Capítulo Diez
Cuando Deirdre volvió del baño, parecía haber recobrado el juicio, a juzgar por cómo le pidió a Nikki que no repitiera nada de lo que le había contado.
También añadió que lamentaba de verdad que hubieran asesinado a la pobre Susan.
Nikki no se tragaba que Deirdre lo lamentara del todo, pero, por el momento, se limitaba a acumular información.
La conversación tomó un rumbo más ligero y se pusieron a hablar de ropa y de estrellas de cine. Nikki nunca le dio a entender a Deirdre que alguna vez su sueño había sido estar bajo los reflectores de Hollywood.
Andrés llegó cuando las dos mujeres charlaban sobre los abdominales de Brad Pitt. —Por lo que veo, ustedes dos se la están pasando de maravilla —dijo. Luego se ofreció a llevarlas a casa.
El corto trayecto por la carretera hasta la casa de Deirdre transcurrió en silencio, pues el alcohol parecía estar como asentándose en las dos.
Nikki se esperaba un sermón de Andrés en cuanto Deirdre estuviera a buen resguardo dentro de su casa, pero se equivocaba.
—Me parece bien que hagas amigas y te diviertas. Ojalá Isabel estuviera más dispuesta a salir y conocer gente. —Se interrumpió casi a media frase—. Ahora solo espero que tenga esa oportunidad.
—La tendrá. Tenemos que creer que sí, y pienso que podría estar acercándome a descubrir quién mató de verdad a Susan Jennings.
Él le lanzó una mirada penetrante. —¿De qué estás hablando, Nikki?
—Mira, no estaba cenando con Deirdre por puro gusto. Creo que sería un poco frío de mi parte andar por ahí con una «amiga» mientras mi querida amiga está tras las rejas. Ya sé cómo te habrá parecido, pero no es lo que piensas.
—Estabas pescando, ¿verdad?
—Sip, y creo que ya eché la carnada y puede que pesquemos un pez gordo.
—No, Nikki. Esto no me gusta nada. Sé que solo quieres ayudar a Isabel, pero la realidad es que hay un asesino suelto por ahí, y que andes husmeando de esta manera no me deja tranquilo. No quiero que salgas lastimada.
—No voy a salir lastimada y, seamos realistas, la policía no ve más allá de tu hermana. Voy a tener cuidado.
—Tengo al abogado presionando para que el departamento del sheriff investigue más a fondo. Me parece un camino mejor que ponerte a ti en peligro.
—Bueno, dejaré el asunto en paz y que se encargue la policía. —Un medio para un fin: la verdad.
—Nikki… —La miró de reojo.
—Tendré cuidado y seré discreta. Solo déjame hacer mis preguntas y ver qué averiguo.
Él soltó un gruñido. —Puedes llegar a ser exasperante.
—No es la primera vez que me lo dicen.
—Tu tía, sin duda.
Nikki asintió.
—Isabel es la única familia que me queda. Quiero estar cerca de ella. Quiero que se case y tenga hijos, para poder ser tío y formar parte de una familia más grande. Voy a hacer todo lo que esté en mis manos para sacarla de este lío.
—Estoy de acuerdo, y eso es lo que estoy haciendo.
—Prométeme que vas a tener cuidado. Me gustaría que tú también tuvieras una familia algún día.
—Te lo juro. ¿Y tú qué? ¿No quieres casarte y tener hijos?
Andrés redujo la marcha del coche cuando empezaron a descender por la cuesta de Oakville Grade. Se quedó callado un momento y, cuando respondió, lo hizo con la voz más suave. —Quiero casarme y tener hijos más de lo que soy capaz de expresar.
Al principio Nikki no supo qué responder. —Solo tienes que encontrar a la mujer indicada.
—¿Y quién dice que no la he encontrado?
Bueno, ahora sí que Nikki no sabía qué responder.
¿Preguntar quién? ¿Hacerse la desentendida?
¿Qué? ¿Qué decir? En ese segundo se alegró de andar pasada de copas.
Podría usarlo como excusa, si alguna vez volvía a salir el tema, para decir que no recordaba en absoluto que él hubiera mencionado nada de matrimonio ni de la mujer indicada.
Permanecieron callados varios minutos mientras Andrés bajaba la colina en la camioneta y entraba en Napa.
Encendió la radio. Sonaba una vieja canción de Tears for Fears, «Head Over Heels».
Cuando llegó el coro, Andrés le lanzó otra mirada furtiva a Nikki.
Esta vez a ella no se le escapó el mensaje cuando el cantante, a todo pulmón, suplicaba que no le rompieran el corazón.
Entraron en Malveaux Estate y se detuvieron junto a la casita.
—¿Por qué no pasas a tomar un té chai? —preguntó ella.
A pesar de aquel último comentario suyo y del silencio que se había instalado entre los dos, no quería terminar la noche con esa nota tan rara, sobre todo porque él había tenido la gentileza de tomarse el tiempo de manejar hasta Sonoma para llevar su trasero achispado de vuelta a casa.
—Me parece bien.
Apagó el motor y caminaron hacia la casita. Al llegar al porche, vieron unos faros que doblaban por el camino y parecían venir hacia ellos, pero de pronto viraron y volvieron cuesta arriba.
—¿Y eso qué fue? —preguntó Andrés.
—Si tuviera que adivinar, diría que eran los Chicos del Verano.
—¿Simon y Marco volvieron a honrarte con su presencia?
—Tú lo dijiste. Siempre es un placer tenerlos por aquí.
Después de preparar el té, se sentaron a conversar hasta bien entrada la noche.
Al cabo de un rato se le pasó el efecto del alcohol y disfrutó de su compañía.
Era fácil hablar con él, sabía escuchar y, cuando el tema derivó hacia la elaboración del vino, afloró esa pasión que ella le había notado la primera vez que se vieron.
—¿Conoces ese dicho sobre el vino y las mujeres, que mejoran con los años? Es verdad. La comparación, quienquiera que la haya hecho, es brillante —dijo.
—Bueno, esta sí me la vas a tener que explicar.
—Un vino joven es ácido e indómito. Nunca sabes qué sabor va a tener, igual que una muchacha que ha entrado en esa etapa en la que se vuelve mujer.
Es impredecible, emocional, inestable. Un vino que ha reposado en la barrica y se ha redondeado es suave, elegante, dulce, con el toque justo de acidez para resultar interesante.
—Dime, ¿de qué edad de mujer estás hablando? ¿De una que, como dices, tiene todas esas cualidades tan refinadas?
—No creo que una mujer llegue a ser interesante de verdad hasta que cumple por lo menos los treinta.
Antes de eso, he descubierto que suele ser difícil encontrarle sustancia.
Y después, con cada año que pasa de los treinta, una mujer no hace más que mejorar.
Mi madre, a los setenta y tantos, era una de las mujeres más hermosas, interesantes y sabias que he conocido en mi vida.
Nikki dejó la taza de té en la mesa de centro que tenía enfrente.
—Creo que tú eres una excepción, porque últimamente me he topado con todo lo contrario.
—Le contó lo de Daveed y su conejita. También pensó en Marty y Pamela, pero no quería volver a sacar el tema de los Waltman y de la boda que había acabado en desastre.
—Esa es una vida vacía. No es para mí. —Miró el reloj—. Tengo que irme. Mañana por la mañana voy a visitar a Isabel y tenemos otra reunión con el abogado. —Le besó la mejilla y se demoró un poco más de lo habitual.
Después de que se fue, Nikki se tocó un lado de la cara, donde habían estado sus labios. No podía dejar de preguntarse qué clase de vida buscaba Andrés Fernandez, y con quién quería vivirla.