Pamela, empujándola y derribándola al piso.
Pamela agitaba los brazos y las manos, golpeando a Nikki una y otra vez en la espalda.
Como Pamela era la más grande de las dos, logró hacerlas rodar a ambas de lado, y sí consiguió cerrar las manos alrededor del cuello de Nikki.
Mientras Nikki forcejeaba para quitarse las manos de Pamela de encima, sintió que empezaba a perder el conocimiento, y un pensamiento sombrío le cruzó la mente: a lo mejor Pamela ganaba. Entonces resonó la voz de los ángeles.
—Marco, no creo que sea lucha femenina en el lodo. Agárrala. —Era Simon.
Marco se abalanzó sobre Pamela, y entre él y Simon la apartaron de Nikki y la empujaron lejos de ella. Nikki se incorporó para recuperar el aliento. Marco le sujetó los brazos a Pamela por detrás de la espalda.
—No puedes probar nada, maldita sea —le gritó Pamela—, aparte de que tuvimos una tonta pelea de gatas entre nosotras.
Nikki se puso de pie y se arregló la ropa. —Ahí es donde te equivocas. —Buscó su bolso y sacó la grabadora—. Está todo aquí. —Agitó la grabadora frente a la cara de Pamela.
—Ay, no, tienes que llevarme a un hospital. El veneno.
—Ay, por favor. Mentí. No estaba segura de que hubieras puesto veneno en la copa, pero no iba a correr el riesgo. —Entonces le explicó lo que había hecho para burlar los planes de Pamela—. Yo no soy una asesina. Aunque quizá no merezcas vivir, y eso lo decidirá un juez, yo no asesinaría a nadie.
Nikki llamó a la policía desde su celular.
Llegaron y se llevaron detenida a Pamela. El detective McCall se quedó para interrogar a Nikki, junto con los chicos. Cuando ya se preparaban para irse, aparecieron Marty y Kristof, horrorizados por lo que había ocurrido en su ausencia.
A Marty se le contrajo la cara en un gesto de desesperación. Lo habían engañado otra vez. Nikki se preguntó si se habría enamorado de Pamela. Le dio lástima.
Kristof se sentó al pie de la escalera, negando con la cabeza. —No puedo creerlo. Eran mejores amigas.
—Las dos eran asesinas. Pamela asesinó a Susan por haber matado a su esposo, Antoine —dijo Nikki.
—¿Eso fue lo que te dijo Pamela? ¿Que Susan mató a Antoine? —preguntó él.
—Eso es lo que ella asegura.
—Eso es absurdo. No puedo creer nada de esto. Aunque me alegra saber que no fue Isabel quien asesinó a Susan. Nunca la creí capaz de hacer algo así —dijo Kristof.
—Habría sido decente de tu parte hacérselo saber cuando la arrestaron y la acusaron, sobre todo porque no hace tanto eran tan cercanos —respondió Nikki.
Marty giró la cabeza de golpe y fulminó a Kristof con la mirada. Ah, sí, el niño malo tenía que darle unas cuantas explicaciones a su querido papá.
Un equipo de investigadores llegó para registrar el castillo. Despertaron a Sara, que entró a paso lento por las puertas francesas del patio que daban a la casa de huéspedes. —¿Qué demonios está pasando aquí? —preguntó, agitando el bastón en el aire.
—Tranquila, tía, atraparon a la verdadera asesina —dijo Kristof—. Isabel Fernandez no lo hizo.
—¿La verdadera asesina? No me sorprende que la señorita Fernandez no haya matado a esa hueca con la que estuviste casado unos cinco minutos. ¿Quién fue? ¿La otra hueca que andaba por aquí? ¿Cómo se llama? ¿Martha? ¿Marcy?
—Pamela —respondió Marty.
—Eso. Otra zorra tonta. ¿Quién lo descubrió? —Miró a Nikki y luego la señaló—. Fuiste tú, ¿verdad? Eres una chica lista. Lo sé.
Nikki asintió.
—¿Cómo lo sabías, tía? —preguntó Kristof.
—Yo escribía misterios, ¿recuerdas? —Le sonrió a Nikki, que le devolvió la sonrisa.
A Nikki seguía desconcertándola que Sara Waltman hubiera escrito un misterio parecido al que había ocurrido en la vida real. O al menos había aspectos parecidos. Nikki le restó importancia. Después de todo, la realidad supera a la ficción.
Con ese pensamiento dándole vueltas en la cabeza, miró el retrato de Ben Waltman. Los ojos ya no le parecían tan vivos.
—Viejo desgraciado —dijo Sara.
—¿Qué? —preguntó Nikki.
Sara señaló el retrato con el bastón. —Me despertó de la siesta.
Ahora todos en el salón miraban a Sara.
—Pues sí. Dijo que iba camino a un lugar mejor, que estaba cansado de cuidar de mí y del resto de esta familia. Dijo que, de todos modos, todos éramos un caso perdido. Le dije que un estorbo menos, y fue entonces cuando vine a ver qué demonios estaba pasando.
—Estabas soñando, tía Sara —dijo Kristof—. El tatarabuelo no ronda este lugar.
En ese momento, el retrato de la pared se deslizó y quedó inclinado hacia un lado. El salón quedó en silencio durante un minuto. —Sí, cómo no —respondió Sara—. Me dijiste que te ibas, viejo cascarrabias, pues ándale.
Una brisa ligera recorrió el salón, y luego el aire se quedó quieto.
Sara le guiñó un ojo a Nikki. Nikki le dio las gracias en silencio a Ben Waltman, sin saber si había tenido algo que ver con ayudarla esa tarde, pero desde luego no quería que se pusiera a rondarla a ella, así que un «gracias» era, sin duda, lo que correspondía.
Y, en ese momento, también correspondía una copa de vino hasta el borde.