Epílogo
Sophia animó a Felix a hablar primero con el esposo de Dorry antes de dirigirse a su tío acerca de las capitulaciones matrimoniales.
Miles estaba ya familiarizado con el asunto, pues había tenido que discutir los términos cuando quiso casarse con Dorothea.
Como tutor, el hermano de lady Poole pasaba mucho tiempo ausente, pero, cuando quería, podía mostrarse muy puntilloso.
Sophia no quería que Felix fuese maltratado por no tener un beneficio que su tío pudiera considerar indispensable.
Miles lo comprendería, pues, aunque su propia situación había mejorado mucho para cuando pidió la mano de Dorothea, sabía bien lo que era negociar desde una posición inferior.
Los términos quedaron acordados, y la boda se fijó para julio.
Tanto Sophia como Felix estaban ansiosos por casarse lo antes posible, pero antes había muchas cosas que arreglar.
Para empezar, Felix deseaba asegurarse de que su nombre quedara completamente limpio antes de que Sophia uniera el suyo al de él.
Ella no dudaba de que así sería, pero él insistía en estar por encima de toda sospecha.
Su padre había aceptado otro beneficio que lo pondría bajo un patronazgo más benigno en Kent, y tendría que mudarse.
Para sorpresa de todos, el patrono de ese beneficio no era otro que lord Pembroke, primo de Miles, aunque él no había sabido de aquella conexión cuando aceptó la recomendación del señor Blackwood.
Sophia disfrutó muchísimo conociendo mejor a Margaret -Megs, Megabits o el nombre que Felix quisiera darle en cada momento- antes de que esta regresara junto a sus hermanas menores.
Sophia prometió ir a conocerlas a todas tan pronto como ella y Felix regresaran de su viaje de bodas, plan que Margaret aprobó con entusiasmo.
Después de todo lo que habían compartido durante los años de juventud, Sophia casi llegó a pensar que Robert ofrecería a Felix una disculpa, pero Felix le informó que no había recibido ninguna.
Por el contrario, Robert parecía haberse aferrado todavía más a su convicción, pues lo evitaba en sociedad.
Por fortuna, frecuentaban clubes distintos y no coincidían a menudo.
Robert, por tanto, sería responsable de su propia desdicha, pero no afectaba en lo más mínimo la felicidad de ellos.
Felix nunca había considerado a Tom Perkins un amigo íntimo, de modo que no se sorprendió cuando este siguió la dirección de Robert.
Sin embargo, Grantly sí lo sorprendió al tenderle una rama de olivo sentándose con él en una cafetería y hablándole con tanta naturalidad como si jamás hubiera existido desacuerdo alguno entre ellos.
Estaba ayudando a la señorita Edwards en parte de su labor en el asilo naval y pensaba probar fortuna para obtener un puesto administrativo en el Almirantazgo.
Se apresuró a asegurarle a Felix que no le estaba pidiendo ningún favor y que sabría abrirse camino por sí mismo.
Si, como Felix sospechaba, la señorita Edwards había logrado abrirse paso a través de la habitual antipatía de Grantly hacia las mujeres, todos ellos iban a verse mucho más en adelante.
Marie y el señor Edwards anunciaron su propio compromiso poco después que Felix y Sophia, y ambas parejas se encontraban a menudo en compañía.
Felix preguntó a Bartholomew si querría acompañarlo como su padrino de boda, al no tener parientes varones cercanos, y se sintió muy complacido al oír que sí.
De modo que lo único que quedaba por organizar a Sophia y Felix era la cuestión de decorar su casa, asunto del que no se cansaban fácilmente y que requería muchas visitas a la vivienda que iban a ocupar en Russell Square.
En aquel día en particular, Camilla y lady Poole estaban discutiendo la manera correcta de disponer los nuevos muebles en el salón, mientras Tilly y Joanna corrían por las habitaciones vacías de un modo nada propio de señoritas, aunque nadie las reprendía por ello.
Evo había regresado al colegio, pero volvería a tiempo para la boda, que iba a celebrarse en Surrey.
Y Dorothea y Miles acababan de llegar justo a tiempo para oír la queja de Camilla de que era sumamente molesto tener los asientos tan lejos unos de otros que hubiera que gritar para ser oída.
Aquello dio lugar a que volvieran a estallar las discusiones sobre la colocación de los muebles.
Felix fue a colocarse junto a Sophia y discretamente deslizó la mano en la de ella. Sophia permaneció así un instante, disfrutando de tenerlo tan cerca. Escuchaban la discusión a medias, pero no tomaban parte en ella.
Él soltó su mano y cruzó los brazos mientras se inclinaba ligeramente.
—Podríamos exhibir tu libro de recuerdos justo encima de la chimenea.
Le había encantado enterarse de su existencia y lamentaba que Robert nunca le hubiera devuelto su silueta para poder añadirla al libro.
Ella frunció los labios y alzó la barbilla.
—El libro de recuerdos permanecerá firmemente guardado en mi armario.
—Ajá —escuchó un momento más, y luego dijo—. Siempre podemos mover los muebles después de que todos los hayan colocado a su gusto.
Ella se cubrió la risa silenciosa.
—Después de todo, la única opinión que importa es la tuya. Ya ves hasta qué punto me tienes enteramente bajo tu poder —prosiguió él, hablándole en voz baja al oído.
—¿Ah, sí? —se volvió hacia él, alzando una ceja juguetonamente—. Entonces, ¿te he atrapado por completo?
—Sí, me has atrapado en tu red —repuso él con fingida burla. Una ancha sonrisa se extendió por su rostro—. Te llamaré “Sophirred”.
Los labios de ella se estremecieron, pero reprimió la sonrisa.
—No estoy segura de aprobar que me llames red.
—¿Sophiaraña?
—¡Eso es todavía peor! —dijo ella, encontrando cada vez más difícil mantenerse seria.
Felix suspiró mientras entrelazaba los dedos con los de ella.
—Supongo que tendré que limitarme a llamarte… ¡esposa!