Un asesinato muy espumoso Epílogo
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Epílogo

EPÍLOGO

—¿ S abes? Voy a echar de menos tu olor —dijo Jim mientras me mordisqueaba la oreja.

—¿A qué huelo? —pregunté.

—¿Nunca te lo he dicho?

—No.

—A café recién tostado.

—Bueno, menuda sorpresa. Con la de horas que me paso en la sala de tueste del Village Blend… Es una de las ventajas de mi oficio.

—Qué faena, Clare.

Jim Rand me abrazaba en ese momento. Estábamos desnudos y felices en la cama de matrimonio del camarote de su barco. Al final había conseguido reunir el dinero suficiente para comprarlo.

Era principios de septiembre. La temporada veraniega había terminado de manera oficial y yo ya me había trasladado a la ciudad. Pero Jim me había convencido de que volviera en coche desde Manhattan para disfrutar de una puesta de sol más con él… y de otro amanecer.

Vimos muchos atardeceres juntos después de que el asesinato de Treat se esclareciera.

Cuando pasó la ola de atención mediática y las aguas volvieron a su cauce, Jim apareció una noche por El Cafetín.

Pidió un expreso para llevar y me pidió que lo acompañara.

Accedí, decidida por fin a tener mi propio rollo de verano.

Pero el verano había tocado a su fin.

—¿Sabes lo que nunca entendí sobre todo el asunto de Mintzer? —preguntó Jim—. ¿Para qué querías todos esos primeros planos de Marjorie Bright merodeando por la mansión de David durante la fiesta del Cuatro de Julio?

—Los árboles de David —le informé mientras recorría con el dedo el borde de su tatuaje de los marines— le tapaban parte de las vistas al mar.

En mi opinión, esa noche estaba fumando como una loca para intentar quemarlos con alguna colilla.

David le habría achacado el incendio a una chispa de los fuegos artificiales.

—Qué vecina tan atenta.

—Bueno, pero al final tus fotos de reconocimiento ayudaron a resolver la disputa.

—¿Y eso?

—El abogado de David se las mostró al abogado de Marjorie. Amenazó con acusarla de allanamiento e incendio en grado de tentativa, y ella se vio obligada a retirar las denuncias contra David y sus árboles. A cambio, David aceptó podar las copas y los laterales.

—¿Qué tiene de malo ver los árboles? —preguntó Jim—. Los árboles son buenos, ¿no? Atraen a los pájaros… cuando no están emigrando.

Suspiré.

—Eso es lo que vas a hacer tú, ¿eh? Emigrar. Ahora que la temporada de caza del famoso ha terminado, te diriges al sur para pasar el invierno, igual que las aves.

Jim me acarició el hombro y me besó la nuca.

—Te pediría que vinieras conmigo, pero sé que no vendrás.

Me eché a reír.

—No me pides que vaya contigo porque te preocupa que acepte. Eres igualito que mi ex.

Jim no se lo pensó.

—Ven conmigo.

—No puedo. Tengo la vida hecha en Nueva York. Pero puedes mandarme una postal desde el paraíso.

—¿Y si vienes a visitarme? Voy a echar de menos tu café, ¿sabes? —Me acarició el pelo.

—Bueno, ya sabes adonde ir si quieres tomarte uno en condiciones —le recordé—. Manhattan es también una ciudad portuaria.

—Vale, trato hecho. Pero recuerda una cosa…

—¿Cuál?

—Como esto de resolver crímenes es una mala costumbre que de momento no creo que vayas a dejar, si te metes en líos…

—¿Silbo?

—No. —Se sentó y agarró sus vaqueros, que estaban colgados en una silla. Después de hurgar en un bolsillo, sacó una tarjeta y me la puso en la mano—. Mejor usa el móvil.

Me eché a reír. La verdad es que no sabía para qué iba a llamar a un hombre que se encontraba a más de mil quinientos kilómetros de distancia, pero me guardé la tarjeta en la cartera a modo de souvenir .

Era probable que cualquier día gris de invierno se me cayese por accidente y me trajera el recuerdo delos días pasados en esa tierra tan deseable, en esa franja que alguien como yo podía visitar, pero nunca poseer.

Sonreí a Jim, me acurruqué bajo las sábanas y tiré de sus brazos para que volviera a abrazarme.

En cualquier caso, ¿qué era poseer?, me pregunté.

No puedes poseer a una persona. Y, en realidad, tampoco puedes poseer la tierra.

El planeta en sí es solo un lugar de alquiler.

El tiempo transcurrido en ella es, básicamente, un arrendamiento.

Pensé en Bom y en David, en Kenny y en Jim, en Marjorie y sus vistas al mar, incluso en mí y en Matt.

—¿Por qué te quedas tan callada de repente? ¿Qué piensas? —La voz de Jim sonaba tensa.

—Ah, no es nada. Solo me preguntaba si la calidad de nuestra vida no se reduce solo a la capacidad de llevarnos todos bien en la misma casa.

—¿Cómo?

—Nada, olvídalo —le dije—. Sería largo de explicar. Y solo quedan unas cuantas horas para que amanezca.

Después de una pausa, Jim susurró:

—Clare…

—¿Sí?

—Ahora que me voy…, ¿te arrepientes? ¿Te arrepientes de que hayamos estado juntos?

Su tono parecía defensivo, como si esperara que le fuese a reprochar algo. Como si ya hubiera vivido otras despedidas desagradables en el pasado con otras mujeres y esperase que yo fuera a actuar igual que ellas.

Pero no iba a ser así. En la vida, llegas a una edad en la que te das cuenta de que la culpa y el arrepentimiento son una pérdida de tiempo.

Algunas emociones fuertes merecen la pena, pese al inevitable fracaso.

Y al final, como Madame y Joy habían intentado explicarme durante toda la temporada, un rollo de verano no tenía por qué ser un delito.

—No, Jim, no me arrepiento —respondí—. Después de todo lo que hemos pasado, ¿no te parece que el tiempo que tenemos, ya sea largo o corto, hay que aprovecharlo al máximo?

—Claro que sí, Clare —dijo mientras me daba la vuelta entre sus brazos—. Claro que sí.