Un año atrás en España Claire
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Claire

Justo antes de las tres de la tarde, dos subordinados que estaban en su primer año en el bufete entraron en su despacho para asistir a su próxima conferencia telefónica.

Lo único que tenía que hacer era llevar a buen puerto la fusión de Intelligentsia Tech.

—Me gusta el cuadro que tienes detrás de la mesa —le dijo Julia, una de sus subordinadas.

—Gracias —replicó—. Me lo regaló mi novio hace unos meses cuando volví a casa después de estar fuera diez días por cuestiones de trabajo.

Vine de vuelta en un vuelo nocturno y llegué agotada.

Lo único que quería era darme una ducha y dormir en mi cama.

Pero, cuando abrí la puerta de mi apartamento a las seis de la mañana y entré, descubrí café y churros recién hechos, además de una taza de chocolate negro fundido, todo preparado por Matías.

Aunque lo mejor de todo fue el caballete que había colocado en el centro de la mesa de la cocina, cubierto por una sábana.

Al quitarla, descubrí este cuadro. No sé si desde ahí alcanzas a leer lo que hay escrito en el papelito de dentro de la galleta, pero dice: «Esto es la felicidad».

Julia suspiró.

—Es la historia más bonita que he oído en la vida.

Claire se permitió un momento para reflexionar sobre lo que diría a esas alturas una galleta de la fortuna sobre su futuro con Matías.

Sin embargo, no tardó en regresar al trabajo. Preparó a los novatos para la llamada y les informó de las tareas que tendrían que llevar a cabo después.

Ambos abrieron sus portátiles mientras Claire marcaba el número con el altavoz activado.

El consejero delegado de Intelligentsia Tech detestaba las videollamadas y solo aceptaba llamadas de voz.

En el fondo, Claire se alegraba de contar con un respiro de las continuas reuniones por Zoom, porque así podía apurar a escondidas la ensalada que no se había terminado antes.

Ese era otro de los detalles por los que echaba de menos a Matías. Si no trabajaba hasta tarde en su estudio ni daba clases en la Academia, preparaba cenas exquisitas, y las sobras eran su almuerzo del día siguiente. No obstante, en su ausencia tenía que conformarse con la comida de la cafetería.

En cuanto el consejero delegado aceptó la llamada, se presentó.

—Soy Claire Walker, de Windsor & Black.

—Hola, Claire. Todavía no se ha unido nadie más.

—Mitch Tahir ni se molestó en decir su nombre, porque daba por sentado que era lo bastante importante como para que la gente lo conociese.

Era el consejero delegado de Intelligentsia Tech, un abogado cincuentón de la vieja escuela que había dirigido los departamentos jurídicos de algunas de las empresas más importantes de Silicon Valley.

Era un hombre brusco y famoso por su alto nivel de exigencia.

Si pedía que le llevaran un pez que hablara, esperaba un pez que hablara.

A su paso, había dejado una estela de abogados marchitados por sus exigencias.

Sin embargo, Claire no era así.

—Me alegro de volver a hablar contigo, Mitch. Vamos con unos minutos de adelanto, así que Yolanda y Kwame no tardarán en unirse.

Como si fuera una señal, los dos abogados laboralistas se conectaron en ese momento.

—Yolanda Davis, Windsor & Black.

—Kwame Jones, Windsor & Black.

—Muy bien —dijo Claire—. Gracias a todos por estar aquí. Empecemos.

Yolanda y Kwame se lanzaron a informar sobre el estado de las negociaciones con los directivos de Einstein Corp., la empresa que Intelligentsia Tech intentaba adquirir. Al otro lado de la mesa de Claire, los dos novatos tecleaban frenéticamente en sus ordenadores portátiles, tomando notas.

Claire tenía un cuaderno amarillo en su escritorio, por si lo necesitaba, que casi nunca era el caso.

Vivía y respiraba esa fusión, y conocía todos sus entresijos.

Había redactado los documentos principales de la adquisición y, aunque no era la autora de todos los acuerdos complementarios, los había leído más de diez veces.

—Bueno —dijo Yolanda—, Jennifer Kahale-Brewster exige que Intelligentsia Tech duplique su compensación en acciones restringidas para firmar el contrato de trabajo.

Claire silenció el altavoz para explicárselo a los novatos.

—Las acciones restringidas, o RSU, son una compensación a modo de incentivo que se les ofrece a los ejecutivos. —Ambos se dispusieron a anotar la definición sin pérdida de tiempo.

—¿¡Duplicar el número de acciones restringidas!? —estalló Mitch—. ¿Quién se cree que es para poder chantajearnos de esa manera?

—Para ser justos —terció Claire—, Jennifer es la responsable de la estrategia tecnológica de la empresa.

—¡Como si es la puta presidenta de Estados Unidos! —soltó Mitch—. Dile que si insiste en mostrarse tan irrazonable, a ver cómo le sienta que la fusión se vaya a la mierda y no reciba ninguna acción nuestra.

Los novatos se quedaron inmóviles, con los ojos muy abiertos, pero Claire torció el gesto e intentó contener una carcajada, porque conocía bien a Mitch después de haber trabajado con él durante los últimos ocho meses y sabía cómo manejarlo.

Mitch Tahir lideraba con fuego y solo respetaba a quienes podían responderle de la misma manera.

—Mitch, la necesitas —le dijo sin rodeos—. Puede retrasar el acuerdo si mantiene sus condiciones y vas a darle lo que quiere, porque sin ella no tienes nada. No tiene sentido comprar Einstein Corp. si no cuentas con Jennifer. Así que no perdamos el tiempo…

—Está bien, está bien —refunfuñó Mitch—. Dale lo que quiere. ¿Siguiente?

Claire les guiñó un ojo a los novatos, que la miraban como si acabara de desactivar una bomba con los dientes.

Kwame, el otro abogado laboralista, comenzó a explicar las ventajas y las desventajas de prolongar el contrato del director de operaciones.

De repente, se abrió la puerta de su despacho y George, su secretario, asomó la cabeza canosa y agitó una mano para que lo mirase.

Claire negó con la cabeza y señaló el teléfono. ¿Por qué la interrumpía George? Era obvio que estaba hablando por teléfono, y él podía ver en su agenda que se trataba de una llamada muy importante.

Su secretario, sin embargo, que normalmente era muy bueno a la hora de anticipar sus necesidades y peticiones, se adentró en su despacho y se llevó una mano a una oreja como si fuera un teléfono, con el meñique y el pulgar extendidos.

Molesta, Claire articuló con los labios: «Ahora no».

George empezó a mostrar indicios de pánico. Acto seguido, se acercó, se hizo con el cuaderno amarillo que tenía delante, escribió algo rápidamente con un rotulador Sharpie y lo subrayó dos veces.

Ha habido un accidente.

Te está llamando la hermana de Matías por la otra línea.

El corazón de Claire se precipitó en caída libre.

No podía moverse.

Sin embargo, oía los fuertes latidos de su corazón. Y sintió el subidón de adrenalina, ya no por la fusión de mil millones de dólares, sino por el terror de que le hubiera pasado algo a Matías. Se atragantó mientras intentaba recordar cómo respirar.

—¿Claire? —susurró George.

—¡Dios mío! —gritó ella al comprender de golpe el peso del mensaje de George. Se levantó de un brinco del sillón, volcando en el proceso la taza con los bolígrafos, que cayeron con un estruendo.

Los participantes de la llamada guardaron silencio un segundo y luego Mitch preguntó:

—¿Pasa algo, Claire?

—Tengo una emergencia. Continuad sin mí —contestó a medio camino de la puerta del despacho.

—Claire, esto es inaceptable —protestó Mitch, aunque ella no escuchó el resto, porque salió al pasillo detrás de George.

—La hermana de Matías está en espera —le dijo él—. Puedes atender la llamada en mi mesa.

Rodeó la mesa de George, en el interior de su cubículo, y se hizo con el teléfono, que aferró con las manos temblorosas mientras pulsaba el botón rojo parpadeante.

—¿Hola? ¿Araceli? Soy Claire.

—¿Claire? ¡Ay, Dios mío, ha pasado algo terrible! Matías y sus amigos estaban en la playa y han tenido un accidente. La lancha…

—Espera, ¿qué? —Claire agarró el reposabrazos del sillón con los nudillos blancos, completamente perdida en una conversación rápida que debería entender, algo que le resultaba imposible—. Más despacio, por favor. Mi español es muy malo y no…

—Ha habido un accidente —repitió Araceli en inglés, con el mismo acento que Matías, tan suave y bonito que dejó a Claire al borde de las lágrimas—. Los chicos… La lancha se estrelló. Dos de ellos… —La hermana de Matías contuvo un sollozo—. Dos han muerto. Tres están en el hospital.

—¿Matías? —susurró Claire con un hilo de voz.

—Matías… está en coma. Debes venir. Ya.